Las papas queman *
por NORA LUSTIG
Shapiro
Visiting Professor of International Affairs George Washington University
* Una versión más extensa de esta nota fue publicada en Nexos (México, julio 2008).
Hasta hace poco, irónicamente, la queja principal de los países en desarrollo era que los precios de los productos agrícolas se mantenían artificialmente bajos en el mercado internacional, debido a la política de subsidios hacia ese sector en los países avanzados. Se dejaba, así, fuera de la competencia a millones de pequeños productores. Hoy la preocupación central es la opuesta: los precios de los productos agrícolas han subido a niveles inusitados, situación que está teniendo consecuencias graves sobre los niveles de vida de la población mundial.
En los últimos cinco años, los precios agrícolas han aumentado de manera sistemática después de casi dos siglos de tendencia a la baja (a excepción de los años setenta). Hasta mediados del año pasado el aumento fue gradual, pero a partir de finales de 2007, el incremento de precios comenzó a acelerarse (Gráfico 1). En conjunto, a partir de 2003 los precios mundiales del maíz y el trigo aumentaron más del doble, los de la manteca y la leche se triplicaron, los de la carne de res y de pollo casi se duplicaron; y en el caso del arroz, el precio se duplicó en los últimos cuatro meses. La era de alimentos baratos –que duró aproximadamente tres décadas– parece haber llegado a su fin.
Al tratarse de artículos de primera necesidad, y dada su gran importancia en la canasta de consumo, especialmente de los grupos de bajos ingresos, el incremento de precios observado tiene impactos dramáticos e inmediatos sobre los niveles de vida de una parte importante de la población mundial. Para muchos países, este fenómeno tiene también efectos macroeconómicos que se manifiestan en presiones inflacionarias y desequilibrio en la balanza de pagos. El efecto sobre el poder adquisitivo de las familias pobres y la frustración que esto causa, además, son peligrosamente desestabilizadores en el ámbito político. Las escenas de niños haitianos comiendo tortillas hechas de barro y las protestas –algunas violentas– que han ocurrido en más de 30 países son apenas un indicador palpable de la devastación y el caos que, de no contrarrestarse, el incremento de los precios de los alimentos puede causar de manera generalizada.
Ante las presiones económicas, políticas y sociales que el aumento de precios de los alimentos trajo consigo, los gobiernos de países en desarrollo han intentado diversos mecanismos de defensa: la reducción o eliminación de las barreras comerciales a la importación, las restricciones a las exportaciones, la acumulación de existencias para evitar escasez, el control de precios, la apreciación de su moneda, los subsidios a los productos agrícolas y el incremento de las transferencias monetarias y en especie que recibe la población más pobre.
Las causas de la carestía
El incremento del precio de los alimentos a partir de 2003 se explica por factores estructurales y coyunturales. Entre los primeros se destacan: el aumento sistemático de la demanda ocasionada por el crecimiento del ingreso por habitante; el aumento de la población y de la tasa de urbanización a nivel mundial junto con una oferta poco flexible de alimentos debido a las restricciones en materia de tierras y agua; la baja inversión en infraestructura en el sector rural y en tecnología agrícola; y los cambios climáticos.
En los últimos cinco años, el producto por habitante ha estado creciendo a más de 9% al año en China y la India, y más de 6% en muchos países de África. Los mayores ingresos no sólo aumentan la demanda de alimentos sino que modifican su composición de granos a cárnicos, lo cual incrementa la demanda indirecta de los primeros. Por otra parte, la producción prácticamente se ha estancado en varios países que tienen una participación alta en la oferta mundial como los Estados Unidos, China, la India y algunos países europeos.
La escasez relativa de productos agrícolas básicos se ha visto fuertemente agravada por la política de subsidios a biocombustibles (etanol en los Estados Unidos y biodiesel en Europa). Se estima que el incremento en la demanda de biocombustibles explica aproximadamente un 30% del aumento promedio en el precio de los granos básicos y oleaginosas. Es más, de continuar la actual política de subsidios, se calcula que en 2020 los precios del maíz y oleaginosas crecerán un 26 y 18% (respectivamente) por encima de los niveles de 2007.
Sin embargo, el aceleramiento del aumento de los precios de los alimentos a partir de finales del año pasado parece también ser consecuencia de dos fenómenos coyunturales adicionales: 1) las presiones inflacionarias a nivel global, ocasionadas por un aumento de liquidez y la devaluación del dólar; y 2) las respuestas nacionales para defenderse de los incrementos de precios.
Ante la turbulencia de los mercados de crédito de los Estados Unidos (causada por la crisis de hipotecas de baja calidad, o subprime como se las llama en ese país), la Reserva Federal de los Estados Unidos ha inyectado liquidez y reducido la tasa de interés. Esto ha depreciado al dólar, que impacta de manera directa sobre el precio de los alimentos, porque es la denominación utilizada a nivel internacional para cotizarlos. Además, la baja en la tasa de interés de los Estados Unidos está causando presiones inflacionarias a nivel global que se manifiestan, en primer término, en los precios de las materias primas, por ser más flexibles que otros. Algunos analistas también consideran que la aceleración del aumento de precios es producto de la reasignación de capital financiero –por cierto, no necesariamente especulativa– hacia instrumentos vinculados a los precios futuros de las materias primas.
El segundo factor coyuntural que presiona sobre el alza de precios es la respuesta defensiva de muchos gobiernos. El disparo del precio del arroz ocurrió en gran parte cuando la India (segundo exportador de arroz en el mundo), como respuesta a una mala cosecha de trigo por razones climáticas, decidió reemplazar el subsidio generalizado al trigo por uno para el arroz y, para tener suficientes existencias, decidió imponer barreras a su exportación. En abril de 2008 ya eran 18 los países con restricciones a la exportación de productos agrícolas, incluyendo China y la Argentina. La respuesta defensiva de países importadores, como el caso de las Filipinas con el arroz, ha sido acumular existencias en magnitudes muy superiores al pasado, contribuyendo así a las presiones alcistas. Si bien estas medidas colaboran para que, por lo menos temporalmente, el país que las impone pueda desvincular el comportamiento del precio interno del externo, al mismo tiempo contribuyen a la escasez global y presionan los precios mundiales al alza.
Dado que parte del aceleramiento reciente está vinculado a la política de tasas de interés de los Estados Unidos y a los movimientos especulativos y defensivos en un mercado incierto y volátil, es difícil hacer escenarios sobre la evolución de los precios en el corto plazo. En este sentido, no es improbable que los factores coyunturales estén generando una “burbuja especulativa” o un excesivo aumento de los precios de las materias primas en general y de los productos agrícolas en particular. De ser así, los precios bajarán en algún momento durante los próximos doce meses.
Sin embargo, los factores estructurales continuarán presentes por muchos años, por este motivo el consenso es que los precios de los alimentos no regresarán por un buen tiempo a los niveles prevalecientes a principios de este siglo. En el corto plazo, la respuesta de la oferta será insuficiente para seguirle el paso a la demanda porque: 1) la disponibilidad de tierra cultivable adicional es baja; 2) el costo de los insumos necesarios para alcanzar mayores rendimientos es alto y creciente; y 3) no ha habido descubrimientos tecnológicos que aumenten el rendimiento a menores costos.
Las consecuencias de la carestía
Un aumento en el precio relativo de los alimentos tiene un efecto considerable sobre el poder adquisitivo de los hogares, en particular de los hogares pobres, que, según la evidencia, dedican entre 50 y 80% de su presupuesto al rubro de alimentos. Es importante señalar que los aumentos afectan, sobre todo, a los pobres de zonas urbanas y de zonas rurales que no tienen tierras o tienen muy poca para ser autosuficientes.
Según estimaciones de la CEPAL, desde principios de 2006, el precio interno de los alimentos en América Latina y el Caribe ha aumentado a un ritmo anual de 15% en promedio. Como ya hemos mencionado, los hogares pobres son los que proporcionalmente gastan más en alimentos, sobre todo básicos, que son los que más han sufrido aumentos, por eso este incremento ha tenido un impacto regresivo, esto es, ha exacerbado la desigualdad. En cuanto al impacto sobre la pobreza y la indigencia, la CEPAL estima que “la cantidad de personas que pasarían a la indigencia, como consecuencia del aumento de precios, sería de alrededor de diez millones, y un similar contingente pasaría de la situación de no pobres a la de pobres”.
Otro estudio realizado por el Banco Mundial para nueve países del grupo denominado “países menos desarrollados”, o sea los países más pobres del mundo, concluye que, entre enero de 2005 y el primer trimestre de 2008, la incidencia de la pobreza extrema medida por el porcentaje de personas que vive con menos de un dólar diario habría aumentado en 4,5% o alrededor de 105 millones de personas. O, en otros términos, el impacto del aumento de los precios de los alimentos revertiría el progreso de siete años en materia de reducción de la pobreza.
Además del impacto sobre los niveles de vida, el aumento de los precios de los alimentos está contribuyendo a la exacerbación de problemas macroeconómicos. Por un lado, dicho aumento se suma a las presiones inflacionarias generadas por la suba de los precios de los energéticos y la devaluación del dólar. En China, la India, Indonesia y Arabia Saudita, la inflación está entre 8 y 10%; en Rusia por encima del 14%; y en la Argentina y Venezuela, se estima en 23 y 29%, respectivamente.
Para hacer frente a la inflación “importada”, los países están introduciendo medidas de diversa índole. Los que tienen una política de tipo de cambio flexible, cuyas autoridades monetarias gozan de credibilidad en los mercados financieros, están intentando dejar que su moneda se aprecie. Esto ayuda a frenar la inflación, pero lastima la competitividad de sus exportaciones y, en consecuencia, la actividad económica. Los países gobernados por regímenes de corte más populista intervienen directamente en los mercados mediante controles de precios, barreras a las exportaciones y subsidios de distinto tipo. Incluso, hasta los gobiernos conservadores, como el mexicano, han reintroducido el control de precios sobre algunos productos y ciertos subsidios generalizados.
El incremento reciente de los precios de los productos agrícolas ha ocasionado el resurgimiento del tema de la seguridad alimentaria. En esta era de la coronación del mercado y la globalización, la autosuficiencia alimentaria como pieza clave de la soberanía e independencia de un país adquirió tonos anacrónicos y retrógrados. Quienes están a favor de las soluciones de mercado se cuestionan: ¿para qué subsidiar un sector ineficiente cuando se pueden adquirir los productos a precios más bajos a nivel internacional en el momento en que se quiera? La respuesta del grupo opuesto es: ¿por qué exponer a una nación a situaciones de inestabilidad política y social al dejar los precios y disponibilidad de un producto clave como el alimento a merced de los caprichos del mercado mundial, cuando éste no es confiable?
La situación actual, obviamente, está otorgando mayor razón a los defensores de la seguridad alimentaria. Mientras no exista una instancia global que pueda contener la volatilidad de los precios dentro de rangos manejables y asegurar que las políticas nacionales sean congruentes con una oferta mundial de alimentos adecuada y a precios razonables, nadie puede culpar a los países de adoptar medidas de “sálvese quien pueda” y de protegerse contra riesgos futuros. Por eso, la carestía de los alimentos, al igual que la energética, no sólo tiene efectos sobre los niveles de vida y la estabilidad macroeconómica, política y social de los países, sino que también está erosionando la ya desgastada credibilidad que tienen los esquemas multilaterales, justo cuando el mundo tiene más necesidad de ellos. •
| Gráfico 1. Evolución del índice del precio
mundial de los alimentos 1990-2008 (2005=100)
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| Fuente:
Elaborado por la autora con datos
del Fondo Monetario Internacional.
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Publicada en TODAVÍA Nº 19. agosto de 2008
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Artista invitado
FERMÍN EGUÍA
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