Política

Uruguay, la encrucijada política de 2009

por GERARDO CAETANO Historiador y politólogo, Instituto de Ciencia Política, Universidad de la República

Tal vez con demasiada frecuencia, en el Uruguay suele calificarse de “encrucijada” a la coyuntura política por venir, cualquiera sea, sin importar en qué proceso nacional e internacional se inscriba. Calificar de “encrucijada” a un ciclo electoral que recién comienza tiene implicaciones muy relevantes, por lo que se trata de una palabra de la que no conviene abusar. Existen, sin embargo, motivos suficientes para calificar así al ciclo electoral que ya ha comenzado con la innegable “largada” de las internas partidarias. ¿Cuánto definen los partidos en el próximo ciclo electoral? ¿Hasta qué punto y cómo la coyuntura de 2009 continúa o profundiza la inflexión histórica de 2004 en una perspectiva de “larga duración”? ¿Cuáles son los dilemas a los que están siendo sometidos los dirigentes de los distintos partidos y la ciudadanía en general, a la hora de definir sus opciones y alternativas? El texto que sigue intenta comenzar a responder éstas y otras preguntas.

De la inflexión de 2004 al tiempo de campaña
Si bien muchos historiadores y politólogos coinciden en registrar el 2004 como una suerte de “final tardío” del siglo XX uruguayo, otros sostienen que el triunfo electoral de la izquierda significó el agotamiento de protagonistas y políticas muy decisivos en el rumbo que había tomado el país en las dos décadas anteriores. A partir de éstas y otras relaciones establecidas entre los ciclos electorales 2004-2005 y 2009-2010, casi todos coinciden en que quienes quieran ganar no podrán proponer restauraciones simples de los gobiernos previos al 2005 ni una mera continuidad de lo desplegado por el gobierno actual. Dicho de un modo más directo, para disputar mejor el respaldo del electorado, los dirigentes de la oposición deben demostrar que han logrado renovar sus propuestas tradicionales y que sus candidatos “han cambiado”. Del mismo modo, los dirigentes del oficialismo deben mostrar su capacidad para “cambiar desde el cambio”. Los desafíos de la competencia de 2009 parecen exigir a unos y otros la necesidad de evitar las tentaciones de los “atajos perezosos”.

Se trata de unas elecciones altamente competitivas, sin favoritos claros de antemano, con internas complicadas y de resultado incierto, en las que no es irrelevante quién presida la fórmula electoral de la izquierda (Danilo Astori, José Mujica, un tercero que no termina de aparecer, ¿el actual presidente Tabaré Vázquez en procura de su reelección?), así como tampoco si su contrincante es Luis Alberto Lacalle o Jorge Larrañaga. Del examen de los cruces posibles, emergen escenarios electorales bien diferentes, sobre todo ante la hipótesis de un ballotage polarizador. Si, como creemos, estamos frente a una encrucijada de los partidos, hay que comenzar aceptando las incertidumbres que en verdad existen en cada campo partidario y en el escenario político en general.

Algunos balances sobre el gobierno
La evaluación de la opinión pública sobre la gestión del gobierno y sus posibles proyecciones en las elecciones no resulta fácil. Por un lado, se observa un alto nivel de aprobación de la gestión del presidente Tabaré Vázquez. Sin embargo, en los estudios de los últimos años, se destaca también que el actual mandatario ha sido y es mejor evaluado que su gobierno y que, al mismo tiempo, sus niveles de aprobación y popularidad (56% y 57%, según la encuestadora Cifra) mantienen una brecha importante respecto de la intención de voto por el Frente Amplio. La agenda política ha cambiado, pero en su construcción el gobierno sigue manteniendo la iniciativa. Si bien continúan presentes temas como el del diferendo con la Argentina por Botnia y el de los debates en torno a los derechos humanos, cada vez con más fuerza se instalan cuestiones relacionadas con la política económica y las reformas impulsadas por el gobierno (con especial énfasis en la tributaria, las laborales y, algo menos, la de salud). Con la confirmación de un crecimiento continuo y a tasas muy elevadas del PBI, resulta difícil contrarrestar, en el espacio público, una imagen instalada sobre el éxito global en materia económica.

No es de extrañar, entonces, que las críticas más profundas a la actual política económica provengan de voceros y sectores de izquierda, tanto del Frente Amplio como de las organizaciones sociales. Temas como el de una mayor incidencia del Estado en el combate de la inflación y en la especialización productiva, la necesidad de políticas sectoriales más activas en materia de empleo e industria y de estrategias más audaces para acelerar la redistribución del ingreso, resultan la base de demandas que pesan, sin duda, más en el terreno de las controversias internas de la izquierda y que resultan menos sensibles al momento de disputar el electorado total.

Por su parte, las críticas más habituales a la política económica (el exceso del gasto público, la no firma de un Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, el soporte dado a las reformas laborales, el sustento mismo de la reforma tributaria, la no reducción del Estado, etc.) provienen claramente de otras perspectivas políticas e ideológicas y abordan aspectos más globales y menos intrínsecos a las estrategias específicas implementadas por el ex ministro de Economía Danilo Astori durante su mandato (concluido en 2008). En un contexto internacional que, por cierto, no será tan favorable como en los últimos años, la posibilidad de un cambio, en un sentido u otro, no resulta una tarea sencilla.

Sin embargo, desde la perspectiva de un desarrollo sustentable de largo plazo, el imperativo de ofrecer alternativas profundas y viables resulta impostergable. Por ejemplo, es urgente implementar políticas de población que asuman con madurez las consecuencias de la “segunda transición demográfica” que vive el país. En esa misma dirección, también es necesario repensar estrategias de industrialización de nuevo cuño que promocionen sectores con potencialidad de crecimiento exportador y dinamismo tecnológico, así como nuevas políticas redistributivas que modifiquen las tendencias persistentes de concentración de ingresos, entre otros temas.

El arbitraje del electorado en los comicios del año próximo encarará así agendas de diverso nivel. Deberá decidir sus preferencias en medio de un cuadro general contrastante de expectativas, demandas, novedades, temores, también perplejidades y hasta “enamoramientos” de muy diversa índole. Este panorama refuerza el sentido de auténtica encrucijada otorgado al ciclo electoral 2009.

Los partidos en la nueva encrucijada
No resultan menores ni menos acuciantes los interrogantes derivados de la situación de cada partido por separado. Debido a que las próximas elecciones desafían el peso e incluso la existencia de los dos partidos con menor representación parlamentaria –el Colorado y el Independiente–, concentrémonos en la situación del Frente Amplio y del Partido Nacional, que emergen como los componentes de un nuevo bipartidismo.

En el caso del Partido Nacional, puede ratificarse un cuadro general de recuperación fuerte, con posibilidades bien distintas a las que exhibía luego de su crisis de fines de los años noventa, que culminó con el magro 22% en los comicios de 1999. De manera tal vez paradójica, quien aparece hoy fortificado y con chances efectivas de pelear la candidatura partidaria es el ex presidente Luis Alberto Lacalle, precisamente el gran afectado por aquella situación crítica. Todos los estudios sobre la interna nacionalista ratifican una renovada polarización entre el ex mandatario y su vencedor de 2004, el senador Jorge Larrañaga. Cabría preguntarse cuáles son los factores que más han influido para esta recuperación de Lacalle, en el marco, además, de un partido que se consolida como el auténtico rival de la izquierda para el 2009. A nuestro juicio, si la nueva mayoría partidaria emergente en 2004 hubiera respondido a las expectativas entonces generadas, difícilmente –y pese a todos sus méritos– Lacalle podría haber remontado su derrota.

Creemos que Lacalle vuelve a pelear en las ligas mayores con más renovación política que ideológica. Sus ideas se orientan explícitamente hacia una modernización liberal de cara a los nuevos desafíos del siglo XXI. Si estas ideas son correctas, la anunciada polarización por la candidatura nacionalista entre Lacalle y Larrañaga (en la que puede resultar decisiva la tercería del intendente de Durazno, Carmelo Vidalín) puede configurar un escenario más profundo en relación con el posicionamiento político e ideológico del partido durante, por lo menos, la próxima década. En cuanto a los desafíos que afronta el Frente Amplio, parece cada vez más claro que el perfil exitoso de la gestión de Tabaré Vázquez dista de asegurar el triunfo en 2009. La suerte del Frente Amplio no sólo depende de la persistencia de la imagen de éxito a nivel popular del gobierno, sino que se vincula también con otras variables. Entre ellas, figura el tema de las candidaturas, pero hay también otras cuestiones importantes, por ejemplo, cómo llegará la fuerza política de gobierno a la instancia de las elecciones o cómo actuará políticamente –hacia afuera de filas pero también hacia adentro– durante la campaña. Como lo indican las encuestas, lo más probable es que las próximas elecciones sean muy competitivas, y el Frente Amplio puede perderlas, incluso si llega a los comicios con una evaluación favorable a nivel de la opinión pública sobre su gestión.

Ahora bien, ¿cuáles son los principales factores que intervienen en ese reto de volver a ganar para una izquierda gobernante? Uno de ellos tiene que ver con las relaciones que tuvieron el gobierno de Tabaré Vázquez y el Frente Amplio como partido gobernante. No cabe duda de que, por muchas razones, durante estos últimos cuatro años, se privilegió al primero y se desatendió al segundo.

En la práctica, esta circunstancia ha comenzado a generar dificultades en la campaña electoral. La integración inicial del gabinete, con la inclusión de las figuras más representativas de casi todos los sectores frenteamplistas, fue una estrategia válida y exitosa en 2005. Sin embargo, esa apuesta se extendió más de lo prudente y ya el año pasado se pusieron de manifiesto los efectos negativos que esto podía acarrear. Si bien el perfil ejecutivista del gobierno no provocó problemas en un frente parlamentario que se comportó en forma muy disciplinada, la fuerza del liderazgo del actual presidente ha sufrido cierta erosión en las filas del partido. En 2007 dieron cuenta de ello el surgimiento de la idea de “un gobierno en disputa” y las graves dificultades para la renovación de las máximas autoridades del partido. Esos mismos problemas terminaron de detonar en 2008 con los múltiples conflictos que emergieron tras la disputa de las candidaturas, que, como vimos, no han podido resolverse ni siquiera con la explícita (¿inesperada?) intervención presidencial. Si, como resulta cada vez más evidente, a partir de las escasas chances de que prospere la iniciativa reeleccionista (cuya posibilidad Vázquez ha negado insistentemente en público pero que por lo menos ha permitido en forma tácita) no existe un candidato de consenso que pueda ser aceptable dentro del Frente Amplio, habría que preguntarse con seriedad si imponerlo por consideraciones tácticas –siempre hipotéticas y abiertas a la discusión política– resulta una buena opción. Todo parece indicar lo contrario.

Es innegable que la definición de la candidatura presidencial constituye la primera clave de la encrucijada del Frente Amplio para el 2009. Pero los procedimientos de resolución de este diferendo no pueden ser banalizados sin un grave riesgo para las elecciones, pero, sobre todo, en relación con lo que vendrá después, ya sea el liderazgo de un nuevo gobierno o una muy compleja fase de oposición.

En los otros partidos, este tipo de problemas se resuelve por medio de la aplicación de las reglas constitucionales, al igual que la definición de las autoridades partidarias. En el Frente Amplio, todo esto, por historia y por práctica política, se ha tramitado de manera más compleja. Pero hoy ya no está Líber Seregni, y Tabaré Vázquez sin reforma constitucional no puede ser reelecto. Aunque, al momento de escribirse esta nota, el movimiento reeleccionista se ha renovado, por muchas razones cuesta pensar que Vázquez acepte finalmente afrontar ese camino incierto y cargado de obstáculos. Si su negativa se confirma –lo que parece más probable– entonces, la pugna de candidaturas que se abre contiene una problemática más amplia que la de elegir el mejor candidato para el 2009. Allí convergen cuestiones de procedimiento, contenidos programáticos e ideológicos en disputa, aspiraciones de liderazgo, modelos de organización partidaria y de operativa política. Frente a esta suma de cuestiones a resolver, sin una figura de consenso, ¿existe otra vía mejor que la competencia en internas abiertas para dilucidar los temas más acuciantes y contribuir así a renovar en su mejor versión el “pacto” partidario o, como diría Carlos Real de Azúa, las “razones para andar juntos”? El tiempo dirá si ante los retos de esta coyuntura, como en otros momentos de su historia, el Frente Amplio puede encontrar las vías más adecuadas y exitosas para renovar su unidad y su tradición de izquierda democrática, y al mismo tiempo logra conservar el gobierno en los comicios de finales de 2009.

A nuestro juicio, la encrucijada del próximo año representa, para todos los partidos uruguayos y para su sistema de interacciones, una prueba muy severa en distintos registros. Una buena parte del margen escaso con que cuenta el país para decidir sobre su futuro cercano depende de cómo se procese el ciclo electoral del próximo bienio. No resulta poca cosa.  •

 

Publicada en TODAVÍA Nº 20. Diciembre de 2008

 


BLAS CASTAGNA

Aluvión
Óleo sobre madera, 2002

 

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