Hace unos años, Carlos y Sylvia Gorriarena me ofrecieron
su casa en el Delta del Tigre. Por primera vez después de
mucho tiempo tenía y podía tomarme treinta días
seguidos de vacaciones.
Venía de un largo parate en mi producción artística,
casi tres años sin poder concretar imágenes. Algo
no funcionaba. No podía dibujar ni pintar. Solamente leer
(a veces) y escuchar música.
Ese enero pasé mucho tiempo en el muelle recobrando el paisaje
y los sonidos de mi infancia en el Tigre. Un anochecer escuché
que desde algún muelle vecino una voz preguntaba:
—¿A qué hora sale el primer jilguero?
Miré hacia el lado de la curva mala del río y vi que
un bote remaba contra la corriente.
En mi botiquín de primeros auxilios tenía un bloc
y tinta. Corté cañas y fabriqué plumas de distintos
tamaños para dibujar, y exactamente el 23 de enero de 2001
pude comenzar.
Apuntes, impresiones, croquis rápidos, lentamente comencé
a trabajar.
Se produjo el clic. A remar... estaba navegando.
Cada verano, hasta el 2005, pasé siempre treinta días
en el mismo lugar en el río Carapachay, realizando nuevas
tintas para completar esta serie.
Lo que comenzó como una respuesta a un hecho puntual, continuó
su desarrollo, lo cual demuestra que la salida más eficaz
para todas las crisis, sean personales o institucionales, es ni
más ni menos que decidirse... ¡a remar!
Publicada en TODAVÍA Nº 12. Diciembre de 2005
|