Literatura

La literatura mexicana reciente

por ADELA PINEDA FRANCO Profesora Asociada del Departamento de Estudios Romances, Universidad de Boston

En la actualidad resulta difícil proporcionar una visión comprensiva de cualquier literatura nacional, incluida la reciente literatura mexicana. Los escritores siguen reconociéndose a partir de afinidades estéticas e ideológicas, que sin embargo no escapan a los imperativos de la industria del entretenimiento o de un sector académico que, bajo el pretexto de vivir en tiempos posmodernos, pero temeroso de reconocer la fugacidad de sus propios criterios, formula teorías sofisticadas que poco tienen que ver con la literatura. Por otra parte, el público lector ha influido en el rumbo de la literatura desde los tiempos decimonónicos en que ésta se democratizó. De todas formas, sería arriesgado suponer que las preferencias del lector de hoy justifiquen siempre los caprichos de la industria cultural, de la que la literatura es cómplice pero también víctima.

La situación de México es propicia para cuestionar aún más el vínculo entre el gusto lector y la oferta literaria, puesto que se trata de un país con escaso número de lectores. En un artículo publicado en la revista Letras Libres (abril 2007), el escritor Guillermo Sheridan aludía sarcásticamente a las estadísticas auspiciadas por la Unesco con respecto a los “hábitos de lectura” de 108 países. Las estadísticas le otorgaban a México el lugar 107. En la misma revista, el poeta Gabriel Zaid había referido con anterioridad (noviembre 2006) los resultados de otra encuesta nacional sobre la importancia de la lectura en los escasos sectores educados del país: de 8.8 millones con estudios universitarios, 1.6 millones nunca había estado en una librería; 3 millones no leía literatura y más de medio millón no leía nada.

No cabe duda de que las innumerables iniciativas editoriales para jóvenes escritores, como la de Tierra Adentro, el consolidado sistema de becas del Sistema Nacional de Creadores, la proliferación de revistas literarias y la presencia de sellos editoriales nacionales de prestigio como Fondo de Cultura Económica, Joaquín Mortiz y Era, o de filiales extranjeras como Tusquets y Random House Mondadori, constatan que la actividad literaria en México dista mucho de ser esporádica. La desproporción entre el nutrido espacio cultural y editorial que desde los años sesenta lo convirtió en un país sumamente atractivo para innumerables escritores latinoamericanos, por un lado, y la ausencia de un público lector “nacional”, por el otro, son temas que rebasan las dimensiones de esta nota, pero valga su mención para reflexionar sobre cómo y bajo qué criterios se debe evaluar el panorama reciente de la literatura mexicana. ¿Para quiénes escriben los escritores en México?

En abril de 2007, la revista Nexos llevó a cabo una encuesta en torno a la pregunta “¿Cuáles son las mejores novelas mexicanas de los últimos 30 años?”. La encuesta no estaba dirigida a lectores cultos indiferenciados, sino a escritores y críticos identificados con nombre y apellido, es decir, a una selección mínima de los hacedores de la literatura actual. El criterio de selección se justificaba con el objetivo de la encuesta; no se buscaba saber cuáles eran las novelas más leídas (tarea casi ociosa si tomamos en serio las estadísticas mencionadas), sino identificar las “mejores” utilizando un criterio de objetividad y autoridad crítica que lograra “trascender el cerco de nuestros propios gustos”.

Es difícil argumentar que los encuestados hayan escapado de la permeabilidad de su medio y no hayan dado al público valoraciones afectadas por intereses creados. Pero más allá de ello, es bien significativo que las novelas con mayor consenso son de autores no tan jóvenes, aquellos nacidos en la década de 1930 que, hace treinta años, ya tenían trayectoria literaria, aunque aún carecieran de popularidad. Así, los mayores votos fueron para Fernando del Paso (Noticias del Imperio), José Emilio Pacheco (Las batallas en el desierto), Juan García Ponce (Crónica de la intervención), Salvador Elizondo (Elsinore) y Sergio Pitol (El desfile del amor). Estas obras, ya sedimentadas en el torbellino de la actualidad, siguen siendo vigentes porque sentaron muchas de las características de la narrativa presente. En su momento supieron deslindarse del boom que hace treinta años aún representaba Carlos Fuentes en México. De ahí que también sea significativo que ese autor no recibiera ningún voto en la encuesta.

Después de que Fuentes escribió La región más transparente, a ningún escritor se le volvió a ocurrir reunir los fragmentos de la desmembrada ciudad de México en un megaproyecto de identidad nacional. El tono menor y la visión parcial por medio de los cuales Pacheco denuncia la modernidad mexicana en Las batallas en el desierto sentaron precedente para aquellos escritores que enfrentaron narrativamente a la megalópolis a partir de los años ochenta. Es indudable que el movimiento estudiantil de 1968 constituyó un parte-aguas en el acto de vivir y narrar la realidad mexicana. García Ponce, un escritor a quien curiosamente se lo identifica con el apoliticismo, produjo uno de los testimonios literarios más significativos que es Crónica de la intervención, una apuesta por el erotismo frente a la represión. Con una simbiosis entre el hecho histórico y la fantasía, Fernando del Paso dio nueva vigencia a la novela histórica, una corriente que sigue presente en escritores como Enrique Serna (El seductor de la patria) y Cristina Rivera Garza (Nadie me verá llorar).

Además de estas obras, que concentraron la mayor parte de los votos, la encuesta arrojó 72 títulos (con un solo voto en su mayoría) provenientes de escritores nacidos entre los años cuarenta y setenta. Esta dispersión de preferencias constata que la obra de los escritores en actividad es heterogénea y de calidad irregular, de aquí la dificultad en delimitar un panorama literario. Una posible estrategia sería recurrir a la geografía, para percatarse de la creciente importancia del norte de México como centro de producción y también como eje temático de muchos escritores. Al “norte”, México y el mundo lo conocieron por la Revolución Mexicana y gracias al poder evocativo de Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela, Nellie Campobello o Rafael Muñoz. Pero en la actualidad, el “norte” literario ha cambiado de rumbo histórico y se manifiesta como una cartografía posmoderna, si por este término entendemos desarraigo migrante, violencia, narcotráfico, represión policíaca y escepticismo nacional. En la pluma de escritores como Élmer Mendoza, Eduardo Antonio Parra y Heriberto Yepes este “norte” adquiere consistencia narrativa. Mientras Yepes (A.B.U.R.T.O.) le habla a gritos al lector sobre la estridencia de Tijuana y el sinsentido de todo, incluida la literatura, Mendoza (El amante de Janis Joplin) y Parra (Nostalgia de la sombra) desatan la espiral de la violencia al novelar la vida de gatilleros y tipos duros. Mejor cuentista que novelista, Parra hace del desierto, del río Bravo o de algún pueblo fronterizo, la expresión misma de la conciencia de sus personajes marginales y esperpénticos pero de honda humanidad. Los relatos reunidos en Tierra de nadie se caracterizan por una intensidad narrativa sólo equiparable a la de Rulfo o Revueltas.

Sin duda alguna, la filiación grupal o generacional ha sido el criterio de valoración literaria más promovido por los escritores y más recurrido por la crítica, aunque la mayoría de las veces estas filiaciones son porosas e inestables. Un ejemplo de relativa actualidad es el de un grupo de escritores nacidos en los años sesenta que, en 1996, se dio a conocer como el Crack. Los representantes más activos –Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Ricardo Chávez Castañeda, Eloy Urroz y Pedro Ángel Palou– tenían como doble objetivo, primero, deslindarse de la generación precedente, a la que identificaban con el “endémico sistema cultural mexicano” y, segundo, proyectarse en un escenario transnacional a través de una estratégica ruptura con el boom latinoamericano (de ahí la denominación “crack”). La novela del Crack se afirmaba peculiarmente cosmopolita y posmoderna, y descartaba a México como posible escenario para tramas detectivescas de trasfondos históricos caprichosos. En busca de Klingsor de Volpi y Amphytrion de Padilla, ambas galardonadas con premios de prestigio internacional, fueron las primeras novelas de este grupo en lograr su cometido: traspasaron las fronteras nacionales al hacerse de lectores fuera del país. Las novelas del Crack tenían como escenario “todos los tiempos y lugares y ninguno” (declaración de Padilla). Esta posición fue polémica; varios críticos cuestionaron esta voluntad de construir historias en torno a una virtualidad: la aldea global carente de personalidad. Se temía que el nomadismo de estas novelas se convirtiera en una forma de hacer turismo por países y ciudades con nombre propio (Berkeley, Berlín, Dublín, Copenhagen) pero sin consistencia y, en el fondo, tan ausentes como el mismo México.

Sin embargo, el Crack no es el único grupo a quien debiera condenarse por su explícito propósito de escribir para un público transnacional. ¿Cómo se puede ser escritor en un país sin lectores? En México, la mayoría de los escritores trata de proyectarse hacia afuera buscando ansiosamente la venia de sellos editoriales de prestigio internacional, como Anagrama, o de amplia circulación, como Alfaguara; la mayoría se preocupa por utilizar estrategias narrativas orientadas a la promoción de sus obras en escenarios transnacionales de diversa índole. Por ejemplo, la última novela de Cristina Rivera Garza, La muerte me da, pareciera estar escrita para ser leída en un aula universitaria de los Estados Unidos, donde las lectoras soslayen la obvia morbosidad de la trama (descubrir a la asesina serial de los hombres castrados) bajo el imperativo intelectual de la novela como herramienta de conocimiento de la poesía de Alejandra Pizarnik.

Es claro que la obra de Volpi y Padilla se mantiene y consolida sin necesidad del apelativo “Crack”. La prosa depurada que caracteriza al estilo de Padilla se manifiesta contundente y brillante en su obra cuentística. En Las antípodas y el siglo, serie de cuentos fantásticos pensados como primer volumen de una tetralogía, los aventureros protagonistas buscan metas inalcanzables, casi descabelladas, dados sus dislocados contextos. Pero Padilla no construye verdaderos personajes, porque la esencia de estos relatos es expositiva: invitan borgeanamente a la reflexión moral. Con ello corren un peligro, el de ser demasiado imperturbables de tan universales y literarios. Conozco un par de cuentos del segundo volumen de la tetralogía, que acaba de presentarse en España bajo el título El androide y las quimeras, cuya intención gira ahora en torno a “la objetivación de la mujer en el mundo contemporáneo”, como declaró el mismo Padilla. Los relatos son consistentes con el estilo y la intención reflexiva que caracteriza la prosa del autor, pero se nota una emotividad narrativa más pronunciada, que da mayor fuerza evocativa a esas breves pero terribles historias de niñas salvajes y mujeres lapidarias, historias increíbles de tan verdaderas sobre civilización y barbarie.

Valga cerrar esta reflexión con el tema que le dio inicio: el del sentido del quehacer literario en México, un país de muchas mafias literarias pero de escasos lectores. Irónicamente, este panorama tan desolador le ha dado frutos a la literatura; las más de las veces se ha abordado mediante un recurso catártico: el humor; tal es el caso de Enrique Serna, un heredero de la irreverencia narrativa de José Agustín, escritor contestatario de la juventud mexicana de los años sesenta. El miedo a los animales es una tosca historia de policías y ladrones pero también una sátira corrosiva de la corrupción del quehacer literario en México. •

 

Publicada en TODAVÍA Nº 20. Diciembre de 2008

 


Artista invitada
DIANA CHORNE

 

 

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