Arquitectura + Notas

Arquitectura y utopía
 
por RODRIGO ALONSO Crítico y curador independiente
 
 
La palabra “utopía” ingresa en el vocabulario occidental a partir de la publicación de la obra político-literaria Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía, de Tomás Moro, en 1516. Las raíces del término son indiscutiblemente griegas, pero los estudiosos insisten en que su sentido debe entenderse siguiendo una doble vía etimológica: la establecida por la traducción literal u-topía (no-lugar), pero también la sugerida por el vocablo homófono eu-topía (lugar bueno). Efectivamente, el libro de Moro describe un ámbito geográfico imaginario que es la sede de una comunidad ideal, donde todas las falencias de las sociedades contemporáneas encuentran una rectificación. Así, desde sus orígenes, la palabra hace referencia a una realidad que no existe pero que se considera ideal y, en alguna medida, indispensable.

El concepto posee un potencial político evidente: la aspiración a construir sociedades perfectas o funcionales ha sido la base de numerosos discursos políticos a lo largo de la historia. Tanto el Estado de bienestar liberal como el igualitarismo del Estado comunista fundan sus bases en proyecciones de carácter utópico, aunque su sentido sea divergente. De hecho, la utopía es uno de los tópicos clave de la modernidad, uno de sus “grandes relatos”, al decir del filósofo Jean-François Lyotard.

Las utopías llevan implícitas una disconformidad con el presente y una voluntad de cambio radical. Se presentan básicamente como una alternativa a las condiciones de vida actuales, con la promesa de una mejora profunda, no orientada a resolver problemas coyunturales sino a transformar la sociedad en su conjunto. Sin embargo, dependiendo de la fuerza política que las anime, sus efectos no siempre han resultado beneficiosos, como lo demuestran los principales totalitarismos del siglo XX, algunos de los cuales puede decirse que poseyeron un fundamento utópico. Este hecho fue el pretexto para que la posmodernidad condenara las utopías, relegándolas como resabios de un tiempo de imposiciones ideológicas y visiones unitarias.

No obstante, en los últimos años el concepto adquiere una fuerza renovada. Numerosos teóricos se han propuesto rescatar el pensamiento utópico y volver a evaluarlo con otros instrumentos analíticos. En parte, porque las falencias del presente reclaman nuevos proyectos de sociedad donde aquéllas encuentren una solución; también, porque el abandono de las utopías no ha demostrado ser una vía hacia propuestas verdaderamente plurales y ha dado paso, en cambio, a otro tipo de totalitarismos, como el del capitalismo transnacional. Así, las utopías resurgen como herramientas para analizar la realidad y postular alternativas, para comprender el presente e imaginar el porvenir.

Los intentos de repensar el desarrollo social y construir nuevas formas de vida comunitaria han encontrado un eco necesario en la arquitectura y el urbanismo. Con el crecimiento de las ciudades que caracteriza a todo el período moderno, estas disciplinas cobran un protagonismo que las ubica en un lugar de privilegio a la hora de pensar y planificar otros modelos de sociedad. Los arquitectos modernistas no se ocuparon únicamente de resolver problemas edilicios o innovar formalmente su profesión. Muchos de ellos elaboraron planes que aspiraban no sólo a resolver las necesidades básicas de los aglomerados humanos, sino también a proponer nuevas maneras de vivir en sociedad.

Con un origen en el análisis de las limitaciones del presente y las miras puestas en la construcción de una sociedad funcional o ideal, muchos de esos proyectos pueden considerarse utópicos, aun si su aplicación es perfectamente posible. Un error frecuente es pensar que una utopía debe ser imposible de realizar. Esto no es así. Aunque se postulen como proyectos ideales, muchas de ellas llevan implícitos verdaderos objetivos a cumplir. Y aunque en numerosos casos esa consecución resulte poco probable, no pueden desdeñarse los efectos que su propuesta provoca. Eduardo Galeano lo ha plasmado brillantemente en estos versos: “La Utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la Utopía? Para eso, sirve para caminar”.

Las utopías marcan caminos, son propositivas, plantean verdaderas alternativas a las formas de vida actuales, no se regodean en las críticas o en señalar limitaciones sino que esbozan una salida y un mundo mejor. Son ante todo optimistas, no sólo porque proponen estados de realización y felicidad sino también porque confían en la capacidad del ser humano para llevar adelante ese proyecto y transformar su destino. Son, ante todo, el resultado de un pensamiento humanista y una ética del compromiso con la vida y el designio social.

La historia del arte y la arquitectura dan cuenta de la variedad de los proyectos utópicos que han marcado épocas y señalado caminos. Uno de los más emblemáticos es el Monumento a la III Internacional (1919-20), de Vladimir Tatlin, un edificio diseñado para ser sede del máximo organismo comunista. La construcción, en forma de torre inclinada, poseería cuatro estructuras de vidrio rotativas con oficinas y pantallas gigantes para proyectar hacia el exterior las informaciones sobre lo que sucedía adentro. La torre, de hierro y acero, sería más alta que la Torre Eiffel y, por tanto, visible desde grandes distancias, asegurando la comunicación a los lugares más alejados del país. El edificio jamás llegó a construirse pues no existía la tecnología adecuada. Sin embargo, señalaba el camino de la necesaria actualización tecnológica y de la relación del gobierno comunista con su pueblo como elementos que transformarían la nación.

El Art Nouveau y la Escuela de la Bauhaus se propusieron fusionar arte y vida cotidiana, aunque con dos programas diferentes. El Art Nouveau privilegió la producción artesanal y la individualidad de cada uno de sus productos: cada casa debía ser única y estar dotada de una ornamentación, espíritu y armonía propios. La Bauhaus, en cambio, se orientó en el sentido del diseño industrial, creando productos en serie adecuados a las exigencias de la vida moderna. No obstante, ambos consideraron importante que el habitante de las ciudades no perdiera el contacto con el arte, algo que se perfilaba como inevitable con el crecimiento desmedido de la vida urbana.

Otra de las grandes aspiraciones utópicas fue la preservación del contacto con la naturaleza. Las grandes ciudades modernas se erigían separándose cada vez más del mundo rural; esta situación preocupó a un grupo de arquitectos para quienes la relación del ser humano con la vida orgánica natural debía conservarse en la medida de lo posible.

Este objetivo fue una constante en la obra del arquitecto argentino Amancio Williams. Su proyecto de Viviendas en el espacio (1942), ampliado en el Conjunto de blocs (1943-80), da cuenta de su aspiración de dotar a los hogares del entorno natural adecuado, encontrando un equilibrio entre las necesidades urbanas de optimización espacial y buena circulación, y las humanas de salud, vida natural y esparcimiento. Su voluntad de preservar los espacios naturales lo llevó a plantearse una arquitectura compacta y en elevación, que ocupa superficies mínimas de suelo y mantiene los ámbitos rurales muy próximos a los urbanos. Este plan se plasma de manera ejemplar en su proyecto La ciudad que necesita la humanidad (1974-89), donde se pone de manifiesto, además, el profundo humanismo de Williams y su permanente preocupación no ya por las exigencias de la arquitectura sino de quien debería ser su principal beneficiaria: la humanidad en su conjunto.

Existe toda una vertiente del pensamiento arquitectónico orientada a buscar soluciones para los problemas causados por las grandes concentraciones poblacionales. Pero las respuestas no siempre tienen el mismo tenor. A veces sólo se buscan resoluciones inmediatas, paliativos coyunturales sin una perspectiva de futuro. Los arquitectos más innovadores, en cambio, no se proponen únicamente solucionar la dificultad, sino llegar al corazón mismo de su origen a través del análisis de los conflictos y la ejercitación de propuestas creativas. Éstas no siguen siempre los métodos existentes, las actuaciones previstas o los lineamientos de lo posible. Muchas veces se proponen como verdaderas utopías que señalan, a la manera del caminante de Galeano, un rumbo.

En esta línea se ubican el proyecto New Babylon (1974), de Constant, una ciudad sin fronteras y sin límites, que crece con el movimiento de las personas, de manera libre y sin medida, hasta ocupar toda la superficie del planeta; o la Ciudad caminante (1964), de Ron Herron, integrante del Grupo Archigram, que diseña una urbe desplazable e interconectable, acorde con la movilidad y conectividad del mundo actual. En nuestro país, el proyecto de Ciudad hidroespacial (1960), de Gyula Kosice, se centra en uno de los principales problemas de la humanidad (la superpoblación) y en uno de sus principales recursos (el agua). Bebiendo en las teorías científicas, en las posibilidades de una fisión nuclear que permitiría transformar al agua en un combustible limpio, Kosice diseña una ciudad que además busca cambiar los hábitos de sus habitantes, proponiendo nuevas actividades para sus espacios.

De esta forma, la arquitectura adquiere un protagonismo singular a partir del siglo XX, en la medida en que sus proyectos modelan la sociedad al mismo tiempo que el espacio material. Al guiar muchos de esos proyectos, las utopías han develado su verdadero designio: postular alternativas, sugerir mundos posibles, señalar rumbos hacia donde caminar.

Publicada en TODAVÍA Nº 21. Mayo de 2009

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