Tal vez porque encarna una imagen tan
típica de Buenos Aires, tan presente en su escenografía
–sea ésta real o soñada– que
se vuelve irremediablemente cliché, postal turística,
estereotipo visual de lo “porteño”
para el extranjero. O porque intentar capturar el sentimiento,
la emoción y la pericia del movimiento es una
atracción irresistible, fotografiar el tango
bailado puede resultar una experiencia tan delicada
como seductora.
Carlos Furman se dedica a la fotografía
teatral desde hace más de veinte años
y se lanzó a esos territorios íntimos
y secretos que son las milongas y los salones de baile
movido por los mismos desafíos que le impone
la ficción sobre el escenario: apresar ese instante
fugaz, aquel gesto seductor, la comunión de los
cuerpos en penumbras.
Y conectarse con una sensación más primitiva
de la fotografía: dejarse llevar por los impulsos
y la intuición. Hay en sus imágenes, inevitablemente,
un componente “teatral” en el uso de los
claroscuros, en los cuerpos que se encuentran y desencuentran.
Pero, también, en el hallazgo
de una figura, un gesto o un instante de intimidad,
cuando el tango se desnuda del movimiento.
PABLO LETTIERI periodista
Publicada en TODAVÍA Nº 17. Agosto de 2007