Itinerario segregado hacia la Caracas roja
por ARTURO ALMANDOZ urbanista, Universidad Simón Bolívar,
Caracas
Desde la prosperidad aparente de la
Venezuela del petróleo de los años treinta hasta la
Caracas actual, la ciudad se ha definido por su cartografía
de segregación y de marcados contrastes económicos
y sociales.

KARIN
GODNIK
Piquete en Alem, 2006
Acrílico sobre tela |
Aunque propios de toda gran ciudad moderna –en especial después
de los cambios en el espacio que acompañaron a la Revolución
Industrial–, puede decirse que la segregación y los
contrastes que produce son una de las características de
las “metrópolis masificadas” de Latinoamérica
desde la primera posguerra. Esa segregación avivó
lo que el historiador José Luis Romero denominaba “revolución
de las expectativas”, en la que convivían las normas
y costumbres de los sectores sociales ya incorporados con la anomia
de las masas. Mientras la americanizada burguesía parecía
importar modas cada vez más contrastantes con la cultura
local, su consumismo irradiaba un peligroso efecto de ostentación
hacia los sectores marginales.
En Venezuela, este proceso estuvo demorado con respecto a Latinoamérica
hasta finales de la dictadura de Gómez (1908-1935), cuando
Caracas pasó a ser uno de los escenarios más ostensibles
y volátiles de la segregación socioespacial. La avalancha
de autos desbordó la capital del país petrolero y
se volcó a las avenidas y autopistas diagramadas en los planes
Rotival (1939) y Regulador (1951). El casco histórico se
debilitó como eje central del espacio público con
el crecimiento hacia el Este propuesto en el plan Rotival, y con
la creación de la avenida Bolívar y otros grandes
corredores comerciales en las décadas siguientes. Más
tarde, el plan Regulador, con su sello modernista, desdobló
el centro caraqueño en múltiples nodos según
las diferentes funciones urbanas: el casco cívico-histórico;
la plaza Venezuela, de pequeños rascacielos; el Chacaíto
comercial y de trasbordos; las torres del Parque Central gubernamental,
que reemplazaron en los setenta a esa suerte de Rockefeller Center
que había sido el Centro Simón Bolívar desde
los años cincuenta.
Tal despliegue se hizo al costo de fracturas espaciales y sociales;
por ello la Caracas esnobista de los sesenta y los setenta creció
sin prestar mayor atención a los circuitos peatonales y desconociendo
la esencial necesidad de vida pública en plazas, calles y
aceras... Al mismo tiempo, este modelo suburbano de división
según las funciones llevó a privilegiar, acaso más
tempranamente que en ninguna otra urbe latinoamericana, el valor
de los centros comerciales provenientes de Norteamérica.
Desde el psicodélico pero sobrio Chacaíto, emblema
de la bohemia contracultural pero consumista de los sesenta, muchos
centros comerciales suburbanos y metropolitanos afianzaron en las
décadas siguientes el perfil “nuevo rico”, más
“saudita” que cosmopolita. El más faraónico
templo de ese culto fue el Centro Ciudad Comercial Tamanaco, consagrado
en esa Caracas que llegaría a su fin con el Viernes Negro
de febrero de 1983, cuando la tradicional fortaleza del bolívar
frente al dólar comenzó a derrumbarse.
El culto al automóvil que se paseaba como fetiche progresista
del país petrolero – tal como se evidencia todavía
en los pesados ramales de autopistas, ahora desvencijados por el
tiempo y la falta de mantenimiento– y la profusión
de torres y rascacielos que alternaban con templos comerciales,
permitieron a esa Caracas de la petrodemocracia impresionar engañosamente
sobre su modernidad y a Venezuela sobre su desarrollo. Los espejismos
de bonanza deslumbraron a criollos y extranjeros por igual. Además
de la inmigración campesina que había comenzado a
hacerse presente en la capital desde la irrupción petrolera
en los treinta, decenas de miles de españoles, portugueses,
italianos y centroeuropeos, así como “turcos”
y “árabes” del fenecido imperio otomano, acentuaron
y colorearon, en las décadas siguientes, la dinámica
y el cosmopolitismo de aquella metrópoli súbita y
babélica, motorizada y generosa. En términos de diversidad
espacial, barrios como La Candelaria, Sabana Grande y Chacao absorbieron
a muchos de los extranjeros y migrantes campesinos, quienes rápidamente
mejoraron su posición social ingresando en empresas de todo
tipo. Fue la época de las constructoras italianas que cementaron
el furor edilicio de la autocracia progresista de Pérez Jiménez
(1952-1958), de los grandes proyectos industriales de la Gran Venezuela
con el primer Carlos Andrés Pérez (1974-1978) y de
las más tradicionales pero a la vez transformadas formas
del comercio, como las bodegas y panaderías regenteadas por
españoles y portugueses. Esa inmigración europea que
predominó hasta los sesenta daría paso a incontrolados
contingentes andinos y caribeños en los setenta que, empujados
por las crisis latinoamericanas que contrastaban con la bonanza
de la Venezuela saudita, terminarían engrosando un sector
informal y subempleado que ya había atraído a la migración
campesina.
Antes de la inauguración del metro en 1983, la infraestructura
de circulación de las grandes avenidas, así como la
zonificación comercial y residencial, reflejaba en general
una segregación entre la Caracas burguesa y “sifrina”,
“bienuda” del Este y la ciudad del Oeste, más
popular y obrera. Sin embargo, conviene recordar que, a diferencia
de otras capitales latinoamericanas marcadas por una segregación
socioespacial de lugares nítidamente distanciados, los barrios
de ranchos siempre estuvieron yuxtapuestos e intercalados entre
los sectores formales y consolidados de la capital venezolana, como
también ocurre en Río, debido en ambos casos a la
geografía de la ciudad. De manera que Este y Oeste eran hemisferios
entreverados que compartían imaginarios urbanos, hasta que
la bonanza terminó y las fracturas afloraron.
Los espejismos capitalinos no solo reflejaban la confusión
entre consumismo y desarrollo, sino también la apariencia
de una inversión suficiente –en buena parte de iniciativa
privada– que no alcanzaba a renovar la infraestructura pública.
Aparte del metro y del teatro Teresa Carreño, inaugurados
en el festivo frenesí del bicentenario de Bolívar
en 1983, la capital no conoció mayores inversiones públicas
en el resto de la década. Con su acelerado deterioro desde
entonces, las torres de Parque Central –las más altas
de Latinoamérica por un tiempo– pasaron de ser símbolo
de progreso y bonanza de la Gran Venezuela, a ser un imponente ejemplo
de la desinversión urbana que siguió al Viernes Negro
de 1983. Un destino que también sufrieron muchas de las avenidas
y autopistas desde la restauración democrática de
1958, en parte como consecuencia de la miopía de regímenes
empeñados en desconocer la realidad de un país con
un índice de urbanización de más del 75 por
ciento y que se encuentra entre los que tienen el patrón
de ocupación más concentrado de América Latina.
Con la notable excepción del metro y algunos de los espacios
públicos que aquél permitió renovar, Caracas
era, para fines de los ochenta, una ciudad de contrastes socioespaciales
y de modernidad obsoleta, cuya desvencijada infraestructura evidenciaba
no solo su condición de metrópoli del Tercer Mundo,
sino también el agotamiento del Estado rentista y del bipartidismo
político. Muchas de las ciudades venezolanas se beneficiaron
del proceso de descentralización administrativa de finales
de esa década, pero en la capital éste fue minado
por los efectos de sucesivas revueltas populares.
Después
de la Venezuela saudita
La hasta entonces pacífica dualidad de la capital venezolana
cambiaría después de El Caracazo de 1989, cuando buena
parte de la población de los cerros marginales bajó
a saquear la ciudad consolidada, luego de las drásticas medidas
promulgadas por el gobierno neoliberal del segundo Carlos Andrés
Pérez (1989-1993). Ese episodio anunció el fin de
la corrompida democracia bipartidista en la que Acción Democrática
y COPEI habían hecho un uso alternado e ineficiente de la
renta petrolera. Al mismo tiempo, significó la irrupción
en la arena pública de actores sociales excluidos del clientelismo
partidista y removió así la lucha de clases que el
oro negro había escamoteado, a pesar de que la pobreza extrema
se acercaba ya al 40 por ciento. Ese Caracazo también aceleró
varios y distorsionados efectos en la estructura y la dinámica
urbanas, entre ellos la colonización de los espacios públicos
por parte de feriantes o buhoneros y demás trabajadores informales,
que se apoderaron de las zonas peatonalizadas por el metro hacía
menos de una década, de Catia a Sabana Grande.
Los escasos intentos de renovación espacial que se estimularon
en esa época desde el descentralizado ámbito municipal
–con Chacao como emblema– fueron desbordados por la
delincuencia y la inseguridad, que invadieron la vida pública
en Caracas y en otras de las grandes ciudades venezolanas, y llevaron
a inusitadas formas de segregación blindada. Ello se manifiesta,
desde entonces, tanto en las urbanizaciones de clase media y alta
del Este y el Sudeste, que van desde casas enrejadas con accesos
controlados a comunidades cerradas, como en el renovado protagonismo
del centro comercial, único refugio en medio de calles tomadas
por la inseguridad, la buhonería y la basura. A fines de
los noventa, la inauguración del centro comercial Sambil
–el de mayor superficie en Latinoamérica, cuyo prototipo
ha sido repetido, incluso como parque temático, en las grandes
ciudades venezolanas– y las de El Recreo y Tolón, confirmaron
que los lugares comerciales caraqueños absorben funciones
que en otras capitales se dan en el espacio público.
Ruralismo, buhonería y rojez
La espiral de violencia en las ciudades venezolanas, especialmente
el homicidio con armas de fuego –que aumentó un 500
por ciento entre 1989 y 1999–, tuvo en Caracas su escenario
emblemático y apocalíptico, desplegando un catálogo
de la delincuencia que configuró una suerte de nueva urbanidad
caraqueña. La criminalidad urbana, junto al agotamiento del
Estado rentista y del bipartidismo corrupto, terminó de abonar
el terreno para que en 1999 arribara al poder Hugo Chávez,
cuyo régimen ha sabido capitalizar el reclamo de autoritarismo
de la violenta ciudad de los noventa, con resultados aún
polémicos en términos de su aparente democracia participativa,
pero ya claramente dramáticos en cuanto al deterioro capitalino.
A pesar de las proclamas igualitarias del régimen, la Caracas
del chavismo ha acentuado sus segregaciones y fracturas, en buena
parte como consecuencia de la inestabilidad política que
alcanzó sus picos entre abril de 2002 y abril de 2003. Este
período se caracterizó por enfrentamientos entre facciones
opositoras y oficialistas en espacios públicos tanto tradicionales
como inusitados, desde plazas locales y metropolitanas hasta urbanizaciones
y autopistas. Algunas de estas ágoras improvisadas asumieron
nuevos significados al ser tomadas por los bandos, pero terminarían
debilitándose en términos de valores cívicos.
La inestabilidad política, en niveles más profundos
y estructurales, y la agresiva retórica chavista han avivado
la lucha de clases, latente y solapada durante la democracia representativa,
retrotrayendo a Caracas y a Venezuela toda, a la antinomia entre
Oeste pobre y Este rico, ahora con una renovada artillería
de conflictividad y violencia.
Si bien el gobierno intenta, comprensiblemente, fortalecer ejes
de comunicación interurbanos y fluviales alternativos al
del Centro-Norte costero, sus políticas populistas llevan,
por ejemplo –debido al bajo costo de los servicios viales–,
a una saturación automovilística comparable a la de
la Caracas saudita. Así, es difícil seguir asegurando
el supuesto carácter antiurbano de la revolución bolivariana.
Ahora bien, la poca claridad que el chavismo tiene sobre la planificación
urbana se manifiesta principalmente en el traslado del imaginario
rural al centro mismo de Caracas, en el que huertas y gallineros
limitan con una de las ahora deterioradas torres de Parque Central.
También se deja ver en las mercaderías insalubres
y piratas que han colonizado los espacios peatonales, convirtiendo
a Caracas en la capital latinoamericana de la buhonería.
Pero la aparición de nuevos centros comerciales, trenes de
cercanías y extensiones del metro permite decir que la enrojecida
capital se debate ante un doble discurso oficial sobre
lo urbano: expansivo y punitivo a la vez.
Blandiendo el rojo oficialista –con una intensidad que, en
la historia del caudillismo latinoamericano, puede hacer recordar
a Rosas–, las huestes y vallas que ahora campean en Caracas
completan el tapiz de una ciudad apocalíptica pero auroral
a un tiempo, porque proclama ser meca del socialismo del siglo XXI.
Si a la estrafalaria rojez oficial se le suman las alarmantes cifras
de la violencia, podemos aseverar que el rojo es el color predominante
de Caracas, y que la segregación es su variable urbana fundamental.
Seguramente con el sesgo de mi visión pequeño-burguesa
–aunque vivo en el Centro–, creo que Oeste pobre y Este
rico siguen siendo los extremos de este itinerario secular, inevitablemente
parcial, para explicar y entender la Caracas roja de hoy. •
Publicada en TODAVÍA Nº 17. Agosto de 2007
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