Cartagena de Indias, la ciudad amurallada del Caribe colombiano, más sueño que realidad, es un mundo mágico detenido en el tiempo y cruzado por la luz del trópico. Allí llegué en mayo del año pasado, a exponer mi obra en el Museo de Arte Moderno, y allí volví luego dos veces más para fotografiar este milagro que pareciera ser eterno.
Cartagena es vieja como el tiempo, de colores descascarados, lentos atardeceres y repiquetear de cascos de caballos, resguardada desde hace siglos por fortalezas, bañada por un mar cálido de leyendas y tiburones.
Allí nació, en la redacción del diario El Universal, el realismo mágico de García Márquez, y tanto sus calles como su gente nos remiten a Macondo; allí se desarrolló su novela El amor en los tiempos del cólera y otros relatos memorables, y sus aires están cargados de leyendas de piratas, guerras interminables y amores desencontrados.
Todo en Cartagena es historia, personajes increíbles, casonas amplísimas con patios sombríos, iglesias y claustros que guardan el silencio, y la muralla que rodea toda la ciudad vieja y de alguna manera la mantiene aislada en el tiempo.
Este encanto es lo que intenté fotografiar y estas imágenes buscarán reflejar en forma de libro, aunque de modo muy parcial e incompleto, algo del misterio que percibí en esos espacios amplios y austeros, en ese mar brumoso y en la piedra coralina que impregna sus muros.
Calles de la Factoría, de la Soledad, de Tumbamuertos, del Estanco del Tabaco, de la Bomba, de los 7 Infantes o de la Necesidad, la Playa de la Artillería o el Camellón de los Mártires, la mítica Calle de la Media Luna en el barrio de Getsemaní o la Calle de la Moneda en San Diego, lugares donde pasé momentos de fascinación, donde comencé a comprender su particular esencia: Cartagena es color, es tiempo, es música, es la brisa del mar en algunas noches apenas frescas, y es también la sonrisa de su gente y esa cadencia en el hablar que la hacen inolvidable.