Lecturas

Andrés Rivera
Para otra vida

     Es agosto en el Sur. Y es invierno.
     Es agosto en el Sur de este país. Y en los lagos del Sur de este país. Y es invierno en las silenciosas y desoladas orillas atlánticas del Sur de este país.

     En Europa, es el ferragosto. Verano. Playas. Mujeres insoportablemente hermosas, desnudas. Mujeres de pieles doradas, largas piernas y pies finos y estrechos. Para besar. Y hombres jóvenes, con lo suyo al aire. Y al acecho.
     Por una de esas playas se pasea el ingeniero Heinz Fischer.
     El ingeniero agrónomo Heinz Fischer que pasea, en el verano europeo, por una de esas playas donde las mujeres son insoportablemente hermosas, y hombres jóvenes, y de fortuna, exhiben, al aire, lo suyo, es padre de Heinrich Fischer.
     Heinrich Fischer se llama Enrique Fischer en el invierno del Sur de este país.
     Enrique Fischer llegó al Sur de este país en un auto blindado y de vidrios polarizados, y cuyo dueño es el ingeniero Heinz Fischer.
     Era agosto, y era invierno en el Sur de este país.

     Enrique Fischer alquila una cabaña a 18 kilómetros de Bariloche.
     Por azar, Enrique Fischer nació en este país.
     Su padre, el ingeniero Heinz Fischer nació en lo que quedaba de la Alemania de Hitler, cuando un soldado soviético clavó la bandera roja en la cúpula del Reichstag.
     Antes, muy poco antes, las divisiones mongolas del ejército creado por León Trotzky habían terminado de arrasar, de devastar, de reducir a ceniza humeante los tilos, las prolijas avenidas, los prolijos monoblocks, las plazas, los suntuosos teatros, los monumentos dedicados a la perpetuación del universo ario, y que el Führer solía visitar con una helada sonrisa en los labios, y el brazo derecho en alto.
     Cruces gamadas en las ventanas de los sólidos edificios y en las lineales y vastas avenidas de la Alemania nazi. Y tropas y tropas de jóvenes bebedores de cerveza que marchaban frente a la tribuna en la que el Führer las contemplaba, el brazo derecho en alto, y la mirada enternecida, a veces. Y luego venían los destacamentos de la HitlerJügend: camisas de mangas cortas, corbatas negras, pelo corto, y pantalones un poco más arriba de las rodillas. Y tan adolescentes que podrían excitar al más anciano de los Goethe, si los Goethe fueron, alguna vez, ancianos.

     El padre de Heinz Fischer marchó, sargento, en las divisiones blindadas de la Wehrmacht.
     Conquistó Europa el padre de Heinz Fischer, sargento en las divisiones blindadas de la Wehrmacht. Y se acostó con parisinas de risa fácil, con italianas que nunca supieron de las exaltaciones petulantes de D’Annunzio, con polacas y con letonas. Y con rusas, también.
     Pero en algún momento el sol de las victorias se opacó. En algún momento, el padre de Heinz Fischer, sargento primero en las ya raleadas divisiones de acero de la Wehrmacht tropezaron con una ciudad: Stalingrado. Y con un río: el Volga, el melancólico Volga.
     El Ejército Rojo fue implacable. Y fue cruel. Y llevó la guerra al estado más puro de lo salvaje, de lo ominoso. El Ejército Rojo no perdonó heridos ni mutilados. Ni niños ni mujeres tetonas. Ni estadios ni represas que diseñó Albert Speer. Ni los tilos loados por poetas a sueldo.
     Y también llegaron los mongoles. Llegaron de más allá de Siberia. Llegaron de las estepas del infierno.
     El poder bolchevique les había dado pan, y les había dado, para siempre, la tierra de los Khanes. Y les había dado escuelas, y universidades, y letras y libros. Y luz para que se alumbraran. Caballos, les había dado. Y cielos que escuchaban sus silencios, y no se espantaban. Les enseñó que el mundo era uno y era diverso. Les enseñó que el socialismo era pan, tierra, letra, escritura. Por tierra, pan, escritura, los mongoles estaban dispuestos a matar a Dios y su coro de vírgenes, de ángeles, de mártires, y de gozosos fetichistas. No negociaban los mongoles: una la tarea, una la crispada persistencia en su cumplimiento.
     En la guerra, no reían los mongoles.

     El padre de Heinz Fischer salvó su vida, nunca supo cómo.
     Se ocultó, el padre de Heinz Fischer, en un agujero que olía a mierda.
     Y en 1945, nació Heinz Fischer. Y en 1950, el padre de Heinz Fischer, y Heinz Fischer, llegaron a este país.
     Y en este país, infinitamente rico, casi desierto, tanguero, Heinz Fischer se recibió de ingeniero agrónomo, y el padre de Heinz Fischer murió con una Cruz de Hierro sobre los huesos de su pecho. Unos pocos sobrevivientes al cerco que padeció, en Stalingrado, por meses, el ejército del mariscal Von Paulus, le rindieron homenaje en algún paraje ventoso del Sur patagónico.

     El ingeniero Heinz Fischer crió a Enrique Fischer en escuelas alemanas, y en clubes deportivos alemanes, y le enseñó quiénes eran indios y mestizos, y quiénes blancos y arios. A quiénes respetar, y quiénes eran sirvientes en estas tierras sureñas, duras y, tal vez, paradisíacas.
     Enrique Fischer debía reparar, siempre, en los apellidos, en el respeto a ciertos apellidos, y en la distancia con otros, si es que todavía eran apellidos.
     Enrique Fischer, con sus iguales –y eso estaba claro–, un caballero. Con los indios, con los chilenos, con los paisanos de pata en tierra, que no poseían más que lo puesto, voz de mando. Y castigo, sin importar la cuantía de la desobediencia de indios, chilenos, paisanos balbuceantes, casi mudos.
     Rigor. Orden.
     La ley –dijo Heinz Fischer– la dicta Enrique Fischer. Y la ley que dicta Enrique Fischer –dijo Heinz Fischer– es inapelable. No hay compasión en la ley que dicta Enrique Fischer, dijo Heinz Fischer, como si aludiera a una costumbre legitimada por el uso.

     Después llegó la soja.
     El ingeniero Heinz Fischer, y Enrique, su hijo, la cultivaron con prolijidad, esfuerzo, dedicación. La tierra argentina está bendecida por Dios, dijo el ingeniero agrónomo Heinz Fischer. Y suspiró.
     El ingeniero agrónomo Heinz Fischer y su hijo, Enrique, aumentaron considerablemente la fortuna, modesta, que les había regalado este país.
     Cuando el ingeniero agrónomo Heinz Fischer descansaba de las fatigas que el día imponía a su cuerpo de viejo, que menoscababan la salud del hombre inquebrantable que quiso ser, solía decirle a Enrique, su hijo, que este país era temible. Está poblado, decía el ingeniero Heinz Fischer, en su mayoría, por la escoria humana más repulsiva que mente alguna pudo concebir. Haraganes, decía el ingeniero Heinz Fischer. Guitarreros, decía el ingeniero Heinz Fischer. No aspiran a nada, decía el ingeniero Heinz Fischer. No tienen destino, decía el ingeniero agrónomo Heinz Fischer.

     Enrique Fischer era un muchacho alto y rubio. Y con un cuerpo de atleta, obviamente.
     Enrique Fischer escuchó, con respeto, desde niño, las palabras del ingeniero agrónomo Heinz Fischer. Quizá, Enrique Fischer era prudente sin saberlo. Y si lo supo, nunca lo lamentó.
     Enrique Fischer, claro, creció y se educó en escuelas alemanas. Nadó. Y boxeó en escuelas alemanas. Alguien dijo que se paraba como Max Schmeling.
     Bailó, en clubes deportivos alemanes, con muchachas provenientes de respetables familias alemanas. Y sin extenuarse, montó a algunas jóvenes provenientes de respetables familias alemanas, en cómodos y seguros albergues nocturnos.
     Enrique Fischer bebía unas buenas cervezas negras, y una medida de whisky, una semana sí, y otra también. Pero con moderación.
     Enrique Fischer cursaba los últimos años de ingeniería agronómica.
     Imprevistamente, para sus amigos, Enrique Fischer desaparecía. Enrique Fischer cuando, imprevistamente, desaparecía para sus amigos, caminaba, solo, Buenos Aires. Se perdía, Enrique Fischer, en Buenos Aires, entre piedras, crímenes, y aroma a pálidos jazmines.
     Enrique Fischer, en sus vacíos porteños, encontró, y no por casualidad, en un cine con no más de cinco espectadores, a Marlene Dietrich.
     Enrique Fischer, alto, rubio, joven, atlético, quiso para sí a la Dietrich. Enrique Fischer, un cigarrillo entre los labios, sonrió. Llevaría, a la Dietrich, en vuelo directo, al Sur patagónico.

     Exactamente a 18 kilómetros de Bariloche, Enrique Fischer, que tripulaba el auto blindado y de vidrios polarizados de su padre, el ingeniero agrónomo Heinz Fischer, dio con Javier Trejo, zafrero.
     Javier Trejo, zafrero, cuidaba ovejas que no eran suyas. Que pertenecían a señores y damas elegantes.
     Javier Trejo, zafrero, levantaba y remendaba alambrados que marcaban las posesiones de señores y damas elegantes.
     Había ríos, había tierras, había árboles plantados cincuenta, sesenta, setenta años atrás, caídos, no muchos, en las posesiones de señores y damas elegantes que cabalgaban en el frío y en el viento, en la lluvia, y en la nieve, y que regresaban, intactas las bellezas de sus cuerpos, a casas de piedra y ventanales anchos y luminosos, y bebían las dulzuras que les eran ofrecidas por una servidumbre desvelada y perpetua.
     Javier Trejo dormía en galpones oscuros con otros como él, viejos algunos, y menos viejos otros.
     Javier Trejo pescaba con mosca.
     Javier Trejo fumaba cigarrillos negros, que él armaba con paciencia y en silencio.
     Javier Trejo, joven, no le importaba por qué el mundo que conocía era como era. Nadie le dijo que, en un probable insomnio, se lo preguntaría.

     Javier Trejo entró en un boliche, a 18 kilómetros de Bariloche. Había estrellas en el Sur del Sur.
     Enrique Fischer, alto, rubio y con el cuerpo de un atleta, y que besó los labios y los pechos, las rodillas, los pies, las manos de la Dietrich en la grisácea pantalla de un cine porteño que olía a modestas herejías, lo invitó a tomar una copa de lo que fuese.
     Javier Trejo, zafrero, aceptó.
     Agosto en Bariloche. Y a 18 kilómetros de Bariloche.
     Agosto en el Sur del Sur.

     Enrique Fischer, alto, rubio, atlético, y Javier Trejo, zafrero, esquilador de ovejas ajenas, asalariado de señores y damas elegantes, viajaron en el auto blindado y de vidrios polarizados del ingeniero Heinz Fischer hasta las orillas del lago Gutiérrez. No apagaron el motor del auto blindado y vidrios polarizados del ingeniero Heinz Fischer. Bajaron de él, cerraron sus puertas, y el auto blindado y de vidrios polarizados del ingeniero agrónomo Heinz Fischer se hundió, y se hundió, en las quietas profundidades del lago Gutiérrez.

     Enrique Fischer y Javier Trejo, mochilas al hombro, caminan para otra vida. Y, todavía, no se preguntan para qué. •


Publicada en TODAVÍA Nº 9. Diciembre de 2004

 

Ilustración de
GUSTAVO DEVEZE

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