¿Qué hubiera pasado
si las
vanguardias triunfaban?
por SERGIO WOLF crítico y realizador
cinematográfico
En los inicios, los movimientos vanguardistas
consideraron al cine como un terreno para la experimentación,
la poesía y la abstracción. Y aunque la industria
impuso sus fórmulas y leyes, aquellas propuestas siguen hoy
vigentes cada vez que se quiere repensar las potencialidades de
este modo de expresión.

La edad de oro, Luis Buñuel,
1929 |
Según el relato fundacional, en los inicios del cine dos
caminos se superponían y bifurcaban al mismo tiempo: uno,
el del registro de lo real, representado por las películas
del inventor Louis Lumière y su hermano Auguste; el otro,
ocupado en materializar ficciones en base a trucos realizados en
un decorado único y móvil, que tuvo como baluarte
al prestidigitador Georges Méliès. De tan repetido,
ese relato empezó a resquebrajarse, pero permitió
ver con nitidez que una de las líneas (la de la ficción
o el ilusionismo) había eclipsado a la otra (la del registro
de lo real, heredera de la fotografía), relegándola
a una zona siempre marginal, a los arrabales del cine. A esa línea
le esperaba un arduo recorrido: fue registro documental de la vida
urbana y noticiario de actualidades para recién volver a
aparecer en el terreno de la ficción con el cine de posguerra.
Esa primera derrota, que habitualmente se considera –aunque
apresuradamente– como la victoria de lo ficcional sobre lo
documental, se puede ejemplificar a través de las historias
de los que creyeron que el registro de lo real le pertenecía
al cine por derecho propio. Muchos de ellos terminaron por convertir
–por motivos y con consecuencias hasta opuestas– sus
propias vidas en catástrofes. Esto es lo que ocurrió,
por ejemplo, con el ruso Dziga Vertov luego de El hombre de
la cámara (1928), que había plasmado la idea
del gran ojo que todo lo ve, no muy propicia para tiempos de realpolitik.
Otros se volvieron errantes, como ese viajero sin patria llamado
Joris Ivens, que pasó de la intuición poética
en estado puro en Lluvia (1929) al registro de denuncia
de las condiciones de trabajo subhumanas, en Borinage (1932).
Se fue consolidando, entonces, la idea del cine como institución
que pensaba al lenguaje cinematográfico como un sistema de
convenciones y se movía entre géneros estrictos e
imponía fórmulas y leyes. El teórico Noël
Burch, en su excepcional ensayo El tragaluz del infinito (1948),
combatió visceralmente esa tendencia. Por razones políticas
y estéticas, explica, el cine se orientó hacia la
narración clásica y desechó gran parte de las
primeras experiencias que, en realidad, no buscaban reglas sino
libertad para descubrir las potencialidades del nuevo artilugio.
La vanguardia: oráculo y reservorio
Es necesario tener en cuenta que aquel momento pionero de interrogación
sobre lo que el cine podía llegar a ser fue también
el de la alianza entre las vanguardias artísticas y la imagen
cinematográfica. Los movimientos iniciales buscaron que el
cine dialogara con las otras formas del arte y no comulgaron con
la idea de convertirlo solo en esa máquina de contar historias
que iba perfeccionando Hollywood. Para ellos no se trataba de normativizar sino de desestabilizar al cine, de inventarle un lugar
que era todos los lugares. Da la sensación de que aquel que
se acercaba al cine –desde cualquier campo– lo hacía
para preguntarse qué era ese invento, cuyas potencialidades
había que explorar. Así, el cine era el todo posible,
magma y caos, big bang, lo diverso y lo informe. Era infinito,
era Der absolute film, como se llamó el programa
de cortometrajes que pensaron el cine como territorio para la pura
abstracción, con las películas de Hans Richter, Fernand
Léger o Man Ray. El cine concebido como intermediario del
sueño, por ejemplo, en las experiencias surrealistas de Un
perro andaluz (1928) o La edad de oro (1930), ambas
de Luis Buñuel. O bien, el cine como el invento más
perfecto que se haya creado para hacer poesía, en La sangre de un poeta (1931), de la que su director, Jean
Cocteau, destacaba la relación particular entre el sonido
y la imagen, plasmada en una simultaneidad accidental.
Y será, precisamente, la idea de “accidente”
o “azar” la que la industria buscará regular,
para neutralizar esa especie de mirada erótica que caracterizó
a las desmesuradas experiencias de las primeras vanguardias. Domesticar
el azar, impedir que lo raro se vuelva habitual y lo anómalo,
frecuente, ésa fue la búsqueda. Para ello, a la cancelación
de lo real, a la imposición de leyes y códigos a los
géneros de la narración, se va a sumar un nuevo elemento:
el público. Nadie hasta ese entonces pensaba en espectadores
que debieran entender, sino solo en aquello que el aparato podía
capturar o generar, nunca en que ese resultado podía ser
una mercancía. Y el espacio de consumo fue el golpe letal.
Así, se pasó de lo pequeño a lo gigantesco,
del minúsculo espectáculo de feria donde abandonarse
a las sorpresas que se proyectaran, al Nickelodeon, donde
los asistentes ya le pedían algo al cine: diversión;
y de allí, a las salas llamadas “grandes palacios”
que ofertaban espectáculos bigger than life. Por
lo tanto, aunque las coyunturas políticas de los años
treinta incidieron decisivamente en la extinción o dispersión
de esas búsquedas, no se les debe restar responsabilidad
a las normas que impuso la industria del cine. La famosa anécdota
del juicio sumario de los surrealistas a Buñuel por haber
tenido éxito con sus films iniciales parece ejemplificar
esta idea, aunque lo hayan hecho a través de una farsa.
También existe otro relato habitual que señala que
las vanguardias están condenadas a ser efímeras y
que su fugacidad les impide transformar el estado de cosas contra
el cual nacieron. El paso de los años y el momento actual
del cine parecen haberse aliado para que todos repitan esa leyenda
como verdadera. Pero la historia del cine no avanza en línea
recta, sino en zigzag, oblicuamente. Aunque (casi) ninguna vanguardia
haya prevalecido, los cambios pretendidamente mínimos que
propusieron se agigantan con el tiempo, y los cineastas vuelven
sobre esos procedimientos a intervalos que no superan los veinte
años. Por ejemplo, Jean Renoir volvió a ciertas lentes
que habían dejado de usarse, la Nouvelle Vague retomó
en los años cincuenta ciertos recursos visuales adoptados
durante los años treinta, los cineastas de los noventa recuperaron
muchos de los hallazgos de los de los años setenta. Por lo
tanto, no es necesario pensar en qué se hubiera convertido
el cine si no hubiera caído en las telarañas de la
industria del entretenimiento, si hubiera permanecido en el campo
de los artesanos con sus pequeños instrumentos, a la manera
de los escritores en sus estudios o los actores en sus teatritos
independientes; lo que imaginaron aquellos vanguardistas no quedó
en el terreno de la teoría.
Por otro lado, la búsqueda del registro de lo real a la que
nos referimos al comienzo, se tomó revancha ya que hoy en
día esta línea avanza de manera voraz sobre la ficción,
contaminándola, obligándola a acercarse si quiere
ser verosímil. Podemos imaginar que aquel sueño de
Dziga Vertov, de las personas dispersas por todos los sitios y con
una cámara portátil en la mano, es algo que ya existe,
solo que no ocurrió exactamente como él lo había
imaginado: el soñado espíritu alerta para lo social
mutó en hedonismo individual.
Tal vez el verdadero triunfo de las vanguardias consiste precisamente
en que son los oráculos a los que se recurre cuando se ha
perdido el rumbo, o el reservorio con el que cuentan los cineastas
cuando deciden volver a pensarse como investigadores –Raúl
Ruiz, David Lynch– y descubren que las palabras “óptico”
y “tópico” tienen las mismas letras pero en otro
orden y con otras consecuencias. Las vanguardias son también
la reserva ecológica de las imágenes y los sonidos,
un lugar donde todavía habitan las preguntas y los ensayos.
El cine sigue siendo sueño, intervalos entre parpadeos como
querían Buñuel y Dalí, pero también
es hipnosis y sonambulismo –como en las películas de
Werner Herzog en las que recupera a Jacques Tourneur– y, en
suma, un estado de onírica vigilia poblado por un ejército
de camarógrafos al acecho. El documentalista Harun Farocki,
en su libro Crítica de la mirada, se pregunta por
qué el cine comenzó cuando los hermanos Louis y Auguste
Lumière filmaron a los obreros saliendo de la fábrica
y después nunca volvió a filmarlos, dejando un lugar
vacante que fue ocupado por las cámaras de seguridad y vigilancia.
Tal vez se trate de volver a mirar esas maravillas que todavía
encandilan y que siguen vivas porque siguen diciendo que hay un
futuro. •
Publicada en TODAVÍA Nº 17. Agosto de 2007
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