Literatura

Las salinas
Un poema de Antonio Cisneros

por JORGE MONTELEONE escritor, investigador del CONICET

El poema “Las Salinas” pertenece al libro Crónica del Niño Jesús de Chilca (México, Premiá Editora, 1982) del poeta peruano Antonio Cisneros. En él se hace evidente uno de los rasgos de su poesía: el cruce entre la experiencia individual y la experiencia histórica colectiva. No hay hecho menor de la vida vivida que no esté penetrado por el tiempo comunitario. En cada gesto, en cada objeto, en cada escenario, por entrañable e íntimo que sea, se dibuja el vasto horizonte de la época y sus circunstancias. Así ocurre también con el paisaje: en el espacio terrestre resuena el corazón humano de la vida presente y de la vida pasada. Sobre este libro, Cisneros declaró su intento de “escribir la historia de una comunidad costeña hundiéndose en el tiempo. Ahí incorporo las voces colectivas y ajenas como propias y las memorias del compadre difunto, don Fortunato Rueda. El amor de Dios y de los pobres entre el mar y el arenal. Año del nacimiento de mi hija Alejandra”.

El hecho histórico que refiere es muy concreto. La comunidad de Chilca vivía cerca de las salinas, en la costa peruana, manteniéndose con una economía preindustrial basada en el trueque. Intercambiaba sal con el ayllu de las alturas de Huarochirí, que le proporcionaba a cambio agua dulce para el riego por medio de canales. De ese modo, los chilcanos cultivaban sus sembradíos. (El ayllu es una antigua institución social, de origen incaico, que reúne a una comunidad de unas doscientas o trescientas personas, unida por lazos de parentesco, vecindad, religión y lengua, y que mantienen vínculos laborales de tipo cooperativo en un territorio de propiedad común.) Los chilcanos tenían al Niño Jesús como patrono de su pueblo. Una tempestad hizo que el mar arrasara las salinas, con lo cual ya no podían obtener la sal para continuar el intercambio con el ayllu de Huarochirí. Los sembradíos se secaron y la comunidad se dispersó. Tiempo después, una “urbanizadora” anónima recuperó las salinas y la costa para explotar el turismo. Los chilcanos fueron desplazados por esa “modernización” y, como señala Cisneros, debieron enfrentarse a un “mundo que se disuelve”. El poeta lo relata así en el epígrafe que encabeza el volumen:

La comunidad de Chilca es –o fue– una comunidad de pescadores y agricultores. En medio del desierto costero del Perú gozaba de un verdor extraordinario. Hasta hace medio siglo. Unos canales incaicos traían el agua desde las alturas de Huarochirí –a cuatro mil metros–. La comunidad era dueña, también, de las salinas. Un ayllu de Huarochirí conservaba los canales de regadío a cambio de la sal. Mas el mar sepultó las salinas. Así, sin moneda de comercio, se hundieron abandonados los canales. Y Chilca fue un desierto. La comunidad, consagrada al Niño Jesús, inició su proceso de miseria y dispersión. Los peces no bastaban. Las gentes emigraron de la tierra.
Años después, con diques y capital –no del común– volvieron las salinas. Se urbanizó el territorio para playas de lujo. La hermandad del Niño había desaparecido. Y apenas unos cuantos defendieron los fueros comunales. Reseca y despoblada era –o es– un pozo de arena en el desierto.

En los poemas del libro Cisneros remeda las voces de los chilcanos. De hecho, el poeta afirma haberlo escrito “en chilcano, como habla la gente”. En esa oralidad se funda el relato de una catástrofe cultural. Se suceden las historias personales a las desgracias del conjunto: alguien quiere recordar una sola calle, otro afirma que el Niño Jesús ha muerto, otros esperan algún milagro, alguien más busca los canales enterrados. Este poema, que aquí se reproduce, evoca el paisaje de las salinas con nostalgia, con dolor, y lo transfigura en el recuerdo, no exento de rabia: su viejo mundo ya le es ajeno, porque es de otros. El blanco de las salinas, que era como una nieve redentora, se vuelve oscuro y extraño para siempre, cercado por perros guardianes.


Las Salinas

Yo nunca vi la nieve y sin embargo he vivido entre la
  nieve toda mi juventud.
En las Salinas, adonde el mar no terminaba nunca y las
  olas eran dunas de sal.
En las Salinas, adonde el mar no moja pero pinta.
Nieve de mi juventud prometedora como un árbol de
  mango.
Veinte varas de sal para cada familia de cristianos.
  Y aún más.
Sal que los arrieros nos cambiaban por el agua de lluvia.
  Y aún más.
Ni sólidos ni líquidos los blanquísimos bordes de ese
  mar.
Bajo el sol de febrero destellaban más que el flanco de
  plata del lenguado. (Y quemaban las niñas de los ojos.)
A veces las mareas –hora del sol, hora de la luna– se
  alzaban como lomos de caballo.
Mas siempre se volvían.
Hasta que un mal verano y un invierno las aguas
  afincaron para tiempos
y ni rezos ni llantos pudieron apartarlas de los campos
  de sal.
Y el mar levantó techo.

Ahora que ya enterré a mi padre y a mi hermano mayor
  y mis hijos están prontos a enterrarme,
han vuelto las Salinas altas y deslumbrantes bajo el sol.
Hay también unas grúas y unas torres que separan los
  ácidos del cloro. (Ya nada es del común.)
Y yo salgo muy poco pero Luis –el hijo de Julián– me
  cuenta que los perros no dejan acercarse.
Si parece mentira.
Mala leche tuvieron los hijos de los hijos de la sal.
Puta madre.
Qué de perros habrá para cuidar los blanquísimos campos donde el mar no termina y la tierra tampoco.
Qué de perros, Señor, qué oscuridad.

 

Agradecemos a Editorial Colihue la gentileza de habernos permitido publicar esta poesía del libro Postales para Lima (Buenos Aires, 1999).

 

Publicada en TODAVÍA Nº 6. Diciembre de 2003

 

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