Julián distrae a la niña con «La vida privada de los árboles», una serie de historias que ha inventado para hacerla dormir. Los protagonistas son un álamo y un baobab que durante la noche, cuando nadie los ve, conversan sobre fotosíntesis, sobre ardillas, o sobre las numerosas ventajas de ser árboles y no personas o animales o, como ellos dicen, estúpidos pedazos de cemento.
Daniela no es su hija, pero a él le cuesta no pensarla como una hija. Hace tres años que Julián llegó a la familia, pues fue él quien llegó, Verónica y la niña ya estaban, fue él quien se casó con Verónica y en cierto modo, también, con Daniela, que al principio se resistía pero de a poco fue aceptando su nueva vida: Julián es más feo que mi papá, pero igual es simpático, decía a sus amigas, que asentían con imprevista seriedad, y hasta con gravedad, como si de pronto comprendieran que la llegada de Julián no era un accidente. Con el correr de los meses el padrastro consiguió, incluso, un lugar en los dibujos escolares de Daniela. Hay uno, en particular, que Julián siempre tiene a la vista: están los tres, en la playa, la niña y Verónica hacen pasteles de arena, y él aparece vestido con bluejeans y camisa, leyendo y fumando bajo un sol perfecto, redondo y amarillo.
Julián es más feo que el padre de Daniela, y es más joven, en cambio; trabaja más y gana menos dinero, fuma más y bebe menos, hace menos deporte –no hace, en absoluto, deporte–, y sabe más de árboles que de países. Es menos blanco y menos simple y más confuso que Fernando –Fernando, que así se llama el padre de Daniela, debe tener un nombre, aunque no sea, exactamente, el enemigo de Julián ni de nadie. Pues no hay, en realidad, un enemigo. El problema es justamente ése, que en esta historia no hay enemigos: Verónica no tiene enemigos, Julián no tiene enemigos, Fernando no tiene enemigos, y Daniela, descontando a un compañerito ocioso que se pasa la vida haciéndole morisquetas, tampoco tiene enemigos.
Fragmento de La vida privada de los árboles (2007), España: Anagrama.
La de Emilia y Julio fue una relación plagada de verdades, de revelaciones íntimas que constituyeron rápidamente una complicidad que ellos quisieron entender como definitiva. Ésta es, entonces, una historia liviana que se pone pesada. Ésta es la historia de dos estudiantes aficionados a la verdad, a dispersar frases que parecen verdaderas, a fumar cigarros eternos, y a encerrarse en la violenta complacencia de los que se creen mejores, más puros que el resto, que ese grupo inmenso y despreciable que se llama el resto.
Rápidamente aprendieron a leer lo mismo, a pensar parecido, y a disimular las diferencias. Muy pronto conformaron una vanidosa intimidad. Al menos por aquel tiempo, Julio y Emilia consiguieron fundirse en una especie de bulto. Fueron, en suma, felices. De eso no cabe duda.
Fragmento de Bonsái (2006), España: Anagrama.