Lecturas

Maximiliano Barrientos
Cintas caseras

La canción trata de hombres que se prenden fuego. Hombres que llegan hasta un puente, inundan de gasolina sus cuerpos y dejan caer un fósforo. Hombres antorchas. La canción trata sobre la rara belleza de tipos envueltos en llamas corriendo por autopistas o lanzándose de la azotea de edificios. Nadie a excepción de Héctor puede escucharla. Nadie sabe la clase de emociones que provocan esas estrofas. Nadie que lo ve  –con los audífonos detrás de la máscara– podrá saber la clase de efectos que producen esas palabras, esos acordes.

Diez años después del final del colegio, éste es el lugar donde los ex compañeros se juntan e intentan reconocerse, mirarse a los ojos, encontrar los daños. Y Héctor, que nunca asistió a ninguna ceremonia previa, ingresa al salón disfrazado de perro y escuchando el Ipod a todo volumen. El calor, teniendo en cuenta el material del disfraz, es insoportable. A través de la máscara puede verlos: hombres y mujeres que lo miran con una muy mal disimulada mueca de asco. Es su curso. Alguna vez, con esta gente que lo rodea, tuvo diecisiete años. Héctor camina y piensa en fuego abrazándolo, consumiendo todo resquicio de piel. El sudor lo empapa completamente y se le mete en los ojos.

*

VIDEO 1

Una niña se mece en un columpio. Es un atardecer en una casa con jardín. Un primer plano de su cara pecosa, la cámara no la incomoda. Abandona el columpio e ingresa en la casa, no hay forma de saber qué casa es. Por el tipo de jardín, se sospecha que es lujosa. La cámara se mantiene fija en el columpio, que sigue oscilando de un lado a otro. Durante más de un minuto, ésa es la imagen que se registra. Luego aparece la niña llorando, tiene sangre en la boca. Mira a la cámara, llama a su padre. No sucede nada durante unos segundos, sólo la niña llorando con sangre empapándole el cuello y parte del vestido. Llama al padre. La grabación acaba.

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Todos tenemos una lista particular, cosas que recordamos. Ésta es la lista de Héctor:

Un atardecer en el desierto cuando su padre se quedó sin trabajo.

Juguetes hurtados de una gran galería.

Niños peleando en una Navidad, golpeándose los rostros, arrinconados en una pared.

Condones usados encontrados en el suelo del baño del colegio.

Mujeres que se maquillan en la entrada de bares.

Los cigarrillos que su madre encendía después de los almuerzos.

Casetes grabados en la secundaria, escondidos en cajas de zapatos.

Bragas robadas de las alcobas de sus compañeras.

Porros fumados en los recreos.

Dinero robado de las propinas en el primer restaurante donde trabajó en el verano de su último año de colegio.

Mujeres que se afeitan las axilas en un baño de hotel.

El cumpleaños que pasó dentro de su auto conduciendo sin ningún rumbo específico cuando sus padres murieron.

Películas de guerra en las que aviones estallan en el cielo, la belleza de esas explosiones que duran segundos y dejan una estela de humo que se desvanece lentamente.

Vietnam visto a través de algunos documentales.

La tumba de sus padres.

Las mascotas extraviadas.

Él solo en la playa.

Él solo en la primera ciudad que visitó con el dinero que ganó después de trabajar en el restaurante.

Él solo en cines.

Fotografías de sus padres antes de casarse.

Restos de sangre en la boca después de una pelea.

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VIDEO 2

Un hombre y una mujer hacen el amor en un estacionamiento de autos. Un plano de la pareja semidesnuda apoyada en una camioneta Ford. El hombre la penetra por detrás. Persisten en esa posición durante un minuto y cuarenta segundos (el tiempo es registrado en el lado inferior izquierdo de la pantalla). El hombre comienza a llorar y se separa, se viste. La mujer, asustada, le pregunta cosas que no logran registrarse. El hombre le da la espalda. La mujer habla, se pone nerviosa, grita, los segundos siguen corriendo en la esquina de la pantalla. La grabación acaba.

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La idea del disfraz se le ocurrió dos días antes de enterarse de la fiesta del aniversario de su promoción. Recorrió varias tiendas pero no encontró ninguno que le gustara. A punto de darse por vencido, halló uno de dálmata, estaba prácticamente nuevo y con descuento. No quiso probárselo en ese momento, lo llevó a ojos cerrados.

Después de beber el segundo vaso de whisky, se lo pone a pesar de que la temperatura sobrepasa los treinta y tres grados centígrados. Se mira en el espejo. Es un hombre de casi metro ochenta disfrazado de un perro blanco con motas negras. Apenas puede ver con la máscara. Se mira en el espejo de cuerpo entero y apunta a su imagen con una vieja Bereta que le perteneció a su padre. ¿Estás hablando conmigo?, dice imitando a De Niro. ¿Estás hablando conmigo?, repite apuntando a su imagen e imagina la bala atravesando cerebros e incrustándose en cuerpos de hombres asustados e inocentes.

Dos horas más tarde, todavía con el disfraz, se sienta en una silla a unos metros de su piscina. Vive solo hace cinco años, desde que sus padres fallecieron en un accidente automovilístico. Se prometió no quitarse el disfraz en todo lo que queda del día. Observa el sol ocultándose a lo lejos, ya está un poco borracho y tiene el cuerpo empapado de transpiración. Se pone de pie y se acerca a la piscina, observa su reflejo en el agua: un perro gordo con orejas parecidas a las de Snoopy.

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VIDEO 3

Una imagen de la esquina de un barrio. No hay personas en los alrededores. La imagen se mantiene inalterable durante dos minutos y treinta y cinco segundos. Dos autos a toda velocidad chocan. Una mujer sale de uno de los vehículos, tiene cortes en la cara, escupe, se tambalea, llora, pide ayuda. Llama a alguien que está dentro de su movilidad, se lleva las manos a la boca y llora con un desconsuelo aun mayor. Se aleja de la escena del accidente. La cámara muestra los dos autos destrozados por cincuenta y ocho segundos. Del otro carro emerge un hombre ileso, se toma la cabeza con ambas manos y hace una llamada desde su celular. Se sienta a unos metros, en la acera. La grabación acaba.

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Despierta en el sofá, sigue disfrazado de perro. Pone agua en una caldera y hace un repaso apresurado por distintos canales de televisión. La máscara está asentada sobre la mesa donde almuerza. La coge y se la coloca. Ya no le produce la molesta picazón del principio. Ladra, es su voz, pero la siente como si proviniese de alguna otra entidad que coexiste en su propio cuerpo. Vuelve a ladrar.

Sale a la calle con el disfraz, al comienzo lo hace muy tímidamente, pero luego, al ver que las reacciones de las personas no son de alarma  -deben pensar que es uno de esos muchachos que trabajan animando a niños en restaurantes de comida rápida- toma confianza y camina con soltura. Se piensa como perro. Se siente como perro. Tiene las necesidades de un perro. Desea como perro y sueña como perro.

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VIDEO 4

Imagen de una carretera, es de noche. El foco de la cámara ilumina un trecho del asfalto, la oscuridad se apropia de todo lo demás. Se mantiene ese plano durante doce minutos. Un hombre con el rostro cubierto de hematomas y heridas sin cicatrizar aparece y toma la cámara, se la lleva a la cara, llora. Intenta decir algo y no puede. Un auto se estaciona a unos metros, el hombre voltea y observa a una mujer que baja de un Sedan rojo. Vuelve a mirar a la cámara, muerde sus labios, se escucha la respiración entrecortada, el sudor es visible y contrasta con la luz artificial. La mujer se acerca e intenta llevárselo, el hombre se resiste pero finalmente asienta la cámara en la carretera y sigue a la mujer. Suben al auto y parten. Se escucha el ruido del motor, cada vez más atenuado. La cámara registra asfalto y franjas blancas y oscuridad. La grabación acaba.

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Todos tenemos una lista particular, cosas que nunca hicimos. Ésta es la lista de Héctor:

Entrar en cines sin pagar.

Robarle besos a mujeres desconocidas cuya mirada accidentalmente se cruzó con la suya en un bar.

Lanzarse en paracaídas y cerrar los ojos y pensar en crueldades cometidas a otros seres humanos.

Encerrarse en casa y escuchar solo, a todo volumen, una canción de Ramones mientras destroza los muebles.

Hablar mentalmente con sus padres.

Destruir los vidrios de su colegio a pedradas.

Emborracharse con putas y decirles que acaba de ser padre.

Hacerse mutilaciones.

Llorar delante de mujeres.

Incendiar los automóviles de sus ex compañeros de colegio a los que casualmente encontró en un bar.

Tatuarse los nombres de sus padres en los antebrazos.

Sumergirse en su piscina y aguantar la respiración hasta la desesperación.

Tomar fotos de la mujer desnuda con la que hizo el amor.

Enviar postales.

Grabarse la voz en una cinta, decir lo que está sintiendo en ese momento. 

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VIDEO 5

Una imagen tomada desde el interior de una piscina. La cámara, sumergida, obtiene un plano de la superficie. El cuerpo de un niño muerto, recientemente ahogado, flota. Es rubio y algo robusto, no supera los ocho años. Los ojos, abiertos, tienen las pupilas dilatadas, son de un celeste casi transparente. Viste una malla diminuta de color azul. A lo lejos se ve el sol ligeramente distorsionado, el agua está en completa calma. El cuerpo se desplaza lentamente. La cámara lo enfoca durante cuatro minutos. La grabación acaba.

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Porque todos los animales que tuvimos en algún momento de nuestra infancia mueren. Porque los autos que transportan a las personas que amamos pueden sufrir algún percance y terminar estampados en un acantilado. Porque las mujeres que nos vuelven locos algún día perderán la alegría y se volverán calladas, egoístas, recelosas de la vida que deseamos ofrecerles. Por la tragedia de las bandas de adolescentes que tocan en garajes y por todo ese sonido enviciado producto de la soledad y la inadaptación y las drogas y un número récord de rechazos, porque casi ninguna llegarán a nada, porque esos adolescentes, como nosotros, crecerán y serán ingenieros o maestros o choferes o ministros o médicos. Porque algunos morirán antes de cumplir veinte. Porque hay demasiadas mujeres con las que nos acostamos y no amamos y llamamos a ese sutil mecanismo de embrutecimiento compañía momentánea. Porque a partir de cierta edad hay películas cuya vitalidad las convierte en más íntimas y personales que muchos de los recuerdos que albergamos de nuestra infancia. Porque aumentamos de peso con cada año que pasa. Porque comemos chatarra y dormimos cada vez más tarde, presa de un insomnio difícil. Porque empezamos a reconocer cierta poesía en las hamburgueserías que abren hasta el amanecer. Por todas las fantasías caprichosas en las que nuestros padres todavía siguen vivos y nos hablan. Por todas las veces que conduciendo borrachos, cerramos los ojos e imaginamos accidentes terribles, por la extraña paz que conlleva esas fantasías. Porque no solemos hablar con muchas personas. Porque ya no nos reconocemos al vemos en el espejo. Por el tedio y la pereza que provoca afeitarse con resaca. Porque hay demasiados recuerdos de bares y demasiados recuerdos de charlas en esos bares con mujeres sobrevivientes de divorcios. Porque todos estamos muy conscientes de cosas que no debieron haber pasado nunca. Por eso, por todo eso, Héctor se enchufa el Ipod, le da un volumen considerable, se coloca la máscara de perro y sale de su casa en dirección a la fiesta que conmemora los diez años de su promoción.

Le cuesta manejar con la máscara, la visión periférica es nula, pero acelera y esquiva los autos que van en una dirección contraria a la suya. Es una noche fresca con una lluvia intermitente que golpea los techos de las casas y el asfalto y los parques solitarios. La música suena a todo volumen, el pulso no revela ningún signo de nerviosismo. El disfraz de dálmata cubre su cuerpo, el calor empieza a incrementarse. Héctor baja una de las ventanillas para que entre aire y la máscara se empapa con la lluvia. Intenta acomodarse las orejas y no se da cuenta del auto estacionado a un costado, el choque no pudo evitarse. Aturdido, se baja y examina los daños. Golpeó la parte trasera de un Toyota, le voló los faros, pero su Vitara no sufrió ningún daño. Empieza a empaparse. Es el único perro en toda la cuadra. Ve un paisaje desolado, decenas de autos estacionados y casas de un solo piso, construidas en serie, bañadas por la lluvia. La alarma del Toyota está activada, pero nadie abandona la seguridad de sus hogares. Héctor retoma el camino. Debido a que su disfraz está mojado, siente una picazón molesta que se extiende por todo su cuerpo.  Llega hasta el lugar de la fiesta, estaciona a unos metros de la entrada, pero no se baja de inmediato. Con las manos aferradas al volante, ve a todas esas personas que ingresan a las carreras al salón. Visten impecablemente, como si la ostentación fuese el lenguaje común, la forma que tienen de comunicarse dónde están, qué hicieron en todos estos años.

Héctor ladra para darse valor. Gruñe. Se mira en el espejo retrovisor y encuentra la cara de un perro empapado que seguramente empieza a oler mal. Eso es él. De ahora en más, eso es lo que será.

Abre la puerta y deja que la lluvia termine de mojarlo. Todos sus ex compañeros están en algún lugar seguro, comenzando a emborracharse. Todos sus ex compañeros tienen profesiones envidiables y familias y son infieles y tienen hijos a los que aman incondicionalmente. Algunos tienen hijos con enfermedades mentales o con condiciones cardiacas. Piensa en eso al caminar en la lluvia y al ver cada vez más de cerca el enorme cartel de su colegio dando la bienvenida a las personas que en algún momento de sus vidas, hace una década, fueron amigos. Nada de esto tuvo que suceder, piensa al abrir la puerta, al mirar la distribución de los cuerpos, las luces, el lujo vulgar, la decoración. Vuelve a ladrar, los primeros pasos en ese nuevo mundo suceden en cámara lenta. Nadie sabe que está llorando. Nadie sabe que es feliz después de no serlo por mucho tiempo. Nadie sabe de la furia y del desvelo, de los temblores y del vértigo. Piensa en fuego porque escucha una canción que trata de hombres que se inmolan.  Nada de esto tuvo que suceder, vuelve a decirse.

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VIDEO 6

Se ve a gente vestida con ropa formal corriendo desordenadamente. La expresión de sus rostros revela un alto grado de pánico. Se escuchan estallidos y gritos. Un hombre, intentando escapar por una de las puertas que logró abrir, tumba a una mujer y la muchedumbre que viene atrás la pisa. La cámara se mueve y las imágenes que obtiene son confusas. Una persona disfrazada de perro dispara contra la multitud. Imágenes de mujeres y hombres cayendo acribillados por las balas. La grabación acaba.

 

 

 

 

Aires de renovación
en la literatura boliviana

por EDMUNDO PAZ SOLDÁN

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Diciembre de 2009