Música

Músicos Colombianos en Nueva York

por ANA MARÍA OCHOA GAUTIER Directora del Centro de Etnomusicología, Universidad de Columbia

Nueva York es una ciudad de inmigrantes. Sus calles, sus bares, sus emblemáticos puentes y tiendas de especies, sus buses y vagones del metro son un cruce de caminos donde a diario se entremezclan personas de todas partes del mundo. Llegan con sus idiomas y periódicos escritos en distintos alfabetos, y también con sus músicas.

No sería una exageración decir que en los diferentes rincones de Nueva York es posible escuchar gran parte de las músicas del mundo, como si la ciudad se hubiera convertido en un punto de encuentro de los sonidos del planeta.

Allí descubrimos una joven colonia de músicos colombianos que en los últimos años ha ido haciendo suyos los sonidos que encontraron cuando llegaron y que, a la vez, han ido llenando la ciudad de los que trajeron. Dos de ellos son Lucía Pulido y Sebastián Cruz. En sus obras no sólo distinguimos los detalles de un estilo particular sino también pistas y claves para entender la manera en que la ciudad se ha ido transformando con los sonidos musicales de todas partes.

La primacía de la voz
Lucía Pulido llegó a Nueva York hace catorce años. Con su viaje se cerró una etapa como integrante del dúo Iván y Lucía, uno de los grupos más representativos de la Nueva Canción Latinoamericana de los años ochenta en Colombia. Cuando se instaló, conoció a artistas que trabajaban en el centro y en los bordes del jazz latino: colombianos, como Jairo Moreno y Héctor Martignon; japoneses, como Satoshi Takeishi; y americanos, como Adam Colker. Con el pasar de los años, Nueva York se ha convertido, para ella, en un punto de encuentro y de partida para otros lugares. Fue en esa ciudad donde conoció al argentino Fernando Tarrés, compositor y productor de tres de sus discos, y al brasileño Benjamin Taubkin, también compositor, con quien comparte un proyecto llamado Núcleo Contemporáneo. Este ensamble está conformado por músicos de distintas partes de América Latina que aportan sus diferentes estéticas para consolidar un proyecto panlatinoamericano con el cual viajan y tocan por el mundo.

Más que cultivar un género musical, Lucía participa de una serie de proyectos que se caracterizan por el uso experimental de los ritmos tradicionales colombianos y de repertorios populares y tradicionales de otras partes de América Latina. Como muchas de las músicas experimentales que se hacen hoy en día, es difícil de clasificar: es y no es jazz; es y no es música colombiana; es y no es música latina en Nueva York. La clave, entonces, no está en buscarle el cajón que le corresponde sino, tal vez, en tratar de pensar que muchos de estos músicos están más interesados en hacer suya una estética que mezcla muchos sonidos diferentes que en tratar de quedar bien clasificados en algún tipo de categoría musical.

En el caso de Lucía, todos sus proyectos tienen un núcleo que los une: la exploración experimental de la voz. Por eso, busca músicos y músicas que le permitan explorar el sentido dramático de la voz, pasar en un instante del susurro al grito, de una palabra perfectamente articulada, donde las consonantes suenan tan fuerte que parecen instrumentos de percusión, a una palabra completamente desdibujada, donde las vocales se tragan el resto de la palabra y se oye un gran sonido pero no se entiende nada de lo que se dijo. No importa. En su canto, prima la voz y no la palabra, como si el lenguaje se disolviera en su dimensión acústica, como si las cuerdas vocales tomaran el cuerpo.

Y entonces surge la pregunta que se hacen muchas personas: ¿es esto música colombiana? Músicas como ésta se han ido cohesionando en Bogotá y Nueva York, Barcelona y Medellín, bajo el aburrido nombre de “nuevas músicas colombianas”. Pero en su caso no hay un afán nacionalista. La presencia de sonidos colombianos, cuando los hay, no establece una relación nostálgica con un país que se dejó, más bien conforma una estética que sirve como punto de partida para combinarse con otras músicas. A diferencia de otros colombianos que sí están interesados en promover el folclore de su país en el exterior, Lucía cultiva la relación con los sonidos que ha heredado como quien se monta en un vagón del metro de Nueva York: dispuesta a encontrarse con lo que la ciudad le ofrece. Por eso, el sentido de su música no es la búsqueda de raíces, sino, por el contrario, la escucha hacia el futuro.

Música reciclada
Sebastián Cruz llegó a Nueva York hace diez años y ha hecho su carrera como compositor, arreglista y guitarrista. Además de excelente músico, es un traductor de sonidos. Hay que verlo sentado en el piso de un escenario, en la antesala de un concierto, antes de que llegue el público, rodeado de sus colegas (japoneses, americanos, dominicanos), explicándoles cómo y dónde cae el primer acento del compás en esas rítmicas colombianas que hacen todo por diluirlo. Y a su vez, sus pares, experimentados músicos de vanguardia, lo han ido invitando a sus propios proyectos.

Su propuesta más reciente es un trío de guitarra eléctrica (Sebastián Cruz), percusión (Joe Saylor) y bajo (Ruben Samama) llamado Cheap Landscape Trio, una música de recicle que incorpora esos sonidos que uno recoge caminando por la ciudad como quien junta muebles viejos de un basurero para darles nueva vida y lugar. A través de los años, Sebastián ha ido haciendo de la guitarra su instrumento, y parte de su inspiración reciente la encuentra en otros guitarristas de jazz, como Bill Frisell, John Scofield y Marc Ribot. Se trata de una música que él define como sencilla y económica, y en la cual quiere recabar no sólo sonidos heredados de sus maestros en la guitarra sino también otros procedentes de músicas que son consideradas de mal gusto, pero que de todas maneras nos seducen. Así, a medida que recoge sonidos de distintos lugares, va consolidando un estilo personal.

Hace un mes salió su último CD, Sebastián Cruz and the Cheap Landscape Trio, en el que encontramos “cumbias distorsionadas, fandangos punk, bullerengues irreverentes”, todas músicas salidas de cauce con un tono un poco histriónico. La inspiración para este trabajo la tomó, en parte, de una frase de John Cage que dice así: “La primera pregunta que me hago cuando algo no me parece bello es por qué no me parece bello. Y pronto descubro que no hay ninguna razón”. De alguna manera, eso quiere hacer con este nuevo disco: desmontar las fronteras entre el buen y el mal gusto, cuestionando los motivos para rechazar ciertas músicas o admitiendo que incluso ellas nos seducen. Todo ello lo incorpora no sólo en el formato del trío sino en su estilo particular de tocar la guitarra en el que se combinan complejas rítmicas colombianas con el sonido estridente del heavy metal, o la delicadeza del silencio con las texturas suaves de la guitarra.

El último trabajo de Sebastián, como el de Lucía Pulido (Luna Menguante) y el de otros grupos que exploran sus herencias de manera experimental, son discos parcial o totalmente autoproducidos y distribuidos. Si a comienzos de los años noventa estos discos de músicas experimentales eran producidos y distribuidos por pequeñas compañías llamadas independientes, hoy en día, las grabaciones son parcial o totalmente realizadas por los mismos grupos de música para que luego, en algunos casos, sean distribuidos por sellos independientes o, simplemente, por ellos mismos. Ése es el caso de casi todos los músicos colombianos en Nueva York. Sin embargo, estas condiciones también se dan por toda América Latina. Así, no sólo las fronteras entre los géneros musicales han ido cambiando sino también las estéticas de grabación.

De Nueva York
Pero volvamos a nuestra puerta de entrada: la ciudad de Nueva York tiene 8 millones de habitantes y su área metropolitana veinte. Aproximadamente, el 36% de la población es originaria de otro país y en la ciudad se hablan cerca de 170 idiomas (los anuncios de cambios inesperados en las rutas del metro se hacen en inglés, chino y español). Ante este escenario, la pregunta sobre si la música colombiana que se compone y toca en Nueva York sigue siendo colombiana pierde sentido. En Lucía Pulido y Sebastián Cruz hay menos un afán de celebrar las raíces y más un deseo de hacer uso creativo de una herencia estilística. Colombia no es para ellos un lugar de origen que se perdió ni un lugar cuyas heridas sociales hay que suturar a través de la música. El hecho azaroso de haber nacido allí los hace herederos de una forma de hacer música que se puede combinar con otras formas igualmente ricas. Es decir, se hace música colombiana no para regresar simbólicamente al país sino para hacer que una ciudad y sus músicos encuentren nuevas maneras de interactuar. Por eso, los músicos con quienes tocan, además de ser colombianos, son japoneses, americanos, dominicanos y de otras partes. Esta posibilidad de resignificar el lugar de origen por medio de la música es uno de los sentidos de Nueva York.

La otra cara de este proceso es que la ciudad misma se ha ido redefiniendo, en su sonoridad, con la presencia de tantas personas de diversas partes del mundo. Podemos afirmar, polémicamente, que el jazz ya no es necesariamente la música de la ciudad sino la música de su mitología. Hoy en día, la música neoyorquina representa la manera en que los sonidos, incluidos los del jazz, han ido cambiando para volverse habitados por muchos lugares. •

 

Publicada en TODAVÍA Nº 20. Diciembre de 2008

 


Lucía Pulido
Foto: Lukas Beck

> www Lucía Pulido

> www Sebastián Cruz

 

> IMPRIMIR

 

OSDE | OSDE BINARIO | NEO | BINARIA | FUNDACIÓN OSDE | URGENCIAS 435-1111 | INTERTURIS Actualizado
Mayo de 2009