
ANDREA MOCCIO
Sin título, de la serie
Poesía
Blanda, 2003
Papel de guía telefónica guillotinado |
Mientras Gabriel García Márquez –casi como un
personaje de sus propias ficciones– retorna a su pueblo natal,
Aracataca, en su cumpleaños número ochenta y cuarenta
años después de Cien años de soledad,
la literatura colombiana ha enfrentado la compleja situación
que se da cuando en una época o en un territorio emerge una
figura totalizadora que parece haberlo dicho todo. Y en
este caso, el peso resulta mayor si se tiene en cuenta el éxito
de la obra garciamarquiana, que llegó a concebirse como el
modo de ser y la realidad misma de América Latina.
Sin embargo, en ese lapso el flujo de la escritura fue indetenible
y diversas fueron las respuestas ante lo que pareció erigirse
como única posibilidad de escribir. Desde luego, el parricidio
no es fácil. Alcanzó alturas violentas y ruidosas
oposiciones, como en el caso de Fernando Vallejo. Pero también
hubo otros que eligieron modalidades menos abruptas que fueron desde
la búsqueda necesaria para evitar la imitación o el
epigonismo hasta la posibilidad de recuperar a ese problemático
antecesor luego de haber logrado constituir una voz propia en la
que afirmarse. Podría decirse que este último es el
camino que William Ospina fue recorriendo laboriosamente hasta llegar
a la novela.
A diferencia de la inherente narratividad de García Márquez,
Ospina arriba a la novela después de haber trabajado primordialmente
dos géneros: la poesía y el ensayo. Ospina nació
el mismo mes que García Márquez, pero veintisiete
años después, en la zona andina del país, concretamente
en Padua (Tolima). Además de estudiar Derecho y Ciencias
Políticas, ejerció el periodismo, y si bien se abocó
crecientemente a la literatura, no ha dejado de considerar al periodismo
como una profesión que requiere también de un trabajo
comprometido y responsable. Al recibir en 2003 el Premio de Ensayo
Ezequiel Martínez Estrada otorgado por Casa de las Américas
por Los nuevos centros de la esfera, se refirió
expresamente a uno de los textos de ese volumen, “Reflexiones
sobre periodismo y estética”, para reivindicar la dignidad
y la condición literaria del periodismo. Resaltó la
importancia de ejercerlo con rigor no solo en cuanto a la información
u opinión sino también en cuanto a la expresión,
preservando así su calidad y durabilidad. El periodismo,
sugiere Ospina, no se caracterizaría por la inmediatez y
la caducidad, sino por la memoria.
No sorprende encontrar estas ideas en alguien que cultivó
largamente la poesía, género en que la atención
a los detalles, matices, coloratura y exactitud de cada palabra
no solo son primordiales, sino que aparecen con mayor visibilidad.
Su trabajo poético comienza con Hilo de arena y
sigue con La luna del dragón, El país del viento,
¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?,
África (recogidos en la revista Número,
de la que Ospina es socio fundador) y La prisa de los árboles.
En los numerosos ensayos (entre ellos, Aurelio Arturo, Es tarde
para el hombre, Esos extraños prófugos de Occidente,
Los dones y los méritos, Un álgebra embrujada, ¿Dónde
está la franja amarilla?, Las auroras de sangre, La decadencia
de los dragones, Nuevos centros de la esfera y América Mestiza)
hay una sostenida reflexión sobre el mundo particular de
los afectos, las teorías, las creencias y las no menos contundentes
realidades de América Latina. La dimensión política
es central en sus hipótesis sobre la condición del
americano, su pasado y su devenir, y hace centro en la propia tierra
colombiana.
Las constantes preocupaciones sociales y estéticas en ambas
vertientes –la ensayística y la poética–
parecen inducir a otra modalidad de escritura, y es aquí
donde se cimenta la novela. Ursúa aparece en 2005
con el no poco importante aval del autor de El coronel no tiene
quien le escriba.
La saga de Pedro de Ursúa, un conquistador del siglo XVI,
tuvo lugar principalmente en las tierras que son hoy territorio
colombiano. Así pues, esa historia está profundamente
ligada a la constitución de un país cuya geografía
se describe con magníficas imágenes, pero siempre
entretejidas con luchas interminables, ambiciones y enfrentamientos.
La novela pone en primer plano a una figura que no tuvo, a diferencia
de otros conquistadores españoles, el fulgor de las estatuas
ni las evocaciones literarias o cinematográficas (como sí
le ocurrió al contemporáneo de Ursúa, Lope
de Aguirre, protagonista de la famosa película Aguirre,
la ira de Dios, de Werner Herzog).
La complejidad de Ursúa, que tiene que ver tanto
con la copiosa masa de hechos y reflexiones incorporados como con
una escritura sumamente elaborada, no impide que la novela plantee
también sus propios dilemas genéricos. Desde luego,
se trata de una novela histórica y asimismo, como el narrador
se propone “contar la historia de aquel hombre que libró
cinco guerras antes de cumplir los treinta años y de la hermosa
mestiza que hizo palidecer de amor a un ejército...”,
es una especie de biografía atónita de un personaje
cuyas peripecias recuerdan, a su vez, la novela de aventuras, por
los cambios de fortuna, la búsqueda de tesoros, los viajes
y peligros que debe enfrentar. Pero como se trata de aventuras que
efectivamente acontecieron, por desmesuradas o increíbles
que hayan sido, el texto nos recuerda a ese pariente cercano del
realismo mágico garciamarquiano que es el real maravilloso de Alejo Carpentier, para quien los hechos insólitos y prodigiosos
son consustanciales a la historia de nuestra América. Los
registros de los cronistas de Indias primero y de otros viajeros
posteriormente darían cuenta de esa suerte de perplejidad
de los europeos ante un territorio muy diferente de lo que conocían,
y en cambio muy cercano a los fantásticos avatares de las
novelas de caballería y otros relatos míticos. Pero
también encontramos en la novela de Ospina la otra cara de
la moneda: “Lo que más extrañaba a los nativos
es que los españoles nunca estuvieran satisfechos de ofrendas”,
cuenta el narrador, y acota: “Me veo tentado a sonreír
con indulgencia al pensar cuán incomprensible era para ellos
la avidez por el oro que muestran estos hombres”.
Habida cuenta de la cantidad de novelas que refieren episodios de
la Conquista, no ha sido un desafío menor el dar con la palabra
precisa. Como poeta, Ospina encuentra el lenguaje de hoy capaz de
mostrar el espesor de la palabra en el devenir. En este sentido,
y sin dejar de percibir las diferencias estilísticas, novelas
como Zama de Antonio Di Benedetto o El entenado de Juan José Saer, se asemejarían a Ursúa en tanto estrategias para narrar hechos lejanos en el tiempo, aunque
no en la geografía. Igualmente, Ursúa rehúye
de los clisés tanto como de pintoresquismos o exotismos:
el pasado no es un decorado, hay un imaginario actuante que continuamente
se indaga, de ahí la sabia elección del narrador.
Quizá la mejor definición del intento de Ospina sea
contar la aventura verdadera y sus consecuencias.
Por eso el manejo de los recursos poéticos volcados a la
narrativa resultan una herramienta inmejorable para evitar las consabidas
reconstrucciones históricas que poco tienen que ver con,
precisamente, ese pasado que se desea develar en toda su enmarañada
trama mostrando las fuerzas destructoras, la resistencia a la opresión,
la omnipotencia ante la naturaleza, el afán de lucro, el
sojuzgamiento y despojo.
La figura temeraria y contradictoria de los conquistadores –tal
como los presenta Pablo Neruda en Canto General– en la novela
de Ospina es notoriamente analizada por un narrador que expresa
admiración y temor mientras va focalizando las diversas aristas
del personaje, con sus vaivenes, glorias y derrotas. Si, como decía
Alejo Carpentier, nuestras novelas de caballería fueron las
sagas efectivamente protagonizadas por los conquistadores, la aventura
de Ursúa –fundador de la ciudad de Pamplona, incansable
guerrero, feroz enemigo y ambicioso explorador, que recorre un territorio
tan incierto como peligroso y deslumbrante– narra episodios
increíbles y desmesurados, pero no inventados. Novela histórica,
entonces, que adquiere un carácter de intervención
política cuando seriamente se la toma como el modo de conocer
aquello que del pasado siguió perviviendo y que puede ofrecer
para el presente algún tipo de explicación o por lo
menos una visión más amplia. Porque está hablando
de un tejido social, de instituciones, de enfrentamientos y hechos
atravesados por algo que especialmente en Colombia es realidad visible
y cotidiana: la violencia.
Ospina ha llegado a la novela para quedarse, no otra cosa indica
el proyecto emprendido: Ursúa es la primera parte
de una trilogía sobre este personaje cuyo viaje descomunal
–que va a culminar en la selva amazónica– continúa
en las dos que le seguirían: El país de la canela
y La serpiente sin ojos. •
Publicada en TODAVÍA Nº 17. Agosto de 2007
|
|