Aires de renovación
en la literatura boliviana
por EDMUNDO PAZ SOLDÁN escritor y profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell, Nueva York
De la solemnidad al desparpajo, la narrativa boliviana actual rompe con la tradición literaria centrada en el occidente andino para indagar sobre el desconcierto de la clase media urbana.
Corren aires de renovación en la narrativa boliviana. Una literatura anclada en la tradicional exploración de la problemática social del país está dando lugar a una literatura de temática más abierta en la que, muchas veces, lo principal parece ser el deseo de indagar en la intimidad del individuo. Una literatura que se ha enfocado sobre todo en la región andina está cambiando su eje de gravedad, dirigiendo sus pasos hacia la región oriental, donde el departamento de Santa Cruz ha emergido como un importante bastión de la actividad cultural. Una literatura en la que durante buena parte del siglo XX la mina y el campo fueron los paisajes centrales está ahora casi exclusivamente centrada en las ciudades.
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EDUARDO ESQUIVEL
País de arena IV
Óleo sobre tela |
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Sin duda, los escritores más importantes
de las últimas décadas son el legendario novelista
y poeta Jaime Sáenz (La Paz, 1921-1986), cuya obra comienza
a salir del país y a ser traducida (al inglés, italiano,
francés), y Jesús Urzagasti (Gran Chaco, 1941),
autor de novelas metaliterarias como Tirinea (1969),
o interesadas en capturar toda la complejidad de la sociedad boliviana
durante el período dictatorial, como En el país
del silencio (1987). Sin embargo, los críticos consideran
que la novela que da inicio al momento actual de la literatura
boliviana es Jonás y la ballena rosada (1987),
de Wolfango Montes Vanucci, un escritor de Santa Cruz afincado
en el Brasil. La grave solemnidad de la narrativa boliviana, que
se resquebraja un poco en la década del setenta, se hace
trizas en Jonás y da paso a la irreverencia, al
humor sin tapujos; el pudor a la hora de representar la sexualidad
es reemplazado por una descarnada y liberadora franqueza. Ganadora
del premio Casa de las Américas, la novela tiene como escenario
a Santa Cruz, polo dinámico del progreso en la Bolivia
contemporánea. Aparecen nuevos temas, como la presencia
del narcotráfico en la sociedad boliviana y la representación
de la problemática de la clase media urbana. Simbólicamente,
la novela muestra un desplazamiento importante: ya no es el mundo
rural de occidente el que nos revela la esencia de la identidad
nacional, como ocurre en buena parte de la narrativa de la primera
mitad del siglo XX, sino el mundo urbano, la pujante burguesía
del oriente.
A principios del siglo XXI se puede reconocer con claridad a un conjunto de escritores de Santa Cruz como los renovadores principales de las formas y los temas de una narrativa boliviana en la que ha dominado abrumadoramente la visión andina, occidental, del país. Aparte de Montes Vanucci, en este grupo se encuentran Homero Carvalho, Gary Daher y Giovanna Rivero. El hecho de que no todos hayan nacido en Santa Cruz (Carvalho es del Beni, Daher es de Cochabamba) es sintomático de la atracción que tiene dicha ciudad como foco migratorio principal del país. Con más de un millón de habitantes, una economía que contribuye a casi la mitad de los ingresos del tesoro nacional y un proyecto autonomista que desafía al gobierno central, Santa Cruz se ha convertido en un departamento que bien puede arrebatar el monopolio ejercido por La Paz a la hora de decidir los temas vitales para el país, entre ellos el debate acerca de las obras literarias que se consideran dignas de ser parte del canon nacional.
Otros autores contemporáneos importantes
son René de Recacoechea (La Paz, 1935), cuya American
Visa (1994) está encontrando amplia resonancia más
allá de las fronteras nacionales –ha sido traducida
al inglés, hebreo y ruso, se ha hecho una película
mexicano-boliviana basada en ella– al narrar las vicisitudes
de un profesor de escuela en su intento de conseguir una visa
para los Estados Unidos; Juan Claudio Lechín (Cochabamba,
1956), que, con La gula del picaflor (2004), una serie
de relatos sobre la seducción que va armando una novela
sobre el triunfo hueco de la conquista amorosa, consiguió
un logro notable para la literatura boliviana: ser finalista del
prestigioso premio de novela Rómulo Gallegos; Víctor
Hugo Viscarra (La Paz, 1958-2006), autor de cinco libros que exploran
el mundo del lumpen paceño desde diferentes perspectivas,
cuyo libro de memorias Borracho estaba pero me acuerdo (2003), publicado en España en 2006, es la mejor exploración
contemporánea del descenso a los infiernos del alcohol
y la vida marginal en la calle.
Mención aparte merecen Alison Spedding
y Emilio Martínez, autores que no nacieron en el país
pero han hecho de Bolivia su patria. Al provenir de otras tradiciones
literarias, su aparición en el panorama nacional ha enriquecido
a la literatura boliviana y ha ampliado los tradicionales registros
narrativos. Spedding es una escritora y antropóloga inglesa
nacida en 1962 que, después de publicar novelas en inglés
en el género de la fantasía, se mudó a Bolivia
en 1989 y comenzó a escribir en español. De
cuando en cuando Saturnina (2004) –una obra de ciencia
ficción con perspectiva feminista e indigenista, escrita
con mucho humor y una notable capacidad de exploración
lingüística (la autora mezcla libremente el español
con el inglés, el aymara, etc.)– es considerada por
algunos críticos la mejor novela boliviana contemporánea.
Por su parte, Emilio Martínez (1971), un poeta y cuentista
uruguayo nacionalizado boliviano, tiene, en libros como Noticias
de Burgundia (1999), textos que entrecruzan los universos
fantásticos de Borges y Cortázar con la irreverencia
y la brevedad casi aforística de Monterroso.
Todos estos libros marcan nuevos caminos para la narrativa nacional.
Si se puede hablar de estos autores como ya consolidados, la nueva generación –escritores nacidos en las décadas del setenta y el ochenta– ha iniciado su andadura con obras ambiciosas y prometedoras, con muchas perspectivas para colocar a Bolivia en un lugar más relevante en el panorama de la literatura latinoamericana. Aquí, se debe señalar a Rodrigo Hasbún (Cochabamba, 1981), Maximiliano Barrientos (Santa Cruz, 1979) y la antes mencionada Giovanna Rivero (Santa Cruz, 1972).
Giovanna Rivero ha escrito una novela y varios
libros de cuentos, entre los que se destacan Contraluna (2005) y Sangre dulce (2006). En sus cuentos no hay emociones
sutiles, tampoco quietas epifanías. Los personajes están
siempre poseídos por pasiones extremas y deambulan por
el mundo expresándose con fuerza: hay olores intensos y
la sangre nunca está muy lejos de la superficie. Más
que la ironía, abunda el sarcasmo, el humor negro. Puede
haber algún golpe de efecto al final, pero éste
nunca es gratuito. La mujer como un ser que no sólo ama
sino que es también capaz de desear con más fuerza
que los hombres es un tema hace rato presente en la literatura
latinoamericana. A la narrativa boliviana le ha costado liberarse
de sus represiones; le han faltado más voces como la de
Rivero. En su obra, el deseo se expresa en la pulsión sin
ambages de la carne. Esto le ha valido la crítica de algunos
que aceptan esas expresiones cuando se trata de un escritor, pero
las encuentran “chocarreras” si quien las escribe
es una mujer. Lo irónico de esta lectura tan tradicional
está asumido en la escritura de Rivero: ella sabe que esos
críticos están condenados a rechazarla. En la constante
lucha entre los sexos que aparece en su narrativa, la tibieza
masculina poco puede ante el exceso femenino. Los hombres y las
mujeres están destinados a desencontrarse: son más
las cosas que los separan que las que los unen. No es que no quieran
entenderse: lo que ocurre es que no pueden.
Hasbún y Barrientos son escritores
de temática similar que, pese a lo corto de su obra, ya
han llamado la atención de críticos y editores más
allá de las fronteras bolivianas. Hasbún ha sido
escogido para formar parte del encuentro de escritores latinoamearicanos
Bogotá 39 como uno de los más representativos de
la nueva generación; Barrientos publicará pronto
sus dos libros, ya editados en Bolivia, en la prestigiosa editorial
española Periférica. Hasbún y Barrientos
se enfocan en la intimidad de los personajes; a veces, como en
el caso de Hasbún en su libro de cuentos Cinco (2006), esta exploración llega a radicalizarse y el paisaje
urbano desaparece: no hay ninguna mención que haga reconocible
que los personajes se encuentran en alguna ciudad de Bolivia;
en Barrientos, el tema de la ruptura de los ideales de la juventud,
de la desilusión al llegar a la temprana edad madura, que
predomina en Los daños (2006) y Hoteles (2007), suele ocurrir en el interior de la clase media de Santa
Cruz. En ambos autores hay un constante diálogo con la
cultura audiovisual (en Barrientos, esto aparece en la misma forma
que toman algunos de sus cuentos; Hasbún ha realizado guiones
cinematográficos).
En escritores como Rivero, Hasbún y Barrientos no aparece de manera frontal la profunda crisis sociopolítica que vive actualmente Bolivia. El quiebre del modelo neoliberal, el ascenso del neopopulismo de la mano de Evo Morales y el surgimiento de modelos autonómicos contestatarios al centralismo del Estado nacional no tienen su correlato en cuentos o novelas que sitúen al individuo en ese traumático escenario histórico. Quizás esto se deba al hecho de que la narrativa boliviana –sobre todo, la novela– se ha hallado, prácticamente desde el siglo XIX, esclavizada a narrar la problemática nacional en clave sociológica y antropológica; la tradición, cuando se convierte en obligación, es una carga de la que estos escritores buscarían liberarse, consciente o inconscientemente. Por otro lado, también podría aventurarse otro argumento: si bien en la mayoría de los textos de estos escritores no hay un fondo histórico reconocible, lo que sí aparece en sus novelas y cuentos es la dislocación, la sensación de incertidumbre, la confusión de la clase media boliviana ante el panorama social. Así, de manera indirecta, al bucear en el aprendizaje hacia nuevas sensibilidades, estos escritores estarían narrando la crisis social y política. Si la novela, como quería Balzac, es la vida privada de las naciones, entonces la obra de estos narradores es la intimidad de una crisis que aparece cotidianamente en los periódicos.
Hay libertad temática y formal; hay mucho talento e imaginación. Con un poco de suerte y una mejor infraestructura para apoyar la difusión de las obras y de los escritores, la narrativa boliviana dará el salto que anuncia hace un buen rato, para hacerse, con todos los merecimientos, más conocida de lo que es en el vigoroso escenario presente de la literatura latinoamericana. •
Revista TODAVÍA Nº 18 / Abril de 2008
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