Vidas contaminadas
por DÉBORA SWISTUN Antropóloga, Instituto Gino Germani (UBA) y JAVIER AUYERO Profesor de Sociología, Universidad de Texas, Austin
Las villas, los asentamientos y otros núcleos poblacionales precarios están asociados, tanto en la Argentina como en el resto del mundo, con riesgos sanitarios y condiciones de vida insalubres que son resultado de la falta de servicios básicos. Las viviendas han sido construidas en tierras no aptas para el asentamiento, como zonas de inundación, próximas a plantas industriales con emisiones tóxicas o áreas de deposición de basura. Los dañinos efectos en la salud que la vida allí implica han sido señalados muchas veces, aunque, como acierta el autor de Planeta Villas, Mike Davis, se ha desarrollado muy poca investigación sobre la salud ambiental en estos espacios, “especialmente sobre los riesgos que surgen de la sinergia de múltiples toxinas y contaminantes en el mismo lugar”.
Una parte significativa del crecimiento de las villas en Buenos Aires se produjo sobre la altamente contaminada ribera del Riachuelo. De acuerdo con un conteo realizado por la oficina del Ombudsman Federal, existen trece villas en su curso inferior. Y según la Organización Panamericana de la Salud (PAHO, 1990), este río “recibe grandes cantidades de metales pesados y compuestos orgánicos provenientes de la descarga industrial”.
Hace cuatro años comenzamos un trabajo etnográfico en Villa Inflamable (Polo Petroquímico de Dock Sud, Avellaneda): un caso paradigmático y condensador de las formas en las que se vive en la Argentina y en distintas partes del mundo la pobreza contaminada por el accionar de las industrias y por el (in)accionar de los estados en el control de las mismas. Iztapalapa en México, Cubatao en São Paulo, Belford Roxo en Rio de Janeiro. Cibubur en Jakarta, el borde sur en Túnez y el suroeste de Alejandría nos muestran casos semejantes. Inflamable se ubica en la ribera sur de la boca del Riachuelo. Esta zona contiene altas concentraciones de arsénico, cadmio, cromo, mercurio y fenoles, y, lo más importante para el tema que estamos tratando, de plomo.
En 2003 un estudio epidemiológico financiado por la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA) comparó una muestra de niños de entre 7 y 11 años de edad de Villa Inflamable con otra población de características socioeconómicas similares (Villa Corina), pero con niveles más bajos de exposición a la actividad industrial petroquímica. El estudio demostró que en ambas comunidades los chicos están expuestos al cromo, benceno (un compuesto orgánico cancerígeno frente al cual no existen umbrales seguros de exposición) y tolueno. Pero es el plomo, considerado la madre de todos los venenos industriales, lo que distingue a los chicos de Inflamable del resto. El estudio muestra que el 50% de los chicos de Inflamable tiene niveles de plomo en sangre más altos que lo tolerable (contra un 17,16% en Villa Corina). Dado lo que se sabe acerca de los efectos del plomo en los niños, no debería causar sorpresa leer en el estudio que el coeficiente intelectual de los niños de Inflamable es más bajo que el de los chicos de Villa Corina y que los problemas dermatológicos, respiratorios, neurológicos y de conducta son más pronunciados.
La confusión tóxica
Una sutil aproximación a la problemática de la pobreza urbana y su medio ambiente contaminado nos empuja a preguntarnos ¿cómo es que estos ambientes se convierten en factores que reproducen la pobreza?, ¿qué actores contribuyen a esta reproducción y cuán responsables son del sufrimiento actual y de las vidas futuras de esos niños?
Impulsados por estas y otras preguntas, iniciamos nuestra investigación. En contra de las representaciones simplistas (generadas principalmente por los medios de comunicación) que construyen a Inflamable como un lugar habitado por personas que piensan y sienten lo tóxico de una única manera, el trabajo etnográfico que realizamos revela la presencia de una diversidad de visiones y creencias que coexisten.
¿De dónde viene la contaminación? En la visión de los vecinos, la polución está intrínsecamente relacionada con la corrupción en todos los niveles. Señalan que las plantas industriales (la refinería de Shell, la planta de coque, el incinerador de residuos peligrosos y otras plantas químicas y refinerías, pasadas y presentes) contaminan porque los funcionarios les permiten que lo hagan, y permiten que pase –ésta es la percepción general– “porque fueron coimeados”.
¿Cuán serios son los efectos de la contaminación? Es muy común señalar que hay “algo” en el aire, sin embargo hay menos certeza o conocimiento sobre la contaminación del suelo y el agua. Pero una cosa es lo que la gente sabe (o dice que sabe) y otra es cómo interpreta esta información. Una forma de pensar y vivir la contaminación es conocer su existencia, pero negar su seriedad. Los adultos en Inflamable usan sus propios cuerpos para sustentar esta creencia: después de todo, como dicen varios de ellos, “nunca tuvieron un problema de salud”. Otros expresan dudas en relación con los verdaderos efectos que tiene la contaminación porque, como lo indican, “ellos aún no lo saben” porque todavía no fueron “analizados”. Del petróleo, en el barrio se dice que contamina los cursos de agua; también se comenta que no hace tanto daño (el problema real no está en la refinería, pero sí en los almacenamientos de sustancias químicas); a la planta de coque se la ve como venenosa (tanto es así que, de acuerdo con muchos residentes, fue “prohibida” en Holanda) o inocua (porque es “hermética”); Shell misma es vista como “la planta más segura” o como “la peor de todas”. Con el plomo, las discrepancias toman una forma diferente. Ninguno de los habitantes niega que este metal es dañino, pero lo desplazan a un lugar un poco más lejano: no está en el barrio viejo sino en la villa, no está en sus cuerpos (o en los de sus hijos) sino en los de los habitantes de la zona más pobre del barrio (los verdaderos “villeros”). Aunque el estudio epidemiológico (JICA II) demostró que no es posible saber con precisión dónde hay más o menos casos de plomo, la mayoría de la gente con la que hablamos cree que el plomo es un problema de la villa, donde los chicos andan descalzos, no se lavan las manos y se bañan en agua sucia. Más que el ambiente mismo, las descuidadas madres son, según esta forma de pensar, las responsables de exponer a sus hijos al plomo.
En síntesis, la exposición crónica a los contaminantes genera una confusión e incertidumbre generalizada entre los habitantes de Inflamable. Este “no saber” se ha transformado en un largo, impotente e incierto tiempo de espera. Los habitantes esperan análisis que “verdaderamente” demuestren los efectos de la contaminación, esperan un “inminente” plan de relocalización estatal, esperan por la compensación que vendrá de un “gran” juicio contra una de las “poderosas compañías” que “nos permitirá mudarnos”. Esta espera es una de las principales formas en que los habitantes de Inflamable experimentan la sumisión a una realidad dañina que los sobrepasa.
¿Cómo es que en medio de este lento movimiento hacia el desastre tóxico, los habitantes de Inflamable se permiten dudar (o negar) los “hechos reales” de la contaminación industrial? La investigación clásica y actual claramente muestra que las fuentes de confusión no son individuales sino contextuales. En Inflamable, este contexto está caracterizado no solo por la pesada presencia de contaminantes sino también por una plétora de intervenciones prácticas y simbólicas generadas por un conjunto de actores interconectados. Nos referimos a funcionarios que ordenan análisis de sangre y luego los suspenden sin previo aviso; otros funcionarios que avivan rutinariamente el tema de la relocalización y luego lo postergan; las empresas del polo que dan fondos para el centro de salud local y afirman (a través de representantes autorizados) que el área “no es apta para la vida humana” y, con el mismo tono, que la conducta de los propios habitantes es la responsable de su envenenamiento (“ellos fuman dentro de sus casas, no se lavan las manos”) . También, los doctores del centro de salud que relativizan la existencia de enfermedades relacionadas con la contaminación (“lo que ves acá lo ves en cualquier área donde hay pobres” nos dijeron repetidamente), pero que admiten “hay algo raro acá” y les dicen a las madres de los chicos que, si quieren que se curen, deben “dejar el barrio”; los medios que cada tanto van al lugar, ponen el foco en los aspectos más extremos de la vida allí y luego presentan la noticia en el lenguaje periodístico autorizado (con la ayuda de expertos ocasionales) para enfatizar cuán improbable es la vida en ese “infierno” (como fue titulada una crónica de la vida en Inflamable). Y los abogados que frecuentemente van al barrio en busca de potenciales clientes, avivando las expectativas de los vulnerables habitantes que “tienen todo de su lado” y les aconsejan esperar por una “buena recompensa” (en muchos casos, imaginada en miles de dólares).
Tenemos pocas dudas respecto de que, al posponer una intervención integral en el polo petroquímico, se está perpetuando el sufrimiento de los habitantes de Inflamable. También tenemos pocas dudas respecto de que las pasadas y presentes emanaciones no controladas provenientes del polo petroquímico han contribuido sustancialmente a la forma en que se vive en este barrio. Ahora bien, las maneras en que los habitantes le dan sentido a su padecimiento están condicionadas (determinadas, en realidad) por las varias intervenciones materiales y discursivas (de maestros, médicos, abogados, personal de las empresas del polo, funcionarios, periodistas) que penetran en el hábitat de Inflamable.
Si bien el vínculo entre medio ambiente y salud es algo que está emergiendo como cuestión de interés público en la Argentina contemporánea, la grave desigualdad en la distribución de los riesgos y el sufrimiento de aquellos más vulnerables son rutinariamente desplazados de la agenda como problemas siempre “menos urgentes”. El objetivo más amplio de investigaciones como la nuestra debe ser procurar que la sociedad comience a tomar el sufrimiento ambiental como un tema de ocupación ciudadana. Sólo el no silencio social sobre estos sufrimientos puede llevar a la transformación de estas realidades. •
Publicada en TODAVÍA Nº 19. agosto de 2008
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Artista invitado
FÉLIX ELEÁZAR RODRÍGUEZ
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