Música, arquitectura, ciudad
por GRACIELA SILVESTRI
investigadora del CONICET-UNLP Área Historia del Territorio
En las salas de concierto proyectadas para el futuro Centro Cultural del Bicentenario confluyen dos aspectos del tiempo: la fugacidad propia de la música y la permanencia buscada por la arquitectura.
A fines de 2006, colaboré con el estudio
BBBBSF (Estudio Bares, Bares, Bares, Becker, Ferrari, Schnack)
en el concurso internacional para la reconversión del Palacio
de Correos en Centro Cultural del Bicentenario. El anteproyecto
obtuvo el primer premio y durante 2007 se desarrolló el
proyecto para la licitación de la obra. La experiencia
fue apasionante: no solo por el valor del edificio, sino también
por la dificultad del programa, que solicitaba ideas para la transformación
del entorno urbano; espacios para exhibiciones, microcines, etc.;
y la inclusión de dos salas de música, una de ellas
para 2500 espectadores. El volumen y la complejidad de la sala
sinfónica eran un desafío, dada la voluntad de preservar
la integridad del edificio. Por eso, la propuesta implicó
la participación de asesores en patrimonio, en acústica
y en estructura, que desempeñaron un papel activo en la
determinación de la forma. El proceso colectivo de elaboración
del proyecto constituye una ocasión para reflexionar sobre
la misma idea de forma en la que se funda el arte, puesta
en máxima tensión por los requerimientos políticos,
económicos y técnicos, y (en otra lógica)
por dos disciplinas, la arquitectura y la música, históricamente
relacionadas. Me gustaría aquí revisar aquel proceso
a través de esa relación, en sus diversas dimensiones.
• La primera, la más concreta:
la música se escucha en un ámbito definido, que
posibilita o entorpece la audición. La ingeniería
acústica, que intenta la solución del problema,
se ampara, como la arquitectura, en la proporción. Esta
idea de “reunión de las artes” imaginada en
las salas del siglo XIX antecede y alimenta la búsqueda
del arte total. Esa reunión es a la vez concreta
y abstracta: tiene en cuenta los fundamentos de cada disciplina,
pero también el deleite del público. Entonces, si
se logra la síntesis, se promete algo más que un
momento de placer. Esta búsqueda inspiró las más
diversas arquitecturas del siglo XX; basta recordar la Sinfónica
de Berlín, de Hans Scharoun, que reformuló “la
arena clásica” en un espacio único, con su
escenario en el medio de la sala, “democrático”
y sin jerarquías. En todo caso, desde el siglo XIX, salas
sinfónicas, teatros y óperas, ámbitos masivos
de intercambio social, adquirieron preponderancia en el desarrollo
y prestigio de las ciudades. La construcción de una sala
simboliza el destino de una ciudad: cierta idea de espacio público,
cierta idea de comunicación en la fragmentada sociedad
metropolitana.
• Pero, las relaciones entre música y arquitectura poseen también una dimensión creativa. Puede recordarse, por ejemplo, el pabellón Philips, pensado por Le Corbusier e Iannis Xenakis para la Exposición Internacional de Bruselas, de 1958, cuyas curvas eran una réplica de la idea de Xenakis de desplazamiento sonoro continuo. Tanto el arquitecto como el compositor-ingeniero buscaban una nueva belleza porque confiaban en que el mundo poseía un orden sustancial. La ilusión aún pervive: pervive la necesidad de encontrar un punto de reunión en la fragmentación actual.
• Finalmente, la recepción de
ambas artes alude a otro tema contemporáneo: la forma de
interpretar el tiempo. Efímera continuidad sin sustancia
visible, el tiempo encuentra en la música su metáfora
perfecta. Sin embargo, el tiempo también parece condensarse
en las piedras de la arquitectura, interpretado como memoria.
El problema de la arquitectura es cargar con el pasado; el de
la música, la fugacidad. En ambos casos, se trata de la
cualidad inasible del tiempo humano.
Un edificio ciudad
El proyecto del Centro Cultural del Bicentenario está marcado
por estas cuestiones. No extraña que en una ciudad como
Buenos Aires, la “capital cultural de Latinoamérica”,
se utilice el aniversario para reparar la ausencia de salas sinfónicas.
Existen propuestas anteriores: el arquitecto Amancio Williams
ideó con este objetivo uno de sus proyectos más
perfectos; durante el primer gobierno peronista, un equipo liderado
por Eduardo Catalano proyectó un auditorio de masas; en
1972, el estudio Baudizzone-Erbin-Díaz-Lestard-Varas obtuvo
el primer premio del Auditorio de la Ciudad de Buenos Aires, proponiendo
un extraño aparato pop. Ninguno fue construido.
A esta carencia se debe la voluntad de restaurar el Teatro Colón, de realizar la Ciudad de la Música en la vieja usina Pedro de Mendoza y el Centro Cultural del Bicentenario. El cierre temporal del Colón puso de manifiesto la escasez de ámbitos destinados a la ejecución musical, en una ciudad que tiene tres orquestas estatales estables, numerosos conservatorios, escuelas, coros y ensambles institucionales y privados, y un público de cerca de diez millones de escuchas potenciales.
Y si desde los noventa la construcción
de edificios-hito con un programa cultural específico –primero,
museos de arte; últimamente, salas de música–
fue parte de una estrategia de revitalización urbana apoyada
en el embellissement [embellecimiento], este proyecto
multiplica las resonancias ciudadanas en la medida en que se interviene
en un edificio histórico, cuyo destino inicial –correo–
suponía comunicación y educación. Está
ubicado en la zona más representativa de la ciudad, vecino
de la Plaza de Mayo, en un área que permanece inexplicablemente
degradada, complicada con un tránsito vehicular imposible,
en la franja que va desde la Ciudad Universitaria hasta el Sur
boquense, separándonos del río. Reconociendo el
problema, los arquitectos decidieron construir un “edificio-ciudad”,
abierto al espacio público, que transforme el contexto
físico. Así, el edificio se estructura como una
serie de “plazas” que continúan la gran plaza
de carácter áulico, su antesala. Ellas conectan
con los espacios de exhibición y de actividades formales e informales.
Los mayores desafíos los planteó
la sala sinfónica, cuya disposición articula dos
grandes modelos históricos: la sala italiana o caja, y
la disposición en megáfono, que rememora la escena
griega. En el proyecto se la denominó, por su extraña
forma, la “ballena azul” –un gran monstruo que
parece suspendido en el aire– y en el proceso de diseño
fue transformándose en gliptodonte, como atraída
por los mitos de la pampa. Extraño es el resultado: parece
evitar la clásica definición proporcional de forma,
pero implica el máximo rigor en el cálculo. Su geometría
no responde, como en el pabellón de Le Corbusier-Xenakis,
a una idea preestablecida de proporción, ya que fueron
los requerimientos funcionales y estructurales los que modelaron
sus características –su tamaño, sus curvas,
su independencia espacial–. Sin embargo, la geometría
utilizada, tanto por arquitectos como por músicos e ingenieros,
está lejos de resumirse en las abstracciones científicas
–es, literalmente, una geometría sensible–.
Los arquitectos buscaron efectos comunicativos: por ejemplo, articular
con estos aparatos un recorrido variado y sorpresivo. La “ballena
azul” se construirá en el sector industrial del edificio,
ahora abandonado como depósito y garaje, sin alterar la
parte noble. En este gran vacío sobre el que balconean
las galerías y que albergará las salas de exposición
perma-nente, se erige también el chandelier [caja
de cristal] que recuerda las enormes luminarias que caracterizaban
las salas decimonónicas. Los proyectistas trabajaron su
expresión como si se tratara de una joya, exhibiendo las
reglas de su construcción geométrica.
Entre la memoria y el futuro
En esta breve descripción pueden observarse las cuestiones que entrelazan música y arquitectura, desde las vinculadas con la construcción del espacio público urbano hasta las distintas maneras en que hoy puede enfocarse el problema de la medida y la proporción. Pero el carácter particular de esta obra nos coloca también ante la pregunta sustancial: las formas del tiempo.
El edificio preexistente, emprendimiento
de Ramón J. Cárcano, proyectado según las
normas Beaux Arts por el arquitecto francés Norbert
Maillart a fines del siglo XIX, varias veces modificado, tardó
más de treinta años en inaugurarse. Mucho podría
decirse sobre el desafío que plantean hoy a los expertos
las cuestiones relacionadas con la integridad y originalidad a
salvaguardar. No es secundario que el destino inicial del edificio
ya no pueda sustentarse (se rompe la regla de oro de la Academia,
la relación entre carácter y destino). Por todo
esto, el proceso actual implicó un diálogo permanente
con esta historia –interrogando, podríamos decir,
a Cárcano, a Maillart y a los ingenieros del Ministerio
de Obras Públicas–. Éste es uno de los efectos
clásicos de la obra de arte, el hacer presentes a los ausentes:
a los autores, y a la multitud de personas que trabajaron en la
construcción y en la vida activa del Correo; a quienes
usaron el servicio o acudieron a leer los diarios en distintas
lenguas o a comprar la última serie de estampillas; a la
ciudad que fue.
El tiempo no es solo pasado y memoria, sino también futuro –sin el cual, el pasado se convertiría en un sueño eterno–. El tema que el Correo pone en primer plano es el de modular la presencia del pasado con la presencia del futuro –ambos son ausencias, proyecciones, ilusiones–. Los conflictos que esto genera se tradujeron en densos debates, especialmente con los organismos públicos que, más allá de las leyes, deciden en cada caso el carácter de la intervención.
Un solo ejemplo conflictivo: la cúpula que corona el edificio. Los arquitectos decidieron, ante la necesaria reconstrucción, mantener su estructura formal, pero utilizar un cerramiento que, de día, se percibe como opaco, y a la noche, transparente, se ilumina como un faro. El espacio interior de la cúpula fue recuperado como parte de una plaza de actividades múltiples, y utilizado también como mirador, culmina así la articulación del edificio con el espacio urbano. Ésta fue una de las decisiones más debatidas, ya que modifica en parte la fachada, aunque se respeta la integridad arquitectónica que otorga la proporción.
El episodio de la cúpula supone no solo una decisión técnica, legal o social: supone una posición ante la época, atravesada por la memoria tanto como por la amnesia, con ausencia de futuro. Se optó por un compromiso entre memoria y futuro.
Un debate mayor lo constituirá la
misma construcción del Centro Cultural –debate inevitable
y bienvenido, ya que el carácter del espacio público
no solo está otorgado por la escena arquitectónica
o por las actividades artísticas, sino por la vitalidad
del libre intercambio de ideas. El carácter simbólico
de un edificio excede su calidad o autenticidad, y debe mucho
a la indefinida materia tramitada por palabras –por voces–
en el tiempo.
Me gusta pensar en la palabra humana como música. Me gusta
pensar la ciudad como voces en un coro –que, después
de las vanguardias, admite discordancias y no necesita someterse
a una única clave o tema–. Quizás la ciudad
pueda alimentar su pluralidad con la pluralidad de la música. •
Revista TODAVÍA Nº 18 / Abril de 2008
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