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¿Museos en las universidades?
por MARTA DUJOVNE Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires
Los estudiosos coinciden en considerar a los museos como un producto del Siglo de las Luces. Ya en 1683, cuando apenas empezaba a esbozarse la forma del museo público, se inauguró en la Universidad de Oxford el “Musseum Ashmolianum, Schola Naturales Historiae, Officina Chimica”, que permitía la visita de todo público (¡hasta mujeres!) siempre y cuando pagaran una entrada (de la que dependía el salario del guardia). Y aún antes, en 1661, funcionaba una sala similar en la Universidad de Basilea, antecesora de los actuales museos universitarios.
Abusando de la terminología de los biólogos, podríamos decir que, entre los organismos culturales, los museos constituyen un género cada vez más abundante, tanto en cantidad de ejemplares como en diversidad de especies, y que lo mismo sucede con los museos universitarios. Con el rasgo común de su dependencia de una universidad, son muchos y muy diferentes entre sí. Se ocupan de los temas más variados, desde el arte hasta la anatomía patológica, la geología o la historia de una disciplina. A menudo son museos de cátedra que funcionan en una facultad y, en su lógica y organización, dependen de una unidad académica dedicada al dictado de una sola materia.
Pero también están aquellos que –dentro o fuera de un campus– se proyectan al exterior de la universidad.
El Museo del Instituto de Geología en México o el Museo de La Plata, el Museo de Arte Contemporáneo de São Paulo, el de la Universidad de Chile o el de Antropología de Córdoba cuentan con un edificio con características propias insertado en sus ciudades, y forman parte de las instituciones culturales y científicas urbanas con una proyección amplia a públicos múltiples. Y sin embargo, hasta la mera existencia de la especie museo universitario pasa desapercibida para el ciudadano común, que muchas veces no los ha visitado porque no están suficientemente difundidos o abiertos al público, y otras, los ha visitado y frecuentado, pero no se ha enterado de que la institución madre que los alberga es una universidad.
Estos organismos han vivido la crisis general de la institución museo con particulares características y formas de enfrentarla. Los más exitosos han incorporado los resultados de los avances en su disciplina con una museología igualmente renovada. Pero otros, que se habían replegado sobre sus actividades de docencia e investigación y se habían despreocupado de los problemas de relación con el público, quedaron al margen de la intensa corriente de renovación museística que se ha producido en casi todo el mundo. En algunos casos, el propio avance de las disciplinas o los cambios en las formas de encarar la docencia, alejaron al uso de las colecciones del eje de los estudios, y les hizo perder importancia –aunque sea temporalmente– como herramienta de formación. Si el mayor peligro de todo museo es volverse rígido por descuidar la producción de saber actualizado, entonces podríamos pensar que los museos universitarios, debido a su inserción institucional, deberían ser los más renovadores y experimentales. Sin embargo, muchos de ellos se cristalizaron y vaciaron de sentido.
Una doble misión
¿Cuáles son, a nuestro juicio, los ejes de la reflexión actual? La universidad es una institución dedicada a la elaboración y transferencia de conocimiento especializado, pero tiene también incorporada una misión de extensión, de transferencia o difusión de los conocimientos que produce al conjunto de la sociedad. Dentro de este espectro se encuadra la actividad de sus museos destinada al público general, de modo que las funciones propias de todo museo –recuperación, investigación, conservación, interpretación, difusión del patrimonio– se corresponden profundamente con las características universitarias o, por lo menos, podrían corresponderse. En este planteo, sin retroceder en el área de investigación y docencia, cada museo universitario debe considerar sus colecciones como patrimonio público, asumir su conservación y documentación, actuar como mediador cultural en relación con las capas más amplias de la población y posibilitar distintas maneras de acceso al acervo y de uso de la institución. Debe, además, ampliar la actividad académica, para ocuparse de las tareas museológicas con la misma intensidad y rigor conceptual que la universidad exige a la investigación en cada disciplina.
No es sencillo; se requiere mucho esfuerzo para conjugar armónicamente las distintas funciones de los museos. No se trata sólo de las necesidades –a veces opuestas– de la conservación y la difusión; también la investigación y la difusión difieren en sus objetivos y sus lógicas, disputan espacios y recursos, y presentan dificultades para elaborar discursos comunes. Tampoco ayudan las formas actuales de financiación de la actividad científica, que al priorizar temas específicos y méritos individuales, desalientan el desarrollo de políticas que promuevan un enfoque integral de las actividades institucionales. Por otra parte, los museos suelen tener una especificidad borrosa en el contexto de las universidades y quedar asimilados a los modelos administrativos más comunes en la actividad académica, como cátedras o institutos, de modo que quedan sujetos a normativas inadecuadas para su peculiar diversidad de funciones y necesidades organizativas.
En relación con los públicos especializados, es clara la obligación de los museos universitarios hacia los investigadores: brindarles la posibilidad de acceso al estudio directo de sus colecciones que, en definitiva, son archivos de especímenes naturales o de la cultura material, muchas veces fruto de investigaciones que cuentan con una documentación relevante, que debe ser preservada, actualizada y puesta a disposición de manera conveniente. Para los estudiantes de las disciplinas, es importante desarrollar programas que les permitan una interacción más sostenida y profunda que al público general. La posibilidad de talleres y pasantías, con diferentes duraciones y dedicación, pueden ser de organización complicada –sobre todo en el marco de universidades masivas–, pero constituyen una ayuda cierta para la institución y permiten a los pasantes un uso cualitativamente diferente.
Un museo universitario digno de tal nombre debe basar su discurso en la perspectiva científica actualizada, darles un lugar central a la investigación y la experimentación, ofrecer servicios y propuestas estimulantes al público especializado y también despertar el interés del lego. En la exposición, que es su instancia básica de transmisión, culmina la aplicación de la tecnología propia del museo. Las exhibiciones deben mostrar al público no especializado el estado de la disciplina de manera simultáneamente rigurosa y abierta; deben enfatizar que el conocimiento que reflejan está en permanente construcción; y abrir perspectivas sobre cómo se construye; no deben considerar al diseño como un adorno vistoso sino como una instancia básica de significación. No es posible esta idea de las exhibiciones sin un meticuloso y articulado trabajo en equipo entre los curadores –casi siempre investigadores–, diseñadores e integrantes de las áreas de educación y de conservación.
Exigir a todas las actividades un parejo nivel académico es la mejor manera de evitar los riesgos de que los museos universitarios den la espalda a todo lo que no sea la investigación, y al mismo tiempo es un modo de aprovechar al máximo las oportunidades que les brinda su inserción institucional. Los problemas de interpretación, comunicación y educación, diseño, documentación, conservación no pueden ser considerados temas de menor jerarquía que los contenidos de cada museo, sino correspondientes a campos distintos y que exigen un mismo rigor. Por cierto, sería deseable que, también en cuanto a los contenidos, se aprovechara la estructura universitaria para ampliar las perspectivas desde las que se encaran los temas a transmitir.
Consideramos que, en el trabajo del museo, debe ser permanente el cruce de saberes diferentes e individuos con enfoques complementarios. Las funciones básicas exigen un complejo, y a menudo conflictivo, trabajo multidisciplinario. La escasez de recursos y las diferentes prioridades de conservadores, educadores e investigadores muchas veces convierten el terreno común en un campo de batalla, en tanto que la propia dinámica del trabajo tiende a aislar unas actividades de otras. El empeño en mantener la interacción sin esquivar los temas de disenso es una esforzada práctica cotidiana. También lo es abrirse a los múltiples enfoques sobre el patrimonio y las discusiones que lo atraviesan. La labor urgente de todos los días suele llevar a dejar esas discusiones arrinconadas, olvidar la complejidad de los problemas y actuar como si las certezas fueran absolutas. Como espacio cultural, pero más aún como espacio universitario, es imprescindible asumir que un plan de trabajo es simultáneamente un programa de reflexión y discusión.
Publicada en TODAVÍA Nº 20. Diciembre de 2008 |
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