La democracia mexicana:
Obra en construcción |
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| por gustavo ernesto emmerich Profesor de Ciencia Política, Universidad Autónoma Metropolitana, México |
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La democracia mexicana es una obra inconclusa y en construcción. Presenta avances de importancia, pero también desafíos de peso. Unos y otros se pueden aquilatar en dos planos: el primero, más coyuntural y estridente, es el de las elecciones, los partidos y las luchas políticas; el segundo, más estructural y menos visible, es el de la vigencia del estado de derecho, el respeto a los derechos humanos y la construcción de una mejor convivencia social. En ambos planos, los avances tienen solidez suficiente para afirmar que, sin duda alguna, México es hoy día una democracia; no obstante, la magnitud de los desafíos indica que todavía hay mucho por hacer para mejorar la calidad de esta democracia.
el plano coyuntural: de la esperanza democrática a la degradación de la política
En el año 2000, México celebró la elección como presidente de Vicente Fox, candidato del centroderechista Partido Acción Nacional (PAN), con el apoyo del Partido Verde Ecologista de México (PVEM). Siete décadas en que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) había controlado la presidencia y virtualmente todas las posiciones de poder llegaron a su fin pacíficamente y sin problemas. Tanto el 43% que había votado por Fox, como quienes no lo hicieron, tenían algo que celebrar: la democracia finalmente parecía haber arribado a México, y la esperanza en un futuro mejor iluminaba el país.
En 2006, la escena poselectoral fue, en cambio, conflictiva. Andrés Manuel López Obrador, candidato de una coalición de izquierda integrada por los partidos de la Revolución Democrática (PRD), del Trabajo (PT) y Convergencia (C), proclamó su triunfo, denunció que se había cometido un fraude en su contra y llamó a sus seguidores a movilizarse para vigilar el conteo oficial de votos. Por su lado, el candidato del PAN, Felipe Calderón Hinojosa, también reclamó la victoria. Se iniciaron así días, que se tornaron en semanas y luego meses, de bloqueos y manifestaciones, de conteos y reconteos, de impugnaciones y resoluciones judiciales, que terminaron dando una estrecha victoria a Calderón, con el 36,69% de los votos frente al 36,11% por López Obrador.
El país quedó políticamente fracturado. Según encuestas, alrededor de un tercio de la población tiene la impresión de que el proceso electoral de 2006 fue fraudulento, o al menos enturbiado por intromisiones en detrimento de López Obrador cometidas por el presidente Fox y organizaciones empresariales. López Obrador y los tres partidos que lo apoyaron se negaron a reconocer la victoria de Calderón; incluso, el primero se autoproclamó “presidente legítimo” poco antes de que el segundo asumiera la presidencia constitucional. La novel democracia mexicana, o por lo menos la credibilidad popular en ella, sufrió así un severo traspié.
Calderón rápidamente logró niveles de popularidad superiores al 60%, que se mantienen hoy por encima del 50%. Buena parte de la población reconoce su intención democrática, así como logros en cobertura educativa y salud. Sin embargo, su gobierno no ha sido del todo exitoso. Varias iniciativas de Calderón fueron bloqueadas, diluidas o ignoradas por el Congreso, donde –desde 1997– ningún partido tiene mayoría propia. La pobreza aumentó entre 2006 y 2008, según datos oficiales. En 2009, la economía se desplomó como consecuencia de la crisis mundial, la epidemia de influenza A1HN1 angustió al país y produjo una paralización económica adicional, y casi cincuenta infantes murieron en el incendio de una guardería semioficial precariamente instalada. La ola de violencia criminal desatada por cárteles de narcotraficantes parece incontrolable; ni siquiera la intervención de las Fuerzas Armadas –ordenada por Calderón– ha podido contenerla. La producción de Petróleos Mexicanos, importante fuente de ingresos estatales, está en franca declinación. Ante todo esto, otra parte de la población siente que vive en medio de una crisis –de seguridad, económica, política– que para algunos parece no tener fin.
En las elecciones legislativas de 2009 sólo el 45% de los ciudadanos se molestó en vo-tar, y capitalizando el descontento, el PRI volvió a ser el partido con mayor número de sufragios y de diputados. A fines de ese año, Calderón decretó la controvertida desaparición de una compañía estatal de electricidad y el despido de sus 45.000 trabajadores. El Congreso, con los votos del PAN y del PRI, aprobó un impopular aumento de impuestos. Y a inicios de 2010, lluvias catastróficas causaron mortandad en poblaciones humildes asentadas en zonas de riesgo.
En consecuencia, son cada día más los mexicanos que van perdiendo las esperanzas alumbradas en 2000. Magros resultados en términos de bienestar, empleo y seguridad, junto con interminables disputas pedestres entre los partidos, han causado el descrédito generalizado de la clase política entre la población. El propio presidente Calderón reconoció en marzo de 2010: “Los ciudadanos están insatisfechos con el comportamiento de nosotros, los políticos… todos perdemos
con la degradación de la política, del debate y de la vida pública”. Cabría añadir que no sólo los políticos tienen responsabilidad en esta degradación. Otra parte la tienen los medios de comunicación, más dados a la noticia sensacionalista que al debate serio, lo que dificulta la construcción de una opinión pública bien informada sobre los grandes asuntos nacionales. Y otra parte la tiene la propia ciudadanía, cuya participación electoral y en otros ámbitos es escasa, tal vez como reacción a la inoperancia de la clase política.
el plano estructural: estado de derecho y derechos
En una dimensión más profunda, México ha alcanzado importantes logros democráticos en los últimos dos o tres lustros. La Constitución –de 1917– goza de consenso social y político. Las leyes protegen los derechos civiles, políticos, económicos y sociales (aunque no siempre se los respeta plenamente). El sistema electoral ha sido perfeccionado. Los partidos políticos tienen absoluta libertad para su accionar, con posibilidad real de alternancia en los gobiernos federal, estatales y municipales. Se han hecho esfuerzos por aumentar la transparencia y minimizar la corrupción gubernamental. Existe irrestricta libertad de prensa. Organizaciones civiles independientes logran cada vez más eco en la conciencia pública. Los gobiernos estatales y municipales han redescubierto sus importantes atribuciones frente al gobierno federal. Los tratados internacionales de derechos humanos han sido incorporados (parcialmente) a la legislación interna. En suma, ha habido una permanente tarea legislativa y de construcción institucional que busca consolidar la democracia. Estos son avances formidables comparados con la “dictadura perfecta” (Mario Vargas Llosa dixit) que imperó en México hasta fines del siglo XX: tan perfecta que muchos mexicanos ni siquiera se percataban de su existencia.
Aspectos negativos o donde no se registra progreso suficiente son el otro lado de la medalla. El estado de derecho es débil: lo vulneran la criminalidad y la inseguridad rampantes, la permisividad ante la inobservancia de las leyes y la ineficiencia del aparato que imparte justicia. Los alegatos de fraude de 2006 siguen arrojando dudas sobre la equidad del sistema electoral de hoy. Los partidos políticos y sus dirigentes tienen mala imagen entre la ciudadanía. La rendición de cuentas gubernamental es insuficiente, y por ende la corrupción resiste los esfuerzos por erradicarla. Las grandes empresas influyen indebidamente sobre las políticas públicas. Los medios electrónicos de comunicación están concentrados en muy pocas manos. La desigualdad económica y social es abismal. La participación popular continúa baja, y el desencanto ciudadano, alto. Y, en un país que se dice federal, las principales decisiones siguen siendo tomadas en la capital de la República.
balance: devolver la esperanza
Pese a las ríspidas confrontaciones, las élites políticas y la ciudadanía mexicanas han sido capaces de introducir y aceptar nuevas ideas, nuevas leyes e instituciones, nuevas prácticas y actitudes, que paso a paso llevaron a la democracia, casi sin derramamiento de sangre o convulsiones, preservando en lo esencial las libertades fundamentales y sin alterar la estabilidad política. El gradualismo y el pacifismo mexicanos pueden ser considerados como un ejemplo para otros países en transición a la democracia. Incluso el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, connotado por su levantamiento armado en 1994, se ha convertido en una organización pacífica. es posible, así, que 2010 sea el año en que las fuerzas políticas construyan un nuevo arreglo institucional que dé más poder a los ciudadanos y más legitimidad a los funcionarios electos, y a la vez haga más eficiente el desempeño gubernamental. A fines de 2009, Calderón propuso una importante reforma, y a inicios de 2010 los partidos de oposición lanzaron sus respectivas contrapropuestas. Están a debate, entre otras cosas: la elección por mayoría absoluta del presidente de la República, con segunda vuelta entre los dos candidatos más votados en caso de no lograrse dicha mayoría en la primera ronda de votación; reducir el tamaño del Congreso y permitir la reelección de los legisladores; aceptar candidaturas independientes e introducir la iniciativa ciudadana, el referéndum y la revocatoria popular de mandatos. Es posible, así, que 2010 sea el año en que las fuerzas políticas construyan un nuevo arreglo institucional que dé más poder a los ciudadanos y más legitimidad a los funcionarios electos, y a la vez haga más eficiente el desempeño gubernamental.
Una cuestión final debe ser tenida en cuenta: un contexto social y económico equitativo es parte integral de toda democracia que funcione. La eliminación de la pobreza y la marginalidad social es un imperativo para México. Frente a la opulencia de pequeños sectores, gran número de mexicanos vive en la miseria. Algunos solamente la padecen y caen en la marginación. Otros emigran a los Estados Unidos de América, buscando una vida mejor. Otros más rechazan un sistema político que no les brinda posibilidades de progreso. El desafío principal para la joven democracia mexicana es devolver a todos ellos la esperanza perdida.
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| Publicada en TODAVÍA Nº 23. Junio de 2010 |
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