Historia

La historia y la enfermedad

por DIEGO ARMUS Profesor de Historia Latinoamericana, Departamento de Historia, Swarthmore College.

En 2003 Pedro R. tenía 89 años y era uno de los pocos tuberculosos de edad avanzada que pude entrevistar mientras juntaba información para un libro que yo esperaba que fuera una historia social y cultural de la tuberculosis en Buenos Aires. Me interesaba saber cómo explicaba haber sobrevivido a la enfermedad. Tal como lo habían intentado la mayoría de los tuberculosos, Pedro R. probó casi todo en materia de terapias: tónicos y pastillas de venta libre que compraba en la farmacia; ingesta de huevo machacado; inyecciones de sacarosa. No se hizo un neumotórax porque le tenía miedo al bisturí y porque era muy costoso. Todo eso ocurrió en los años treinta y cuarenta, antes de la llegada de los antibióticos. Le pregunté por qué se había salvado. Y lanzado a recordar fragmentos de su experiencia con la enfermedad –su memoria personal–, contestó: “yo recuerdo con muchísimo agradecimiento a mi doctor…, pero estoy convencido de que fue la vacuna Pueyo –esa vacuna que los médicos miraban con desprecio– la que realmente me salvó”.

Es muy difícil, tal vez imposible, explicar las razones que le permitieron a Pedro R. ganarle a la tuberculosis, más allá de su certeza sobre los benéficos efectos de esa vacuna que no logró –seguramente porque no lo merecía– hacerse un lugar reconocido en la historia de la medicina. Otros enfermos no tuvieron igual suerte. En la experiencia de todos ellos con la enfermedad se enhebran sus recuerdos, los avatares del conocimiento biomédico y sus empeños por obtener tratamientos específicos eficaces, los efectos de las políticas de salud pública en la vida de la gente. La trama que emerge es compleja y su historia no es sencilla. En efecto, una historia de los antibióticos y su difusión en la Argentina no la explica completamente. Tampoco una historia de las políticas de salud pública y de las instituciones de atención de la salud es suficiente, puesto que esas reconstrucciones del pasado tienden a olvidar que, cuando la gente lidia con una enfermedad, busca respuestas eficaces donde sea o donde puede. En la literatura, las representaciones sobre la enfermedad pueden ser igualmente sesgadas. Las metáforas, sin duda, cuentan, pero son sólo una parte de la historia. Es el caso de la tuberculosis como una enfermedad romántica, una imagen que pudo haber tenido cierta relevancia en el siglo XIX, pero que dice muy poco de la tuberculosis en el siglo XX, cuando la enfermedad afectaba a miles, especialmente a los pobres de la ciudad, pero no sólo a ellos.

Sin duda, la historia de una enfermedad difícilmente pueda reducirse a una narrativa, sea ésta biomédica, política, sociocultural o metafórica. Y esto es así porque las enfermedades son fenómenos complejos, ambiguos, multifacéticos, saturados por la relativa objetividad de la medicina y la profunda subjetividad de los individuos y los grupos sociales.

Rejuicios y conductas
La experiencia de Pedro R. con la tuberculosis puede reconstruirse en ese mundo de realidades y percepciones que la historia trata de capturar a partir de las fuentes disponibles, no un par sino muchas. Allí están, entonces, los diarios y revistas de gran circulación, la historia oral, las letras de tango, los informes oficiales de un ministerio, los censos, la publicidad, las historias clínicas, la literatura y el cine, los ensayos sociológicos y la prensa obrera, las revistas médicas. Mientras él hacía todo lo posible por curarse en tiempos en que la biomedicina carecía de tratamientos eficaces, la tuberculosis se iba instalando, como un dato inocultable, en la vida de la ciudad. En esos años el descenso de la mortalidad tuberculosa fue muy lento y ocurrió antes de la llegada de los antibióticos. Explicar sus causas es una tarea muy complicada, porque se trata de una enfermedad social donde cuentan una infinidad de factores, y porque la información cuantitativa y cualitativa no abunda. Lo que las fuentes disponibles sí permiten hacer es explorar cómo esas largas décadas terminaron colocando a la tuberculosis en una trama de temas que excede lo específicamente biomédico. Dicho de otro modo: cuando se hablaba de la tuberculosis también se estaba hablando de muchas otras cosas, no necesaria o estrictamente médicas.

Uno de esos temas fue la figura del niño pre-tuberculoso, predispuesto a contraer la enfermedad. Con él, nuevas ideas, iniciativas y preocupaciones tomaron forma. Se empezó a jerarquizar la educación física y respiratoria en la escuela y en las colonias de vacaciones, destinadas a fortalecer los cuerpos de quienes, desde muy diversas posturas ideológicas, eran vistos como el futuro de la nación. Además, se articularon nuevas preocupaciones, en particular entre maestras y profesores de gimnasia, que no veían en el fútbol uno de los tantos modos de ejercitar y fortalecer el cuerpo y los pulmones, sino una nociva e incivilizada actividad callejera que no debía ser parte del currículo escolar.

En ciertos textos literarios, la tuberculosis también aparece asociada a la pasión, el trabajo excesivo o las transgresiones. En las letras de tango de los años veinte, treinta y cuarenta, se plasma como una enfermedad femenina, aun cuando los hombres se enfermaran tanto o más que las mujeres. En la mirada de los autores de las letras de tango –hombres–, las únicas que se enferman y mueren tuberculosas son las milonguitas, las muchachas de barrio que, lanzadas a la noche del centro, protagonizan una aventura innecesaria que, inevitablemente, termina en la prostitución y la enfermedad. Se trata, entonces, de la tuberculosis como condena a las jóvenes que se animaron a pensar sus vidas por fuera del mundo doméstico y, también, como expresión de la incomodidad de los tangueros hombres frente a conductas femeninas transgresoras. En esa economía moral, las madres no se enferman porque no amenazan ni alteran las tradicionales relaciones de género.

Esta tensión entre discursos y realidades también permea las ideas sobre el lugar de la tuberculosis en una ciudad decididamente cosmopolita. Desde fines de siglo XIX, la elite política se venía preguntando cómo seleccionar a los mejores grupos inmigratorios. En ese contexto, fructificaron estereotipos, prejuicios y explicaciones –algunas arbitrarias y hasta absurdas– que asociaban la tuberculosis con ciertos inmigrantes, para evitar que ingresaran al país. Así fue que se habló de la predisposición de los gallegos a contraer la enfermedad. Pero, más allá de lo que se decía, siguieron llegando a Buenos Aires, al punto de transformarla en la ciudad con más gallegos del mundo, incluso más que cualquier otra ciudad en Galicia.

Hubo muchas otras representaciones de esta enfermedad. Algunas se centraban en las condiciones laborales –se pensaba a la tuberculosis como una enfermedad de la fatiga y la explotación– y en la vivienda hacinada y antihigiénica. Otras fueron producto de la prédica de estilos de vida que, se suponía, evitaban el contagio. Así, los excesos en el alcohol y en la vida sexual aparecen caracterizados como conductas tuberculizantes. También ciertos objetos y hábitos –el polvo, los esputos, los corsés que dificultan la respiración a las mujeres, los besos– terminan marcados por el siempre amenazante peligro del contagio.

Este catálogo de lo que se debe hacer y cómo se debe vivir era parte de “la lucha antituberculosa”. Allí, la higiene individual y colectiva jugó un papel central, ayudada y ayudando al proceso de medicalización del mundo urbano. Impulsada por el Estado, por los médicos y hasta por sectores dirigentes del movimiento obrero, la higiene generó consensos similares a los que tiempo atrás había conseguido la educación. Con esas novedades como telón de fondo, los tuberculosos como Pedro R. desplegaron todo tipo de recursos para ganarle a la enfermedad. Sus acciones individuales y colectivas descubren un tipo de enfermo menos pasivo en su relación con los médicos y mucho más diligente en su empeño por curarse. Por un lado, probaban todos los tratamientos posibles, que eran muchos porque la biomedicina seguía sin ofrecer soluciones efectivas: la atención en el hogar, la consulta al herborista o curandero del barrio, la compra de medicamentos de venta libre, la consulta a un médico en su consultorio o en el dispensario antituberculoso, la internación en un hospital, el viaje a las sierras de Córdoba para hacer cura de reposo en sanatorio. Por otro lado, algunos enfermos hacían propio lo que el catálogo antituberculoso les había inculcado. Entonces, transformaban sus vidas y aceptaban su condición de enfermos que podían contagiar. Pedro R. fue uno de ellos. Aprendió a moverse despacio, a agitarse poco, a negociar con sus médicos qué hacer para acercarse a la cura. Con frecuencia, esas negociaciones las hizo solo. Optó por dejar medicamentos que no tenían resultados positivos o cambió de dispensarios porque no le convencía lo que le decía el médico que lo trataba. A veces, y junto con otros enfermos, escribió cartas a los diarios para denunciar los malos tratamientos recibidos en un hospital o peticionó en el Congreso. Y, cuando quiso hacer valer su derecho a acceder a terapéuticas resistidas por los médicos –como la vacuna Pueyo–, participó de “huelgas de enfermos” y movilizaciones callejeras. Todas estas reacciones, las individuales y las colectivas, revelan que ya en los años treinta y cuarenta el derecho a la salud empezaba a ser vivido como un dato importante de la ciudadanía social.

En las últimas dos décadas, el estudio del “descubrimiento”, la “vida” y la “muerte” de las enfermedades ha estado nutriendo, en la Argentina y el mundo, un abordaje que entiende que lo biomédico está connotado por fenómenos sociales, subjetivos, culturales, políticos y económicos. El modo en que Pedro R. recuerda su experiencia con la tuberculosis es bien revelador de los desafíos que acarrea escribir la historia de una enfermedad, si esos fenómenos se toman en cuenta. Así, parece quedar claro que esa historia debe ser mucho más que la historia de un bacilo o de un virus, más que una metáfora, más que una política de salud, más que la memoria individual de los enfermos o de los que pretenden curarlos. •

 

Publicada en TODAVÍA Nº 20. Diciembre de 2008

 


ALEJANDRO LEÓN BERLIN
Primavera artifici
al, 1995

 

 

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