El poema “Las Salinas” pertenece al libro Crónica
del Niño Jesús de Chilca (México, Premiá
Editora, 1982) del poeta peruano Antonio Cisneros. En él
se hace evidente uno de los rasgos de su poesía: el cruce
entre la experiencia individual y la experiencia histórica
colectiva. No hay hecho menor de la vida vivida que no esté
penetrado por el tiempo comunitario. En cada gesto, en cada objeto,
en cada escenario, por entrañable e íntimo que sea,
se dibuja el vasto horizonte de la época y sus circunstancias.
Así ocurre también con el paisaje: en el espacio terrestre
resuena el corazón humano de la vida presente y de la vida
pasada. Sobre este libro, Cisneros declaró su intento de
“escribir la historia de una comunidad costeña hundiéndose
en el tiempo. Ahí incorporo las voces colectivas y ajenas
como propias y las memorias del compadre difunto, don Fortunato
Rueda. El amor de Dios y de los pobres entre el mar y el arenal.
Año del nacimiento de mi hija Alejandra”.
El hecho histórico que refiere es muy concreto. La comunidad
de Chilca vivía cerca de las salinas, en la costa peruana,
manteniéndose con una economía preindustrial basada
en el trueque. Intercambiaba sal con el ayllu de las alturas de
Huarochirí, que le proporcionaba a cambio agua dulce para
el riego por medio de canales. De ese modo, los chilcanos cultivaban
sus sembradíos. (El ayllu es una antigua institución
social, de origen incaico, que reúne a una comunidad de unas
doscientas o trescientas personas, unida por lazos de parentesco,
vecindad, religión y lengua, y que mantienen vínculos
laborales de tipo cooperativo en un territorio de propiedad común.)
Los chilcanos tenían al Niño Jesús como patrono
de su pueblo. Una tempestad hizo que el mar arrasara las salinas,
con lo cual ya no podían obtener la sal para continuar el
intercambio con el ayllu de Huarochirí. Los sembradíos
se secaron y la comunidad se dispersó. Tiempo después,
una “urbanizadora” anónima recuperó las
salinas y la costa para explotar el turismo. Los chilcanos fueron
desplazados por esa “modernización” y, como señala
Cisneros, debieron enfrentarse a un “mundo que se disuelve”.
El poeta lo relata así en el epígrafe que encabeza
el volumen:
La comunidad de Chilca es –o fue–
una comunidad de pescadores y agricultores. En medio del desierto
costero del Perú gozaba de un verdor extraordinario. Hasta
hace medio siglo. Unos canales incaicos traían el agua
desde las alturas de Huarochirí –a cuatro mil metros–.
La comunidad era dueña, también, de las salinas.
Un ayllu de Huarochirí conservaba los canales de regadío
a cambio de la sal. Mas el mar sepultó las salinas. Así,
sin moneda de comercio, se hundieron abandonados los canales.
Y Chilca fue un desierto. La comunidad, consagrada al Niño
Jesús, inició su proceso de miseria y dispersión.
Los peces no bastaban. Las gentes emigraron de la tierra.
Años después, con diques y capital –no del
común– volvieron las salinas. Se urbanizó
el territorio para playas de lujo. La hermandad del Niño
había desaparecido. Y apenas unos cuantos defendieron los
fueros comunales. Reseca y despoblada era –o es– un
pozo de arena en el desierto.
En los poemas del libro Cisneros remeda las voces de los chilcanos.
De hecho, el poeta afirma haberlo escrito “en chilcano, como
habla la gente”. En esa oralidad se funda el relato de una
catástrofe cultural. Se suceden las historias personales
a las desgracias del conjunto: alguien quiere recordar una sola
calle, otro afirma que el Niño Jesús ha muerto, otros
esperan algún milagro, alguien más busca los canales
enterrados. Este poema, que aquí se reproduce, evoca el paisaje
de las salinas con nostalgia, con dolor, y lo transfigura en el
recuerdo, no exento de rabia: su viejo mundo ya le es ajeno, porque
es de otros. El blanco de las salinas, que era como una nieve redentora,
se vuelve oscuro y extraño para siempre, cercado por perros
guardianes.
Las Salinas
Yo nunca vi la nieve y sin embargo he vivido entre la
nieve toda mi juventud.
En las Salinas, adonde el mar no terminaba nunca y las
olas eran dunas de sal.
En las Salinas, adonde el mar no moja pero pinta.
Nieve de mi juventud prometedora como un árbol de
mango.
Veinte varas de sal para cada familia de cristianos.
Y aún más.
Sal que los arrieros nos cambiaban por el agua de lluvia.
Y aún más.
Ni sólidos ni líquidos los blanquísimos bordes
de ese
mar.
Bajo el sol de febrero destellaban más que el flanco de
plata del lenguado. (Y quemaban las niñas de
los ojos.)
A veces las mareas –hora del sol, hora de la luna– se
alzaban como lomos de caballo.
Mas siempre se volvían.
Hasta que un mal verano y un invierno las aguas
afincaron para tiempos
y ni rezos ni llantos pudieron apartarlas de los campos
de sal.
Y el mar levantó techo.
Ahora que ya enterré a mi padre y a mi hermano mayor
y mis hijos están prontos a enterrarme,
han vuelto las Salinas altas y deslumbrantes bajo el sol.
Hay también unas grúas y unas torres que separan los
ácidos del cloro. (Ya nada es del común.)
Y yo salgo muy poco pero Luis –el hijo de Julián–
me
cuenta que los perros no dejan acercarse.
Si parece mentira.
Mala leche tuvieron los hijos de los hijos de la sal.
Puta madre.
Qué de perros habrá para cuidar los blanquísimos
campos donde el mar no termina y la tierra tampoco.
Qué de perros, Señor, qué oscuridad.
Agradecemos a Editorial Colihue
la gentileza de habernos permitido publicar esta poesía del
libro Postales para Lima (Buenos Aires, 1999).
Publicada en TODAVÍA Nº 6. Diciembre de 2003
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