—Manuelita está mirándonos— dijo Yoyó.
Quizás era cierto. Manuelita reposa sobre el escritorio del
abuelo desde hace un siglo. A través de sus ojos huecos,
la gente y el tiempo pasan sin descanso. Creo que existimos por
decisión de Manuelita. Ella nos cuida de niños, y
nos llama cuando ya es hora de anunciarnos la muerte. Le encanta
cerrarnos los ojos. En estos años, se ha ido al cielo casi
toda la generación de nuestros padres. Sólo queda
la nonagenaria tía Imelda. Los sobrinos estamos como suspendidos
en el aire. Por eso, cuando Yoyó habló, nos miramos
para contarnos, y comprobamos que estábamos completos.
Acababa de morirse la tía Hilda. Toda la noche, la velamos
en la vieja casa de San Sebastián. Corrieron el café,
los recuerdos, las lágrimas y algunos chistes.
A veces, mirábamos por la ventana. Nos quedábamos
atisbando los horizontes. Aunque no lo decíamos, queríamos
saber si el alma de la difunta todavía nos estaba escuchando.
Nos parecía muy temprano para que ya hubiera ascendido a
los cielos.
Hilda e Imelda habían permanecido solteras. Ellas cuidaron
de los abuelos, velaron a los santos, veneraron las tradiciones,
regaron el jardín y fueron en el pueblo la última
representación de nuestro apellido. En recompensa, su vejez
fue premiada con la propiedad de la mansión familiar y tres
casitas, de donde les llegaba una flaca pensión para sobrevivir
en este mundo.
En el recuento de sus bienes, debía contarse también
una caja de caudales que, según leyendas, estaba repleta
de libras de oro. Apenas llegados al velorio, mi prima Maruja y
su esposo Yoyó se encargaron de acabar con ese mito. Maruja
se arrodilló ante la tía Imelda y le suplicó
que le diese la clave para abrir la caja fuerte. Yoyó, tras
de ella, la sujetó por los brazos.
Estaban ansiosos. Venían de Lima y habían recorrido
en autobús durante toda la noche seiscientos kilómetros
del desierto peruano. Bandadas de gallinazos y algunos ángeles
extraviados volaron sobre ellos. Yoyó y Maruja querían
que de una vez por todas se definiera el asunto de la herencia.
No fue necesario que coaccionaran a la tía Imelda. En vez
de tener miedo, la anciana se sentía en la gloria. Adora
a Maruja porque es la gringuita de la familia. Maruja no ha regresado
a San Sebastián desde que se casó porque vive en Lima
y no se siente feliz de ser provinciana. No pasó de la escuela
primaria. Sin embargo, la tía Imelda no se cansa de venerar
sus cabellos rubios y sus ojos verdes. “Mi gringuita”,
dice, “Mi princesa”, y todo el tiempo recuerda la boda
de la princesa Maruja celebrada cuando aquella era quinceañera,
hace cuarenta años.
—¿Quién nos dirá la clave si mañana
te mueres? ¿Quién? —preguntó Yoyó—.
Tendremos que compartir los bienes con los primos, y, como tú
sabes, algunos de ellos no los necesitan y otros no los merecen.
No se cuidaban de ser escuchados. Él habla a gritos porque
siempre está borracho. Ella torna nasal e imperativa su voz
como supone que siempre deben hablar las señoras de alta
sociedad.
Imelda, delgada, ya casi un espíritu, se balanceaba en la
mecedora. Maruja se quejó:
—Yoyó y yo somos pobres por culpa de los comunistas.
Antes de la reforma agraria, a los blancos se nos respetaba, se
nos daba los puestos de responsabilidad. El que era gente, era gente.
No era necesario estudiar. Ahora ya nada es así. Ya la vida
no es como antes en el Perú…
La tía Imelda aprobó las palabras de Maruja. Luego
se hundió en la contemplación de aquellos fascinantes
ojos verdes.
Esta chica era una princesa. A los 15 años, se enamoró
del gran Yoyó Azambuja. Yoyó había llegado
a San Sebastián como agrimensor, y a las tías les
pareció algo negruzco y con rulos pegados al cráneo.
Sin embargo, él les contó que era hijo de un médico
y de una francesa.
—¡Ah!... ¡Francesa!
—¡Claro! … Y no se escribe Yoyó sino Geo
Geo.
Entonces, las tías lo vieron apuesto y colorado, y dijeron
que se parecía al príncipe Rainiero de Mónaco.
Una carta anónima les relató que la madre de Geo Geo
provenía de las colonias africanas, pero no le hicieron caso.
Hilda e Imelda presionaron al abuelo y, con su dinero, organizaron
la boda de Geo Geo y Maruja en un lujoso restaurante francés
de Lima.
¡Increíble que hubieran pasado cuarenta años!
Maruja no volvió jamás a San Sebastián, pero
las tías solían ir a Lima para visitarla. Tenían
que alojarse en pensiones baratas porque Maruja se negaba a hospedarlas.
“Tienen que comprender, tiítas. Aquí en Lima
no se estila tener familia de provincias. Ninguna de mis amigas
acepta que haya gente decente en provincias. Además, Geo
Geo me ha hecho ver que soy una mujer de clase alta, aunque él
no gane mucho dinero. Dice que no se puede estar mostrando a la
vez los muebles de moda y las tías viejas. ¡Ja, ja!...
¿No te parece chistoso, tiíta?
La tía Imelda estaba muda, pero de felicidad. Le temblaban
las manos mientras giraba la manivela de la caja de caudales…
La puerta se abrió y las manos de los esposos se abalanzaron
hasta encontrarse dentro.
—¡Guarda las formas! —Maruja le dio un codazo
a su marido—. Yo voy a buscar…
Lo primero que encontró fueron fotografías de los
abuelos. No era tiempo de sensiblerías, y las hizo a un lado.
Entonces comenzaron a rodar por el suelo estampas de primera comunión,
bucles dorados, dientes de leche, cartas perfumadas y pañuelos
de seda, pero ni una sola libra de oro.
—¿Qué es esto? ¿Una broma?
Los brazos etéreos de la tía Imelda se metieron en
la caja de caudales y extrajeron un collar de piedras verdes. Sin
decir una palabra, su índice derecho apuntó hacia
ellas y luego señaló los ojos verdes de Maruja.
—¿Esmeraldas? —preguntó mi prima—.
Las levantó y, al instante, las arrojó lejos. Protestó:
—¡Éstas no son esmeraldas! Son pura chafalonía.
Eso quiere decir que ustedes vendieron todas las libras de oro.
¿Y para qué? Yoyó ¡debemos irnos de inmediato!
Por toda respuesta, Yoyó señaló el techo y
las paredes de la casa.
—¡Ah, verdad! — recordó Maruja—.
En su testamento, la tía Hilda nos nombra a Yoyó y
a mí sus herederos universales... Y aquí traigo un
papel en el que tú nos cedes tu parte. Así que debes
firmarlo, tiíta adorada...
No se hizo de rogar la tía Imelda. Firmó de inmediato
y, en pago, recibió un beso aguardentoso de Yoyó y
la sonrisa verde de Maruja.
El entierro lo pagó mi hermana Sarita. Ella había
mantenido a las tías desde que vendieron la última
casita de alquiler. Compartió su escasa pensión de
jubilada con ellas. Las socorrió en sus achaques seniles.
Fue su enfermera, les preparó sus dietas, les dio a beber
agua de boldo y las bañó en colonias de viejita limpia.
—Si Sarita anda en busca de la herencia, se ha quemado —aseguró
Yoyó—. Levantó una botella de pisco y rió
a carcajadas.
Maruja entonces nos explicó las decisiones de las tías.
—La casa y sus enseres son para Yoyó y para mí.
Sarita, Adriana y Martín no los necesitan... En cuanto a
ustedes —añadió dirigiéndose a los hijos
de mis tíos Arturo y Alejandro—, no merecen nada porque
los tíos Arturo y Alejandro se portaron mal con nuestros
abuelos. Se casaron sin su permiso, y por eso ustedes han salido
medio oscuritos. ¡Casi, casi, de color!
Nadie la contradijo.
Cuando llevamos el ataúd al cementerio, Yoyó y Maruja
se quedaron en la casa. A nuestro regreso, sólo encontramos
un colchón y dos sillas porque ellos lo habían empacado
todo en un camión de mudanzas. La tía Imelda se balanceaba
en la mecedora. Manuelita observaba a la pareja.
—Ha llegado la hora de la verdad —proclamó Maruja—.
Ya hemos encontrado un comprador, y él está esperando
que desocupemos la casa.
Asentimos. Sarita se animó a preguntar:
—¿Y la tía Imelda? ¿Dónde vivirá
la tía Imelda?
—Ella también debe irse... Además, tiene que
dejarme la mecedora porque la necesito para mi casa. En Lima, está
en plena moda todo lo que es “retro”.
—Pero, ¿dónde va a vivir?
—¡Lo siento! No va a ser en esta casa que ya no le pertenece...
Pero si tanto te preocupa, llévatela contigo...
Sarita se quedó silenciosa. Después, se dirigió
a la tía Imelda.
—Ven, tía. Maruja tiene razón. Vas a vivir en
mi casa.
—¡Bravo! —gritó Yoyó—. Te
la llevas, y aquí tienes tu premio. Levantó del suelo
a Manuelita. La metió en una bolsa plástica y la dejó
sobre un asiento del carro de Sarita:
—Te llevas también a Manuelita para que cuide tu casa.
Agregó: —Manuelita está mirándonos.
Maruja acotó: —Las calaveras ya no se estilan en las
casas modernas.
El abuelo era médico, y esa calavera le confería aspecto
científico a su consultorio. Por las medidas óseas,
había colegido que era un cráneo de mujer. Por eso
la llamó Manuelita.
—Como toda mujer, es habladora —aseguraba el abuelo—.
Se pasa la noche hablando, y no me deja dormir tranquilo los lunes
cuando olvido prenderle una vela.
Ya era de noche, y Maruja exigía que nos fuéramos.
Ella y su esposo se quedaron en la casa, y nos ordenaron salir.
Asentimos, y buscamos habitaciones en el hotel del pueblo. Sarita,
su esposo y la tía Imelda se arreglaron en un cuarto del
primer piso. Manuelita descansaba junto al reloj despertador sobre
la mesa de noche.
Entre las dos y las tres de la mañana, comenzaron a dar de
golpes contra la puerta del hotel. El cuartelero respondió
a gritos que ya no había sitio libre, pero los golpes siguieron.
El hombre, entonces, abrió una ventanita del portón.
Entró una voz femenina, nasal y de clase alta rogando que
la dejaran hablar con Sarita.
—Es muy urgente. Dígale que soy su prima Maru.
Sarita despertó:
—Pasa, Marujita. Si quieres, te dejo mi cama. ¿Quieres
dormir aquí?
—No, allí jamás. No quiero ver a esa horrible
calavera.
En ese momento, llegó Yoyó. Se le salían el
alma, los ojos y el tufo del trago:
—En sueños, escuché a Manuelita. Me dijo: Los
pies son ciegos, hijito, y te han traído cerca de mí...
¡Sarita, quédate con la casa! Voy a meter allí
todas las cosas. Pero dile a Manuelita que no me lleve, por favor.
Maruja imploró:
—Ruégale que no me hable. Me ha dicho que mis ojos
son verdes y fascinantes, y que está loca por cerrármelos.
Añadió: —Aquí tienes los papeles. La
mecedora de la tía Imelda ya está dentro de la casa.
Sarita asintió: —Mañana...
—¡No! ¡Mañana, no! ¡Ahora mismo!
¡De inmediato! ¡Por Dios, dile a Manuelita que no me
hable! Parece una radio prendida. Se ha pasado la noche hablándome
al oído...
Publicada en TODAVÍA Nº 13. Abril de 2006
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Ilustración
BIANKI
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