Sociedades / Culturas

Una mirada cultural sobre las tecnologías

por LUIS ALBERTO QUEVEDO Director del Proyecto Comunicación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales

Estamos cada vez más rodeados de tecnologías y de nuevos medios de comunicación y al mismo tiempo nos resulta cada vez más difícil entenderlos. Pero no me refiero al costado “técnico” de las tecnologías, a sus reglas de funcionamiento, sino a sus efectos culturales. Sobre todo a los modos de apropiación, los usos, la forma en que modifican nuestros hábitos, nuestros vínculos interpersonales, la topología de nuestras casas, los modos en que trabajamos, consumimos o expresamos nuestros afectos. En los últimos quince años, hemos dado un salto extraordinario. Ni siquiera podemos imaginar el terreno donde caeremos y ya estamos en el aire, de camino hacia un mundo cuya única regla es la permanente trasformación de sus reglas. Pero no solo estamos rodeados de tecnologías, nos encontramos ante un nuevo ecosistema de imágenes, sonidos y palabras que le cambiaron la geografía del planeta. Este nuevo parque de imágenes y sonidos encuentra su soporte en distintas tecnologías y medios, que van desde las pantallas de TV, computadoras, iPods, cámaras de foto, videojuegos, hasta reproductores de mp3 y tantas otras pantallas con las cuales operamos diariamente: en el banco, en los teléfonos celulares, en los tableros de los automóviles, en los cajeros automáticos, en las bibliotecas y los aeropuertos.

Sin embargo, estas tecnologías y las formas en que ordenan el mundo del trabajo, del esparcimiento, de la economía o de los vínculos interpersonales son resistentes a la interpretación. Convivir con ellas no es garantía de volverlas inteligibles. Extrañamente, las tecnologías se autodefinen como transparentes y, en realidad, para nosotros, son cada día más opacas. Por eso, convivir parece más bien un obstáculo para comprender el vínculo que establecemos con ellas. La aparatología que nos rodea se vuelve entorno natural para las nuevas generaciones, a las que seduce sin mostrar sus fines y artificios; y, para los adultos que emigramos hacia ellas, un mundo extraño que debemos descifrar.

¿Televisión clásica o televisión móvil?
El problema, sin embargo, no es nuevo. Un caso emblemático, que desde hace más de cincuenta años ejemplifica esta dificultad, es la televisión. En nuestros hogares convivimos con el aparato de TV (el 96% de los hogares argentinos tiene por lo menos uno) y lo hemos convertido en el mayor consumo cultural de todos los segmentos sociales. Sin embargo, en las investigaciones que hemos realizado, es el medio de comunicación más odiado y despreciado (en especial, en los sectores altos y de mayor nivel educativo). La televisión goza de un pésimo prestigio y ella misma acepta su condición de pantalla menor –que arrastra alguna degradación– porque nació como hija bastarda del cine y siempre aceptó que su aporte cultural no podía competir con el libro, el teatro o la ópera. Nunca la televisión aspiró al arte, como sí lo hizo el cine, ni a la educación del ciudadano ni a los contenidos de la alta cultura: se ubica del lado del entretenimiento, la creación de públicos para la venta de productos masivos y la información. Pero aun así sigue obstinadamente acompañando el tiempo libre de las personas, cualquiera sea su condición social o su lugar de residencia. Se trata de una pantalla compleja, que se niega a ser miniaturizada en un celular y que se ha multiplicado en nuestros hogares: está presente en las cenas familiares, en los dormitorios, en la cocina y, cada vez más, está encendida cuando los chicos y jóvenes estudian o hacen sus tareas escolares.

Así, más allá de esta presencia arrasadora que registra la TV, la relación que establecemos con ella combina el alto consumo con el porfiado rechazo a sus contenidos. Los televidentes aceptan una cierta convivencia forzosa y a desgano, pero no resisten entregarse a los productos que los convocan, seducen y apasionan. El desprecio permanente por sus contenidos va acompañado de una cierta nostalgia por los recuerdos de personajes y programas que forjaron nuestra infancia. Estos elementos son los que vuelven a la TV un aparato complejo que merece una reflexión particular.

Ahora bien, las tecnologías impactan sobre la cultura de un modo diferente según el momento histórico en que las consideremos. Un mismo medio evoluciona, se desarrolla, cambia sus formatos y lenguajes, produce migraciones inesperadas (como lo hizo la fotografía hacia el teléfono o la radio hacia la computadora) y establece con nosotros vínculos también diferentes. En los últimos años, la digitalización (y, más en general, la convergencia digital ), unificó sus lenguajes y formatos y desdibujó los límites entre los medios. También cambió las maneras del consumo y volvió incierto el destino de la aparatología con la que hoy convivimos. Por eso proponíamos abordar el problema a partir de una visión no técnica de las tecnologías, sino desde una mirada cultural que muestre todas las aristas de esta particular relación.

La historia de la televisión es un buen ejemplo del impacto que produce el cambio tecnológico en los consumos y prácticas culturales. A medida que fue avanzando y cambiando su base técnica, la TV empezó a transmitirse por cable o satélite y la distribución de las señales comenzaron a funcionar a nivel mundial. La programación como “cinta sin fin”, sumada a las transmisiones de 24 horas, cambiaron la concepción en el tiempo televisivo. La posibilidad de ver emisiones en diferido, grabar programas (primero con las grabadoras de VHS y ahora con DVD o TIBO) y consumirlos en distintos horarios, provocó que la programación se despegara del tiempo real del consumidor. Pero además fragmentó los programas y permitió la repetición doméstica de los mismos. El consumidor es el que decide cuándo, cómo y dónde quiere ver determinado producto cultural (ya sea un programa, una película, una filmación casera o recibir una información de cualquier rincón del mundo).

Ningún medio es estable ni define de una vez y para siempre sus parámetros de consumo o la forma en que ofrece sus productos. En el terreno de la televisión, por ejemplo, pasamos de una programación pensada para toda la familia, a la segmentación por géneros, gustos o edades. Hoy este medio está viviendo otro cambio que dejará sus huellas: la multiplicación de la oferta como efecto de la globalización de las cadenas y la digitalización de las emisiones, que permitirá modificar el espesor de la grilla de señales.

Y lo que está pendiente, como ya dijimos, es el encuentro entre la TV y el celular, o de eso que todavía llamamos “teléfono celular” (aunque se trata de un dispositivo de transmisiones móviles mucho más complejo que un teléfono), y de eso que todavía llamamos, con cierto apego a los nombres de origen, “televisión”, pero que se está transformando en una pantalla capaz de recibir emisiones muy diversas con la que podemos interactuar.

A partir de la masificación del uso del celular y la convergencia tecnológica se dieron fenómenos sociales en el mundo –nuevas formas de relacionarse entre jóvenes, la organización de movilizaciones, etc.– que merecen una especial atención. Y estos cambios no solo tienen que ver con aspectos tecnológicos, sino con las prácticas sociales que se dan a partir del uso del celular. Precisamente, Howard Rheingold plantea que las multitudes inteligentes son grupos de personas que emprenden manifestaciones colectivas –políticas, sociales, económicas–, gracias a las posibilidades que le brinda un nuevo medio de comunicación: el teléfono, que genera otros modos de organización y de relación, y le imprime a la política una velocidad que antes no tenía. Un buen ejemplo son las movilizaciones antiglobalización de los últimos años o lo que hicieron los madrileños el 11 de marzo de 2004, cuando no aceptaron la versión oficial sobre el atentado de Atocha.

Pero el encuentro entre los celulares y la TV tiene más enigmas que certezas. Desde el comienzo de este debate existen, digámoslo de forma esquemática, dos escuelas: la del broadcasting y la del downloading. Los que suponen la persistencia del broadcasting plantean una televisión como se la conoce hoy, pero que usará la pantalla de los teléfonos como receptor; en cambio, el downloading concibe un televidente que se “baja” paquetes de información al celular, los almacena y los puede ver cuando desee. Según un estudio que Nokia solicitó a la London School of Economics, “el futuro de la televisión será personal”. Pero, ¿será así?, ¿pasará del grupo familiar a cada uno de sus miembros?

La cuestión es que la televisión móvil no va a ser solamente una televisión portátil, sino que va a tener reglas y formas de consumo propias. Los usuarios van a poder recibir contenidos en cualquier momento, en cualquier lugar y van a poder elegir lo que es más importante para ellos, además de crear y subir sus propios contenidos. O sea, serán consumidores, programadores, productores e incidirán cada vez más en sus historias, como en el caso de las cel-novelas que se producen especialmente para celulares. La recepción telefónica necesariamente cambiará los formatos: las noticias serán breves y concisas, tendrán cada vez más importancia los contenidos generados por los usuarios y se producirá un nuevo formato de “contenido snack”, episodios cortos y fragmentados, preparados para “consumir en movimiento”, con una estética propia, con primeros planos, sencillos de entender. Y mal que nos pese, a todo esto no lo podemos seguir llamando “televisión”.

Uno de los atractivos de la televisión clásica es, justamente, su capacidad de sorprendernos e imaginar por nosotros. Condenar al espectador a armar su propia fiesta es matar el vínculo que tenemos hoy con la televisión. Si la promesa que me hace el teléfono es que yo voy a poder elegir las series que quiero ver, las noticias de las que me quiero enterar y la cantidad de deporte que va a haber en mi paquete televisivo, quiero postular aquí que la propuesta es pobre. ¿Por qué? Simplemente porque implica que el consumidor deberá ser capaz de producir sus propias sorpresas, imaginar sus propias formas de seducción y pensar sus propios tiempos de consumo sin compartirlos con nadie.

Creo, para terminar, que estos encuentros/desencuentros entre las tecnologías y los usos y costumbres culturales forman parte del cambio de época que estamos viviendo. Y los tenemos que vivir y pensar en este momento, mientras disfrutamos y sufrimos con toda esta aparatología, mientras nos quedamos perplejos ante sus enigmas y fascinados por sus estéticas. El final es abierto, pero en medio de ese trayecto, estamos nosotros. •

 

Publicada en TODAVÍA Nº 19. agosto de 2008

 


Artista invitado
DIEGO BIANKI

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Mayo de 2009