Literatura + Notas

Oso de trapo
 
de Horacio Cavallo
 
 

El abuelo dice que estoy enfermo, que voy a tener que estar un buen tiempo en la cama y que después, si me porto bien, podré moverme despacio dentro de casa. Esas cosas se las dijo el doctor, casi como si fuera un secreto. La abuela quiso distraerme, pero me di cuenta de todo. El médico se sacó el aparato de los oídos y tosiendo apenas hizo un gesto para que alguno lo acompañara hasta la puerta. La abuela dudó y optó por poner una carita tristona y enseguida hacer ridículas morisquetas. Los otros salieron. Abuelo arrastrando las alpargatas hasta la escalera. El doctor encorvado hacia un lado por el peso del maletín.

Después me dejaron solo. La abuela dice que me va a hacer bien descansar bastante y que van a conseguirme un hombre que lee para que me tenga al tanto de lo que mis compañeros aprenden en la escuela.

Estoy un poco cansado, eso es cierto, aunque ya no me duele tanto el estómago. Pero no tengo ni un poco de sueño. Me gustaría que volviera Selva. A ella de seguro se le ocurriría algún juego para pasar <br />
el rato.

Selva es mi hermana. Debe ser la hermana más alta del mundo. Es muy flaca y tiene el cuello muy pero muy estirado. Creo que por eso casi nunca sonríe. Igual me entretiene. Habla sin gracia pero dice cosas muy lindas. Es mayor, casi una señorita, dice la abuela cada tarde mientras preparan empanadas para vender por Dieciocho.

La he dibujado varias veces a Selva. Tengo un montón de dibujos en un cuaderno de hojas amarillentas. Nadie lo sabe, son parte de mis secretos. Al principio dibujaba a la abuela. La perseguía silencioso por la casa, unas veces escondido detrás de la escalera del patio, otras husmeando por la ventanita de la cocina o por la puerta que va del comedor diario al dormitorio. No precisaba el cuaderno ni los lápices. La miraba todo cuanto podía y cerraba fuerte los ojos para fijar la imagen. A veces veía luces de colores, lucecitas que iban para todos lados y que se perdían de a poco, brillando desparejas. Lo mismo me pasó las veces que miré al sol sin pestañear hasta descubrir que es gris y perfectamente circular.

Entonces, cuando consideraba que tenía pronta la imagen de la abuela, me encerraba en el altillo y me entretenía dibujándola. Ahí estaba la abuela sin estar.

Después lo pinté al abuelo. Usaba los colores más opacos: una camisa amarronada, el pantalón café con el remiendo en la rodilla, la gorra de felpa gris y una de las piernas siempre más corta que la otra. El abuelo es rengo. Él también estuvo enfermo, pero hace mucho tiempo, y así quedó. A él no le importa, ya está acostumbrado.

Miro las manchas de humedad. Siempre hago lo mismo cuando me aburro o tengo miedo. Lo hago para olvidarme de que estoy enfermo y de que en unos años puedo tener un brazo más corto o al igual que el abuelo una pierna, y el caminar hacia delante y de costado, como si alguien invisible nos fuera sacudiendo el piso.

Estos días prefiero dibujarla a Selva. Estoy seguro de que soy un buen observador, porque apenas sale de la pieza o se encierra en el baño voy al altillo y busco los dibujos para compararla. Siempre me parece estar viéndola con una bufanda roja que le da tres o cuatro vueltas al cuello, el pelo rubio recogido y ese gesto de mansedumbre. Parece que nada la interesara demasiado a Selva. Está así de siempre, pero más a partir de que los abuelos decidieron desprenderse de Napoleón. Los dos queríamos mucho al gato, pero ella más, mucho más. Siempre que volvía de vender empanadas se quedaba horas frente a una taza de té acariciándole el lomo amarillento. También la dibujé de esa manera, y estoy seguro de que algún día me animaré a mostrarle los dibujos y ese en particular, porque estoy seguro de que va a emocionarla.

Selva no come bien, y desde que los abuelos dijeron que ese gato era una porquería piojosa no ha vuelto a comer carne. Tiene miedo, y yo la entiendo. Los abuelos son muy buenos, pero a veces se vuelven insoportables y andan por toda la casa dando gritos. Sobre todo cuando dejamos las cosas fuera de lugar o mentimos. Los abuelos descienden de las gaviotas.

Montevideo: Trilce, 2008.

Publicada en TODAVÍA Nº 22. Diciembre de 2009

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