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Llevaba seis horas conduciendo cuando se le ocurrió, por primera vez en semanas, que quizá no sería bien recibido en la fiesta y al verlo todos recordarían algo, la visión o el relato de la visión de dos cuerpos desnudos, la visión o el relato del desastre del amor o de lo que en algún momento pudo serlo.
Todo eso había sido hace mucho, en las postrimerías de la adolescencia. No se veían hace casi ocho años. En esos casi ocho años sin contacto –el primero, la invitación lujosa y fría de pocas semanas atrás–, la vida había seguido su rígida y agobiadora marcha silenciosa.
Le faltaban unas tres horas para llegar, calculando el tiempo que demoraría en encontrar la iglesia. Quitó el disco que tenía puesto y apretó el buscador de estaciones. Hizo que se detuviera en una donde sonaba una cumbia. Sujetando con firmeza el volante, cerró los ojos y contó hasta diez. Los abrió. Volvió a cerrarlos. Contó hasta quince. Los abrió. Era un juego peligroso pero fascinante. Mientras más rápido, y en ese momento iba a más de cien, tanto mejor. Mientras más llena la carretera, mejor.
Fragmento de CARRETERA,
de Rodrigo Hasbún, publicado en Cinco (2006),
La Paz, editorial Gente Común.
Porque a partir de cierta edad hay películas cuya vitalidad las convierte en más íntimas y personales que muchos de los recuerdos que albergamos de nuestra infancia. Porque aumentamos de peso con cada año que pasa. Porque comemos chatarra y dormimos cada vez más tarde, presas de un insomnio difícil. Porque empezamos a reconocer cierta poesía en las hamburgueserías que abren hasta el amanecer. Por todas las fantasías caprichosas en las que nuestros padres todavía siguen vivos y nos hablan. Por todas las veces que conduciendo borrachos, cerramos los ojos e imaginamos accidentes terribles, por la extraña paz que conllevan esas fantasías. Porque no solemos hablar con muchas personas. Porque ya no nos reconocemos al vernos en el espejo. Por el tedio y la pereza que provoca afeitarse con resaca. Porque hay demasiados recuerdos de bares y demasiados recuerdos de charlas en esos bares con mujeres sobrevivientes de divorcios. Porque todos estamos muy conscientes de cosas que no debieron haber pasado nunca. Por eso, por todo eso, Héctor se enchufa el Ipod, le da un volumen considerable, se coloca la máscara de perro y sale de su casa en dirección a la fiesta que conmemora los diez años de su promoción.
Fragmento de CINTAS CASERAS,
cuento inédito de Maximiliano Barrientos.
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Le explico a H que no viajaré a ninguna parte. ¿Dónde podría ir? ¿Dónde, para ser feliz o recuperar, qué sé yo, esa especie de alegría? A un bosque, dice H. Un bosque
de árboles muy altos, vas al bosque, buscás un árbol y hacés cosas allí. Qué cosas. H dice qué “cosas”, que yo sé a lo que se refiere. Pero no lo sé exactamente. Ahora mismo, por ejemplo, nos hemos levantado y hemos buscado el baño. Todo es así, todo es natural; no decimos “verano” o “te deseo”, no decimos palabras como infinito, cielo, marea, muerte, no para referirnos a nosotros. En el baño, en cambio, está escrito todo eso y más. Alguien ha escrito “Sofía, for ever”. Y for ever es todo eso, es infinito, es cielo, es marea y es una prolongación de “nosotros”. Y no hay “nosotros”. ¿Te das cuenta que no hay un nosotros? H dice que “nosotros” sólo es aplicable para un incesto, ni siquiera para los amantes.
Fragmento de RAZORBACK,
cuento inédito de Giovanna Rivero.
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