Literatura

Ursúa
William Ospina

Fragmento de la novela Ursúa (Alfaguara, 2006), de William Ospina.

No había cumplido diecisiete años, y era fuerte y hermoso, cuando se lo llevaron los barcos. Tenía el mismo nombre de la tierra que sería suya, en las colinas doradas de Navarra, donde siglos atrás sus mayores alzaron un castillo para resistir a franceses y godos y merovingios. Arizcún es el pueblo más cercano. Una aldea belicosa en la vecindad enorme de Francia, cerca de una línea fronteriza inestable y vibrante, como esas cuerdas sobre las que saltan los niños. Ante los hombres diminutos en el paisaje las colinas susurraban preguntas y las nubes formulaban enigmas, porque toda frontera está tejida de incertidumbre y de hierro. Pero la fortaleza era vieja como su linaje sangriento: un fortín impenetrable con troneras y barbacanas, ceñido por un foso, con saeteras verticales para disparar las ballestas, ranuras por las que sólo caben una flecha y una estría de luz, y, al frente de una ermita milagrosa, muros nunca vencidos, hechos con piedra gris traída de las canteras del norte, de allá donde las vacas rumian en los acantilados mirando un mar frío que a veces se llena de niebla.

Yo nunca vi esas cosas, pero aquí estoy copiando sus recuerdos. Su padre se llamaba Tristán, Tristán de Ursúa. Y si el muchacho viajó temprano a tierras desconocidas es porque sabía que la fortaleza familiar estaba destinada a Miguel, su hermano mayor, y nunca imaginó que éste se desangraría batiéndose por una hembra en calles de Tudela. Él ya estaba muy lejos cuando ocurrió aquel duelo, y después heredó en vano el castillo y los campos, porque otros espejismos se habían apoderado de su mente. Por ello fue el tercer hermano, Tristán, como su padre, una espada obediente en las guerras del emperador, quien recibió finalmente el señorío con su ermita y sus murallas. Hubo también hermanas, aunque Ursúa nunca me dijo cuántas, que fueron vientres dóciles para los burdos y ricos señores de aquellos condados, y madres del futuro; y un hermano menor al que le asignaron un lugar en la Iglesia, para que la familia cumpliera con todos los poderes de la tierra y del cielo.

Apenas le asomaba en la cara una pelusa de cobre, y no fue la pobreza lo que lo lanzó a la aventura. Si hubiera decidido quedarse en su tierra, confiando en los favores del amo del mundo, cuyo abuelo Fernando de Aragón tuvo siempre en la casa de Ursúa un aliado invariable, y cuyo camarlengo era primo de uno de sus mayores, sin duda habría obtenido algún cargo menor en la corte.

Pero el mismo Dios que puso belleza en su rostro, y rabia y diablura en la muñeca de su brazo derecho para maniobrar la daga hacia arriba y la espada hacia toda la estrella del espacio, sembró inquietud en su pensamiento y avidez en sus entrañas [...]
Alguien me contó que en un mesón de Tudela había dejado malherido a un hombre, y que ésa fue la causa de que abandonara sus tierras y se atreviera a cruzar el océano, contrariando las costumbres de sus mayores, que sólo amaban la hierba y los montes, y la caza del jabalí de curvos colmillos, y que, agazapados a la sombra de las montañas, miraban al mar con desconfianza. Pero es probable que mi informador haya confundido los lances del muchacho con los tropeles de su hermano mayor y se dejara inspirar por el hecho de que Ursúa, en una de sus guerras, fundó en el nuevo mundo una ciudad a la que llamó Tudela en recuerdo de su remoto país. Pero la Tudela de España es una vieja ciudad de campanarios, que recibe y despide siempre las aguas desbordadas del Ebro, y la que Ursúa fundó en tierra de los muzos era un fuerte fantástico, llamado a ser con los siglos la Ciudad de las Esmeraldas, si no hubieran torcido su destino los astros, que nadie gobierna.

Es verdad que su linaje era vasco, pero su familia cercana estaba más ligada a la tierra que al agua, y no se asomaba a los puertos ni husmeaba en las naves que buscan el revés del mundo. Y eso suena extraño, porque aunque los vascos tengan la costumbre de hablar con los árboles, y sean capaces de dar vino dulce a las abejas en invierno para que no se mueran de frío, y protejan las cosechas sembrando avellanos rezados, nadie ignora su destreza con el viento y las olas, y tal vez no miente quien dice que esos hombres tensos, en auroras lejanas, les enseñaron a navegar a los vikings. Los Ursúa, en cuyo nombre hay una parte de agua y una parte de fuego, habían sido los primeros pobladores de todo el valle, y nadie recordaba una época en que no estuvieran allí con sus lebreles y sus palomas, ni siquiera el poeta Arbolante, que cantó las dinastías de España desde la creación del mundo, y la edad en que pastaban bisontes rojos en las llanuras. Se dice que uno de los primeros Ursúas de los tiempos antiguos se encolerizó cuando otra familia plantó tiendas a leguas de distancia hacia el sur, porque sintió que le robaban el aire y la luz. Con los siglos se hicieron más corteses, y la familia se envanecía en recordar que alguna vez mozos de su sangre fueron aceptados como rehenes para garantizar un convenio entre Pedro el Ceremonioso y Carlos el Malo, en tiempos de las guerras entre Aragón y Navarra.

Yo sólo sé que Pedro de Ursúa no había tenido nunca relación con barcos y navegaciones, y que, más allá de sus fantasías juveniles, no había deseado de veras viajar hacia tierras lejanas antes de aquel mediodía de marzo de 1542. Era apenas un muchacho de quince años que volvía con su criado de los mesones de San Sebastián, cuando vio a la distancia la polvareda que se alzaba por el camino de Elizondo, y no podía saber que esa polvareda indiferente iba a desviar su vida. •



Publicada en TODAVÍA Nº 17. Agosto de 2007

 

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