Valparaíso
S, M, L, XL |
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por josé de nordenflycht Historiador de Arte, presidente de icomos, Chile
Fotografías rodrigo gómez-rovira |
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Algunas horas después de iniciar la escritura de estas líneas, se desatan el terremoto y el maremoto más destructivos de los últimos 25 años en la zona central de Chile. Lo que no es poco pensando que nuestro país tiene un largo prontuario al respecto.
Durante esos tres minutos y fracción interminables que duró el movimiento sísmico, mientras observo el plácido rostro de mi pequeña hija dormida en los brazos de su atribulada madre, intuyo que, por primera vez en su historia, el centro de la tragedia no es Valparaíso.
Afortunadamente no me equivoqué; sin embargo este puerto chileno sobre el borde del océano Pacífico, que está a una latitud sur equivalente a la de Buenos Aires, nos obliga en estos momentos posteriores al terremoto a revisar nuevamente en dónde y cómo estamos los porteños. Por lo pronto nosotros, los porteños de acá, sabemos de una larga historia de aconteceres infaustos, marcados por los efectos de terremotos, temporales e incendios, que reconocemos cada vez que suena una sirena de bomberos, se divisan las negras nubes desde el sur o barrunta la tierra desde la profundidad de los cerros.
Esta permanente adversidad puede ser difícil de explicar a otros, toda vez que es un estado y no una condición. Entonces ¿por qué vivir aquí?, ¿cuáles son los motivos que hacen de esta ciudad un atractivo para todo el mundo? Esto último desde mucho tiempo antes que la Unesco sancionara su condición de Patrimonio Mundial, en el año 2003.
Tratar de explicarnos una ciudad después de un terremoto tal vez sea tan doloroso para nosotros, como morboso para otros. Pero en este caso, como la singularidad
es parte de un paisaje que deviene en lugar, será ese lugar la clave de la identidad que trataremos de esbozar en algunas de sus dimensiones: las que remiten a la metáfora de la medida del cuerpo en los talles de la vestimenta, lógica que adscribe a nuestro convencimiento de que
en las ciudades el hábito sí hace al monje.
Cuando el cineasta holandés Joris Ivens filmó A Valparaíso, en 1963, jamás pudo imaginar que tres décadas más tarde su compatriota y colega fallido –que para suerte de todos devino en arquitecto– Rem Koolhaas estaría en una misma sintonía: valorar el fragmento y la diversidad para captar la totalidad, que está más allá de lo evidente. Así, el valor dado a Valparaíso en la película podría ser –si se asimilaran las escalas de las intervenciones arquitectónicas a la metáfora de la medida del cuerpo– una paráfrasis del famoso libro del arquitecto holandés: S, M, L, XL. Figura muy conveniente que proponemos para tratar de describir la relación que puede tener el visitante que intente “vestirse” con la ciudad de Valparaíso.
small: valparaíso próximo
Inicialmente, la medida más pequeña –small– corresponde al encuentro con lo próximo. Salvo excepciones, en general ese hipotético visitante viene con su propia ropa y no busca vestirse con la ajena. Son los que llamamos turistas. A la distancia, el viajero rápidamente descubre que en Valparaíso la intimidad de la ropa ajena está más allá de lo que se ve colgando de las ventanas en las casas, que a su vez penden de los cerros.
Si esa proximidad se acercara un poco más, ¿dónde
quedaría la intimidad de las casas? Tal vez en su crecimiento desde adentro hacia afuera, hacia el otro sin violentarlo, donde no hay pastiche ni fachadismo posible. De ahí que la cuestión de lo pequeño como doméstico y cotidiano esté suspendida por el gesto que en esta ciudad supone ir subiendo y bajando impenitentemente por escaleras y funiculares.
Estos últimos objetos artificiales parecen naturales, sobre todo cuando descubrimos las ruinas de sus estaciones superiores en algún cerro olvidado por la postal turística. Ahí están diseminados en la trama urbana sin alarde ni circunstancia, sólo como una fachada más. Recordemos que un día llegaron a poblar más de la mitad de todos los cerros, y hoy sólo funcionan con bastante dificultad apenas una decena. Estar allí en sus cabinas, suspendidos en medio del mecánico afán que los moviliza, puede ser, desde la distancia, el modo más próximo e íntimo en que un visitante comience a “probarse” Valparaíso.
medium: valparaíso local
La medida intermedia –medium– se supondrá como la más común, al menos hasta que definamos lo que es común. Una talla común podría ser la medida de lo habitual, que en el medio social se puede identificar convencionalmente con “el barrio”.
Los barrios son esos lugares comunes que en la particular morfología de Valparaíso coinciden con cada uno de sus 42 cerros, que pueden ostentar al menos uno o excepcionalmente varios, según sea su extensión y densidad. Lo curioso es que desde cada cerro se va desplegando ante el visitante una de las pocas ciudades en donde todos los barrios se miran unos a otros de manera continua y persistente. En un lugar así, la segregación y la exclusión son poco menos que imposibles, por lo que esta característica de ciudad heterogénea y difusa en su zonificación social le permite ser solidaria y tolerante con el otro, que siempre es –potencialmente– un nosotros.
De allí que esa primera impresión en el visitante sea siempre radical: o la detesta o se fascina. Ya que así como puede ser insoportable estar sometido al escrutinio de miles de miradas en cada ventana, en una exposición donde hasta los techos de las casas han sido institucionalizados como una quinta fachada, asimismo es fascinante comprobar cómo ese soporte geográfico fundacional es la verdadera adversidad cotidiana de todos los porteños.
Una adversidad que se transforma en un tipo de resiliencia festiva, por paradojal que esto pueda parecer.
Qué otra cosa explicaría que los niños salgan a la calle a jugar al fútbol en sus pendientes, donde el arquero se convierte alternadamente en un portal hacia el triunfo fácil o en la dificultosa llegada a la cumbrera del éxito. Ya lo recordaba el artista porteño Pedro Sepúlveda, citando a Marcel Duchamp, en alguna de sus obras: “... la vida es una carrera cuesta arriba”.
Todo esto en la medida de lo local, cuestión que debe saber nuestro visitante.
large: valparaíso global
La medida de una talla grande –large– anuncia la posibilidad de que el cuerpo de su usuario haya alcanzado un grado de mayor desarrollo en comparación con la medianía del resto. Analógicamente, en esta escala Valparaíso ya era una ciudad global.
En efecto, decimos ya era, porque el valor excepcional universal que justificó su inclusión en la lista de patrimonio mundial de la Unesco apela precisamente a su condición de ciudad-puerto precursora del proceso de globalización.
Por eso, debemos advertir al visitante que las dimensiones de la ciudad-puerto no sólo deben considerarse en relación con lo que está enhiesto en los faldeos de sus cerros y la estrechez relativa de su área plana, sino que debe incluir la batimetría de su puerto, construido en base a sucesivos rellenos que van ganando terreno al mar, como si este fuera un reverso de la ciudad.
Ya lo dijo el poeta chileno Nicanor Parra: “Valparaíso, hundido para arriba”.
desde cada cerro se va desplegando ante el visitante una de las pocas ciudades en donde todos los barrios se miran unos a otros de manera continua y persistente. Necesario será entonces –si es que no se ha llegado en buque–, hacer un recorrido en lancha por la bahía para hundir la mirada en el oleaginoso y oscuro mar de Chile que sostiene el balanceo salino de nuestro transporte, para ir subiendo la mirada hacia los cerros, momento en el cual nos daremos cuenta de que toda esta configuración variopinta no son más que intervalos donde las quebradas que los separan guardan uno de los patrimonios naturales más importantes de la ciudad: el agua.
Estas quebradas fueron las que desde el siglo XVI asistieron con su leña y agua dulce a las embarcaciones que arribaban de ultramar al fin del mundo. Una imagen que hoy día nos puede explicar por qué frente a los ojos de estos primeros visitantes se manifestaba como el “Valle del Paraíso”. Y de paso también, por qué una bahía de abrigo tan discreta para las expectativas de las grandes embarcaciones actuales se fue convirtiendo en el primer puerto de Chile, aun cuando en los temporales se dé la paradoja de que los barcos salen del puerto y no se refugian en él.
Otro detalle más que debe saber nuestro visitante.
extra large: valparaíso mítico
La talla más grande –extra large– es la que se extiende sobre el imaginario del lugar. Esta medida especial hoy día se hace cada vez más común, en tanto que el crecimiento supone límites que no son físicos, sino más bien intangibles, lo que le da a cada ciudad su mito.
Todas las ciudades tienen historia, pero sólo en algunas esta se funda en el mito. Así, más allá de las certezas posibles y sus innumerables precisiones de tiempo y lugar, que van poblando de interminables datos la memoriosa lucha contra el olvido, será el mito el que venga a llenar esta dimensión que al visitante se le aparece como extraviada y extravagante.
Y en Valparaíso convergen muchos y variados mitos, algunos extraviados y otros extravagantes, que de una manera imperceptible, lenta y cansina lo van llenando todo como una inundación.
Este Valparaíso mítico es el que alimenta su valor patrimonial: mientras algunos intentan administrar lo obsoleto, otros tratan de mitigar el dolor de la pérdida causada por las catástrofes. Entremedio, el futuro patrimonial es una postal que se va tiznando, porque el simple recuerdo siempre excluye y sólo la memoria activa incluye.
Por eso es tan importante advertir a nuestro visitante sobre cualquier intento de abarcar todo desde la superficie de la mirada, algo que siempre lo dejará mal vestido, con un traje inadecuado. Esa es la escala extra grande, en la que el mito alimenta lógicas imposibles de una arquitectura insólita, y donde sus partes últimas siempre sostienen a las más viejas, en un presente eterno que devela la importancia de lo vernáculo en cada una de sus “casas acantiladas”, como sugiere el arquitecto chileno Manuel Casanueva.
Muchos visitantes en su afán de comprenderlo, han decidido legítimamente quedarse a vivir en Valparaíso. Sin embargo, esto ha hecho aparecer otro riesgo más en nuestro horizonte urbano, el de la “gentrificación”, anglicismo que describe cómo los nuevos propietarios expulsan a los antiguos vecinos. Es decir, el peligro de instalarse en el mito, y tratar de lucrar con el rédito de su inversión simbólica, a través de operaciones de rehabilitación que finalmente se convierten en un dato más del escenario de la especulación inmobiliaria.
Esto se podría sumar a la lista de adversidades, sin duda; pero el mito es inconmensurable, claramente sobrepasa la medida de lo extra grande. Es que, finalmente, su patrimonio debería aspirar a ser local y global al unísono, esto es glocal, ya que no sólo deben ser compartidos sus beneficios sino también sus responsabilidades.
Por eso, esta ciudad difícil, tantas veces incomprendida, que vive en la adversidad, a esta altura de la página espera por un lector que se convierta en visitante, aunque todavía no tenga muy claras las razones de por qué vivimos acá.
Mientras tanto miro por mi ventana, tengo puesto a Valparaíso.
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| Publicada en TODAVÍA Nº 23. Junio de 2010 |
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