Enrique Lihn: porque escribí
por SUSANA CELLA escritora, docente
e investigadora de la UBA
A lo largo de más de tres décadas,
el escritor chileno construyó una obra poética que
no apuesta al sentimentalismo pero tampoco a la meditación
abstracta: el cuadro social de Santiago, la escritura misma, la
tradición literaria, los viajes y la muerte aparecen como
sus principales motivos de indagación, en el marco de un
lirismo que no deja de asumir las grietas de la realidad y la conciencia.

SILVIA CORDERO VEGA
Calígrafa, diseñadora gráfica |
A fines de 2003, veinte años después de la publicación
original, se reeditó un conjunto de poemas del escritor chileno
Enrique Lihn, cuyo título evoca el nombre de una peatonal
de Santiago: El Paseo Ahumada. Esta calle, exhibida como
símbolo de la modernización y progreso del país,
en realidad albergaba, con su corte de mendigos y vendedores de
baratijas importadas, la violencia de una sociedad fundada en la
represión y la desigualdad. La muletilla usada por un merodeador
del Paseo para mendigar –“su limosna es mi sueldo”–
se incorpora al poema “Cámara de tortura”, donde
la voz de ese personaje despliega los fuertes contrastes de una
diferencia social inconciliable: “(...) Su tranquilidad es
mi muerte por la espalda / Su libertad es mi perpetua / Su paz es
la mía siempre y cuando yo goce de ella eternamente y usted
de por vida / (...) Su basural es mi panteón mientras no
se lleven los cadáveres”.
Más de tres décadas habían pasado desde el Canto general de Pablo Neruda, y ya no parecía posible
escribir poesía de la misma manera. No es extraño,
entonces, que una parte de ese poema de Lihn, concebido como testimonio
de la capital santiaguina, se titule “Canto general”,
y que allí el sujeto asuma la palabra para mostrar un mundo
corroído. Al transitar el Paseo, “producto de la recesión
y otras restricciones”, el poeta no puede seguir siendo el
Neruda cantor de todas las cosas sino “un cantante
limitado, un minusválido de la canción”, puesto
que las palabras también han sufrido las consecuencias de
“la pauperización que nos recorta el lenguaje a un
manoteo de sordomudos no alfabetizados”, como dice Lihn en
el que denomina su “canto particular”. Lograr una “poesía
situada” en lugar de una “poesía poética”,
es decir, una poesía que se haga cargo de lo presente, de
los hechos y no menos de los discursos, implica encontrar las palabras
capaces de expresar la propia experiencia vital e histórica
en el intento –tenaz aunque no infalible– de dar cuenta
del tiempo y de su irreversible paso.
Nacido en 1929, justamente en Santiago de Chile, la historia literaria
nacional ubica a Lihn entre los poetas “de los años
cincuenta”. A mediados del siglo XX, pasados los fulgores
de Gabriela Mistral y Vicente Huidobro, la poesía chilena
contaba, principalmente, con la colosal figura de Pablo Neruda como
referencia casi obligada (para declararse a favor o en contra).
Pero, por otra parte, había comenzado a consolidarse un tipo
de poesía que, alejada de “lo poético”
–en tanto lirismo, solemnidad, grandilocuencia o predominio
de un lenguaje elevado– e incorporando términos cotidianos
o provenientes de otros saberes, procedimientos paródicos
y efectos humorísticos, fue denominada “antipoesía”
por Nicanor Parra, la figura que se convirtiera en modelo para aquellos
que, como Lihn, intentaban un camino diverso del autor de Residencia
en la tierra. En 1964, cuando Lihn publica junto a Alejandro
Jodorowsky (y con la intervención de Parra) el periódico Quebrantahuesos, tanto como la adhesión al “antipoeta”
se advierte allí la oposición a un surrealismo considerado
casi un estereotipo y poética oficial, representado por el
grupo Mandrágora.
No es infrecuente que los poemas de Lihn hablen de sus aceptaciones
y rechazos, a veces mediante alguna vaga alusión, y otras,
en francas declaraciones que se acercan al énfasis de un
manifiesto. Así, por ejemplo, concluye el poema “Si
se ha de escribir correctamente de poesía”, de Antología
del azar: “(...) Si se ha de escribir correctamente poesía
/ no estaría de más bajar un poco el tono / sin adoptar
por ello un silencio monolítico / ni decidirse por la murmuración.
/ Es un pez o algo así lo que esperamos pescar / algo de
vida, rápido, que se confunde con la sombra / y no la sombra
misma ni el Leviathan entero. / Es algo que merezca recordarse /
por alguna razón parecida a la nada / pero que no es la nada
ni el Leviathan entero / ni exactamente un zapato ni una dentadura
postiza”. Vale la pena agregar que el libro es de 1981, lo
que significa, teniendo en cuenta que Lihn comienza a publicar en
1949, menos la enunciación de un punto de partida, que la
confirmación de una postura estética sostenida y afianzada.
Por otra parte, es posible ver en este fragmento algunos rasgos
que caracterizan sus textos; por ejemplo, las mezclas inusuales
de palabras (como “pez”, “dentadura postiza”,
“Leviathan”), el estilo despojado y sobrio, el encadenamiento
de los versos en el ritmo pausado de una ajustada meditación.
Con Poesía de paso, ganador del Premio Casa de las
Américas en 1966, Lihn consolida la vocación que comenzó
a descubrir cuando advirtió que su temprana afición
por las artes plásticas viraba hacia las palabras. Su poesía
se apoya en la multiplicidad de lo experimentado, de manera que
no se quedará exclusivamente ni en el sentimiento ni en la
inteligencia. El “matrimonio secreto de la Magia y la Ciencia”
que nombra en el poema “Larga distancia” sería
algo así como una metáfora de su escritura, donde
la lucidez y los varios estados de ánimo se enlazan formando
un todo integrado: de ahí también que el lirismo no
se pierda aun en medio de una ironía, o que no prevalezca
el dramatismo pero tampoco la árida exploración entre
conceptos o abstracciones.
Resultado de su estancia en Cuba durante los dos años posteriores
al premio, el poemario Escrito en Cuba revela en sus extensas
frases cercanas a la prosa otra de las facetas que caracterizan
a Lihn: el análisis de la tradición literaria a través
del “poema-ensayo”. “Varadero de Rubén
Darío” juega con el nombre de la ciudad en que se realizó
un homenaje al escritor nicaragüense y pone de nuevo en cuestión
el tema de los antecesores y la actitud que se debe asumir frente
a ellos: está en juego la elección entre “varar”
allí o no. Lo que predomina es una fuerte ruptura con tonos
burlescos y despectivos contra el poeta modernista. Años
después Lihn revisaría esa posición dejando
un tanto de lado arrebatos y aun “irreverencias”. Al
igual que respecto de Pablo Neruda, se mueve entre la necesaria
distancia y el reconocimiento de la estatura de esos poetas: se
trata una vez más de asumir el espesor del tiempo. Lo que
persiste de todos modos es la preocupación por el sentido
de la escritura, por el lugar del poeta. Menos que una pregunta,
Lihn ofrecerá, en el que tal vez sea uno de sus más
citados poemas, una inconmovible certeza: en “Porque escribí”,
de La musiquilla de las pobres esferas, queda claro que
la escritura no es un mero oficio ni una técnica, sino un
camino que, aunque desafiante y difícil (“Hacerlo significa
trabajar con la muerte / codo a codo, robarle unos cuantos secretos”),
depara la posibilidad de una existencia no menos problemática,
pero sí más plena: “porque escribí no
estuve en la casa del verdugo / ni me dejé llevar por el
amor a Dios / ni acepté que los hombres fueran dioses / ni
la pobreza me pareció atroz / ni el poder una cosa deseable
/ ni me lavé ni me ensucié las manos / (...) ni tuve
como amigo a un fariseo (...)”.
De vuelta de su estancia en Cuba, al editar en 1969 junto con Germán
Marín la revista de arte y sociedad Cormorán,
inventan un personaje paródico, Gerardo de Pompier, que va
a reaparecer en la novela de Lihn La orquesta de Cristal y
en Lihn y Pompier en el Día de los Inocentes, una
integración de artes plásticas y teatro definida como
un happening contracultural. Esencialmente poeta, Lihn
abordó también la narración y el ensayo, y
en la puesta en escena volvió de algún modo a su inicial
inclinación por el lenguaje visual. Otro de esos espectáculos
tuvo lugar varios años más tarde y se llamó Adiós Tarzán: protagonista de tantas películas,
el “hombre de los monos” es utilizado en la obra para
condenar a la dictadura militar. Antes de que ésta se instalara
en el país, Lihn había recurrido a otro famoso personaje
en la novela Batman en Chile o El ocaso de un ídolo o
Solo contra el desierto rojo, donde, parodiando los relatos
de aventuras y las historietas, se cuenta cómo el superhéroe
fue contratado por la CIA para una misión de espionaje en
el país. La crítica político-ideológica
se apoya en un ácido humor sin adoptar el estilo del cuento
realista o la novela de denuncia. Desgraciadamente, en este último
caso la farsa literaria se convirtió en real tragedia el
mismo año de publicación de la novela: 1973.
Presente casi desde los comienzos, el viaje es un componente esencial
en la obra de Lihn, y se manifiesta en la referencia frecuente a
los recorridos por diversas ciudades y países. Entre aventuras
y desventuras que muestran el aquerenciamiento y la nostalgia, se
revelan “los lugares sagrados”, que adquieren esa impronta
según se los va habitando. Los desplazamientos también
suscitan encuentros, desencuentros o despedidas, como exhiben los
poemas de París situación irregular. Por
todo lo que implican, los viajes son menos “motivos”
poéticos (y nunca fondos turísticos) que modos de
expresar el temor y el dolor del desarraigo. En “Nunca salí
del horroroso Chile” (de A partir de Manhattan),
el poeta habla de “un exilio imposible” y del “miedo
de perder con la lengua materna / toda la realidad”, para
terminar reafirmando dicha imposibilidad: “Nunca salí
de nada”. En el trayecto, a medida que se va de un lado a
otro, se trata de abordar y explicar la rara combinación
de lo familiar y lo extraño. El desconcierto puede llegar
incluso a preguntarse por la permanencia e integridad del sujeto:
“(...) Cada individuo nace estrictamente una vez / madre que
hay una sola garantiza / la unidad de la persona / pero la tal es
débil; / igual que la memoria / la carne, olvidadiza / sólo
recuerda a la carne y se detiene en los detalles / –los individuos–
rara vez. // Sin cara ni país ni arraigo en perro propio
/ somos llamados a la traición / a los cambios de sexo /
o más modestamente a una condición aleatoria”
(“Amistades”). En el extenso poema “Pena de extrañamiento”,
del libro homónimo, la “poesía de paso”
por las ciudades da cuenta del recorrido, de lo visto y oído,
alude a fotos viejas, a imágenes del cine, a esquinas o barrios,
y al mismo tiempo que marca la inminencia de la partida, la prosecución
del viaje, también deja constancia de todo lo que de esos
lugares queda definitivamente incorporado, cifrado en el verso final:
“cuando me vaya y no me vaya de aquí”.
La obra de Lihn conlleva siempre, de manera más o menos visible,
una reflexión sobre la escritura. Afín a una poesía
ni grandilocuente ni confesional, Lihn elabora un lenguaje poético
que combina tanto formas coloquiales como citas literarias, y aun
cuando recurra al humor o a la ironía, no dejará de
mostrar cierto matiz lírico al señalar la permanencia
de los sentimientos en clave de nostalgia, añoranza, celebración
o pérdida. Algo de esto aparece en los versos de “Bosque”:
“(...) mis palabras me llenan: voces que debo interpretar:
un / canto como de hojas, anterior al lenguaje, / la esperanza,
a través de los árboles, de encontrarse en la / perla
del bosque / con una ‘luz no usada’ que lo ilumine todo
en el espacio / de un instante de siempre/ y olvidando el lenguaje
que repta, abrir el corazón al canto/ que lo colma. / El
corazón: la boca del poema imposible / tan parecido a la
felicidad”.
Enrique Lihn inició su travesía en los años
cincuenta y se dedicó a indagar con insistencia tanto su
mundo interior como la realidad circundante, sin que –como
una sombra, un interrogante o un desafío– la muerte
dejara de retornar una y otra vez, hasta que una situación
límite le dio el valor de enfrentarla cara a cara en un impresionante
registro de la decadencia física: “La muerte debe venir
en una atmósfera de relatividad / como una burguesa que visita
por primera y por última vez / a cultivar la amistad sin
interrupciones / con un casual admirador que lo ha hecho todo /
por aceptarla”. Versos como éstos componen su póstumo Diario de muerte, escrito mientras una enfermedad implacable
avanzaba hasta terminar con su vida en 1985. •
Publicada en TODAVÍA Nº 8. Agosto de 2004
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