
KARIN GODNIC
Zócalo, 2006
Acrílico sobre tela |
En el principio era el Centro, y la nación mexicana estaba
desordenada y casi vacía, y la presencia del Centro en la
ciudad de México obligó a la creación de los
alrededores (que se llamaron Provincia) y de los sitios lejanos,
que requirieron de la compra del espacio a otros planetas o regiones,
y todos supieron que el Centro lo era, no en virtud de su ubicación,
sino por probar desde el inicio el axioma imperial: lo central no
depende de la existencia de lo secundario, lo central no requiere
de alrededores.
Allí están los testimonios, las versiones, las recreaciones.
Desde su génesis, o desde el apocalipsis que casi la inaugura
el día de la caída de la Gran Tenochtitlán,
el 13 de agosto de 1521, la ciudad de México ha dispuesto
de cantores y de profetas aciagos, de prologuistas de sus virtudes
y de transcriptores de sus bríos agónicos. Mucho antes
de La región más transparente (1958) de Carlos
Fuentes, cronistas y narradores localizan en la ciudad al cuerpo
formidable, distinto por entero a la suma mecánica de escenarios,
situaciones y existencias, y cada uno a su modo, cada uno incorporando
en alguna medida lo dicho por el anterior, instalan un determinismo
ni teológico ni económico, simplemente urbano: es
la traza la que forja a la sociedad, es la desmesura de la ciudad
capital la responsable de la psicología diferente o, si se
quiere, del ánimo enlazado de quienes, desde el siglo XVI,
se consideran habitando la desmesura. El cazador cazado: la condición
de ciudad utópica (de aztecas, españoles, criollos,
mestizos) desemboca en el pragmatismo de la ciudad agónica
gracias al determinismo.
El centralismo –de que tanto se acusa a la capital–
es también su atractivo irresistible. Así, y por ejemplo,
¿cómo no preferir el único ámbito donde
son posibles las variantes legítimas de la diversión,
para ya no hablar de las variantes inconvenientes?
Divertirse pese a la censura eclesiástica, el racismo, la
represión de clase, las plagas, la incertidumbre, la violencia,
los demonios del desempleo, el hacinamiento. Divertirse con el sentimiento
de culpa a raya, en las buenas y en las malas, en las reyertas y
en las bodas, en los velorios y en los festejos de los poderosos.
Divertirse porque el relajo (el relajamiento) y el reventón
(la fiesta sin sosiego) le son consubstanciales a la ciudad que
a golpes demográficos deshace todos los controles, y en la
que, por ejemplo, en el mismísimo y fúnebre siglo
XVII, tienen lugar los primeros raves (la vivencia de la autoridad
como desarreglo de los sentidos) en ocasión de la llegada
de los nuevos virreyes y los obispos.
La multiplicación de los panes,
los peces y los parientes
¿Qué propone una ciudad? ¿Cuáles son
sus misterios, sus escondrijos, sus paraísos subterráneos?
¿Y cuáles los dispositivos para el deleite a bajo
precio? Si a toda ciudad la caracteriza el juego entre ofrecimientos
y negaciones (entre aperturas y cerrazones), a la capital de la
República Mexicana, con sus catorce o quince millones de
habitantes que el Valle del Anáhuac eleva hasta veintidós
o veinticuatro, la distingue el cúmulo de ofertas y de dificultades
para su aprovechamiento. Así, la ciudad de México
es un comedero omnipresente, es el bebedero interminable, es la
danza del subempleo alrededor de los semáforos, es el frotadero
de almas en el vagón del Metro (los cuerpos ya no cupieron),
es el depósito histórico de olores y sinsabores, es
la primera comunión meses antes de la boda de los padres
del niño, es el anhelo de un cuarto propio, es la unidad
nacional en torno a la telenovela de moda, es el santiguarse de
los taxistas al paso de los templos, es la incursión jubilosa
y amedrentada en la vida nocturna, es la demanda de la tipicidad
que aún sobrevive, es el alud de franquicias que subrayan
la falsa y asombrosa semejanza con cualquier ciudad norteamericana.
Todo lo anterior se multiplica en América Latina, y corresponde
a lo que, con fines de ubicación fatalista, aún se
llama “Tercer Mundo”. Lo singular, lo que en el caso
de la ciudad de México desafía las previsiones, es
la sensación de multitud al acecho (dentro de uno mismo incluso),
que transforma las predicciones ominosas en paisajes inevitables.
A la velocidad de la luz no se observa bien lo dispuesto a la intimidad,
y a la velocidad de la explosión demográfica menos.
Todavía, y pese a las quejas sobre la pérdida de la
identidad, la ciudad de México retiene su método excepcional
para integrar y subrayar diferencias y semejanzas. Admí-tase
para empezar que la unidad posible proviene de la lejanía
de la regimentación. ¿Qué orden se concibe
para una ciudad de cinco millones de automóviles, niveles
altísimos de contaminación, destrucción minuciosa
de los ecosistemas, demanda urgente de tres o cuatro millones de
viviendas? ¿Qué orden reconocen los casi seis millones
de personas que a diario transporta el Metro, los cientos de miles
de desempleados, las legiones de la economía subterránea?
Si todo se mide por millones, el individualismo verdadero es la
aguja en el pajar. Si el Distrito Federal jamás alcanzará
la armonía, es mejor dejarle su control al azar, o como quiera
llamárseles a las disciplinas imprevistas de los conjuntos.
Las más de las veces, el orden en la ciudad de México
es el resultado de la imposibilidad de que se advierta el desorden.
La megalópolis es proteica a la fuerza, pero en lo disparatado
de su desarrollo arquitectónico, en la fealdad de las construcciones
autogestionarias, en los kilómetros y kilómetros que
se recorren sin tropezar con estímulos visuales, se halla
el gran elemento en común: la belleza (recordada o idealizada)
que se desprende de la ausencia de propósitos estéticos.
Y si gran parte del carácter homogéneo de la ciudad
se deriva de la resignación, de la prisa por habitar en donde
sea, de la escasez abrumadora de recursos, todavía hay lugar
para lo inesperado, para la buena fortuna de la mirada errante.
¿Por qué llegan, por qué no se van?
Desde 1920, o la fecha que les convenga a los inicios de la estabilidad,
el vértigo de la ciudad de México no ha sido en beneficio
de la convivencia, sino del aprovechamiento financiero y comercial,
y de la elevación de la sobrevivencia a los altares. La industria,
sin vigilancia alguna ni respeto por los ecosistemas, crece con
prisa salvaje y las oleadas de inmigrantes se acomodan donde pueden.
Y a esta desmesura la subsidia el resto del país, que se
priva de muchísimo mientras se prodigan las obras públicas
de la capital: agua, pavimentación, energía eléctrica,
transporte. Y, llover sobre mojado, este crecimiento intensifica
aún más el abandono de las zonas rurales. Los años
pasan y las causas del éxodo de las regiones son las mismas:
el desastre de la reforma agraria, la monotonía sin salidas,
el caciquismo, la miseria que devora raíces, el alcoholismo,
las vendettas familiares, los pleitos mortales de los medios
reducidos.
En la capital, las colonias populares se multiplican, los empresarios
exigen concesiones y ventajas, el Estado, ansioso del desarrollo
que es sinónimo de la estabilidad, no pone obstáculos,
y la ciudad se expande sin término. ¿Y qué
caso tienen las medidas preventivas? La capital es el sitio para
los ambiciosos, los desesperados, los ansiosos de libertad para
sus costumbres heterodoxas o sus experimentos artísticos.
En el país aún se vive una cultura represiva, la del
tradicionalismo que espía al vecino y acecha en su propia
recámara. En la capital, por lo menos, lo que hagan los vecinos
no importa porque los vecinos son demasiados, cambian su domicilio
con frecuencia, y no es fácil retener sus facciones, ya no
se diga su comportamiento. La libertad, dígase lo que se
diga, viene en gran parte del peso de la demografía.
En la fiesta y en el crecimiento salvaje
se conoce a los amigos y los obituarios
Noticias de julio de 2007: el agotamiento
de los mantos freáticos, se intensifican las grandes fugas
en el sistema de aprovisionamiento del agua, los delitos prosiguen
con su cortejo de miedos y peticiones de mano dura, conseguir empleo
es ya una variante de la búsqueda del Santo Grial, los embotellamientos
o atascos son ya parte de la vida sentimental y educativa de los
cientos de miles o millones de automovilistas... Por doquier, signos
de lo más temible: la Ciudad de México ya tocó
su techo histórico, no puede ir más allá, el
Ángel de la Muerte se convierte en el Ángel del Desempleo,
el que consiga un departamento barato, que contrate a un especialista
en milagros para que nunca le falte el agua...
Coro de lugares
comunes que se consideran “vivencias”
-Es la ciudad más grande del mundo.
-Esta ciudad ya tocó su techo histórico.
-Aquí ni siquiera dan ganas de rezar. Ni el Señor
distingue entre tanta gente.
-Soñé que iba solo en un vagón de Metro, y
nadie empujaba, ni me vendían nada, ni contaban estupideces.
Desperté angustiadísimo de la pesadilla.
-La ciudad crece en dirección opuesta a la autoestima de
sus habitantes.
-Dos horas en ir del trabajo a mi casa y no fue el peor embotellamiento
que me ha tocado. Con razón ya perdimos el hábito
de la prisa.
-Hay tanta gente que ya se acabaron los rostros familiares.
Identificación a manera de
pórtico
En los veinte años, para poner una fecha, las transformaciones
de la Ciudad de México han sido tantas y tan extraordinarias
que muchas incluso pasan inadvertidas. Así, con y sin paradojas,
proceden las costumbres en épocas sin movilidad social. Sitiada
por las novedades, la ciudad adopta ritmos distintos de libertades,
de aperturas, de madurez crítica, por eso, adelantándose
a la lentitud y la torpeza de los gobiernos y los partidos políticos,
obliga a los cambios a través de la persistencia.
¿Es acaso posible fijar el vértigo? El que se proponga
fijar con precisión las transformaciones, irá siempre
a la zaga. Esto parecería inexacto si, por ejemplo, se observa
el discurso de la sexología, la franqueza antes inconcebible
en el cine, el teatro, y las publicaciones, las novedades en televisión
(Cable), etcétera. Sin embargo, todavía lo que se
vive es distinto al modo en que se le valora en público.
En tanto armazón declarativo, la sociedad va detrás
de su propio desarrollo, y esto explica en las encuestas a la mayoría
que se declara “virtuosa a la antigua” y a los que se
ofenden por “la falta de respeto a la tradición”,
sin reconocer lo obvio: si se observa la suma de sus acciones, la
Ciudad de México es ya post-tradicional. No en todo, sí
en muchísimo.*
*Por sociedad post-tradicional entiendo la que no ajusta sus procedimientos
cotidianos a lo que se espera en obediencia a su trayectoria, sino
a lo que determinan las exigencias duales, las de la modernidad
crítica y las de la sobrevivencia.
Publicada en TODAVÍA Nº 17. Agosto de 2007
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