Arte + Notas

Pop Argentino
el eterno presente
 
por maría josé herrera Jefe de Investigación del Museo Nacional de Bellas Artes y presidente de la Asociación Argentina de Críticos de Arte
 
 
¿Esto es una obra de arte? La pregunta, que se reitera en el público actual, fue impulsada a principios de siglo XX por las vanguardias históricas al poner en exhibición piezas industriales denominadas ready mades (urinarios, portabotellas), elementos cotidianos y el propio cuerpo a partir de acciones. Entre grandes polémicas y rechazos, las instituciones artísticas albergaron estas producciones por demás perturbadoras. Firmadas por los artistas, las obras pusieron en evidencia que su artisticidad provenía de la legitimación otorgada por un sistema conformado por galerías, museos, universidades, críticos, más allá de su calidad estética.

Ese gesto, polémico y escandaloso de las primeras décadas, fue retomado en los años cincuenta y sesenta por los artistas nucleados en torno al movimiento conocido como pop art, quienes tuvieron como referente a la vanguardia dadaísta. La joven generación admiraba en particular a su mentor, Marcel Duchamp, y tomaba como modelo los ready mades. Efectivamente, el especialista Thierry de Duve afirma que el mensaje de Duchamp llegó a destino tarde, entrados los años sesenta. El urinario de 1917, su función nominativa y lo que esto implicaría para el arte, sólo pudo ser cabalmente comprendido por una generación que, como Duchamp en aquel momento, se preguntó: ¿qué es arte?

los objetos, las ambientaciones y los happenings fueron los instrumentos para estos “imagineros del pop lunfardo”, “reporteros de la vida social”, “fetichistas de lo cotidiano”, como los llamó la crítica.

A diferencia del dadaísmo, que rechazaba el medio social y cultural de su época, las tendencias de los sesenta incorporaron elementos identificados con el “american way of life”: publicidad, westerns, cómics, ciencia ficción y diseño popular, en el contexto de sociedades democráticas, capitalistas y altamente industrializadas. Por debajo de esta pacífica convivencia, en el plano internacional, entre la producción pop y su contexto social hubo sin embargo una identificación con los movimientos emergentes: protestas estudiantiles, polémicas raciales, la guerra en Vietnam y luchas por los derechos civiles, por lo que resultó un estilo a todas luces paradójico. Los artistas cuestionaron la idea de autoría y la obra tradicional a partir de intervenciones, provocaciones y denuncias dentro de museos y galerías, desde un lenguaje que incluía la experimentación y las innovaciones técnicas. A pesar de esta oposición, sus obras alcanzaron rápidamente aceptación en la institución artística y los espectadores se vieron fascinados por este lenguaje que se incorporó velozmente a un mercado cada vez más amplio y diversificado. Con relación a esta situación contradictoria, el crítico norteamericano Thomas Crow afirma que el pop art se caracterizó por una notable ambivalencia.

londres, el origen
Si bien el pop art cobró su fama por artistas como Andy Warhol, que desarrolló su obra en los Estados Unidos, meca del arte en los años sesenta, esta estética tuvo su origen en Londres. El avance del consumo y la tecnología habían impactado en una joven generación de artistas de Inglaterra, quienes desde nuevas perspectivas iniciaron un análisis del horizonte cultural de la época. Con estas inquietudes se formó en 1952 el Independent Group, en el London Institute of Contemporary Art (ICA), una asociación que incluía a arquitectos, artistas, historiadores y críticos de arte: Eduardo Paolozzi, Richard Hamilton, entre otros, se propusieron restablecer la relación entre el arte y la vida. Una imaginería de revistas de ciencia ficción, films de Hollywood, diseños y arquitecturas modernas. Estas fuentes, masivas y populares, presentaban el mundo apetecible y sensual propio de la sociedad de consumo.

Con foco en Londres y Nueva York, el pop art negó sistemáticamente las convenciones: intentó borrar la distinción entre cultura superior y cultura masiva al incorporar la historieta, la publicidad, el diseño y la moda, y puso en crisis el estatuto de autor a partir de objetos industriales en serie. El nuevo lenguaje no desdeñaba el humor ni la cultura kitsch, elevados ahora a la categoría de gran arte. Nueva York en los sesenta era un centro artístico internacional, la ciudad del arte por excelencia, con espe­ctáculos, películas y exposiciones continuas, en un período de agitación al que Susan Sontag, por entonces una joven escritora recién arribada a la ciudad, calificó de “irrepetiblemente vital”. Fue también el momento en que el pop se institucionalizó y adquirió reconocimiento por parte de la prensa, el mercado y el público.

buenos aires. epicentro: el di tella
En la Argentina de la primera mitad de la década del sesenta, un optimismo basado en la expansión económica del programa desarrollista, el acelerado crecimiento de la clase media y nuevas condiciones que favorecían el contacto con el modo de vida del modernismo internacional, vieron nacer a activas vanguardias artísticas. Entre ellas, el pop, que tuvo su fecha oficial de consagración en el agitado 1966, año en el que diversos conflictos cívico-militares terminaron en un golpe de Estado que se prolongó hasta la década siguiente.

Buenos Aires, foco cultural por excelencia, despuntaba como la Nueva York descrita por Sontag: activa, moderna y programáticamente internacional. En ella, instituciones como el Di Tella le daban marco a la experimentación de un extenso grupo de jóvenes que disfrutaba del contacto con las disciplinas que reunía la sede del instituto. Por sus salas de la calle Florida circulaban los pintores y escultores que exponían en el Centro de Artes Visuales, y los bailarines, performers, actores y músicos del Centro de Experimentación Audiovisual y el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales. Escandalosos e irreverentes, se apropiaron sin pedir permiso a ninguna academia de los íconos populares de nuestra cultura urbana. Se rieron de las convenciones y de la estricta moral que veía en el cabello largo, la minifalda y los muchachos de camisas coloridas, la decadencia de los valores occidentales.

Los artistas emprendieron la aventura de cuestionar y conmover, desde distintas perspectivas, las nociones de lo que se consideraba arte. El pop argentino fue un arte joven, efímero y vitalista, que desdibujó los perfiles de los géneros y las disciplinas. Criticó el buen gusto y se nutrió de repertorios ajenos al arte, como los medios de comunicación o la moda. También del nuevo “mundo de la imagen”, el de la cultura de masas, con sus seductoras revistas femeninas, el glamour de las estrellas de cine, la imaginación del diseño y la persuasión de las estrategias publicitarias. Los objetos, las ambientaciones y los happenings fueron los instrumentos para estos “imagineros del pop lunfardo”, “reporteros de la vida social”, “fetichistas de lo cotidiano”, como los llamó la crítica. Ávidos de ampliar la difusión del arte, tomaron la calle, llamaron a la participación y al juego. Sacaron de sus pedestales a varias verdades consagradas para reírse de los mitos de nuestra identidad.

“El folklore moderno da su pleno sentido (su poesía) al artículo en serie, al objeto de desecho”, pregonaba por aquellos años Pierre Restany en Buenos Aires. Invitado a dirimir los premios del Instituto Di Tella, el crítico del pop francés veía a los artistas porteños en sintonía internacional, pero dando a sus obras “el ‘sabor’ único: sabor que no es el mismo en París y en Londres, en Nueva York y en Tokio”. Lejos de mimetizarse con las tendencias foráneas –a las que desde luego no desconocían–, mostraron lo intrínsecamente argentino del “folklore urbano” en el que estaban inmersos. Desdramatizar la vida, darle cabida a la diversión y a la felicidad no implicaba necesariamente una forma de evasión de la realidad. Para muchos artistas fue todo lo contrario. Plantearon al arte como una vía de ­des­alienación y ampliación de la percepción.

“El pop se está convirtiendo en algo más monumental, sofisticado, internacional”, señaló Lawrence Alloway un año después, al ser también invitado del Di Tella. El crítico inglés veía el pop como el resultado de una “cultura común”. “Los artistas de todo el mundo están envueltos por los mismos aspectos de una cultura común, por la misma realidad del siglo (…) y las diferencias locales se aclaran si se comprende que cada ciudad comparte dos ambientaciones que coexisten y se mezclan: la ambientación local y la internacional”.

Para Jorge Romero Brest, director del Centro de Artes Visuales del Di Tella y activo propulsor del pop, se trataba de un “realismo de los objetos”, de ciertos objetos antes invisibles para el arte, como los medios masivos, que pasaron a formar parte del ambiente cotidiano contemporáneo. Muy cercanos al momento de la creación, Romero Brest y el crítico Oscar Masotta señalaron la mediación que el arte pop realizaba sobre la realidad. Ambos coincidían en considerar que el pop se nutría de una materia preelaborada: aquella que proveían los medios. Así, en las pinturas, los objetos y los happenings aparecía un amplio repertorio de citas a los productos de consumo como los que publicitaban la televisión y la radio. Los manuales escolares y los libros de cocina –fuente estética desde la infancia– fueron apropiados como formantes de ese “ser argentino” intransferible que se proponían mostrar. Las luces y la energía de la calle Lavalle, donde se mezclaban los sueños de Hollywood con el tango y la pizza, esa “menesunda”, entraba entonces a ser parte de los temas del arte. Efectivamente, hay una fuerte connotación de identidad en las manifestaciones de la cultura popular que se extendieron internacionalmente en la segunda mitad del siglo XX. Así ocurrió con el pop argentino y los propios de otros países latinoamericanos donde existían las condiciones económicas, sociales y políticas para la emergencia de una cultura de masas.

El pop implicó un cambio de contexto de distintos objetos de la vida cotidiana colectiva e individual. Desdibujó los límites entre lo público y lo privado, entre la alta y la baja cultura. Su estrategia fue la apropiación, la operación consciente y crítica de que se estaba resignificando la realidad circundante. De este modo, el pop retomaba la reflexión allí donde la habían dejado los dadaístas, quienes, igualmente, habían buscado desmitificar al gran arte. “El arte –apuntaba Oscar Masotta en 1968– no está ni en hacer imágenes con óleo, ni está en los museos: está en la calle y en la vida, en las tapas de las revistas y en la moda, en las películas que antes creíamos malas, en la literatura de bolsillo y en las imágenes publicitarias...”.
Sin lugar a duda, el pop es la expresión de una sensibilidad contemporánea que, nacida en los años sesenta, aún vibra en distintas tendencias del arte actual.

Publicada en TODAVÍA Nº 23. Junio de 2010
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