La Onda cayó cansada contra el cordón hundido. La puerta sucia se abrió de golpe y le pegó en la espalda a una vieja que vendía diarios.
La mujer empezó a gritarle al conductor, medio oculto detrás de la gente que bajaba dormida. La noche era negra, con remolinos de llovizna. Diomedes bajó último, también dormido. Había apagón. Todo el Centro y el Cordón estaban a oscuras. La vieja se iluminaba la cara con una linterna y le gritaba al conductor: “¡Abombado!”.
Diomedes se quedó un rato contra la pared viendo las siluetas pasar. Prendió un cigarro pensando que así podía calentarse un poco.
En el cielo todo era una fosforescencia tenue y sobrenatural. Al principio creyó ver el borde de unas sierras a lo lejos, quizá se veían desde ahí, pero no. Era la silueta de los ómnibus contra las nubes bajas resplandeciendo. Había unas cúpulas lejanas también, entre unos árboles deformados por el viento.
Un tipo al lado suyo, que vendía caramelos en un carro alto, prendió un farol a mantilla.
Vio a la vieja pasar de nuevo con los diarios abajo del brazo y seguía quejándose. Pudo leer que la tapa de El Diario decía: “FAENÓ A SU MEJOR AMIGO”.
No recuerdo si Diomedes me contó toda esta escena o yo la imaginé. Pero es como si me la hubiera contado él. Si pienso en Diomedes, siempre lo veo bajar dormido de esa Onda en una noche de apagón llegando a Montevideo.
Creo que fui conectando historias de otras personas que llegaron de afuera y alguna vez me contaron. Con esos pedazos habré hecho una versión sobre la llegada de Diomedes sin darme cuenta. Será porque Diomedes nunca dijo de dónde venía que yo le inventé un origen, una llovizna y un apagón.
También le atribuyo a él esa noticia que salió en el diario, que leyó al bajar del ómnibus. Ocurrió en algún pueblo remoto del interior. De ahí, quizás, la conexión.
Al parecer, eran dos carneadores, dos amigos, dos viejos. Los hombres acostumbraban a tomar mate después de carnear todo el día. Pero una tarde, después de la jornada, uno de ellos mató al otro de un cuchillazo en la garganta, lo degolló. Con mucho cuidado lo fue cortando en partes, luego separó los huesos y la grasa de la carne hasta dejar toda la pulpa lista para el frigorífico.
Cuando le preguntaron por qué había hecho eso, el tipo dijo que todo el tiempo había visto una vaca.
Montevideo: edicionesplanetarias, 2005.
|