La comunidad imaginada latinoamericana
(Una perspectiva brasileña
con un final postimperialista)
por GUSTAVO LINS RIBEIRO Departamento de Antropología, Universidad de Brasilia
La unión de América Latina constituye un desafío histórico. Más allá de los intereses específicos y de las diferencias históricas y culturales, el nuevo escenario mundial demanda estrategias de redefinición del latinoamericanismo. Para eso, es necesario que los intelectuales generen información propia sobre las diferentes situaciones y posibilidades creadas por la globalización.

JUAN CARLOS DISTÉFANO
El fisgón, II, 1990/91
Poliéster reforzado |
Los modos de representar pertenencia a unidades socioculturales y políticas varían y siempre están determinados sociológica e históricamente. La manera en que los brasileños se identifican con América Latina, así como sus encuentros y desencuentros con los países del continente son, por lo tanto, cuestiones sujetas a cambios sociales y políticos. Nada de ello ocurre en el vacío. Por el contrario, se produce a partir de complejas relaciones de cooperación y de conflicto con otros significantes. En realidad, estas afirmaciones son válidas para los ciudadanos de cualquier país latinoamericano. Sin embargo siempre está presente la excepcionalidad del Brasil, que comparte con los demás países de la región la experiencia colonial pero con un acento diferente.
Todo comenzó con el Tratado de Tordesillas de 1494, que dividió las tierras coloniales portuguesas y españolas, y tuvo otro importante capítulo con el Tratado de Madrid de 1750, que definió, en gran medida, los límites del Brasil. Por cierto, no es lo mismo ser una colonia portuguesa que una española, y la soberanía es un asunto serio desde hace mucho tiempo. Estar de un lado o de otro de las fronteras geopolíticas imperiales era algo fundamental, y no solo en el plano lingüístico. Hasta hoy, por ejemplo, están aquellos que temen –y a veces lo agitan– al fantasma del expansionismo brasileño, que es considerado como una especie de gen histórico heredado de los portugueses desde la época del bandeirantismo, el movimiento de los adelantados luso-brasileños de los siglos XVII y XVIII. El haber sido parte del imperio portugués o del español también condujo a otros encuentros y desencuentros. Mientras que los españoles se encontraron con grandes imperios en México y en los Andes, los portugueses se encontraron con cazadores-recolectores o, a lo sumo, con algunos “reinos” en ciertos trechos del río Amazonas.
La configuración precolonial tuvo un impacto radical en la formación demográfica, económica, política, social y cultural de los distintos países. Así, la presencia de los pueblos indígenas es diferente en Bolivia, Ecuador, Guatemala y México, por un lado, y en la Argentina, el Brasil y Chile, por el otro, y ello impactó los modos de representar la pertenencia a las distintas naciones.
El Brasil suele ser identificado con la imagen del cazador-recolector, del “buen salvaje” de la selva tropical, a pesar de que hoy tiene una de las proporciones más bajas de pueblos indígenas en el conjunto de su población total. Incluso mucho menos, por ejemplo, que la europeizada Argentina. Esta identificación del Brasil con el indio desnudo es un efecto del tropicalismo, un tipo de “orientalismo”, una clave construida históricamente por brasileños y extranjeros que se usa para pensar al Brasil en contraste con otros países. Así como Bolivia y Ecuador no logran escapar del “andeanismo”, ni México de las ideologías asociadas al pasado anterior a la conquista, el Brasil no logra escapar del tropicalismo.
Las diferentes geopolíticas imperiales también dieron lugar a otros encuentros violentos, que se tradujeron en distintos grados de presencia de poblaciones africanas traídas como esclavas a varias partes del continente. El Brasil posee una cara africana superlativa y es la segunda nación con la mayor proporción de población negra del mundo, después de Nigeria. Como consecuencia, el Brasil mira también hacia África, a diferencia, por ejemplo, de otros países latinoamericanos en los que el número de descendientes de africanos es comparativamente menor debido a la ausencia de economías de plantación en el período colonial.
Una historia entre dos siglos
En el siglo XIX se produjeron múltiples y fundamentales movimientos de recreación en los modos de representar pertenencia. En el período poscolonial tienen lugar los procesos de construcción de las naciones y los ensayos de creación de grandes unidades políticas ancladas en afinidades históricas y culturales, como la República de la Gran Colombia (1819-1831), de Simón Bolívar, que incluía Ecuador, Colombia y Venezuela, y la República Federal de Centroamérica (1823-1839), compuesta por Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. En ese mismo siglo se reafirma la excepcionalidad brasileña. En 1808, al escapar de las tropas francesas de Napoleón I, la familia real portuguesa se traslada a Río de Janeiro en donde reside hasta 1821. El Brasil pasa así a ser el centro del imperio, lo que constituye una experiencia única en América. En 1822, el hijo del rey de Portugal declara la independencia de forma pacífica, y no crea una república, sino una monarquía cuyo poder se mantiene hasta 1889.
También en el siglo XIX tiene lugar la invención de América Latina en el ámbito de la geopolítica de Napoleón III. Con “América Latina” se pretendía crear un modo de representar pertenencia que contrastase con la pujante y cada vez más dominadora otra América (la del Norte). Desde hacía un tiempo la relación con los “americanos” influía en los encuentros y desencuentros entre los latinoamericanos. Del siglo XIX al XX, esa relación dio lugar a iniciativas y acontecimientos como la doctrina Monroe (1823), con su lema “América para los americanos”; la intervención imperialista norteamericana en México que incluye una guerra (1846-48) guiada por la ideología expansionista del Destino Manifiesto; la Guerra Española-Americana (1898), que acaba con el imperio español en el Caribe y en el Pacífico y que deja a Cuba y Puerto Rico bajo el control de los Estados Unidos; las intervenciones en Panamá con el propósito de separar a este país de Colombia (1903) y de construir el Canal, que permitiría conectar por mar las costas este y oeste de los Estados Unidos, para evitar el viaje alrededor de la América del Sur.
También existieron, por cierto, desencuentros dentro de la misma América Latina: la sangrienta Guerra de la Triple Alianza (Argentina, Brasil, Uruguay) contra el Paraguay (1864-1870), el mayor conflicto bélico latinoamericano; la Guerra del Pacífico, de la que participaron Bolivia, Chile y Perú (1879-1883); los conflictos que llevaron, en 1903, a que el territorio boliviano de Acre pasara a manos del Brasil; la Guerra del Chaco, entre Bolivia y Paraguay (1932-1935); los problemas fronterizos entre Perú y Ecuador en diferentes momentos del siglo XX, y la disputa por el Canal de Beagle, que estuvo a punto de desatar una guerra entre la Argentina y Chile en 1978.
En el siglo XX, la singularidad brasileña se ve confirmada cuando, en medio de la expansión de las fronteras agrícolas hacia el centro-oeste, se transfiere la capital federal en 1960. En efecto, Brasilia es la única capital latinoamericana que escapa a las lógicas de la configuración espacial urbana y de los sistemas regionales, heredadas de la colonia. Pero, en ese mismo siglo XX, el siglo norteamericano, se consolida el lugar de los Estados Unidos como el gran “otro” de América Latina. A la creciente influencia de los Estados Unidos sobre la región se sumó su rol imperial global, exacerbado en el mundo del capitalismo triunfante post caída del Muro de Berlín (1989).
Sobre la unidad latinoamericana
Los latinoamericanos han procurado, en diferentes coyunturas, crear alternativas a la hegemonía norteamericana, dando lugar así a nuevos encuentros y desencuentros. En América del Sur, son muchas las propuestas que apuntan a propiciar nuevos encuentros y formulaciones políticas, culturales y económicas de un destino común. Una de estas alternativas ha tenido y tiene una importante presencia brasileña, el Mercosur, un bloque cuyos fantasmas son el NAFTA (North American Free Trade Agreement) y el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas).
En la producción de una nueva visión de la comunidad latinoamericana, México tiene en gran medida el papel de fiel de la balanza debido a su participación en el NAFTA (lo que equivale a una adhesión plena a América del Norte), efectiva desde enero de 1994, cuando el acuerdo entró en vigencia. En ese mismo momento, y como para dramatizar la centralidad de México para las izquierdas al sur del Río Grande, surge una experiencia que habría de convertirse en el gran movimiento social latinoamericano de la contemporaneidad globalizada: el Movimiento Zapatista de Chiapas. Si el NAFTA/ALCA, con la participación mexicana, supone un programa que pone en riesgo la unidad latinoamericana y que se ajusta a la globalización neoliberal, el zapatismo ha sido un estímulo a la imaginación utópica de la izquierda latinoamericana y de los progresistas de todo el mundo que, como en los Foros Sociales Mundiales iniciados en 2001 en Porto Alegre, saben que “otro mundo es posible” y luchan por una América Latina con justicia social y por una sociedad civil global. El componente indígena del zapatismo resulta particularmente relevante, pues refuerza el lugar de los indígenas en las luchas políticas, por ejemplo en los Andes, y vitaliza el debate en torno del interculturalismo, que se presenta cada vez más como la cara latinoamericana frente al multiculturalismo de corte anglosajón.
En realidad, la unidad latinoamericana ha sido uno de los sueños más acariciados por la izquierda, lo cual es particularmente cierto en el Brasil. Sin embargo, nuestras elites conservadoras siguen fascinadas por los Estados Unidos y todavía no han considerado seriamente el hecho de que en el siglo XXI se asistirá a un vuelco clave en la historia del capitalismo: su dinamismo se trasladará de Occidente a Oriente. De todas maneras, en una coyuntura que presenta una cantidad significativa de gobiernos de izquierda o de centro-izquierda (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Nicaragua, Venezuela y Uruguay), se ha fortalecido una visión de la integración como medio de hacer frente al mundo globalizado transnacional.
Nos podemos preguntar entonces qué pasará con la comunidad imaginada latinoamericana en el siglo XXI, el siglo de la globalización y de China. Las contradicciones entre intereses locales e imperiales continuarán existiendo, pero lo harán ención del capitalismo y de las propias elites latinoamericanas. En el mundo contemporáneo, resulta cada vez más necesario que los académicos e intelectuales de la región produzcan conocimientos acerca de los procesos, los flujos y las articulaciones de la economía política globalizada. Las investigaciones podrán llevarse a cabo desde la perspectiva de lo que definí –con cierta ironía, frente a la popularización del poscolonialismo indio– como una “agenda postimperialista”. En ella podrían incluirse trabajos realizados con un enfoque latinoamericano sobre los grandes centros del poder norteamericano (Wall Street, el Pentágono, Hollywood, la NASA, por ejemplo) o sobre las enormes diferencias sociales que existen en los Estados Unidos. Se trata de generar información crítica y de desnaturalizar los panoramas mediáticos que los norteamericanos difunden en todo el mundo. Es necesario, además, prestar atención a las implicaciones políticas, económicas y culturales de la identidad “latina” que se forma dentro del territorio norteamericano. Son millones de latinoamericanos más sus descendientes que, por la lógica de la segmentación étnica de los Estados Unidos, intentan construir un paraguas político capaz de potenciar su posición de sujetos. Sus diásporas han creado nuevas identidades fragmentadas y transnacionales, lo que haaumentado las contradicciones y las dependencias entre los múltiples “glocales” latinoamericanos y norteamericanos. Por último, también es importante realizar investigaciones sobre el poder de China, cuyo alcance se hace sentir cada vez más en el continente.
Vislumbrar un escenario utópico postimperialista, es decir, un mundo después del imperialismo, es para América Latina, con su historia y su capacidad acumulada de interpretación crítica, una tarea posible y estratégica. Ello requiere que los intelectuales de la región se animen a ir más allá de su clásico papel de “constructores de la nación” y se ocupen también de las situaciones y posibilidades que abre el mundo globalizado. De ese modo, quizá, salgan a la luz nuevas interpretaciones y nuevas comunidades imaginadas. •
Publicada en TODAVÍA Nº 16. Abril de 2007
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