La inocencia es el niño
por JORGE MONTELEONE escritor, investigador
del CONICET
Arturo Carrera es uno de los autores más
relevantes de la poesía hispanoamericana actual. La figura
de los niños, el ámbito de la infancia, son claves
en toda su obra, como lo revela su reciente libro
La inocencia.
Este ensayo reflexiona sobre ese mundo y su vínculo con la
experiencia del tiempo,
con el poema como conjuro del suceder y
con la invocación de la inocencia como renacimiento
y afirmación
de un lenguaje originario.

MATEO ARGÜELLO PITT
La despedida, 2005
Técnica mixta sobre tabla |
En la tapa del último libro de poemas de Arturo Carrera, La inocencia, se ve la foto en blanco y negro del niño
Arturito caminando en la vereda de la calle Stegmann, en la ciudad
de Pringles, hacia 1950. Tiene dos años. Parece sonreír
y, en todo caso, su gesto tiene ese impulso como irrefrenable de
los chicos cuando caminan alegremente hacia adelante, como si no
existiera límite a su movimiento, la niñez misma como
una “rueda que gira sobre sí misma”. Las sombras
largas que arrojan los cuerpos en la fotografía dicen que
ese instante no es el mediodía. Tal vez una tarde de primavera,
considerando el follaje de los árboles oscuros. Y la vereda
lanza las líneas de sus baldosas hacia el infinito, hacia
un punto de fuga que remata en un hombre visto de espaldas, alguien
que se va caminando en dirección contraria. Como si ese hombre
desconocido fuera el adulto que huye de la escena infantil, y a
la vez la sentenciase con el devenir del tiempo, del irremediable
crecimiento: como si el hombre de espaldas sancionara con su silueta
oscura la absoluta presencia del niño iluminado. La imagen
visual se multiplica en el último poema del libro, donde
se lee: “Vengan a Pringles –ya sé, / no es Delfos.
/ Pero a tres cuadras de mi casa, / por la calle Stegmann, / hacia
el sur, / está el arroyo. // ‘… el mismo que
/ en la fotografía de la tapa de este libro / es el punto
de fuga; hacia donde se mueve / el hombre que va caminando displicente,
/ apurado, enérgico pero / quizá perdido… //
…y el niño o deseo que avanza / parece que desanda
nuestro propio decir…”.
La calle Stegmann
Para la poesía de Carrera, la calle Stegmann se transformó
en un espacio, si no mítico, originario. En El
vespertillo de las parcas (1997) el poema dedicado a “La
calle Stegmann” expande el sentido que esa misma fotografía
anuncia y protege. Primero están los árboles, las
tres únicas acacias, las hojas de los plátanos “grandes
como manos abiertas” y luego el reconocimiento poético
e inaugural de la calle misma, como una apoteosis de lo minucioso,
como si el poema fuera una memoria desatada del detalle de aquel
mundo perdido. Dice allí: “Nada tiene de singular la
calle Stegmann / salvo cada adoquín, cada hojita, / cada
ruido, cada color, / cada voz incluso oída tan sólo
al paso // y salvo la luz: poder correr en ella de uno a otro /
extremo”.
En el uso del verbo presente del poema todo el pasado del poeta
Arturo Carrera refulge vívido en la actualidad infantil de
su doble: el niño “Arturito”. Lo escuchado entonces
retorna en un murmullo inmediato, las cosas específicas y
los nombres de la gente que puebla el mundo de la calle Stegman
en los años cincuenta aparecen ante los ojos, con menos precisión
que luminiscencia: la vieja calera de Pelegrinelli; la talabartería
de Nazareno Traversini con dos enormes máquinas Singer; un
Plymouth modelo 36 y una Ford A; la vieja Dorotea hablando con su
hijo Pichín, vestido de deportista con una raqueta en la
mano; la billetería de Becqui frente al Banco; un cartel
con una bota negra gigante que indica el lugar de la zapatería
La Victoria; y en el fondo juega Santina, de nueve años,
en el patio que comunica con el patio de la peluquería donde
Delia habla con Elbia… El fin del poema parece arbitrario,
porque ha creado la ilusión de lo continuo, como si no pudiese
cesar de recordar, como si su sola verdad residiera en la enumeración
de lo minúsculo, lo específico, lo singular de la
trivialidad misma, al modo de un tesoro cargado de significados
sublimes. Pero de hecho esta memoria posee una forma dibujada por
el olvido. Es en el olvido de la infancia –aquello que los
adultos olvidan de su niñez– cuando la infancia regresa:
vuelve como invención del poema.
En “La calle Stegmann” se lee: “El sentido de
la calle / ¿no es el mismo del verso?: verso, versus // Ir hacia delante, es decir, hacia atrás”.
La etimología de verso proviene del latín versus, “ir hacia” e indica dirección.
De hecho, todo verso indica, como observó el lingüista
Roman Jakobson, una regularidad, una repetición y, ya que
un mismo fenómeno se repite (la medida de un verso, por ejemplo),
supone un juego de paralelismos. Cada verso implicaría siempre
ir “hacia atrás”, ya que juega con la recurrencia
regular de un sonido que retorna, de una secuencia, de un efecto,
y por ello se opone a la prosa, cuya etimología
latina (provorsa) supone, en cambio, el “ir hacia
adelante”. Carrera, en “La calle Stegmann”, juega
con la idea del “sentido” del poema –es decir,
lo que significa poéticamente– y del “sentido”
de la calle –es decir, su dirección–
reuniendo ambos significados en la noción etimológica
del verso, el sentido del verso como “regreso”: el verso
nos lleva “hacia atrás” y, en consecuencia,
escribir “en versos” la calle Stegmann es ir hacia
el pasado, regresar al origen del tiempo de la infancia. Por
eso, poéticamente, la calle Stegmann es un espacio originario
en la poesía de Arturo Carrera, la misma calle que se ve
en la foto en la cual vemos al niño Arturito avanzar, allí
como a punto de “tomar carrera”, en la tapa del libro La inocencia. Ese mismo niño del cual se predica
en el último poema del libro: “…y el niño
o deseo que avanza / parece que desanda nuestro propio decir…”.
Andar y desandar
¿Qué significa en la poesía de Arturo Carrera
este avanzar del niño que es, al mismo tiempo, un “desandar”
del decir poético? Jakobson se refería al ritmo del
caminar como un automatismo, donde la intensidad y la velocidad
empleadas no exigen nuestra atención consciente. Esa misma
automatización rige el uso del lenguaje práctico,
pero su inercia rítmica se ve alterada cuando irrumpe en
ella otro ritmo, un ritmo poético: el verso saca
al lenguaje cotidiano del estado de automatismo. “Es una premisa
de la orientación hacia el tiempo del discurso –dice
Jakobson–, una premisa de la vivencia del tiempo”. De
ese modo podríamos decir que el verso revierte el tiempo
sobre sí mismo, sobre el propio suceder, y así en
él se perfila el sentimiento mismo del tiempo. ¿Qué
lazo secreto hay, entonces, entre el “andar” del poeta
niño en la propia calle Stegmann de Coronel Pringles hacia
los años cincuenta y ese “desandar” del propio
decir poético? Significa que en el andar del niño
hay un primer movimiento, hay un comienzo: es toda la infancia la
que inicia su dinamismo, y en ella hay todavía una inconciencia
del tiempo. El sentimiento de la sucesión aún no ha
reemplazado a un vago sentimiento de eternidad. En el andar del
infante, lenguaje y caminar son incipientes y ni uno ni otro se
han automatizado todavía: el andar del niño es un
desandar. El poema busca en el verso ese mismo ideal: busca, siempre,
un lenguaje original que en Carrera suele materializarse en la niñez
propia. Así el poema busca su imposible: el andar del niño
desanda el decir del poeta, remonta hacia atrás la sucesión del poema, absolutiza el acto poético
en el atesorado espacio de la infancia.
Una épica de la infancia
Gran parte de la poesía de Arturo Carrera puede leerse como
una épica individual de la infancia, donde el poema celebra
las hazañas de los (propios) antepasados y las victorias
del (propio) Yo. En El vespertillo de las parcas están
las mujeres de la familia: las abuelas, las tías, transfiguradas;
en Tratado de las sensaciones (2002), los hombres: el padre,
los hijos, los abuelos, los tíos, los primos. En el prólogo,
Arturo Carrera admitió que este libro, tanto como el anterior,
fueron escritos “como un intento para que alguno de los dos,
o ambos libros, se transformen en mi vida”. Y así en
las voces de los “manes” familiares el poeta funda su
propia voz. En El Coco (2003) el poema intenta “captar
qué ritmo, qué remota prosodia rige lo que habla la
abuela”, y de ese modo advierte que los temblores del Parkinson
en la voz comienzan a poblar la dicción de los chicos: “Empezamos
a hablar –yo, sobre todo– con esos ‘tremores’,
con ese grito oscuro”, escribe. Potlatch (2004) remontaba
de nuevo toda la infancia en Pringles durante el primer peronismo,
cruzando con ella las representaciones simbólicas y metafóricas
del dinero. Este gesto, que se articula en estos libros con un modelo
claramente autobiográfico, halla en los niños una
figura recurrente ya desde Arturo y yo (1989) o Children’s
Corner (1989): una especie de niños-signos, ya que siempre
representan la apertura del deseo como principio de realización
y puro devenir. Esta potencia que se despliega hacia el pasado autobiográfico,
es una encarnación del sujeto imaginario en su doble infantil.
Sin duda, la vasta épica de la infancia, que alzó
en su poesía Arturo Carrera, inspiró explícita
o implícitamente en los poetas argentinos de los años
noventa un atajo para que la memoria retorne. En ellos el espacio
de la infancia no es el origen de una dicción poética,
sino el fundamento donde el sujeto puede volverse aprehensible y
donde representa una historia personal que, al mismo tiempo, pueda
ser leída socialmente. La infancia, que se enlaza con el
espacio de lo familiar, permite leer de un modo desplazado y oblicuo,
por ejemplo, la experiencia ominosa de la dictadura argentina de
1976. La familia es el ámbito de una micropolítica
donde el universo opresivo aparece como miniaturizado en una memoria
autobiográfica reconocida en un habla y en una experiencia
infantiles. Varios ejemplos de este tipo pueden leerse en la gran
antología de poetas de los noventa que compiló y prologó
el propio Arturo Carrera, Monstruos. Antología
de la joven poesía argentina (2001).
La inocencia
En el libro Noche y día (2005) Carrera habla de
“La primera sílaba de la mañana, / que vuelve
a delatar /el excesivo ímpetu de su inocencia; // la verdad
de una especie de ‘voluntad de nacer’ / cada día”.
La niñez se vuelve más abstracta, se vuelve un puro
comienzo, una anticipación del ser: ímpetu, afirmación,
aurora. Así llega el poeta en La inocencia a una
síntesis similar a la de Friedrich Nietzsche, en uno de los
fragmentos de Así hablaba Zarathustra. En “De
las tres transformaciones del espíritu” se lee: “La
inocencia es el niño y el olvido, un nuevo comienzo, un juego,
una rueda que gira por sí misma, un primer movimiento, una
sagrada afirmación”. Al meditar en este principio se
comprenden mejor las paradojas del andar y desandar de la niñez
en la poesía de Carrera. Nietzsche no propone la infancia
como una mera regresión a lo incontaminado, porque el niño
representa algo más, un estadio superior: el modo absoluto
de la inocencia como posibilidad y renacer. Unschuld ist das
Kind, escribe Nietzsche: la inocencia es el niño –donde
el vocablo “inocente” en alemán es el “no-culpable”.
Y también, dice Niestzsche, la inocencia es el olvido. Lo
cual no significa un borramiento de la memoria, sino, como lo prueba
la poesía de Carrera, que en torno de aquello que se ha olvidado
del niño y de lo que el niño adulto también
ha olvidado, puede edificarse todo el recuerdo infantil como invención,
como recreación, como descubrimiento. En suma, como poema,
liberado de una historia culpable.
En el eterno retorno a todos los paraísos de la calle Stegmann
se oculta el Edén, antes de cualquier expulsión que
obrase la culpa. Pringles, dice el poema, “no es Delfos”:
pero en la calle Stegmann es posible discernir un oráculo,
el del poeta inocente. Los objetos y momentos en los cuales se consuma
esa “inocencia” son sucedáneos convencionales
de la infancia, pero resignificados: la lectura de El Principito,
la celebración de la Navidad, las libretitas. La fotografía
del niño Arturito alcanza así su significado más
pleno: es una foto que la poesía misma actualiza, porque
en esa calle se instaura lo que permanece. Cuando todo está
por suceder, la historia debe cumplirse, pero el hombre que se va,
oscuro, de espaldas, de hecho retorna a un nuevo nacimiento, un
nuevo comienzo, a la “sagrada afirmación” que
dice Nietzsche. El horizonte de los niños, los niños
que “desandan” en el deseo, es la promesa de un acto
poético. “Mi asegurada lejanía entonces / es
la promesa: / ¿vendrán?”, se pregunta el poeta.
Y cada poema escrito es una respuesta invisible a esa pregunta hecha
para la felicidad del mundo, o para conjurar su vasta desdicha.
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Publicada en TODAVÍA Nº 15. Diciembre de 2006
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