Lecturas

 

Antes del hambre de las hienas

IGNACIO PADILLA

(Del libro en preparación El androide y las quimeras)

Antes vendrán ellos. Llegarán al alba, en un momento escrupulosamente calculado para que los gritos rasguen el borde de la noche, pero que sea ya de día cuando saquen a la mujer de su casa. Entonces el barrio entero asistirá al obsceno espectáculo de su cabellera larguísima, manchada ya por la sangre que en la cabeza le habrá dejado ya el primer golpe de la jornada. Un golpe nunca fatal, también calculado para apenas conseguir la elocuencia del castigo merecido. Verán su pelo y pensarán con morbo que así debió de verlo y desearlo y besarlo el causante de esa falta imperdonable. Verán el pelo, olerán la sangre y enseguida correrán por piedras para ser los primeros en llegar al arrabal de las ejecuciones. Hambrientos, dejarán que los guardias entierren a la adúltera hasta el cuello. Y sudarán de ansia mientras esperan la señal para destrozar como es debido ese frágil cráneo encapuchado.

Pero antes, mucho antes, habrán estado ellas, reunidas cada jueves en casa de la Señora, que empezó a reclutarlas en verano, poco después de la ejecución de la más soberbia de sus nueras. Acudieron al principio sus hijas, su cuñada, sus otras nueras. Se reunieron aduciendo su derecho al duelo por el alma de la pecadora ajusticiada. Los hombres las dejaron hacer, de modo que al cabo de un tiempo seguían reuniéndose, y hasta la mujer del juez acabó por sumarse a ellas con el aval de su marido. La Señora las recibía de negro, les servía infusiones de amaranto con canela, las sentaba en el suelo hasta que pasaban de doce. Entonces comenzaban los rezos. Terminada la Oración de la Clemencia, la anfitriona reiniciaba el entrenamiento: una a una las pasaba al patio, les mostraba un montón de piedras como puños y les pedía que eligieran una ponderando bien su forma, su peso, sus aristas, la potencia destructiva de esa pieza mineral que, en sus manos, había de convertirse en instrumento de justicia y aniquilación. Un solo golpe debía bastar, insistía la Señora. Una sola piedra, un solo disparo. Sin opción de réplica, sin tardanza ni titubeos. Era por ello indispensable que cada una eligiese el proyectil idóneo, y era también preciso que lo incorporase a su cuerpo y a su rutina como si gestasen un hijo o conviviesen con un tumor mortífero. Había que estar siempre alerta y afinar la puntería, pero ante todo era indispensable amar a la piedra, cargar con ella en el mercado, en los corrillos y hasta en la alcoba, donde las más devotas seguidoras de la Señora les levantaron a sus piedras altares como el guerrero que vela la espada con la cual defenderá su honor y el de los suyos.

Había que ver el celo con que todas ellas acataban el mandato de la Señora, y cuán pronto se allegaron la veneración de su gente y de quienes las gobernaban. Los varones se jactaban por la comarca entera de que sus mujeres hubiesen asumido la misión de ejecutar de las adúlteras. Acaso un juez vecino señaló en algún momento que esa labor debía estar reservada a los hombres, pero la objeción se apagó enseguida ante la evidencia de que la participación de las mujeres lapidarias no iba en contra de la Ley, más bien acentuaba la pertinencia y la ejemplaridad del castigo.

De esta forma acreditadas por sus pares, la Señora y sus novicias vieron crecer su fama, su autoridad y sus rigores, y tanto, que una tarde los jueces decidieron otorgarles el privilegio de ser ellas las primeras en lanzar sus piedras apenas se emitiese la próxima sentencia. Serían ellas, con sus proyectiles y sus ropas negras, las responsables de encabezar a la multitud en el arrabal de las ejecuciones, ellas quienes formarían un círculo perfecto en torno a la adúltera, ellas quienes romperían con su destreza unísona y largamente preparada el cráneo encapuchado.

La deferencia de los jueces fue recibida con general regocijo, si bien la Señora no hizo alarde de ello: se limitó a agradecerla con un gesto mínimo que algo acusaba su preocupación o su tristeza. Ese jueves, la mujer anunció a sus novicias que en la próxima ejecución sólo participaría media docena de lapidarias, las más aptas, no por fuerza las más celosas de su deber. Es sabido que esta decisión no fue muy bien acogida por sus discípulas, que para entonces eran más de treinta. En todo caso, al caer la noche las lapidarias se habían sometido por entero a los designios de la superiora y acreditado los nombres de las elegidas.

Cómo pudo la Señora atemperar los ánimos de sus discípulas esa noche, sólo llegó a saberse años más tarde, cuando ya ella había muerto en olor a santidad y sus lapidarias habían cumplido ejemplarmente sus consignas en por lo menos ocho ejecuciones. Dicen que cierta vez su hija mayor, que a la postre se hizo cargo de la orden, incorporó al rito un singular matiz: cuando llegaba la hora de elegir a las doce mujeres que participarían en la siguiente lapidación, la nueva superiora recitaba paso a paso las palabras con que su madre en otros tiempos había justificado su elección. Les contaba, entre otras cosas, cómo una noche habían llegado ellos al alba para sacar de su casa a la más indócil de sus nueras, y cómo exhibieron su cabellera, y cómo esa vez los hombres, enardecidos y ciegos, arrojaron torpemente sus piedras sobre la cabeza de la pecadora. Luego les contaba cómo, cuando creyeron que la desdichada había muerto, le quitaron la capucha para descubrir que seguía viva, de modo que tuvieron que volver a cubrirla y pedirle a los varones que volvieran a apedrearla. Todo esto, decía la nueva superiora, lo vivió la Señora, todo lo lloró maldiciendo la tortuosa ineficacia de los verdugos. Todo lo vio esa noche la dolida madre y juró ante el cuerpo destrozado de su hija agonizante que nunca más permitiría que una mujer sufriese más de lo debido por la impericia de los hombres. •

 

Publicada en TODAVÍA Nº 20. Diciembre de 2008

 

 

 

 

 


Nació en México en 1968. En 1994 recibió el Premio Juan Rulfo para Primera Novela por
La catedral de los ahogados y el de Ensayo Literario Malcolm Lowry por El dorado esquivo: espejismo mexicano de Paul Bowles. En 1996, junto a otros escritores mexicanos, formó el grupo que se dio a conocer como Crack. La editorial Espasa-Calpe le otorgó el Premio Primavera de Novela por Amphitryon (2000). Algunos de los títulos más recientes son el ensayo El diablo y Cervantes (2005); la novela La gruta del Toscano (2006) y próximamente publicará El androide y las quimeras.

Artista invitada
DIANA CHORNE

 

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