Bogotá: entre el caos y la creación
por JESÚS MARTÍN-BARBERO
Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Universidad Javeriana,
Colombia
El proyecto Formar Ciudad ha tornado visible Bogotá para sus habitantes mediante estrategias
comunicativas callejeras que propician el respeto a las normas,
la participación y la creatividad en el uso del espacio público.

KARIN GODNIK
Avenida II, 2004
Acrílico sobre tela |
No hay mejor manera de comenzar algo que ponerlo en historia o,
mejor aún, en historias. La narración inaugural
de Bogotá se titula El carnero y la escribió
Juan Rodríguez Freyle en 1638: “Cuéntase en
ella su descubrimiento, algunas guerras civiles, sus costumbres
y gentes, y de qué procedió este tan celebrado nombre
de El Dorado”. Con gran irreverencia, frente a las ostentosas
genealogías y las heráldicas llenas de mentiras, se
narra allí la vida mundana de sus habitantes y las
vidas de algunos hechiceros, incluidos ciertos milagros eróticos.
Los intérpretes discuten el significado de su título,
pues carnero significa tanto aquel animal de cuernos retorcidos
en el que la tradición precristiana vio un símbolo
de lujuria y fertilidad, y la cristiana, al demonio, como el estuche
o baúl de cuero donde se guardaban los papeles viejos. Pero
todos coinciden en que en ese escrito Bogotá tiene su clásico al construir una trama que mezcla la crónica con la invención
literaria: “pues ante el patético espectáculo
aldeano, el cronista escapa de él burlándose,
satirizando, entremezclando a su mirada mordaz hechos históricos
y sucesos gozosos”, como acertadamente comenta su actual cronista
Hugo Chaparro.
Los cronistas que siguieron a Rodríguez Freyle, de Cordobez
Moure a José Asunción Silva o Carrasquilla y Vargas
Vila, hicieron lo mismo: escribir para escapar del tedio o de la
ausencia de oportunidades. Esto ha seguido pasando hasta nuestros
días: de Osorio Lizarazo a Moreno-Durán, el afán
testimonial se enfrenta al caos transformando la crónica
en ficción. De ahí que no pueda entenderse a Bogotá
sin “sus historias”, como si la ciudad fuera más
palabra e imagen que edificios, semáforos y almacenes. En Sin remedio, su autor –Antonio Caballero– se
burla, a comienzos de los ochenta, de una ciudad lluviosa, horrible
y riesgosa, pero Bogotá no es un afuera –ese gris
que algunos días rompe una luz incomparable y que la lluvia
interrumpe incansablemente a las cuatro de la tarde– sino
el adentro de las casas y las personas, por eso el protagonista
hace versos y versos con los que conjura a la ciudad sin remedio.
Mirando desde otro ángulo, ya en los noventa, Laura Restrepo,
en Dulce compañía, nos cuenta la aparición
de un ángel autista en un barrio popular del Sur de Bogotá,
del que se enamora una periodista que, en su búsqueda, atraviesa
una ciudad mojada y sucia, fragmentada, peligrosa y desquiciada,
pero cuya recompensa es el descubrimiento de un amor loco y de una
voz que, desde los saberes marginados, ilumina místicamente
las desgarraduras de la ciudad.
Hoy Bogotá tiene además otras escrituras, que ya no
pertenecen a voces de exiliados o migrantes sino a las de sus nómadas
urbanos, que se movilizan entre el adentro y el afuera de la ciudad
montados en las canciones y los sonidos de los grupos de rock o
rap, de las pandillas y los “parches” de los barrios
de invasión, vehículos de una conciencia dura de la
descomposición de la ciudad, de la presencia cotidiana de
la violencia en las calles, de la sinsalida laboral, de la exasperación
y lo macabro. En la estridencia sonora del heavy metal y en el concierto barrial de rap, los juglares de hoy hacen la crónica
de una ciudad en la que se hibridan las estéticas de lo desechable
con las frágiles utopías que surgen de la desazón
moral y el vértigo audiovisual.
Y pasando de los relatos a los análisis, encontramos que
a mediados de los noventa Bogotá era una ciudad con una población
próxima a los siete millones, que en los últimos veinte
años había vivido un proceso galopante de disminución
de sus habitantes autóctonos y una acelerada heterogeneización por el aluvión de gentes procedentes de todas las regiones
del país, y por la llegada de gran parte de los dos millones
y medio de desplazados por la guerra interna. A la permanente informalidad de sus procesos de urbanización –constante construcción
y destrucción, precariedad de la malla vial, deficiencia
en los servicios y caos del trasporte público– se añadía
la discriminación topográfica: su división
entre el Norte “de” los ricos y el Sur “para”
los pobres, entre el territorio de los conjuntos residenciales cerrados
y los barrios a medio hacer llenos de emigrantes y desplazados.
Una ciudad con ausencia de espacios públicos disfrutables
colectivamente y que tiene enormes espacios “vacíos”,
con un gran deterioro físico y social. La narrativa de su
caos agregaba a ese mapa el hecho de que la mayor cantidad de lesiones
violentas se debían –a pesar de sus altos índices
de criminalidad e inseguridad– no a riñas entre extraños
sino a las que se daban en los ámbitos vecinales, privados,
domésticos, que es donde operan las “deudas”
y las venganzas, el maltrato a las mujeres y los niños y
los delitos sexuales.
Pero esa misma Bogotá eligió para alcalde en 1995
al ex rector de la Universidad Nacional, un matemático y
filósofo llamado Antanas Mockus –de padres lituanos
que huyeron de la guerra en su país primero a Alemania y
después a Colombia–, quien se presentó como
candidato sin el apoyo de ningún partido político,
casi duplicó los votos de su mayor oponente y formó
su gobierno con independientes y personas provenientes de la academia.
Esa decisión transformaría radicalmente el futuro
de Bogotá. El lema de su campaña fue realmente el
de su gobierno: Formar Ciudad. Ello significaba tres cosas.
Primero: lo que da su verdadera forma a una ciudad no son las arquitecturas
ni las ingenierías, sino los ciudadanos; segundo: para que
ello sea posible, los ciudadanos tienen que poder reconocerse en
la ciudad; y tercero: ambos procesos se hallan implicados en otro,
el de hacer visible la ciudad como un todo, es decir, en
tanto espacio/ proyecto/tarea de todos. Si antes la ciudad era invisibilizada
por sus múltiples desastres y los mil fallos que afectan
cotidianamente a la gente –en el acueducto, la energía
eléctrica, el transporte, etc.–, ahora se intentaba
que la mirada cambiara de foco y pasara a percibir las deficiencias
no como un hecho inevitable y aislado sino como el rasgo de una
figura deformada en su conjunto, esto es, deforme, sin forma.
Una antropóloga, observadora certera de su ciudad, había
escrito: “En Bogotá la gente va de la casa al trabajo
como por entre un túnel”. Y bien, pues con Antanas
Mockus la ciudad comenzó a hacerse visible mediante una serie
de estrategias comunicativas callejeras que sacaron a sus habitantes
del “túnel” por el que la atravesaban provocándoles mirar y ver. La primera acción fueron los más de cuatrocientos
mimos y payasos –estratégicamente ubicados en múltiples
lugares de la ciudad muy congestionados– que señalaban
las líneas de cebra para el paso de peatones y los acompañaban,
con el consiguiente revuelo, protestas y desconcierto tanto entre
los conductores de automóviles como entre los asombrados
transeúntes. Lo que en principio se tomó como un “mal
chiste” del alcalde, se convirtió pronto en una pregunta
acerca del espacio público, pregunta que encontró
muy pronto su traducción en gesto y conducta. La alcaldía
regaló a miles de conductores un tarjetón en el que
se veía, de un lado, un pulgar hacia arriba y, del otro,
un pulgar hacia abajo, que muy pronto aprendieron a usar para aplaudir
las conductas respetuosas de las normas y las acciones solidarias
o para reprochar las infracciones y violencias.
A los pocos meses se abrió un concurso para que Bogotá
tuviera himno, pues una ciudad sin himno no se oye. Y después
fue la aparición de la zanahoria como signo de la
muy polémica implantación de una hora tope para los
establecimientos de bebidas alcohólicas. Y después,
los rituales de vacunación contra la violencia,
la instalación en los barrios más pobres de casas
de justicia para que la gente dirimiera sus conflictos localmente
y sin aparato formal, y la creación de la noche de las
mujeres, etc.
Se trató de un rico y complejo proceso de lucha contra la
explosiva mezcla de conformismo con rabia y resentimiento acumulados,
que permitió reinventar a la vez una cultura política
de la pertenencia y una política cultural de lo cotidiano.
De ahí que fueran dos los hilos que entrelazaron las múltiples
dimensiones de esa experiencia. El primero de ellos fue una política
orientada a promover no tanto las culturas especializadas sino la
cultura cotidiana de las mayorías, y que tuvo como objetivo
estratégico potenciar al máximo la competencia comunicativa
de los individuos y los grupos para poder resolver ciudadanamente
los conflictos y dar expresión a nuevas formas de inconformidad
que sustituyan la violencia física. Todo esto tuvo una heterodoxa
idea de fondo: lo cultural (el nosotros) media y establece
un continuum entre lo moral (el individuo) y lo
jurídico (los otros), como lo evidencian los comportamientos
que, siendo ilegales o inmorales, son sin embargo culturalmente
aceptados por la comunidad. Fortalecer la cultura ciudadana equivale entonces a aumentar la capacidad de regular los comportamientos
de los otros mediante el aumento de la propia capacidad expresiva
y de los medios para entender lo que el otro trata de decir. A eso
lo llamó Antanas “aumento de la capacidad de generar
espacio público reconocido”. Armada inicialmente de
ese bajage conceptual, la alcaldía de Bogotá contrató
una compleja encuesta sobre vocabularios y contextos ciudadanos,
sentidos de justicia, relaciones con el espacio público,
etc., y le dedicó a su campaña de Formar Ciudad una enorme suma, el 1% del presupuesto de inversión del Distrito
Capital. El alcalde emprendió su lucha en dos frentes que
fueron la interacción entre extraños y el encuentro
entre comunidades marginadas. Y la articuló sobre cinco programas
estratégicos: respeto a las normas de tránsito (mimos
en las líneas de cebra), disuasión de portar armas
(a cambio de bienes simbólicos), prohibición del uso
indiscriminado de pólvora en festejos populares, “Ley
Zanahoria” –fijación de la una de la madrugada
para el cierre de establecimientos públicos en los que se
expenden licores y la propuesta de vender cocteles sin alcohol–
y “vacunación contra la violencia”, un ritual
público de agresión simbólica especialmente
entre vecinos, familiares, y en contra del maltrato infantil.
El segundo hilo conductor fue el de una política cultural encomendada al Instituto Distrital de Cultura, que pasó de
estar dedicado al fomento de las artes a articular los muchos y
muy diversos programas culturales del proyecto rector de Formar
Ciudad, en el que se insertaban tanto las acciones de la alcaldía
como las de las instituciones culturales y las asociaciones comunitarias
en los barrios. Y mientras los estudiosos de las políticas
culturales en América Latina estábamos convencidos
de que no podía haber política cultural sino sobre
las culturas especializadas e institucionalizadas, como el teatro,
la danza, las bibliotecas, los museos, el cine o la música,
la propuesta de Formar Ciudad estuvo dedicada a lo contrario: partir
de las culturas de la convivencia social, desde las relaciones con
el espacio público –en los andenes y los autobuses,
los parques y las plazas– hasta las reglas de juego ciudadano
en y entre las pandillas juveniles.
La ruptura y la rearticulación introducidas sonaron a blasfemia
a no pocos, pero otros muchos artistas y trabajadores culturales
vieron ahí la ocasión para repensar su propio trabajo
a la luz de su ser de ciudadanos. El trabajo en barrios se convirtió
en posibilidad concreta de recrear, a través de las prácticas
estéticas, expresivas, el sentido de pertenencia de las comunidades,
la reescritura y la percepción de sus identidades. Redescubriéndose
como vecinos se descubrían también nuevas
formas expresivas tanto en las narrativas orales de los viejos como
en las oralidades jóvenes del rock y del rap. Un ejemplo
precioso de esa articulación entre políticas sobre
cultura ciudadana y culturas especializadas es el significado que
empezó a adquirir el espacio público y los nuevos
usos a los que se prestó para el montaje de infraestructuras
culturales móviles de disfrute colectivo. La devolución
del espacio público a la gente posibilitó no solo
que comenzaran a respetar las normas sino también que las
comunidades pudieran desplegar su cultura, incrementando la participación,
el sentimiento de pertenencia y la capacidad creadora. •
Publicada en TODAVÍA Nº 17. Agosto de 2007
|