Economía

Cambios y desafíos
de la industria Argentina

por BERNARDO KOSACOFF Director de CEPAL-Naciones Unidas. Profesor Titular de la Universidad Nacional de Quilmes y de la Universidad de Buenos Aires

A mediados de 2008 quedó planteada la posibilidad de iniciar el tránsito desde la etapa de recuperación económica hacia otra de crecimiento sostenido. El Producto Interno Bruto aumentó, entre 2002 y 2007, un 52%, y este fuerte repunte, sin que el sector público chocara con una restricción externa o de financiamiento, constituyó un fenómeno inusual para la experiencia argentina. La tendencia a la normalización económica, a su vez, permitió la recuperación de los niveles de actividad y una notable creación de puestos de trabajo. Por su parte, la evolución del empleo y de las remuneraciones produjo una reducción de los aún elevados índices de pobreza e indigencia. La recomposición de las inversiones fue mayor de lo esperado, y la balanza de pagos y el saldo comercial dieron superávit. También se generó un notable proceso de acumulación de reservas internacionales. Es cierto que el contexto internacional viene manifestando una serie de turbulencias negativas, pero su influencia en el sistema financiero es mucho menor de lo que fue en las crisis recientes, incluso sigue habiendo un escenario favorable para las materias primas. En suma, la Argentina es hoy una economía abierta, en la que las exportaciones más las importaciones representan un 45% del PIB, esto es, más del doble que a principios de los años noventa. Sin embargo, si comparamos los indicadores económicos y sociales actuales con los de la década de 1970, se percibe la magnitud del desafío que debemos asumir para recuperar el bienestar, la equidad y la dignidad de la población.

De 1975 a 2007, el PIB por habitante creció a una tasa del 0,6% anual, se registraron 19 años de crecimiento pero 14 años de crisis. Este desempeño evidencia el estancamiento y la extrema volatilidad en un contexto de creciente exclusión social.

En 2008 la economía argentina se encuentra frente a desafíos muy distintos de los que caracterizaron la salida de la convertibilidad. Han ido surgiendo nuevos dilemas que recientemente generaron expectativas negativas sobre su evolución. Entre ellos se destaca el problema de la inflación y el de una oferta de energía adecuada. A ellos se suman el largo conflicto con la cadena agroindustrial desatado por las retenciones; algunos signos de desaceleración del crecimiento; la revaluación del peso; la salida de depósitos del sistema financiero; la suba de la tasa de interés; el incremento de los subsidios, su peso creciente en el gasto y la distribución federal de los recursos públicos. Estos temas coyunturales plantean dudas sobre la posibilidad de un cambio de modelo económico y, más aún, dejan abierto el interrogante sobre si será necesaria una nueva crisis para su resolución. Actualmente, hay margen para el manejo de estos nuevos dilemas, pero se necesita reconocerlos e implementar políticas adecuadas; y, cuando hay margen técnico para lograr soluciones consistentes, evitar la crisis es esencial para no caer nuevamente en procesos de fuerte destrucción de capital social que ocasionan efectos distributivos regresivos.

El país tiene posibilidades de transitar la próxima década sin pasar por una nueva crisis, ya que las condiciones macroeconómicas y las de las empresas son un punto de partida muy positivo. No obstante, la agenda a tratar es un desafío colectivo de gran magnitud. El camino hacia un país con mayor equidad social requiere: fortalecer las capacidades empresariales, para que lideren un proceso de cambio hacia un modelo de especialización, con mayor intensidad tecnológica; calificar los recursos humanos; y generar una pauta distributiva crecientemente progresiva.

De la convertibilidad a la reactivación
Durante la convertibilidad, comenzaron a desplegarse fuertes procesos de reconversión empresarial que alteraron tanto las estrategias como el peso relativo de las distintas actividades y actores económicos, así como también las prácticas productivas, tecnológicas y comerciales.

Las conductas que en aquel momento asumieron las empresas fueron diferentes e incluso llegaron a producir resultados contrapuestos. Por un lado, hubo empresas que realizaron “reestructuraciones ofensivas” y que se destacaron por haber alcanzado niveles de eficiencia comparables con las mejores prácticas internacionales. Este comportamiento –que abarcó a un grupo reducido de alrededor de 400 empresas– predominó en el área de los recursos naturales, los insumos básicos y en parte del complejo automotriz. Por otro lado, el resto del tejido productivo –cerca de 25.000 firmas, si no se consideran las microempresas– llevó a cabo los denominados “comportamientos defensivos” que mantuvieron vigentes ciertos rasgos de la etapa sustitutiva, tales como una escala de producción reducida o una escasa especialización, y quedaron así lejos de la frontera técnica internacional.

Como sabemos, los años noventa también se caracterizaron por la disminución del número de establecimientos productivos, el aumento del grado de apertura comercial (con énfasis en las importaciones), la adopción de tecnologías de origen externo, el abandono de la generación de nuevos
productos y procesos por parte de los sectores tecnológicos locales, una creciente externalización del sector servicios, una mayor internacionalización de las firmas y la importancia de los acuerdos regionales de comercio en las estrategias empresariales.

Pero quizás el rasgo más saliente de esos años haya sido la heterogeneidad. Es indudable que no todos los actores enfrentaron de igual manera el desafío que presentaba el paso del “taller a la empresa”. Para aprovechar las nuevas reglas del juego económico era necesario adoptar estrategias que combinaran la producción local con la importación de insumos y de bienes finales.

La devaluación de comienzos de 2002 provocó un cambio radical en los precios y generó incentivos diametralmente opuestos a los vigentes durante el régimen de convertibilidad. Desde entonces, la economía argentina ha experimentado un acelerado crecimiento, a una tasa anual promedio del 8%, y recuperó ya hacia el año 2005 los niveles previos a la fase de recesión y crisis. La industria es la que ha liderado este proceso de reactivación, ya que tuvo una recuperación relativamente temprana y elevadas tasas de crecimiento.

En virtud de esta tendencia, el sector manufacturero ganó participación en el PIB nacional y así se revirtió el proceso de desindustrialización relativa de la década pasada.

Entre las actividades más dinámicas se encuentran aquellas que durante las crisis experimentaron la mayor caída del volumen de producción: textil y confecciones, metalmecánica –excluida maquinaria–, materiales para la construcción, aparatos de audio y video, maquinaria, y equipo eléctrico y automotriz. También, aquellos sectores que más crecieron en la década pasada y cayeron menos que el promedio entre 1998 y 2002 exhiben incrementos sostenidos en el período reciente –aunque menos pronunciados– y han llegado a superar sus máximos históricos. En la mayoría de los casos, este desempeño menos dinámico se explica porque son sectores cercanos a su capacidad máxima o que requieren grandes inversiones. Se trata, en general, de actividades basadas en el aprovechamiento de los recursos naturales y de sectores productores de insumos básicos, metales, químicos básicos, papel, combustible y alimentos, consolidados a lo largo del proceso de apertura y desregulación, y que actualmente tienen el mayor peso relativo en la estructura industrial. El hecho de que hayan tenido su mejor performance durante el período de crisis se explica, principalmente, por el elevado coeficiente de exportaciones, aunque los precios posdevaluación también les han resultado favorables.

En este sentido, si bien muchos sectores han remontado total o parcialmente el terreno perdido en un marco macroeconómico más propicio, la configuración sectorial de la industria no se ha modificado de un modo significativo. Es cierto que podría argumentarse que ha transcurrido poco tiempo desde el colapso del régimen de convertibilidad.

Sin embargo, los indicios que surgen de las tendencias de inversión confirmarían la inexistencia, a mediano plazo, de un proceso de cambio estructural en marcha. Las diferencias que se observan en los ritmos de expansión no modificaron el patrón de crecimiento heredado de las reformas estructurales de los años noventa.

Empresas e inversión
Sin duda, uno de los temas relevantes hoy en día es la creación de empresas: durante la etapa final de la convertibilidad fue muy superior el cierre a la apertura de nuevas firmas. En los últimos cinco años, en cambio, se verificó un comportamiento inverso. Veamos un ejemplo: en 1996, el número de establecimientos industriales era 57.000; en 2002 se redujo a 46.000; y en 2006, aumentó a 53.000. Esta tendencia es muy positiva, pero vale la pena observar que todavía no se alcanza la cantidad de empresas de hace una década atrás y la tasa de creación –medida en términos de la población económicamente activa– es la mitad que la de Brasil y un 40% de la de los Estados Unidos. Más dramático aún es constatar el mal clima de negocios de los últimos veinte años, que se manifiesta en el reducido número de nuevas bases productivas en el país. Sobre un stock de 400.000 empresas existentes es difícil individualizar veinte casos significativos de nuevas (green field) grandes empresas argentinas. En contraposición, son casi 1.000 las que han vendido su posición de mercado en procesos de fusiones y adquisiciones, preferentemente a filiales de corporaciones transnacionales y, recientemente, a empresas latinoamericanas, en particular brasileñas. Como resultado de esto, la base empresarial nacional ha quedado muy debilitada. Lógicamente, las empresas no se crean de un día para el otro, necesitan varias décadas para consolidar sus capacidades competitivas, mediante rutinas y aprendizajes que llevan tiempo. En nuestra estructura productiva, la presencia internacional es determinante. Y todo indica que, para las empresas extranjeras, la instalación de sucursales en nuestro país es compatible con el objetivo de las casas matrices de generar valor y desarrollar capacidades tecnológicas. Pero se trata de un fenómeno incipiente al que sería importante darle mayor difusión, no sólo para mejorar la calidad de la presencia internacional, sino también para optimizar su contribución al desarrollo y a la creación de empleo.

En este contexto, un aumento adicional de la inversión es la clave, ya que significa difundir externalidades positivas por medio de la generación de riqueza, empleo y capacidades. La Argentina es hoy una economía abierta. Eso es muy bueno porque posibilita importar, pero deben establecerse adecuadamente las reglas de juego y los incentivos para que, en la producción de bienes y servicios, prevalezca el desarrollo de las capacidades empresariales. Generar las condiciones para la inversión está asociado a varias cuestiones: tener bien alineados los precios macroeconómicos, profundizar y desarrollar los instrumentos de financiamiento a largo plazo, mejorar el modelo de la organización industrial. En este último aspecto, es necesario comenzar a plantear, entre otros factores, un cambio estructural aún ausente, que permita el fortalecimiento de la infraestructura –en particular, la energía–, la calificación permanente de los recursos humanos, la consolidación de proyectos tecnológicos, y el surgimiento de proveedores especializados. Por último, también es importante tener presente que, tal como muestran las experiencias exitosas, la articulación entre esfuerzos privados e instrumentos de política pública es central para generar las condiciones de inversión. •

 

Publicada en TODAVÍA Nº 20. Diciembre de 2008

 


Artista invitado
ESTEBAN PASTORINO

 

 

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