De La Cueva al Parakultural
por ALFREDO ROSSO periodista especializado en rock
ilustraciones PABLO PÁEZ
En los ochenta, el rock argentino se despega de la rebeldía social con que había nacido en los sesenta y desarrolla una obra que sigue deslumbrando por su calidad y por la libertad con que fusiona géneros y estilos.
Los sesenta: flores entre corceles y aceros
El rock nacional comenzó en un bar de una Villa Gesell
todavía agreste, sin marcas líderes adornando escaparates,
donde Moris, Javier Martínez, Pajarito Zaguri y Pipo Lernoud
le pusieron los primeros versos a un disenso existencial que en
aquel entonces se llamaba rebeldía. En 1966 eras
un rebelde sin causa si contestabas mal, no estudiabas, andabas
por ahí con gesto huraño… en fin, si te escapabas
del molde. “Quedarse en el molde” era una frase muy
de moda, igual que “no hagan olas”. Y de pronto, los
Beatniks de Moris y Pajarito se apropian del temible mote: Rebelde
me llama la gente / rebelde es mi corazón / soy libre y
quieren hacerme / esclavo de una tradición.

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Esas dieciocho palabras fundaron el rock
nacional, le dieron sentido, cauce, curso. Muy pronto, amparados
por la noche interminable que iba de La Cueva de Pueyrredón
al bar La Perla de Jujuy y Rivadavia, el temprano tren de nuestro
rock sumó nuevos pasajeros: Miguel Abuelo, Litto Nebbia,
Tanguito. Una madrugada, rebotando en los azulejos del baño
de La Perla, se escucharon por primera vez unas estrofas emblemáticas: estoy muy solo y triste acá en este mundo de mierda.
El decoro de la época transformó el remate en este
mundo abandonado, pero la esencia era la misma: una generación
empezaba a dejar atrás el lastre de una historia ajena.
El tema pedía madera para construir una balsa… ¡y
naufragar! La idea era sumergirse en un océano nuevo de
posibilidades, donde el desafío era escribir vos el libreto
de tu vida. El vozarrón de Javier Martínez lo articularía
muy pronto en un gran tema de Manal diciendo: porque hoy nací
/ hoy, recién hoy, el sol me quemó / y el viento
de los vivos me despertó. De repente, si eras joven
y pensabas diferente, ya no estabas más solo. El rock nacional
era el nexo criollo de una sinfonía de poder juvenil que
se tocaba en las calles de Londres, San Francisco, París.
La dictadura de Onganía se continuaría en Levingston
y luego en Lanusse, pero el rock nacional ya había construido
un estado dentro de otro. Por más que te cortasen el pelo
a la fuerza en un coiffeur de seccional, como decía
una letra de Miguel Cantilo, no podían invadirte el espíritu.
En sus orígenes, el rock nacional fue una música variopinta, adornada con la osadía del que tiene todo por inventar. Almendra metió bandoneones, Arco Iris juntó saxos con bombos legüeros y los primeros Abuelos de la Nada se atrevieron a violonchelos y contracantos. Disueltos los grupos fundacionales, los ex Almendra extendieron las fronteras del rock progresivo en grupos decisivos como Aquelarre, Color Humano, Pescado Rabioso e Invisible. Litto Nebbia, ahora en plan solista, experimentaría con fusiones que lo acercarían al jazz y al folklore. Pappo se daría el gusto, por fin, de poner la piedra fundamental de su trío de blues y los antiguos miembros de Manal serían clave en ese conglomerado de rock formado
en torno al cantante y productor Billy Bond: La Pesada del Rock
and Roll. Entretanto, el giro acústico de nuestro rock
proponía una mayor atención al mensaje de las letras
y el ejemplo más obvio es el álbum Vida,
de Sui Generis. Charly García le habla a su público
desde un plano de igualdad, con una clara percepción de
la crisis de identidad del adolescente y su lucha por afirmarse
en un mundo adulto y ajeno. La ambición artística
de García y Mestre llevaría el sonido de Sui Generis
a un alto nivel de sofisticación musical y de relevancia
testimonial en los difíciles años por venir, una
tendencia que se continuaría en bandas emblemáticas
como La Máquina de Hacer Pájaros y Serú Girán.

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Los ochenta o la generación del yo
Para el rock nacional, la década del ochenta comienza una vez finalizado el conflicto de Malvinas. Esto fue así no solo porque el rock nacional comenzó a escucharse mucho más en la radio –aunque ya había programas de rock nacional mucho antes de los ochenta– , sino porque en los dieciocho meses que van desde la rendición de Puerto Argentino en junio de 1982 a las elecciones que recuperan la democracia con la presidencia del doctor Raúl Alfonsín en diciembre del 83 hay una verdadera explosión creativa en la Argentina. Se ve en las bellas artes, en la literatura, en el teatro, en el cine y –muy especialmente– en la música. Por todas partes brotan nuevos clubes y locales, como El Ciudadano, Stud Free Pub, Caras Más Caras y –muy especialmente– el Einstein y el Parakultural, para dar albergue a estas nuevas manifestaciones artísticas.
El fenómeno no es solo porteño. En Rosario nace una nueva camada de poetas y músicos que se alinean tras la figura del cantante Juan Carlos Baglietto. Son, entre otros, Fito Páez, Jorge Fandermole y Lalo de los Santos. Con una poesía impecable y hasta erudita, traen otra óptica y otros testimonios de esa época de cambios y esperanzas.
Entre nuestros músicos históricos,
Luis Alberto Spinetta y Litto Nebbia construyen también
sus propios parámetros de la realidad, enfundándolos
en las particulares estelas de sus grupos de entonces, Spinetta
Jade y las varias permutaciones que adoptaron las bandas del ex
Gatos. Charly García, una vez más, hace punta reflejando
la sociedad de su tiempo en una tetralogía incomparable
que abarca álbumes como Yendo de la cama al living, Clix modernos, Piano Bar y Parte de la religión,
y acaparando buena parte de las presencias masivas en los recitales
de los ochenta. Una masividad que también va in crescendo para Sumo y para los Redonditos de Ricota, que al promediar la
década habrán dejado atrás el ámbito
de los clubes para conquistar el habitat de los estadios cubiertos.
Es también una época de desarrollo de las mujeres
en el rock, con Celeste Carballo a la cabeza y una nueva camada
de chicas que lideran o acompañan bandas, y que incluye
a Fabiana Cantilo e Hilda Lizarazu, vinculadas a los Twist, e
Isabel de Sebastián y Celsa Mel Gowland, quienes encarnan
a Metrópoli en la segunda mitad de la década.
También es una era variada en términos
estilísticos. Un blues urbano y a flor de piel como el
de Memphis La Blusera se abre paso rápidamente, mientras
crece la popularidad del hard rock metalero que Pappo acuña
con Riff y el elemento lúdico y poético que Miguel
Abuelo desarrolla con la nueva encarnación de Los Abuelos
de la Nada –donde hace sus primeros palotes un muy joven
Andrés Calamaro– y el rock frontal de Miguel Mateos
y Zas, que tendrá un flash de gloria suprema a
mediados de la década, cuando su álbum Rockas
vivas supere el medio millón de copias vendidas.
Pero buena parte de los músicos noveles
que surgen en los ochenta no comulga con las metas que habían
inspirado a sus hermanos mayores en décadas previas. Las
utopías de cambio social habían sido sepultadas
en medio de la gran masacre perpetrada por el Proceso militar
–a esa altura, en sus últimos pasos– pero,
incluso en sociedades donde la represión no adquirió
la expresión brutal que conocimos en la Argentina, la voluntad
transformadora de la generación de los llamados “ baby boomers” estaba francamente en retirada al despuntar
los ochenta. Los nuevos jóvenes tienen otras prioridades.
Son “The Me Generation”, la generación que
se ocupa, primero y por sobre todo, de la primera persona del
singular, y sus símbolos hablan por sí mismos: hay
una preocupación inédita por la estética
del cuerpo (aparecen los alimentos dietéticos, las cirugías
correctivas, el auge de los gimnasios) y una seducción
por la satisfacción inmediata que provocan drogas euforizantes
como la cocaína.
La expresión del cuerpo es un elemento
central de las nuevas canciones y en la actitud que asumen los
músicos en sus shows, pero este cambio no se había
dado de la noche a la mañana. Antes de transformarse en
uno de los grandes símbolos de la nueva era, el grupo Virus
desató polémicas y provocó rechazos por la
forma de bailar y de conducirse en escena de su cantante Federico
Moura, un decidido militante de esta nueva estética, como
deja bien en claro ya desde el primer hit del grupo, “Wadu
wadu”. El rock desfachatado de Los Violadores, máximos
exponentes del punk criollo, denuncia la hipocresía criolla
que acompañó con su silencio cómplice a la
dictadura en las corrosivas estrofas de “Represión”: Hermosas tierras de amor y paz / hermosas gentes, cordialidad
/ fútbol, asado y vino / ésos son los gustos del
pueblo argentino. / Represión en la puerta de tu casa /
represión en el kiosco de la esquina / represión
en la panadería / represión 24 horas al día... El humor y la sátira también son un vehículo
propicio para traer a la superficie los difíciles días
vividos. En “Pensé que se trataba de cieguitos”,
Pipo Cipolatti y los Twist le daban una nueva vuelta de tuerca
a la conocida historia de abuso policial canalizado en una detención
sin motivo.
Otro gran símbolo de la década es Soda Stereo. En su disco debut, de fines de 1984, el trío de Cerati, Zeta y Alberti trazaba todo un mapa de situación del nuevo sistema de valores de los ochenta con títulos que lo dicen todo: “Dietético”, “Mi novia tiene bíceps”, “Afrodisíacos”, “Por qué no puedo ser del Jet Set” y, no por casualidad, “Sobredosis de TV”. La televisión, que los argentinos aprendimos a ver en color desde abril de 1980, es el puntal de una revolución mediática que empieza en los ochenta y alcanza su máxima expresión en nuestros días. Con el arribo de las transmisiones por cable llegó también MTV: ya no bastaba que un grupo sonara bien; ahora también debía tener una imagen comercializable, porque a partir de los ochenta la música se vende a través de la pantalla chica.
La década del ochenta suele tener mala prensa. Se la acusa de frívola y vacía de idealismo y sensibilidad. Pero las generalizaciones siempre son groseras: éste fue también el período en el que la diversidad musical derrumbó las barreras entre géneros y estilos. El rock argentino incorporó los sonidos y la estética del punk y la New Wave llegados del mundo anglo y los acomodó a la realidad nacional, como demuestran los casos de Violadores y –ya en las postrimerías del decenio– Attaque 77. Otro tanto ocurrió con el reggae. Su integración sonaba algo forzada en un principio, pero el ritmo jamaiquino terminó fusionándose de un modo natural con los sonidos del rock local. Esa retracción de viejos prejuicios –que años más tarde permitiría también un acercamiento inédito al tango y al folklore– colaboró en mucho para darle al rock argentino la variedad y riqueza expresiva que ostenta hoy, un cuarto de siglo después. •
Revista TODAVÍA Nº 18 / abril de 2008
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