Alejandro Zambra
¿Novelas en miniatura?
por LUIS E. CÁRCAMO-HUECHANTE Profesor Asociado, Departamento de Lenguas y Literaturas Romances, Harvard University
En el último capítulo de Bonsái, primera obra narrativa del escritor chileno Alejandro Zambra (Santiago, 1975), el personaje principal decide hacer dos dibujos: el retrato de una mujer, que bien podrían ser Emilia o María –las dos parejas que ha tenido– y la figura de un arbolito. Este segundo dibujo, en blanco y negro, de trazos tenues, termina incluyéndose dentro del texto narrativo de Zambra, y constituye la sugerente imagen de un bonsái. En los párrafos siguientes, el narrador acude a un manual y nos proporciona una definición: “Un bonsái es una réplica artística de un árbol en miniatura”.
La narrativa desarrollada por Alejandro Zambra se puede caracterizar precisamente de manera homóloga: como un arte en miniatura. Se trata de un arte mínimo que cobra forma en las dos extremadamente breves y sugestivas “novelas” que ha publicado hasta ahora: la ya aludida Bonsái (2006) y La vida privada de los árboles (2007), obras puestas en circulación por la prestigiosa editorial española Anagrama. El primer libro mencionado es de apenas 94 páginas y el segundo, de 117.
Bonsái y La vida privada de los árboles suponen una poética de la literatura como divertimento. Esta estética es un rasgo distintivo no solamente de Zambra dentro de la actual literatura que se produce en Chile sino de todo un grupo de escritores –poetas y narradores– que, desde fines de los años noventa, posee una nueva experiencia “democrática” de la sociedad, a distancia de los compulsivos años bajo dictadura (1973-1990), e inclusive ya desmarcados de las tensiones y preocupaciones características de la transición democrática chilena de fines de los años ochenta. En este sentido, los escritores jóvenes en Chile ya no deben lidiar con la omnipresencia de dicha historia política, cuya atmósfera envolvente sobrellevaron gran parte de los autores ligados a las promociones literarias previas.
En otro nivel, tampoco existe ya entre los nuevos autores la ansiedad histórica por escribir la gran novela de los nuevos tiempos, afán que moviera a varios miembros de la denominada Nueva Narrativa Chilena, emergida en el umbral de la dictadura y la posdictadura. Esta voluntad de escritura novelística, que aspiraba a la producción de una obra de “volumen mayor” y que, en lo posible, fuera un “gran fresco” de la época o de la sociedad, de una u otra manera estuvo presente en escritores como Gonzalo Contreras, Arturo Fontaine Talavera, Marco Antonio de la Parra y, hasta cierto punto, Alberto Fuguet. Asimismo, este deseo se reiteraría en los autores que, a inicios de los años noventa, regresan a Chile desde el exilio, como Carlos Cerda, Germán Marín o José Miguel Varas; lo mismo ocurriría en fenómenos literarios de mercado, como Isabel Allende o Marcela Serrano. Al cierre de la década de 1990, este paradigma del “novelón” se reforzaría con la aparición, en 1998, de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, obra que, editada en España y galardonada con el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, emblematiza el lugar privilegiado del género en el mercado literario en lengua castellana en general.
Otros autores del período, sin embargo, habían optado por cauces creativos menos canónicos: Diamela Eltit, por una escritura de carácter autorreflexivo y experimental, y Pedro Lemebel, por las innovadoras rutas de la crónica urbana. No obstante, también en las narrativas de estos autores se deja entrever una relación dramática con la historia política chilena y sus fantasmas.
En el nuevo contexto de inicios del siglo XXI, la literatura como posibilidad de distraerse de todo ello ha ido adquiriendo más relevancia entre escritores jóvenes chilenos. Esta estética –en que la creación literaria constituye, en última instancia, un divertimento– es lo que de una u otra manera subyace en la emergente producción narrativa de Alejandro Zambra. En sus novelas mínimas, la historia se ha adelgazado: hay mayor espacio, aunque ciertamente acotado, para el juego y la distracción.
¿Micro-novelas?
Bonsái ficcionaliza los avatares de la relación de Julio –el personaje principal– con Emilia, una joven con quien comparte la experiencia de la vida universitaria. Se conocen en el ambiente de sus clases e inician un amorío que se interrumpe con la partida de ella a España. Allí, Emilia termina suicidándose, final trágico del cual Julio tiene noticia sólo años más tarde. En La vida privada de los árboles, Zambra se centra en el entorno micro-familiar de Julián, personaje que se involucra en una relación con Verónica, quien tiene una hija, de la cual él termina haciéndose cargo tras el giro inusitado de los hechos: una de las tantas noches en que Julián espera el regreso de Verónica al hogar, ella simplemente no vuelve y desaparece.
Entre los dos libros de Zambra se establecen sugerentes relaciones de continuidad. Hay, en efecto, un juego especular de identidades entre los dos principales personajes masculinos: Julián pareciera ser un derivado de Julio. A su vez, en ambas narraciones, se conforman relaciones afectivas y familiares en las que los roles socialmente construidos como “masculino” y “femenino” no se ajustan a los lugares tradicionalmente asignados. Por un lado, si bien es cierto que los protagonistas de Zambra son hombres y mujeres cuyo marco de referencia es predominantemente la lógica del romance heterosexual, todos ellos lidian con inestables lugares de identidad. Nada más elocuente que la circunscripción de la “vida privada” de los hombres al espacio doméstico, en una posición análoga a la de los árboles que proliferan en estas ficciones: árboles que, en sus vidas mínimas (privadas y privatizadas) dentro de la ciudad, son apenas parte de un decorado interior –el bonsái en el departamento de Julio– o referencias “naturales” que cobran existencia dentro del artificio de una historia infantil contada por Julián a su hijastra.
Los personajes “masculinos,” entonces, se han replegado a la vida del hogar, mientras que las mujeres de estas ficciones transitan por la ciudad o viajan: en Bonsái, Emilia emigra de Chile a España; y en La vida privada de los árboles, Verónica circula y circula en la urbe santiaguina, hasta que finalmente no vuelve más a casa. Emilia y Verónica son figuras femeninas, de alguna manera independientes, errantes y tránsfugas.
Así, las narraciones de Zambra constituyen micro-historias que para nada aspiran a urdir grandes acontecimientos novelísticos o panoramas alegóricos de la vida social o de una época. Desde sus mundos mínimos, más bien insinúan fragmentos y trazos metafóricos de las nuevas subjetividades ciudadanas –jóvenes de “medio pelo”–, cuyas relaciones de género, sus sexualidades, sus cotidianidades domésticas y sus inserciones en la nueva economía de servicios sugieren vidas siempre “a medio hacer.” Los personajes, sus historias, así como los escenarios narrativos y los libros mismos de Zambra, funcionan de este modo, como si fueran bocetos.
Recursos y efectos
¿Novelas breves? ¿Nouvelles? ¿Quasi-novelas? ¿Micro-novelas? La pregunta por el estatus de género de las narraciones de Zambra ha sido una constante en las reseñas y críticas sobre Bonsái y La vida privada de los árboles. Tanto la imagen del bonsái como la idea de “la vida privada” ponen el énfasis en la reducción o acotamiento, características de su poética. La autorreferencia constante es otra singularidad de sus relatos.
Hablo de novela mínima, porque ya no se trata simplemente de la longitud del relato como en la clásica tradición de la novela breve, sino también de una preocupación ficcional y material por las dimensiones, los tamaños o los volúmenes en varios niveles: los libros (como objetos), los referentes (el bonsái, las vidas privadas), los personajes (su tenue caracterización psicológica) y la narración (la aludida longitud).
Existe una notable tradición de la novela breve en América Latina en la cual se pueden situar los libros de Zambra. Pero, en esa tradición, la manera de mantener la intensidad de la narración se resuelve en una retórica de sobrecargado lirismo, como ocurre, por ejemplo, en Aura (1962) de Carlos Fuentes; o en un dinámica narrativa cargada de “profundidad” simbólica y/o “densidad” de historia, que bien podría encontrarse en El pozo (1939) de Juan Carlos Onetti, La invención de Morel (1940) de Adolfo Bioy Casares, Las batallas en el desierto (1981) de José Emilio Pacheco o en relatos breves más recientes como Historia del llanto (2007) de Alan Pauls.
Leído dentro del panorama reciente de la narrativa latinoamericana, Zambra guarda cierta relación de semejanza con la prolífica producción de novelas mínimas de autores como César Aira (Argentina) o Mario Bellatín (Perú-México). No obstante, tiene algunas diferencias. Si Aira construye novelas cortas en las que sobresale el dinamismo de sus historias-aventuras, o si Bellatín explota efectos de extrañamiento sobre personajes y/o atmósferas marginales o exóticas, en el caso de los relatos de Zambra se trata de historias que, con un dejo a la vez cotidiano y autorreflexivo, de “acciones” tenues, ficcionaliza las fragmentadas y hasta tediosas vidas de jóvenes enfrentados a las convenciones “familiares” de una clase media (y letrada) en crisis.
Más cercano a Bellatín, los relatos de Zambra exhiben una notable economía de lenguaje. Con pocos recursos, y sin la frondosa “profundidad” de los bosques simbólicos o alegóricos de las novelas breves del canon literario latinoamericano a las que he hecho referencia, sus bocetos crean similares efectos de intensidad y ambigüedad. Son novelas mínimas que demandan un aprecio estético hacia las formas tenues. Lo que precisamente resalta en un autor como Zambra –que, por lo demás, también ha publicado dos libros de poesía– es su económico manejo de la palabra. Esto conlleva el dominio de una importante cualidad y destreza de la retórica: el arte de la concisión. A mi juicio, sin embargo, esta habilidad puede plantearle algunas limitaciones, como, por ejemplo, cierta inclinación a la abstracción por sobre el dominio sensorial del lenguaje.
A partir de esta singular voluntad de estilo, las narraciones del joven autor chileno suscitan el efecto perceptivo y lúdico del boceto. Prescinden así del carácter conclusivo que poseería la novela entendida como un dibujo acabado. Los relatos de Zambra apelan a un lector abierto a dejarse llevar, e incluso sostener, por los delgados hilos de una ficción que se construye entre esos siempre débiles ramajes que acostumbramos a dibujar en nuestras mentes bajo las rúbricas de “realidad” y “lenguaje.” •
Publicada en TODAVÍA Nº 19. Agosto de 2008
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