¡Cuánto te le parecés! Él parece dormir
durante el eclipse.
Pero el frío ríe interiormente en
nosotros. Total vigilia del mundo
en cada imagen, en cada cristal de hielo.
Y cada copo apura al mismo tiempo
la homogeneidad y la diversidad en
nuestros gestos desapercibidos,
tan lentos, tan lívidos
en tu cara: Insisto,
¡te le parecés muchísimo!
No podemos precisar qué es una estación.
Antes parecía un mojón, un detenerse
en algo que no era un lugar,
tampoco había un tiempo. Teníamos un nombre
pero no bastó; después un apellido y
no fue suficiente; después necesitamos una fecha
de nacimiento —y resultó vulnerable.
Ahora
estas laminillas mitocondriales en plena
cabeza y sin embargo,
algo parecido a una alegría que crece
las desmiente, las inutiliza y las arruina.
Tachemos esto: Anno domini, Aetatis sua;
borremos las fórmulas epigráficas. Bastaría
que entre los intersticios de la gracia —¿acaso no decían
cuál es su gracia?— se mezclaran una ternura y
una inocencia nuevas. ¿No lo pidió Giacometti?
“Recentrar la conciencia en ese nivel donde
la humanidad existe”.
¿Qué fue la humanidad
Se mecen como arañas tejedoras entre las telas
de la nada tejedora. Y guardada en el agujerito
de un muro, la araña es la pregunta encinta.
Y Krabbe
un paraje donde nuestro tatarabuelo abdicó
al ínfimo trono de su edad y de su tiempo;
donde el presente deshizo el tálamo, la cama.
La vigorosa reserva de la imagen ahora
es esta escultura deliciosa pintada en hielo.
Blanco del movimiento nocturno,
del secreto,
vellón almidonado por un viento glacial que
desordena el labrantío: ¿cuál? ¿cuál? ¿cuál?
la ovejita estultífera
la escultura de sonido duradero.
El grito de un ave que sobrevolara en cuadrados
este cielo de tormenta —aunque imposible—,
la volvería quebradiza, llegaría a
pulverizarla.
La guirnalda y las flores árticas
se nos vinieron encima.
El vaho del ligustro florecido a destiempo
atrae unas abejas enormes,
con cestillas macrospérmicas en las patas
para no adherir el polen.
En la intermitencia de nuestro balbuceo
se oye el rumor de un viento blanco.
¿nos despertamos de un sueño o entramos
continuamente en otro bajo la mesa de
una palabra conductora,
apenas pronunciada, largamente festejada
por la sordera de los animales?
¿somos tan diferentes en esta plena gemelaridad
que cualquier vestigio de voz puede tensarnos
como a cuerdas y aflojarnos, después y separarnos
y volvernos a unir a la
supervivencia difícil,
como si universos que ignoramos
sin lastimarnos continuamente nos rozaran?
El nogal dio una nuez que pesa toneladas.
El árbol es una hierba delicada ahora,
una especie de helecho aspáragus al lado
de su gigantesco fruto de oro.
¿quiénes somos?
¿Qué grados de parentesco asumiremos
si no sabemos cuándo y dónde hemos nacido,
pero nos creemos en la obligación de
envolver los hechos
en un matiz de incertidumbre y rigor
como en el Diario de Colón?
II
todo empezó cuando el ligustro florece
en lo más tarde del verano. Carpimos para detener
un flujo helado que llegaba desde la tranquera del Este.
Supimos que las florecillas malva que flotaban
en la superficie eran grumos de sangre en un agua
semiescarchada que fluía muy lentamente.
A pesar del frío el vaho fragante nos envolvía
por momentos en una especie de bálsamo exquisito
nunca experimentado antes—; un virus biofórmico,
nos dijeron,
altamente mutante parecía cortejarnos;
pero en la piel
sentimos su mordedura como un sarpullido
en lo invisible del “cambio”.
Escuché que decían: hay dos tipos de azares,
y se reían, y alguien de entre ellos discutió: ¡qué otra
alternativa me queda si quiero escapar de las
relaciones puntuales de causa y efecto,
debo atenerme a las nubes, a sus fractales insumisos!
Y Ella insistió: ¡Dos tipos de azares!
El de las ramdom operations, que corresponde
a la distribución igual de acontecimientos, y el
de las chance operations, que supone distribuciones
desiguales de elementos, frases desiguales,
intervalos diferentes de tiempo casi existente.
Me quedo con estos últimos —dijo alguien más—,
como lo hicieron los dos viejos músicos para la música,
para el silencio y para el Ritmo…
Parecían palabras de niños que no saben hablar y
escuchan a sus hermanas mayores y las imitan con
sabidurías improvisadas.
Pero faltaba un niño verdadero perdido
en la maleza alta de los juncos de hielo:
“…que la
visión entera se parezca al tintero involcable…”.
Fue todo lo que dijo.
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