Literatura + Notas

Un puente entre grandes y chicos
 
por ANA MARIA MACHADO Novelista y ensayista
Ilustraciones Lúcia Brandão
 
 
Todo indica que el primer contacto del niño con la literatura se realiza a través de la poesía y la música. A decir verdad, ése es su primer contacto con el arte. La madre o el padre tararean en voz baja para el bebé que amorosamente acunan en sus brazos, una criatura pequeña a la que intentan calmar con su canto, ayudándola a abandonarse al sueño. Casi siempre, en ese momento el adulto repite melodías que oyó en su infancia y ha guardado en algún rincón de la memoria; sonidos de la época en que era bebé y sus padres y abuelos lo ponían a dormir. Repitiendo el mismo gesto, planta la semilla de lo que ese hijito acurrucado cantará algún día a otros niños que todavía no han nacido. Arrorrós, canciones de cuna, melodías en tono menor: formas universales de poesía popular infantil que inician al recién nacido en la literatura oral que todos heredamos. Y que al mismo tiempo constituyen un momento de intensa afectividad y un acto de transmisión cultural al tender un puente entre las distintas generaciones.

Luego, a medida que el bebé se desarrolla y el niño crece, los adultos le ofrecen nuevas formas de creación verbal: juegos, bromas, rimas infantiles, adivinanzas, trovas. Y cuentos, muchísimos cuentos, con narrativas ritualizadas del tipo “Había una vez” o “Y vivieron felices para siempre” o “Hace ya mucho tiempo, en un reino muy lejano” o “¿Querés que te cuente el cuento de la buena pipa?”. Cuentos que posibilitan que el pequeño oyente accione sus mecanismos de identificación y proyección. Cuentos en los que ocurren cosas y surgen conflictos que el personaje enfrenta y supera; hasta que al final, tras un momento de tensión culminante, llega al remanso de una solución satisfactoria que cumple la función de construir sentido.

Esos poemas e historias simples, atesorados en la memoria, acompañarán al individuo para siempre. No sólo como vasto legado cultural subyacente a todo lo que después construirá en su vida, sino también como recuerdo específico del adulto que se los contó. Por mi parte, recuerdo perfectamente quién me introdujo en las diferentes áreas del territorio de los clásicos universales infantiles. Quizá porque, siendo la mayor de muchos hermanos, pude escuchar el mismo repertorio varias veces.

cuando los niños escuchan historias o leen cuentos reciben parte del rico patrimonio de la humanidad. y a través de esos relatos proyectan deseos, se identifican con otros, enfrentan sus miedos.

Distingo los arrorrós cantados por mi padre o por mi madre. Cuando entono ciertas canciones de ronda evoco sin mediaciones a algunas tías. Determinados juegos e historias folclóricas traen, vívido y nítido, el recuerdo de mi abuela. El repertorio es tan claro que hoy puedo discernir que mi madre solía contarme cuentos de Grimm y el de Caperucita, mientras mi padre –libro en mano, mostrándome las figuras y resumiendo las aventuras– me presentaba a Don Quijote, Gulliver, Robin Hood y Robinson Crusoe. Los puentes que construyeron mis padres entre su generación y la mía fueron tan sólidos y tan útiles que años después pude emplearlos para cruzar nuevamente el río del tiempo hacia las orillas donde estaban mis hijos o mis nietos.

Por lo tanto, es inadecuado pensar que, por formar parte de la tradición folclórica –creación anónima y colectiva– o estar conformado por elementos literarios aparentemente simples, ese primer contacto con la poesía y las historias tradicionales sea limitado, no deje marcas o sólo permanezca en la superficie, entre un conjunto variopinto de recuerdos afectivos y rasos. Por el contrario –como lo comprueban todas las culturas y las obras de tantos grandes autores (James Joyce, con su Retrato del artista adolescente, es sólo uno de ellos)–, esas raíces calan hondo: penetran con fuerza en la tradición nacional en busca de savia y alimento para futuros árboles frondosos, capaces de derramar su sombra sobre áreas vastas y de nutrir con sus frutos a numerosas generaciones venideras.

Los elementos básicos de la forma poética –rima, aliteraciones, paralelismos– ya aparecen en esas primeras manifestaciones, que muchas veces se constituyen en finos y sofisticados modelos. Durante el mismo proceso, el contacto con los elementos fun­­da­mentales de la lógica narrativa se consolida –a manera de brújula de las grandes navegaciones literarias que ofrecerá el futuro– en la práctica de contar y escuchar cuentos. La fuerza metafórica de muchas de esas imágenes establece, desde el inicio mismo de la vida cultural, un universo onírico densamente poblado de figuras que no siguen la lógica directa y objetiva de lo cotidiano, sino que desde un comienzo presentan la posibilidad paralela de una dimensión más amplia para el espíritu humano. Un territorio no pasible de ser reducido a su materialidad y que, por el contrario, exige vuelos más abs­tractos por espacios ilimitados, que más adelante serán habitados por la invención, el arte y la filosofía.

esos poemas e historias simples, atesorados en la memoria, acompañarán al individuo para siempre. no sólo como vasto legado cultural subyacente a todo lo que después construirá en su vida, sino también como recuerdo específico del adulto que se los contó.

Inmediatamente después de la literatura oral se produce el encuentro físico con los libros, que también puede darse a edad temprana. Desde muy pequeños, a los niños les encanta ver figuras, descubrir en ellas particularidades y conversar sobre lo que están viendo. Y por supuesto, escuchar las historias que esas figuras ilustran. En este proceso los pasos son rápidos. Más allá del gusto por las repeticiones y la seguridad que produce escuchar de nuevo una historia conocida, niñas y niños también sienten gran predilección por las novedades. Los adultos, por su parte, pueden ponerlos regularmente en contacto con libros nuevos. Acostumbrarlos a visitar bibliotecas y librerías con regularidad es una excelente idea y una práctica formadora de hábitos que los acompañarán durante toda su vida.

De este modo el niño recibirá –por sobre todas las cosas– algo a lo que todo ser humano tiene derecho: la parte que le corresponde del rico patrimonio cultural que la humanidad ha venido construyendo desde hace siglos. Además, el contacto con la literatura ampliará poco a poco sus horizontes y construirá bases firmes para el conocimiento.

Las narrativa de ficción posibilita que los ni­­ños tomen contacto con otras realidades dis­tintas de la suya y vivencien cosas muy di­­­­fe­rentes de aquellas que su vida cotidiana les ofrece. Eso les permite proyectar temores y deseos, y adquirir experiencias emocionales que los ayudan a crecer –dándoles la posibilidad de salir de sí mismos y trascender sus límites individuales–. Y también propicia oportunidades para que se identifiquen con otros y sientan solidaridad y compasión, admiración y cariño por personas que no conocen –personas que muchas veces son imaginarias, meros personajes, aunque no por eso provocan emociones menos intensas. O los conduce a enfrentar miedos, vergüenzas y otros sentimientos difíciles sin tener que experimentarlos en la realidad.

Ésa es la posibilidad magnífica, casi mágica, que la literatura ofrece a todas las personas. Una posibilidad que, vivida desde la infancia, puede representar una serie de puertas abiertas para el pleno florecimiento emocional e intelectual. Los lectores pueden vivir toda clase de sentimientos de manera simbólica y trabajarlos internamente para ser más felices. El lenguaje simbólico permite vivir varias vidas con intensidad afectiva, lo que –además de ser una excelente oportunidad de adquirir información y construir conocimiento– constituye un beneficio invalorable para el individuo.

Todo niño tiene derecho a esa experiencia. To­do adulto tiene el deber de colaborar y hacer su parte para que así ocurra.

Traducción Teresa Arijón

Publicada en TODAVÍA Nº 21. Mayo de 2009

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