por esteban ucrós
Curador y diseñador gráfico, miembro de Populardelujo
1 .Mural de Arnulfo Herrada en el restaurante El Primo.
Barrio Eduardo Santos, Bogotá.
2/ 3. Pinturas encargadas a Arnulfo Herrada a manera de réplica de los avisos que ha pintado para locales comerciales en Bogotá. Colección Populardelujo.
4/ 5. Pinturas encargadas a Jorge Montesdeoca a manera de réplica de los avisos que ha realizado para locales comerciales en Bogotá. Colección Populardelujo.
(detalle).
6/ 7/ 8/ 9 / 10. Algunos de los publicistas populares que trabajan en Bogotá: Roberto Ayala, Gonzalo Díaz, Jorge Montesdeoca, Alrnulfo Herrada, y Oscar Barreto.
11. Aviso-mural de Jorge Montesdeoca en el barrio Teusaquillo, Bogotá.
12. Pintura de Edgar Muñoz para una marisquería del barrio San Victorino, Bogotá.
Avisos y murales pintados a mano para promocionar productos o ambientar cafeterías, tiendas y toda clase de negocios modestos: el paisaje latinoamericano está tapizado –todavía– por un género gráfico de una singularidad y riqueza extraordinaria. Sin embargo, obnubilados por estéticas más sofisticadas, hemos terminado por reducirlo a expresión gráfica “pintoresca” en el mejor de los casos; o a contaminación visual, en el peor.
Hace diez años, Roxana Martínez, Juan Esteban Duque y yo (Populardelujo) empezamos a documentar en Bogotá los múltiples y muy diferentes géneros gráficos que pueden coexistir bajo el vago y problemático rótulo de “gráfica popular”.
Desde el primer día quisimos ir más allá del mero registro visual. Además de encontrarla hermosa, esta gráfica era la corteza de toda una realidad cultural de la cual gran parte de la población local no tiene más que ideas simplistas y estereotipadas. Revisarla con cariño y respeto podía ser una manera de hacer un retrato más rico y equilibrado de nuestras clases populares. Así fue que terminamos haciendo amistad con los pintores responsables de algunos de los motivos más sensacionales que cubren las calles de nuestra ciudad.
No fue una tarea fácil: normalmente estos trabajos están firmados, pero rara vez incluyen datos de contacto. No es extraño que los pintores no tengan un teléfono o un sitio de residencia fija. Con el tiempo entenderíamos que el de los publicistas populares suele ser un gremio compuesto por bohemios, rebeldes, espíritus libres.
Quizás el caso más radical sea el de Jorge Montesdeoca. Jorge nació en Riobamba (Ecuador) hace más de sesenta años. Fascinado por las historias sobre lugares y culturas remotas que le contaba su madre, maestra de escuela, y armado con el talento que heredó de su padre, escultor de bustos de personajes ilustres, abandonó su casa a los dieciséis años y solo regresó de visita una década más tarde. Los siguientes cuarenta años los ha dedicado a errar por Sudamérica con su talento para la pintura como único medio de sustento. “Soy un nómada –escribió en uno de sus cuadernos de apuntes–, viajo con mis aptitudes y las vendo donde puedo”. Trabajos suyos se pueden encontrar en lugares tan distantes entre sí como Riohacha, Temuco, Lima y Recife.
El trabajo de Montesdeoca, como el de muchos de sus colegas, puede ser visto como mera publicidad. No es que no lo sea: efectivamente un sector enorme de la economía de nuestros países se mueve gracias a su pulso e ingenio. Pero es mucho más. Nacidos en entornos en donde dedicarse al arte por el arte hubiera sido un suicidio, muchos de estos pintores han encontrado en la publicidad un espacio para dar rienda suelta a sus inquietudes estéticas más íntimas, al tiempo que se aseguran una forma de subsistencia. Así, han acabado por crear un inédito y fascinante género gráfico a medio camino entre la publicidad y la expresión personal.
En nuestras ciudades, su trabajo es un ventarrón de aire fresco y una forma de resistencia ante tanta gráfica transnacional que amenaza con homogeneizar el paisaje. En esas obras se cifran, disfrazadas como publicidad, las ilusiones y estándares de gusto de un sector enorme de la población local, y de paso se mantienen vivos recursos gráficos que los diseñadores digitales han echado al olvido. Mucho está en juego, mucho se pierde, cuando su trabajo es subestimado, mirado con desdén, pañetado de blanco y reemplazado por un letrero hecho en computador.