Sociedades / Culturas

La fiesta en México

por MARÍA ANA PORTAL Departamento de Antropología Universidad Autónoma Metropolitana, México

La celebración es una ocasión especial para reunir a la comunidad, fortalecer sus lazos y fomentar su organización. El espíritu festivo del pueblo mexicano es un sello distintivo de su identidad, de sus redes sociales y de una visión del mundo que vincula el pasado y el presente.


Ilustraciones
MARÍA ALCOBRE

La fiesta es un acontecimiento social que establece una diferenciación entre la vida cotidiana y el tiempo festivo. Es una forma socialmente establecida, con normas propias, en la que se permite la transgresión del orden social. En la fiesta hay cabida para el gozo, el juego, la fantasía y la expresión estética. Constituye además un hecho de carácter universal. Sin embargo, sus expresiones locales son únicas. Cada sociedad festeja a su manera y expresa así la esencia de su visión del mundo.

En México, la fiesta es uno de los ejes que organiza la estructura social. En ella se combinan lo lúdico y lo sagrado; lo lírico y lo comercial; lo religioso y lo mítico; lo profano y las cosmovisiones pasadas; lo cotidiano y lo excepcional; el juego, la danza, el teatro, la feria, la comida, la ceremonia, la diversión, la economía y las relaciones de poder y de parentesco.

En cada pueblo, en cada barrio, ya sea en las ciudades o en el campo, encontramos fiestas religiosas, cívicas, familiares y laborales que ordenan ese continuum llamado calendario, a partir del cual los sujetos estructuran sus tiempos y espacios colectivos e individuales. Por ello, podemos pensar que la historia del calendario de un pueblo es, en muchos sentidos, la historia de sus festividades. Éstas son, en efecto, una manera de organizar y de entender la vida. Gran parte de la actividad de los grupos sociales mexicanos se relaciona con el momento de la fiesta. Por ejemplo, en algunos lugares, como la delegación de Xochimilco, al sur de la Ciudad de México, los pobladores se ufanan de que hay más festejos que días del año, ya que tienen más de 400 celebraciones.

Las redes sociales
Participar en las fiestas religiosas se ha convertido en una de las maneras en que se reconoce a un individuo como miembro de una comunidad. En este contexto resulta claro pensar que la festividad es uno de los factores centrales a través de los cuales se construyen y se reproducen elementos de pertenencia de largo alcance y se abre la posibilidad de hacer comunidad. No resulta sorprendente, entonces, que la riqueza festiva de México pueda ser vista como una suerte de escenario en donde se recrean elementos identitarios que se enraízan en el espacio local, para expandirse en el ámbito nacional.

Dentro de la multiplicidad festiva mexicana sobresalen las fiestas religiosas no solo por la cantidad de celebraciones que abarcan o porque indican lo solemne, lo que se opone a la cotidianidad, el tiempo de descanso, el momento extraordinario que se relaciona con el desenfreno y el sacrificio, sino porque es el tiempo simbólico de la recreación del mundo, en donde se amalgaman las cosmovisiones prehispánicas con las concepciones contemporáneas.

Algunas celebraciones tienen alcance nacional, como la del 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, en donde seis millones de peregrinos de todo el país visitan la Basílica para rezar o dejar alguna ofrenda por favores recibidos. También hay festejos regionales, como la celebración de la Virgen de Tapalapa en Jalisco, en la que varios pueblos reciben a la virgen peregrina y uno de ellos la hospeda por un tiempo definido.

Por otro lado, hay acontecimientos claramente articulados con las creencias prehispánicas, como el Día de los Muertos que se celebra fundamentalmente en el centro y sur del país, en donde se los recuerda en un ambiente de júbilo, con altares y ofrendas de comida, bebida y música, así como con el arreglo de los cementerios, pues se piensa que es el día en que regresan –por unas horas– a visitar a sus familias; o el Día de la Candelaria (2 de febrero), que se relaciona con el inicio de las cosechas y se celebra con tamales y atole, que deben ser pagados por la persona que el Día de Reyes haya encontrado un muñequito en la tradicional rosca –un pan dulce que se come acompañado de chocolate caliente o atole–.

Desde luego, existen fiestas locales, generalmente realizadas en honor a santos y vírgenes representativos de una colectividad. El eje articulador de las fiestas religiosas locales son los santos patronos de cada comunidad. Impuestos por los conquistadores, y sobrepuestos con respecto a sus antiguos dioses mesoamericanos, los santos patronos representan el corazón del pueblo. Prácticamente todas las comunidades, pueblos y barrios del país cuentan con un santo patrón –generalmente el que da nombre al lugar– junto con otros santos de menor envergadura, representantes de las pequeñas colectividades –ya sean familiares, laborales o geográficas– que componen un poblado. Así, por ejemplo, la mayoría de los pueblos mexicanos están conformados por barrios, y cada barrio tiene su propio santo. Sin embargo, el santo patrono del pueblo siempre será la figura articuladora principal.

Un elemento fundamental es que cada celebración de un santo patrón implica la visita de los santos patrones de otros pueblos, que llevan ofrendas al homenajeado, y generan así un continuo proceso de intercambio de objetos y de relaciones sociales –alianzas– entre las comunidades de una región. Esta reciprocidad entre santos se da también entre comunidades; por lo tanto, cualquier persona que llega a una comunidad que está de fiesta debe ser recibida en las casas de sus habitantes con comida y bebida, por lo cual las puertas de las viviendas permanecen abiertas durante las celebraciones.

Mayordomía: responsabilidad y privilegio
Para que todo este proceso se lleve a cabo se requieren necesariamente formas específicas de organización social, tanto para la preparación de la propia fiesta patronal como para llevar a cabo el complejo proceso de intercambios recíprocos entre los santos y sus comunidades. Esta forma organizativa es conocida como sistema de mayordomías o sistema de cargos.

En cada fiesta patronal los miembros de una comunidad asumen voluntariamente un cargo determinado –que varía de comunidad en comunidad en cuanto al nombre específico que se le da y el tipo de actividades que implica– con una función particular: la organización festiva durante un período de tiempo establecido. Es importante resaltar que esta organización festiva, aunque religiosa, es paralela a la Iglesia Católica. Ella no participa directamente, pero observa atentamente un proceso que en muchas ocasiones ha considerado como profano o como una expresión popular del catolicismo.

Participar en la organiza ción de una fiesta patronal es un honor que se disputan mucho los miembros de una comunidad y que pueden tardar años en conseguir. En casi todos los pueblos se habla frecuentemente de listas con los nombres de los futuros mayordomos, que son anotados en el momento de su nacimiento para que puedan acceder al cargo cuando sean adultos. Según dicen, ya están cubiertos los cargos hasta el año 2026.

Los encargados o mayordomos –como generalmente se los conoce– recolectan el dinero necesario para la celebración, organizan el evento con la intención de que sea un acontecimiento más grande y mejor que el realizado el año anterior, y registran cuáles son las comunidades –con sus respectivos santos– que asisten a su festejo, para después, en la fecha correspondiente, enviar miembros de su propia comunidad con obsequios para esos santos que los visitaron previamente. Este proceso de reciprocidad es conocido como correspondencia o promesa, y constituye una verdadera red de relaciones sociales tanto simbólica como económica.

Los eventos son financiados por los habitantes de cada pueblo. No cooperar para la fiesta implica una sanción social y, en muchos casos, la exclusión. Así, por ejemplo, si una persona nunca participa en la fiesta patronal se le puede negar el derecho a ser enterrada en el cementerio local, o se la deja de considerar miembro de esa comunidad, con implicaciones muy importantes en cuanto al acceso a la tierra, a los servicios, etcétera. Los mayordomos llevan el inventario de los que cooperan, y en algunos lugares se hace público exhibiendo la lista de participaciones en la puerta de la iglesia. Por eso, por ejemplo, los migrantes radicados en los Estados Unidos no dejan de pagar sus cuotas festivas y asumen los cargos a la distancia o regresando al país durante el período que corresponde a su mayordomía.

En este sentido la fiesta religiosa representa una suerte de regulador social a través del cual se marcan las fronteras del adentro y el afuera de una comunidad, determinando quién pertenece y quién no. Es decir, se constituye en uno de los mecanismos de inclusión y exclusión, a través del cual un sujeto construye parte de su ubicación en el mundo y, con ello, su identidad.

Un elemento fundamental es que las celebraciones –a través de los intercambios simbólicos y materiales– generan una suerte de sistema festivo que se enlaza a partir de distintos mecanismos. Por ejemplo, la visita a la Basílica de Guadalupe el 12 de diciembre o al santuario de Chalma en el Estado de México es organizada en cada pueblo generalmente por los mayordomos de la fiesta patronal.

Ahora bien, los procesos de modernización y globalización han transformado significativamente la vida social mexicana, trastocando las fiestas religiosas, en particular por los continuos flujos de intercambios con el mundo entero –simbólicos y materiales– así como por los procesos de secularización de la vida social.

En apariencia esto puede representar un riesgo para la reproducción de este aspecto cultural nodal de la sociedad mexicana. Sin embargo, aunque el evento mismo pueda estar sujeto a algunas transformaciones puntuales (la selección de los participantes, el tipo de música, la vestimenta, el tipo de mercancías que se consume), su estructura parece conservarse a partir de dos mecanismos: la organización festiva fundada en la mayordomía que se transmite de padres a hijos, y los mitos y narraciones en torno a los santos, que reproducen y garantizan un mundo de creencias en el que se vinculan elementos del pasado prehispánico con las concepciones actuales. Esto le da a la fiesta una vigencia sorprendente.

Por eso, a pesar de que la vorágine de la vida moderna pareciera entrar en contradicción con el sutil mundo festivo, la celebración se revitaliza continuamente, incorporando a nuevas generaciones para garantizar su permanencia. •

 

Publicada en TODAVÍA Nº 16. Abril de 2007

 

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