Lecturas

Eduardo González Viaña
Manuelita mirándonos

—Manuelita está mirándonos— dijo Yoyó.
Quizás era cierto. Manuelita reposa sobre el escritorio del abuelo desde hace un siglo. A través de sus ojos huecos, la gente y el tiempo pasan sin descanso. Creo que existimos por decisión de Manuelita. Ella nos cuida de niños, y nos llama cuando ya es hora de anunciarnos la muerte. Le encanta cerrarnos los ojos. En estos años, se ha ido al cielo casi toda la generación de nuestros padres. Sólo queda la nonagenaria tía Imelda. Los sobrinos estamos como suspendidos en el aire. Por eso, cuando Yoyó habló, nos miramos para contarnos, y comprobamos que estábamos completos.
Acababa de morirse la tía Hilda. Toda la noche, la velamos en la vieja casa de San Sebastián. Corrieron el café, los recuerdos, las lágrimas y algunos chistes.
A veces, mirábamos por la ventana. Nos quedábamos atisbando los horizontes. Aunque no lo decíamos, queríamos saber si el alma de la difunta todavía nos estaba escuchando. Nos parecía muy temprano para que ya hubiera ascendido a los cielos.
Hilda e Imelda habían permanecido solteras. Ellas cuidaron de los abuelos, velaron a los santos, veneraron las tradiciones, regaron el jardín y fueron en el pueblo la última representación de nuestro apellido. En recompensa, su vejez fue premiada con la propiedad de la mansión familiar y tres casitas, de donde les llegaba una flaca pensión para sobrevivir en este mundo.
En el recuento de sus bienes, debía contarse también una caja de caudales que, según leyendas, estaba repleta de libras de oro. Apenas llegados al velorio, mi prima Maruja y su esposo Yoyó se encargaron de acabar con ese mito. Maruja se arrodilló ante la tía Imelda y le suplicó que le diese la clave para abrir la caja fuerte. Yoyó, tras de ella, la sujetó por los brazos.
Estaban ansiosos. Venían de Lima y habían recorrido en autobús durante toda la noche seiscientos kilómetros del desierto peruano. Bandadas de gallinazos y algunos ángeles extraviados volaron sobre ellos. Yoyó y Maruja querían que de una vez por todas se definiera el asunto de la herencia.
No fue necesario que coaccionaran a la tía Imelda. En vez de tener miedo, la anciana se sentía en la gloria. Adora a Maruja porque es la gringuita de la familia. Maruja no ha regresado a San Sebastián desde que se casó porque vive en Lima y no se siente feliz de ser provinciana. No pasó de la escuela primaria. Sin embargo, la tía Imelda no se cansa de venerar sus cabellos rubios y sus ojos verdes. “Mi gringuita”, dice, “Mi princesa”, y todo el tiempo recuerda la boda de la princesa Maruja celebrada cuando aquella era quinceañera, hace cuarenta años.
—¿Quién nos dirá la clave si mañana te mueres? ¿Quién? —preguntó Yoyó—. Tendremos que compartir los bienes con los primos, y, como tú sabes, algunos de ellos no los necesitan y otros no los merecen.
No se cuidaban de ser escuchados. Él habla a gritos porque siempre está borracho. Ella torna nasal e imperativa su voz como supone que siempre deben hablar las señoras de alta sociedad.
Imelda, delgada, ya casi un espíritu, se balanceaba en la mecedora. Maruja se quejó:
—Yoyó y yo somos pobres por culpa de los comunistas. Antes de la reforma agraria, a los blancos se nos respetaba, se nos daba los puestos de responsabilidad. El que era gente, era gente. No era necesario estudiar. Ahora ya nada es así. Ya la vida no es como antes en el Perú…
La tía Imelda aprobó las palabras de Maruja. Luego se hundió en la contemplación de aquellos fascinantes ojos verdes.
Esta chica era una princesa. A los 15 años, se enamoró del gran Yoyó Azambuja. Yoyó había llegado a San Sebastián como agrimensor, y a las tías les pareció algo negruzco y con rulos pegados al cráneo. Sin embargo, él les contó que era hijo de un médico y de una francesa.
—¡Ah!... ¡Francesa!
—¡Claro! … Y no se escribe Yoyó sino Geo Geo.
Entonces, las tías lo vieron apuesto y colorado, y dijeron que se parecía al príncipe Rainiero de Mónaco. Una carta anónima les relató que la madre de Geo Geo provenía de las colonias africanas, pero no le hicieron caso. Hilda e Imelda presionaron al abuelo y, con su dinero, organizaron la boda de Geo Geo y Maruja en un lujoso restaurante francés de Lima.
¡Increíble que hubieran pasado cuarenta años! Maruja no volvió jamás a San Sebastián, pero las tías solían ir a Lima para visitarla. Tenían que alojarse en pensiones baratas porque Maruja se negaba a hospedarlas.
“Tienen que comprender, tiítas. Aquí en Lima no se estila tener familia de provincias. Ninguna de mis amigas acepta que haya gente decente en provincias. Además, Geo Geo me ha hecho ver que soy una mujer de clase alta, aunque él no gane mucho dinero. Dice que no se puede estar mostrando a la vez los muebles de moda y las tías viejas. ¡Ja, ja!... ¿No te parece chistoso, tiíta?
La tía Imelda estaba muda, pero de felicidad. Le temblaban las manos mientras giraba la manivela de la caja de caudales… La puerta se abrió y las manos de los esposos se abalanzaron hasta encontrarse dentro.
—¡Guarda las formas! —Maruja le dio un codazo a su marido—. Yo voy a buscar…
Lo primero que encontró fueron fotografías de los abuelos. No era tiempo de sensiblerías, y las hizo a un lado. Entonces comenzaron a rodar por el suelo estampas de primera comunión, bucles dorados, dientes de leche, cartas perfumadas y pañuelos de seda, pero ni una sola libra de oro.
—¿Qué es esto? ¿Una broma?
Los brazos etéreos de la tía Imelda se metieron en la caja de caudales y extrajeron un collar de piedras verdes. Sin decir una palabra, su índice derecho apuntó hacia ellas y luego señaló los ojos verdes de Maruja.
—¿Esmeraldas? —preguntó mi prima—. Las levantó y, al instante, las arrojó lejos. Protestó:
—¡Éstas no son esmeraldas! Son pura chafalonía. Eso quiere decir que ustedes vendieron todas las libras de oro. ¿Y para qué? Yoyó ¡debemos irnos de inmediato!
Por toda respuesta, Yoyó señaló el techo y las paredes de la casa.
—¡Ah, verdad! — recordó Maruja—. En su testamento, la tía Hilda nos nombra a Yoyó y a mí sus herederos universales... Y aquí traigo un papel en el que tú nos cedes tu parte. Así que debes firmarlo, tiíta adorada...
No se hizo de rogar la tía Imelda. Firmó de inmediato y, en pago, recibió un beso aguardentoso de Yoyó y la sonrisa verde de Maruja.
El entierro lo pagó mi hermana Sarita. Ella había mantenido a las tías desde que vendieron la última casita de alquiler. Compartió su escasa pensión de jubilada con ellas. Las socorrió en sus achaques seniles. Fue su enfermera, les preparó sus dietas, les dio a beber agua de boldo y las bañó en colonias de viejita limpia.
—Si Sarita anda en busca de la herencia, se ha quemado —aseguró Yoyó—. Levantó una botella de pisco y rió a carcajadas.
Maruja entonces nos explicó las decisiones de las tías.
—La casa y sus enseres son para Yoyó y para mí. Sarita, Adriana y Martín no los necesitan... En cuanto a ustedes —añadió dirigiéndose a los hijos de mis tíos Arturo y Alejandro—, no merecen nada porque los tíos Arturo y Alejandro se portaron mal con nuestros abuelos. Se casaron sin su permiso, y por eso ustedes han salido medio oscuritos. ¡Casi, casi, de color!
Nadie la contradijo.
Cuando llevamos el ataúd al cementerio, Yoyó y Maruja se quedaron en la casa. A nuestro regreso, sólo encontramos un colchón y dos sillas porque ellos lo habían empacado todo en un camión de mudanzas. La tía Imelda se balanceaba en la mecedora. Manuelita observaba a la pareja.
—Ha llegado la hora de la verdad —proclamó Maruja—. Ya hemos encontrado un comprador, y él está esperando que desocupemos la casa.
Asentimos. Sarita se animó a preguntar:
—¿Y la tía Imelda? ¿Dónde vivirá la tía Imelda?
—Ella también debe irse... Además, tiene que dejarme la mecedora porque la necesito para mi casa. En Lima, está en plena moda todo lo que es “retro”.
—Pero, ¿dónde va a vivir?
—¡Lo siento! No va a ser en esta casa que ya no le pertenece... Pero si tanto te preocupa, llévatela contigo...
Sarita se quedó silenciosa. Después, se dirigió a la tía Imelda.
—Ven, tía. Maruja tiene razón. Vas a vivir en mi casa.
—¡Bravo! —gritó Yoyó—. Te la llevas, y aquí tienes tu premio. Levantó del suelo a Manuelita. La metió en una bolsa plástica y la dejó sobre un asiento del carro de Sarita:
—Te llevas también a Manuelita para que cuide tu casa. Agregó: —Manuelita está mirándonos.
Maruja acotó: —Las calaveras ya no se estilan en las casas modernas.
El abuelo era médico, y esa calavera le confería aspecto científico a su consultorio. Por las medidas óseas, había colegido que era un cráneo de mujer. Por eso la llamó Manuelita.
—Como toda mujer, es habladora —aseguraba el abuelo—. Se pasa la noche hablando, y no me deja dormir tranquilo los lunes cuando olvido prenderle una vela.
Ya era de noche, y Maruja exigía que nos fuéramos. Ella y su esposo se quedaron en la casa, y nos ordenaron salir. Asentimos, y buscamos habitaciones en el hotel del pueblo. Sarita, su esposo y la tía Imelda se arreglaron en un cuarto del primer piso. Manuelita descansaba junto al reloj despertador sobre la mesa de noche.
Entre las dos y las tres de la mañana, comenzaron a dar de golpes contra la puerta del hotel. El cuartelero respondió a gritos que ya no había sitio libre, pero los golpes siguieron. El hombre, entonces, abrió una ventanita del portón. Entró una voz femenina, nasal y de clase alta rogando que la dejaran hablar con Sarita.
—Es muy urgente. Dígale que soy su prima Maru.
Sarita despertó:
—Pasa, Marujita. Si quieres, te dejo mi cama. ¿Quieres dormir aquí?
—No, allí jamás. No quiero ver a esa horrible calavera.
En ese momento, llegó Yoyó. Se le salían el alma, los ojos y el tufo del trago:
—En sueños, escuché a Manuelita. Me dijo: Los pies son ciegos, hijito, y te han traído cerca de mí... ¡Sarita, quédate con la casa! Voy a meter allí todas las cosas. Pero dile a Manuelita que no me lleve, por favor.
Maruja imploró:
—Ruégale que no me hable. Me ha dicho que mis ojos son verdes y fascinantes, y que está loca por cerrármelos. Añadió: —Aquí tienes los papeles. La mecedora de la tía Imelda ya está dentro de la casa.
Sarita asintió: —Mañana...
—¡No! ¡Mañana, no! ¡Ahora mismo! ¡De inmediato! ¡Por Dios, dile a Manuelita que no me hable! Parece una radio prendida. Se ha pasado la noche hablándome al oído...



Publicada en TODAVÍA Nº 13. Abril de 2006


 

 

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