| El tema del surgimiento de las naciones como construcciones modernas ha sido una preocupación central del debate historiográfico desde la década de 1980 hasta el presente. Los textos señeros de especialistas como Eric Hobsbawm, Terence Ranger y Benedict Anderson, entre otros, marcaron la producción académica de un nutrido conjunto de historiadores del mundo entero interesados por estos temas, y el caso de la Argentina no ha sido una excepción. En nuestro país existe una vasta tradición que ha abordado desde diversos enfoques el asunto de los orígenes de la nación. Sin embargo, dar cuenta de estos procesos desde la perspectiva de las fiestas cívicas no ha sido un camino tan densamente explorado. Menos aún si el ángulo elegido incluye el análisis de sus aspectos simbólicos, tales como las pautas del ceremonial seguido por las autoridades o las manifestaciones artísticas de carácter efímero que se erigían en los espacios públicos de la ciudad. En calidad de partícipes del diálogo establecido entre el poder político y la sociedad civil, los elementos propios del ceremonial tanto como la arquitectura, las pinturas y el despliegue escenográfico creado para dichas ocasiones, lejos de ser meras “decoraciones” de las fiestas, encarnaron una forma privilegiada de reflejar el programa oficial y actuaron como vehículos necesarios para la difusión de las nuevas ideas en los primeros años de la revolución. en los días festivos los edificios principales de la ciudad eran iluminados; la plaza principal se ornamentaba con un despliegue de escenografías efímeras, muchas veces fastuoso; se encendían fuegos
de artificio; se organizaban juegos, bailes y diversiones populares como las corridas de toros, las carreras de sortijas y de cañas.
En las páginas que siguen nos proponemos dar cuenta del papel que tuvieron las fiestas político-conmemorativas en Buenos Aires, como parte esencial de la línea pedagógica y propagandística del poder político. Es que estas celebraciones fueron espacios en los que se conformaron, consolidaron y circularon representaciones y discursos relacionados con la búsqueda de una nueva identidad colectiva, que pudiera conducir a la construcción de una nación. Nos centraremos en las fiestas organizadas en la ciudad de Buenos Aires para conmemorar el 25 de Mayo, en 1812, un año decisivo en el rumbo que tomaría el camino iniciado por la revolución de 1810, un trayecto sembrado de incertidumbres políticas e indecisiones simbólicas.
entre la revolución y la herencia real
Como era habitual desde el período colonial, en los días festivos los edificios principales de la ciudad eran iluminados; la plaza principal se ornamentaba con un despliegue de escenografías efímeras, muchas veces fastuoso; se encendían fuegos de artificio; se organizaban juegos, bailes y diversiones populares como las corridas de toros, las carreras de sortijas y de cañas; se sacaba a paseo el Estandarte Real y en el balcón del Cabildo se colocaba, bajo un dosel, el retrato del monarca, remitido especialmente desde la península. Sin embargo, para 1812 las “fiestas mayas” –llamadas de esta manera a partir del año siguiente por disposición de la Asamblea del Año XIII– se desarrollaron según un esquema mucho menos ambicioso, dadas las fuertes exigencias que la guerra demandaba al erario público. Ese año, en la Plaza Mayor sólo se construyó un tablado desde donde se realizaría un sorteo de dinero destinado a los sectores más castigados por la revolución. Este acto se constituyó en el evento central dentro del programa de actividades, ya que el Cabildo había dispuesto reducir la partida destinada a las decoraciones urbanas con el fin de incrementar el fondo dirigido a la beneficencia pública. De este modo, el ayuntamiento local proponía el desarrollo de un ritual festivo que ya había sido ensayado en el Río de la Plata durante los festejos de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires en 1808, aunque data de antiguo cuño dentro de la tradición española. Así, un número determinado de niñas pobres; de viudas, madres o hermanas de soldados muertos por la patria; de familias honradas e indigentes; de soldados mutilados y de esclavos de ambos sexos, se vieron favorecidos gracias a un sorteo de dotes de dinero, otorgadas por el gobierno. Como sostiene el historiador Tulio Halperín Donghi, el ideal de igualdad postulado por los revolucionarios fue defendido con vigor frente a los privilegios de los españoles europeos y recordado para proclamar el fin de la servidumbre de los indios. Sin embargo, lejos de suprimir las jerarquías sociales existentes, la revolución las confirmó mediante el ritual festivo. Las dotes en dinero sorteadas en esa oportunidad diferían según la extracción social de los beneficiados: 3000 pesos serían distribuidos entre seis niñas pobres, pero honradas y decentes, como una forma de “asegurar maridos presentables a la progenie del sector menos próspero de la gente decente (una finalidad, como se ve, muy tradicional)”, en cambio, para la manumisión de esclavos, se destinarían tan sólo 1200 pesos en cuatro lotes de 300 para cada uno.
Estas manifestaciones de sentimientos generosos y paternales del gobierno tenían un doble significado. Por un lado, demostraban que las nuevas autoridades se preocupaban por el bienestar de los ciudadanos y, por otro, que eran capaces de retomar una vieja tradición monárquica, según la cual el rey podía auxiliar a sus súbditos ante cualquier tipo de problemas. De este modo, el gobierno de alguna manera demostraba que, por revolucionario que fuera su origen, era el legítimo heredero de la soberanía real, en jaque por aquel entonces.
Un elemento fundamental de las fiestas mayas de 1812 fue el cambio operado en torno a la ceremonia del Paseo del Estandarte Real, que tradicionalmente tenía lugar los días 10 y 11 de noviembre, víspera y festividad del santo patrono de la ciudad, San Martín de Tours. El estandarte –una bandera con la imagen de la Virgen y el Niño de un lado y las armas reales del otro–, era paseado por las calles de la ciudad durante la festividad del santo francés y durante las celebraciones reales –bodas, coronaciones, nacimientos–. Ya en 1811 la ceremonia había sido modificada por decisión de la Junta Grande, que la trasladó a los días 24 y 25 de mayo a modo de homenaje a la empresa revolucionaria. Y para mayo de 1812, finalmente, terminaría por desaparecer.
En efecto, a comienzos de enero de ese año el gobierno había tomado la decisión de suprimir la elección del alferez real, destinando su paga a incrementar los fondos de los sorteos públicos. El alferez real era el funcionario municipal encargado de pasear el estandarte, quien hasta ese momento y desde el inicio del período colonial, había desempeñado sus funciones sin alteración alguna. Esta situación hacía suponer, entonces, que la tradicional ceremonia tenía sus días contados, sobre todo si se considera que la medida de no sacar más el estandarte a paseo contaba para 1812 con algunos antecedentes de peso. En 1808 una comisión del virreinato del Río de la Plata, en representación ante la corte de Bayona, había realizado un pedido formal de abolición de las fiestas civiles que se celebraban en las ciudades del Plata, en las que se paseaba por las calles el pendón real. La igualdad de derechos entre el Río de la Plata y la metrópoli era el fundamento básico de la solicitud. No es difícil imaginar que, luego de las victorias militares sobre los ingleses en 1806 y 1807, los criollos de Buenos Aires consideraran más apropiado destacar las hazañas de la Reconquista y la Defensa que continuar con aquellas prácticas festivas coloniales de menor importancia para la ciudad. Por este motivo y en el mismo documento, se solicitaba permiso para erigir en las ciudades de Buenos Aires y Montevideo monumentos públicos para recordar tanto las victorias porteñas como a los caídos en batalla. Evidentemente, estos pedidos no fueron aceptados, puesto que el estandarte deja finalmente de pasearse recién en 1812 –y no en 1808, año de presentación de la solicitud– y el primer monumento que se erige en Buenos Aires data de 1811, fecha en que se inauguró la Pirámide de Mayo, que conmemora el primer aniversario de la revolución.
La celebración del segundo aniversario de la revolución se festejó, entonces, sin el paseo del estandarte real, ceremonia que no volverá a verse en Buenos Aires nunca más. En otros países sudamericanos, en cambio, el estandarte sería reinstalado como símbolo del restaurado poder español. Es el caso de Chile, donde esta ceremonia volvería a tener vigencia entre 1814 y 1817, período durante el cual el poder fue retomado por los españoles luego de la batalla de Rancagua.
En síntesis, el proceso que describimos para el año 1812 nos habla del clima de escasas certezas que ofrecía el horizonte político local, marcado por el rechazo de la Constitución sancionada en Cádiz que abría un renovado conflicto con España. La independencia de las Provincias del Río de la Plata comenzaba a perfilarse como el resultado final necesario de este proceso. Nos habla también de las formas aún menos definidas que el lenguaje metafórico de las fiestas podía adoptar, atravesado por momentos de indecisiones fuertes, de avances y retrocesos en cuanto a la adopción de símbolos y comportamientos ceremoniales definidos y definitivos. Nos habla, finalmente, del papel privilegiado de las fiestas cívicas en tanto miradores desde donde observar y comprender el nacimiento, desarrollo y consolidación de una entidad que sería, años más tarde, la Nación Argentina.
la pirámide
de mayo
Si bien originalmente se pensó en poner sobre sus caras leyendas alusivas a las victorias sobre los ingleses, la Junta Grande, representante también del interior del país, se negó a enfatizar la centralidad de Buenos Aires destacando hazañas protagonizadas exclusivamente por porteños. Para poner fin al debate, la decoración quedó limitada a una sola inscripción, “25 de Mayo de 1810”, pintada en letras de oro. Sin embargo, la Pirámide estuvo lejos de poseer un significado unívoco. Erigida para recordar la gesta revolucionaria, sirvió de soporte a diferentes leyendas, odas e inscripciones que, colocadas en sus caras de manera provisoria en cada celebración, respondían a las particularidades de cada coyuntura histórica. Estos múltiples mensajes le otorgaron, a lo largo de los años, un significado fluctuante y móvil que sólo pudo ser fijado posteriormente cuando, en 1856, se la coronó con la imagen de la Libertad, representando en adelante a la República Argentina. |
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