Familia y comedia en el cine de Daniel Burman
por PABLO SUÁREZ crítico de cine
Las comedias dramáticas de Burman bucean con mordaz inteligencia en la construcción de la identidad, la pareja y la paternidad.
Cuando en sus inicios, hace ya más
de diez años, el joven cineasta argentino Daniel Burman
estrenó su ópera prima Un crisantemo estalla
en Cincoesquinas (1997), una inusual historia de amor y venganza
cargada con confusas metáforas y alegorías sostenidas
por una débil estructura dramática, era difícil
imaginar que su cine tomaría una dirección tan distinta.
Porque si bien su primer largometraje tenía un bienvenido
y muy saludablemente innovador diseño visual y de sonido
–una de las principales características del recién
nacido Nuevo Cine Argentino–, las limitaciones narrativas
eclipsaban sus indudables méritos formales.
Quizás hizo falta que pasaran tres
años para que con Esperando al Mesías (2000),
la historia de un joven de la colectividad judía que se
siente atrapado en un entorno hostil y en continua inestabilidad,
Burman diera un significativo cambio de rumbo. Aquí ya
comienza a explorar el tema de la construcción de la propia
identidad –tema medular en su posterior filmografía–
y es también el momento de la aparición del actor
Daniel Hendler como su actor fetiche. A la mirada introspectiva
de Burman sobre qué cosas hacen que uno sea quien es (y
no otro) se le suma su mirada documental sobre la idiosincrasia
de un sector del pueblo argentino. Esperando al Mesías es, también, la película donde da sus primeros pasos
en el arte de la comedia dramática desde una perspectiva
autoral.
Pero su siguiente realización, Todas las azafatas van
al cielo (2002), pierde ese gratificante tono de levedad
y trascendencia, esbozado en su película anterior, y si
bien hay una mirada entrañablemente humana en esta historia
de amor entre un viudo en pena y una azafata desencantada, sus
diálogos son demasiado ilustrativos y las transiciones
dramáticas un tanto bruscas, forzadas.
En otro marcado cambio de rumbo, solamente
dos años después, con El abrazo partido (2004), Burman logra esquivar con mucha habilidad sus desaciertos
previos y consigue una obra de un vigor y frescura completamente
inesperados. Aquí vuelve a explorar la construcción
de la propia identidad, pero también el tópico del
encierro interior es ya otro pilar central en su narrativa. El
abrazo partido narra la historia de Ariel (Daniel Hendler),
un joven judío, un adolescente tardío que vive en
el barrio del Once, en Buenos Aires. A la vez que narra esa historia
individual, Burman también descubre un puñado de
historias vinculadas sin armar nunca una historia coral. El
abrazo partido se trata, más bien, del retrato de
un personaje en busca de su identidad perdida, con el telón
de fondo de otras tantas historias de identidades en crisis en
la Argentina de hoy.
Pero, por sobre todo, El abrazo partido muestra una de las cualidades más valiosas y gratificantes
de Burman como autor: su habilidad para abordar cómodamente
cuestiones existenciales dentro del molde de una deliberadamente
liviana comedia dramática, con ecos de Woody Allen pero
también de Nani Moretti. No sería una exageración
decir que Burman abrió exitosamente un nuevo camino dentro
del llamado Nuevo Cine Argentino: el de la comedia dramática
mordaz, extremadamente inteligente, crítica y popular a
la vez. El abrazo partido significó un gran reconocimiento
internacional para Burman al recibir en el Festival de Berlín
2004 el premio Oso de Plata a la Mejor Película, mientras
que Daniel Hendler ganó el premio al Mejor Actor.
Derecho de familia, su anteúltimo
film, estrenado comercialmente en 2007, abrió la Sección
Panorama Especial del Festival de Berlín 2006 y compitió
en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata en el mismo
año, donde ganó numerosos premios. Esta vez, Burman
narra la historia de Perelman (Daniel Hendler), un joven abogado
que todavía no sabe muy bien quién va a ser cuando
sea grande. Se sabe de memoria los hábitos, gustos y rutina
laboral de su padre, también abogado, un hombre tan respetado
como respetuoso. Perelman hijo dice que no quiere parecerse a
su padre, seguir sus mismos pasos, pero cuanto más trata
de ser otro, más se parece a Perelman padre. ¿Cómo
se sale del encierro de ser hijo?
Derecho de familia no es sólo
la obra más madura de Burman, sino que también es
la última película de su tríptico sobre la
construcción de la propia identidad. En ella, retoma una
mirada documental sobre los pequeños detalles que hacen
a la vida cotidiana y los convierte en situaciones dramáticas
que destilan una profunda autenticidad. Hay un refinamiento narrativo
que no permite dar puntada sin hilo y sin embargo, a pesar de
ser una película pensada y calculada desde el primer cuadro
hasta el último, la sensación de espontaneidad y
naturalidad que emana es tan seductora como convincente. Y de
un modo asombrosamente inteligente, en Derecho de familia Burman aglutina gran parte de otros temas que ya venía
desarrollando –el miedo a asumir compromisos, la dificultad
de crecer, el sentimiento de inestabilidad casi constante, la
ausencia como experiencia fundante, el vacío existencial
en clave de comedia– y los expande dentro de otros universos
aún no explorados: la vida de pareja y la paternidad.
¿Qué te interesa tanto de la paternidad como tema?
Hay una frase de Truffaut, que leí después de hacer
la película, que me pareció increíble. Decía
que el momento más importante en la vida de un hombre es
cuando se da cuenta de que sus hijos son mucho más importantes
que sus padres. Y entonces pensé que esa idea era, básicamente,
la historia de Derecho de familia. En el momento en que
los hijos aparecen en tu vida, aparece la primera gran certeza:
mientras ellos crecen, nosotros nos acercamos a nuestro fin –ellos
también, pero aún no lo saben–. Salvo situaciones
excepcionales de enfermedad, la muerte es una variable más
o menos lejana. Pero una vez que tenés hijos, la proximidad
de tu muerte ya es una certeza. Eso significa mucho en el camino
de la búsqueda de nuestra identidad, que es, en gran medida,
la perspectiva que uno tiene sobre sí mismo. En El
abrazo partido había un padre ausente y una construcción
en ausencia de ese padre. También había una confrontación
entre esa construcción y el padre real, que le producía
al protagonista un conflicto de identidad. En Derecho de familia quise explorar la crisis de identidad generada por la llegada
de nuestros hijos.
El personaje de Sandra es el primer personaje femenino que tiene tanta relevancia…
Es que quería usar a Sandra para explorar el lenguaje del
matrimonio. El lenguaje del matrimonio es como un diccionario
de cada pareja que ninguna otra pareja puede leer. Paradójicamente,
las diferencias entre Perelman hijo y Sandra los ayudan a que
cada uno mantenga su camino. Entre ellos, se equilibran. Otra
cosa que me importaba, y mucho, es que Sandra no se involucrara
en el conflicto central del protagonista. En las parejas, muchas
veces, hay ciertos conflictos que no se comparten. Cada uno vive
su conflicto por separado, y no está mal. Uno solamente
puede acompañar al otro en su conflicto; si quiere
hacer más, termina causando un problema. No todo se comparte,
hay procesos que son íntimos.
¿Cómo decidís los criterios formales para cada película?
Al principio, uno cree que hay que tener un criterio para cada
aspecto de la película: un criterio fijo para la cámara,
otro criterio para el montaje, y así. Después, con
el correr de las películas, aprendés que el criterio
que debe primar es el de la narración. Y que los demás
criterios deben ser variables, no dogmáticos. En Derecho
de familia, la cámara tiene que ser cándida,
transparente y mucho más reflexiva que en El abrazo
partido, porque el conflicto se resuelve de otra manera.
Aquí no hay una rebeldía frente a lo que pasa. Hay,
en cambio, primero, una observación, y después una
reflexión sobre lo que pasa. Y finalmente, una conclusión.
La cámara tiene que respetar ese movimiento interno. Pero
también tenés la libertad de no usarla así
en determinada escena. Creo que nos sacamos el peso de tener un
dogma en función de una cuestión puramente estética,
y que, por sobre todo, lo que prima es la narración. Estoy
muy contento con el trabajo de cámara y de fotografía
porque permite de una manera transparente, sin filtros para el
espectador, tener un contacto profundo con la subjetividad misma
de la narración.
En términos narrativos, tanto en El abrazo partido como en Derecho de familia hay muchas cosas que no se explican, detalles o incluso datos importantes que se dan por sobreentendidos…
Yo soy un ferviente defensor del sobreentendido. No creo en tener que hablarlo todo. Creo que la palabra está sobrevalorada. Lo que uno dice no siempre expresa realmente lo que uno siente. Y en las relaciones de amor, en las relaciones familiares, muy pocas veces las dos cosas van de la mano. Muchas veces, los sobreentendidos pasan por sensaciones, por gestos del cuerpo, por silencios.
¿Cómo
preferís dirigir a tus actores?
A partir de El abrazo partido, mi forma de dirigir a
los actores cambió radicalmente. Ya no filmo ninguna situación
que no haya sido ensayada previamente con los textos exactos que
los actores ya leyeron y conocen. Porque hay situaciones que realmente
tienen mucho que ver con el actor. Situaciones que pueden funcionar
o que pueden ser un desastre. Hay textos que son tan delicados
y riesgosos que solamente un actor muy virtuoso puede lograrlos.
Con una buena dirección no es suficiente. Por eso los ensayos
son tan importantes. Si en los ensayos, aparte de lo ya pautado,
se genera algo espontáneo, entonces trato de rescatar eso
y de reproducirlo en el momento del rodaje. Hay muchas situaciones
muy divertidas que surgieron de los ensayos y que luego en la
película parecen espontáneas. Pero, en realidad,
es una espontaneidad lograda gracias a los ensayos.
Espontaneidad y un sentido del humor
propio y reconocible, y, a la vez, parecido al de Woody Allen
en su agudeza verbal, uso del cuerpo, ritmo...
Creo que, en general, la vida cotidiana es insoportable, la mayoría
de las situaciones que vivimos son insoportables. Pero hay una
multiplicidad de pequeños gestos en nuestro interior que
observamos en silencio; nos divierten de una manera silenciosa
y nos permiten sobrellevar la vida cotidiana. Yo creo mucho en
el humor silencioso de la vida cotidiana. El humor de las pequeñas
obsesiones, obsesiones que no compartimos, y que sirven para divertirnos
y alejarnos del aburrimiento. Las obsesiones que disfrutamos en
silencio.
Hablemos de El nido vacío, tu próxima película…
Trata, justamente, sobre la problemática de “el nido
vacío”. Durante el rodaje de Derecho de familia,
mirando a mi hijo, advertí que todo ese amor infinito,
y esa presencia absoluta que es un niño en tu vida, luego
será una ausencia y un abandono. Pronto, tu hijo aparece
con una señorita de la mano, y como si nada te va a avisar
que se va a vivir a Australia a salvar ballenas, o con una beca
Guggenheim, o a China a estudiar alguna carrera innecesaria. Es
ese momento, el del reencuentro del matrimonio luego de la partida
de nuestros hijos, lo que me interesó explorar esta vez.
¿Quién es el personaje central de El nido vacío?
El protagonista es un hombre que está viviendo un momento de su vida en el cual todavía no está “asumido”, y entonces vive con la lógica de otra etapa de su vida, obviamente una etapa anterior. Y por eso toda la visión de su realidad es completamente deforme. Concretamente, la historia narra el momento de la pareja en el cual sus hijos ya se fueron de la casa. Para la mujer, que gran parte de su vida estuvo paralizada, de alguna manera, por el mundo de la familia, éste es un momento de liberación. Para el hombre, es todo lo contrario. Esta nueva situación lo tiene totalmente desbordado y no se encuentra a sí mismo. Se está buscando, pero el ruido permanente de la situación le impide hacerlo. Como en toda crisis, busca un montón de excusas para no afrontarse a sí mismo, y precisamente acá es donde está el centro de la comedia. •
Revista TODAVÍA Nº 18 / abril de 2008
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ISSN 1666-5872
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