¿Existe la música latinoamericana?
por JUAN PABLO GONZÁLEZ musicólogo
del Instituto de Música de la Pontificia Universidad Católica
de Chile
La idea de una música latinoamericana
se consolidó paradójicamente en París. La industria
discográfica facilitó ese proceso, adaptando los repertorios
tradicionales al formato del disco y de la audiencia radial.

SILVIA GURFEIN
Metafísico surrealista, 2006
Óleo sobre tela, instalación modular |
Concebir la música latinoamericana como un campo artístico
integrado, donde se articule la unidad desde la variedad cultural
que nos rodea, parece una tarea compleja. En especial, en un continente
donde resultan más evidentes los aspectos que nos separan
que los que nos unen. Tal vez, el único contacto del grueso
de la población con las otras naciones de la región
se dé a través del fútbol, que no es precisamente
fuente de integración, aunque de la Copa América se
trate.
Afortunadamente, la música también propicia el conocimiento
mutuo a través del baile, que es un campo privilegiado para
el contacto cultural entre los pueblos. En efecto, los cubanos no
han tenido inconveniente en bailar tango, ni los mexicanos en bailar
cumbia o los argentinos chachachá. Más aún,
ha sido bailando la música de nuestros vecinos como hemos
conocido algo de ellos, en un aprendizaje realizado desde el oído
y el cuerpo.
Un poco de historia
En los comienzos, la integración política y económica
de la América colonial, por un lado, y la alianza estratégica
de los nacientes países americanos, por el otro, favorecieron
la circulación de géneros musicales de regiones vecinas.
Gracias a los desplazamientos del Ejército Libertador por
el Cono Sur, con sus bandas de músicos negros y criollos
mendocinos uniformados a la turca, llegó a Chile una variedad
de géneros rioplatenses. Eran bailes de salón folklorizados
durante las primeras décadas del siglo XIX que dieron origen
al cuándo, el cielito, el pericón y la sajuriana.
Más tarde, el Ejército del General San Martín
regresó al sur tras la gesta libertadora del Perú
y trajo consigo la zamacueca, matriz de las cuecas chilena, cuyana
y boliviana, y de la zamba argentina.
Debió pasar un siglo para que los límites geopolíticos
se fueran aquietando y se produjera una nueva circulación
de géneros musicales por el vecindario, ahora con la ayuda
de tres nuevos mediadores: el disco, la radio y el cine. Es así
como, desde fines de los años veinte, música mexicana,
cubana, brasileña y argentina comenzó a circular con
fuerza por el continente. A través de la música, entró
en nuestros cuerpos el sentir de otros pueblos de la región.
Hemos puesto en acción ese sentir mediante la vivencia íntima
del baile, es allí donde hemos podido ser latinoamericanos.
La patria grande
Sin duda, los habitantes del Río de la Plata tocaban y bailaban
la música del Caribe con menos flexibilidad que los caribeños
que, a su vez, bailaban tango con menos prestancia que los rioplatenses.
De todas maneras, al hacer suyas las expresiones musicales y coreográficas
de sus vecinos, ambos pueblos contribuían a la mentada integración
latinoamericana.
En esta apropiación estaban en juego géneros urbanos,
recogidos, modificados y difundidos por una industria musical que
se transformaba con rapidez en uno de los negocios más lucrativos
del comercio internacional. Sin embargo, todavía nos faltaba
conocer la música de recónditos parajes, ligada a
pueblos milenarios, a complejos procesos de mestizaje, y a ocasiones
y funciones ajenas a las impuestas por la modernidad.
Durante la década de 1940, en varios países de América
Latina aparecieron recopiladores, folkloristas e intérpretes
que abrevaban en una música al margen de la modernidad. Esto
constituyó el punto de partida de un nuevo referente musical
y cultural que al cabo de los años comenzaría a llamarse,
justamente, música latinoamericana.
A diferencia del baile y la canción urbanos, el cancionero
folklórico había viajado poco por el continente. Sin
embargo, las cosas cambiarían a partir de los años
cincuenta. Con el desarrollo urbano e industrial, aumentaba el flujo
migratorio hacia las grandes urbes. De este modo, junto con la llegada
a la ciudad de sujetos portadores de tradiciones folklóricas,
surgía un mercado potencial de público del interior,
que la industria discográfica y radial no tardó en
explotar. Géneros y prácticas interpretativas tradicionales
fueron adaptados al formato que la industria musical venía
usando desde hacía más de tres décadas: el
disco y el auditorio radial.
Es así como se facilitó la circulación de nuestros
géneros folklóricos por América Latina y Europa,
siempre mediados por la industria. Esto necesariamente implicaba
que se los adaptara a los parámetros de la canción
popular moderna. De todos modos, el folklore impuso sus propias
reglas e instaló la figura del cantautor en el centro de
la atención. A fines de los años cincuenta, un joven
chileno con una guitarra, por ejemplo, podía interpretar
un repertorio geográficamente bastante amplio, demostrando
capacidad en la absorción e interpretación de ritmos
diversos. Sin embargo, todavía era necesario que músicos
de distintas regiones del continente se conocieran personalmente
e intercambiaran en forma directa sus instrumentos, repertorios
y vivencias de la música que habitaba en sus corazones. Este
hecho, como algunos otros que afectaron el desarrollo de nuestra
cultura, sucedió en París.
Nuevamente París
En los cincuenta, Francia comenzaba a ser el destino de algunos
músicos exiliados, en especial paraguayos y venezolanos,
y también de otros, que orientaban sus giras europeas hacia
la ciudad que se percibía aún como el centro del mundo.
Ya no era el tango o el jazz lo que llegaba a París buscando
grandes salas de baile y elegantes cabarets, ahora se trataba de
una música humilde, pero no por eso menos expresiva, para
la que bastaba un cantor con su guitarra o un pequeño grupo
con guitarra, bombo y quena. Sus conciertos resultaban ideales para
las pequeñas y económicas boîtes de nuit que abundaban en el barrio latino de París,
como L’Escale y La Candelaria.
La propia tradición musical francesa, con cantautores como
Jacques Brel y Georges Brassens, constituía una fértil
base para la recepción de cantautores extranjeros. Atahualpa
Yupanqui fue el primer latinoamericano en impactar con sus conciertos
de 1950 en distintas salas de París y con sus grabaciones
para el sello Chant du Monde. Es así como supo de la existencia
de Atahualpa un joven cantautor español de familia republicana,
Paco Ibáñez, que vivía su exilio en el París
de esos años. Con su presencia en las boîtes del barrio
latino y su amistad con los artistas e intelectuales españoles
y latinoamericanos de paso por París, Ibáñez
constituyó un punto de referencia importante para consolidar,
si no un movimiento, al menos el campo de lo que sería la música latinoamericana en Europa.
Cuatro años después de la incursión de Atahualpa
Yupanqui en París, llega Violeta Parra, quien estaba haciendo
una gira por Europa. La folklorista permanecería hasta 1956
en la Ciudad Luz, para luego regresar en 1961 y quedarse hasta 1964.
También ella graba para Chant du Monde, se incorpora a la
red de músicos y artistas a la que pertenecía Paco
Ibáñez, y conoce a varios músicos latinoamericanos
que enriquecen su repertorio y le hacen descubrir nuevos instrumentos.
Entre los músicos que transitaban por el París de
mediados de los cincuenta se encuentran Luis Alberto del Paraná
y Los Paraguayos, que difundían su música en Europa;
Los Calchakis, grupo creado por músicos argentinos y chilenos
en Francia y amadrinados por la propia Violeta Parra; Los Machucambos,
integrado por músicos españoles y latinoamericanos,
que se convirtió en la referencia discográfica principal
de esta música en Europa a fines de los cincuenta; y Los
Incas, un grupo de música andina que grabaría en 1963
la versión de “El cóndor pasa” popularizada
por Simon&Garfunkel en su LP de 1970 Bridge over Troubled
Water.
Para el europeo, la música andina constituía el referente
principal de América Latina, pues manifestaba los hilos comunes
de una cultura que había sobrevivido, a través del
mestizaje, a la dominación que la propia Europa le había
impuesto. La mayor parte de América del Sur confluía
en la zona andina, y con una guitarra, un bombo y una quena se podía
tocar una infinidad de temas musicales andinos. Con esta base, era
posible presentar “la música de América Latina”
a un auditorio culto pero desconocedor de nuestras tradiciones,
con recursos económicos, e interesado en solidarizar con
un continente en dificultades. Esto se sumaba a la política
de acercamiento a América Latina sustentada por el gobierno
de Charles de Gaulle a mediados de los sesenta, como parte de su
estrategia de inserción internacional y de alejamiento de
los Estados Unidos.
La música latinoamericana comenzaba a ser una realidad, en
la medida en que los propios latinoamericanos nos conocíamos
–aunque fuera en París–, y que en nuestra región
soplaban aires de independencia política y cultural que fortalecían
una identidad cohesionada. Esta música anunciaba un futuro
de integración regional que sucumbió finalmente ante
un presente de globalización: hoy día, música
latinoamericana es una sección más del amplio
catálogo de la world music, y una cantera a la que
el rock y el jazz echan mano cuando se sienten agotados.
Sin embargo, América sigue cantando. No importa que estas
canciones no aparezcan en el show de las 10 de la noche, pues el
canto es como la vida misma: brota en los rincones más inesperados,
se desarrolla, crece y, cuando parece que se ha extinguido, brota
de nuevo y nos espera. •
Publicada en TODAVÍA Nº 7. Abril de 2004
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