Cine peruano en construcción
por OSCAR CONTRERAS crítico de cine - Lima, Perú
Prueba y error, agonía y éxtasis, el cine peruano nunca tuvo un posicionamiento ni en el mercado mundial ni en el reducto del cine de arte y ensayo. Sin embargo, la obtención de premios internacionales y los éxitos de taquilla permiten avizorar un mejor porvenir.

Filmación de Chicha tu madre (2006)
Dir: Gianfranco Quattrini |
No es un dato menor que en cien años de cine el Perú haya producido un puñado de películas de una digna excelencia expresiva. Fueron el resultado de esfuerzos aislados, discontinuos y a contramano de las políticas públicas que oscilaron entre el proteccionismo y el neoliberalismo en su versión más radical. Un siglo de cine en el que los directores más talentosos trabajaron sin una tradición industrial a la que aferrarse, sin infraestructura técnica, sin incentivos económicos ni espacios de formación. Su espíritu aventurero los condujo por el camino correcto, sin otro sustento que el de su cinefilia, su experiencia y sus relaciones con los productores nacionales y extranjeros.
Durante ese período, las “invenciones” fueron esporádicas. La aparición de Amauta Films en 1937, de la mano de Manuel Trullén –ciudadano español radicado en Lima–, inauguró una primavera industrial en la historia del cine peruano: catorce películas en cuatro años, un récord que se vio frustrado por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Años más tarde, surgió la llamada Escuela del Cusco, que agrupaba a jóvenes fotógrafos como Luis Figueroa, Eulogio Nishiyama, Manuel y Víctor Chambi y César Villanueva. A través de películas tan afectadas y esteticistas como Qoyllur Ryti (1956), Kukuli (1961) y Jarawi (1966), estos directores miraban –no sin sofistificación– el mundo quechua, los paisajes y las costumbres regionales. En los años setenta, Robles Godoy (Nueva York, 1923), cultor de un estilo artístico autoral, –En la selva no hay estrellas (1967), La muralla verde (1970), Espejismo (1973), entre otras– defendió desde sus primeros trabajos las pautas dictadas por cineastas como Alain Resnais y Michelangelo Antonioni, y por cierta estética europea de los años cincuenta. Robles Godoy filmó películas en las que priorizó el despliegue de los recursos del lenguaje cinematográfico (la cámara, los lentes, los filtros, el sonido, el montaje) y no los personajes, el tema o la historia. En cualquier caso, esta rara avis marcó una diferencia sustancial con respecto al cine peruano anterior y al contemporáneo ya que representó el primer intento, enfáticamente declarado, de hacer un cine al servicio de la voluntad creativa y personal del autor. Así, desde el espíritu criollo y popular de Amauta Films –vehículo de la idiosincrasia urbana, de su humor, de su moral, sus calles y sus costumbres– hasta la filmografía de Armando Robles Godoy, el cine peruano dio un salto cualitativo sorprendente.
En los últimos veinte años hubo de todo: bueno, malo y horrible. Desde la explotación comercial más vulgar hasta autores muy comprometidos con la realidad del país que respetan los códigos del género con una indudable nobleza narrativa. Podría decirse también que las nuevas generaciones de directores y de espectadores han ido desarrollando un gusto cercano al “otro cine”, que puede incluir modelos como el del iraní Abbas Kiarostami, el tailandés Apichatpong Weerasethakul y el del argentino Lisandro Alonso, difundido en cofradías mayoritariamente universitarias.
Las miradas del cambio
En la línea de renovación se destaca en la actualidad un grupo de directores con trayectorias disímiles y portadores de propuestas también diferenciadas, como Francisco Lombardi, Augusto Tamayo San Román, Josué Méndez, Aldo Salvini, Claudia Llosa y Gianfranco Quattrini.
Francisco Lombardi (Tacna, 1949), el más internacional de los directores peruanos, desarrolló en treinta años una obra coherente, premiada, comentada y criticada rabiosamente. A través de sus mejores películas –Los amigos (1978), La ciudad y los perros (1985), La boca del lobo (1988), Caídos del cielo (1990) y Bajo la piel (1996)– y de sus recientes adaptaciones literarias –No se lo digas a nadie (Jaime Bayly), Pantaleón y las visitadoras (Mario Vargas Llosa) y Tinta roja (Alberto Fuguet)–, Lombardi tiende a la descripción detallada. Es un cineasta dramaturgo y anti-festivo. Con una caligrafía austera y controlada, este director se aleja de la militancia, porque lo más importante para él es la moral, el temperamento y la ética de los personajes. Actualmente, Lombardi no parece tener continuadores. Quizá porque la mundialización del cine le ha demostrado a las nuevas generaciones de peruanos que se puede hacer películas renunciando a los anclajes y a los temas locales de siempre: el machismo, la homosexualidad, el militarismo, el encierro, la criminalidad, la miseria y todas las hierbas
y fantasmas literarios que nutren vigorosamente el cine de este realizador.
En 2001, Augusto Tamayo San Román (Lima, 1953) presentó ante el mundo un largometraje en el que trabajó durante muchos años: El bien esquivo. Se trata de un film ambientado cuidadosamente en el Perú del siglo XVII, durante el Virreinato español, que se ocupa de los orígenes históricos de la sociedad peruana. Sobre la base de un tratamiento audiovisual expresionista y caracterizaciones austeras, el director potencia el relato sobre el mestizaje, la pérdida de abolengo y las vocaciones artísticas secretas (o mejor dicho, acalladas) en una sociedad estamental que reprime el amor de los protagonistas, un militar mestizo y una monja de clausura. El bien esquivo es una de las grandes películas peruanas de todos los tiempos, y este año se estrenará otra película histórica de gran producción: Una sombra al frente.
Sin duda, otro hito del cine peruano actual es Días de Santiago (2004), la ópera prima de Josué Méndez, la mejor película de los últimos diez años. Premiada en una veintena de festivales internacionales, se trata de una narración hiperrealista y descarnada sobre las desventuras de un veterano de guerra –convertido en taxista– en la caótica ciudad de Lima. Pero también es un film de posguerra interna. Méndez captura la anomia social, el desorden familiar y las alteraciones mentales de Santiago –el personaje central–, y de esta manera se revela como un deudor del cineasta chino Wong Kar-wai, tanto de sus juegos cromáticos y de sus texturas granuladas como de su sonido muy elaborado. En un país de escasas oportunidades para los jóvenes, en donde se debe luchar diariamente sin poder apelar a las nociones de individuo, ciudadano o Estado y se deben tolerar los componentes racistas que gobiernan las relaciones humanas, una película como Días de Santiago es muy beneficiosa. A los 28 años, Josué Méndez es hoy un formador de opinión y prepara su próxima película, Dioses, con el apoyo del cineasta británico Stephen Frears.
En otra corriente, luego de su primer largometraje Bala perdida (2001), Aldo Salvini (Lima, 1964) ha dirigido un estupendo documental de personaje: El caudillo pardo (2005). Esta película trata sobre la desmesura y el exotismo, y en ella es posible descubrir la influencia de los documentalistas norteamericanos Albert y David Maysles y del fotógrafo y realizador Robert Frank. La trama se concentra en la vida de Jorge Pohorylec, un ciudadano peruano de ascendencia judía, de unos 60 años, promotor del nazismo en el Perú. Personaje contradictorio y diferente, este “camisa parda” sudamericano pronuncia discursos en las calles vacías de Lima, admira a Adolf Hitler, está a favor de la eugenesia y de la “importación de hembras pues son escasas”. Salvini aplica un blanco y negro expresionista, apenas unos tachos de luz y la ubicación necesaria de la cámara y el micrófono –capaces de capturar el gesto y la palabra justos–, apostando todo a lo que no es actual.
Otra propuesta sugerente es la de Claudia Llosa (Lima, 1982). Sin ninguna experiencia previa en cine, esta publicista profesional que reside en Barcelona ha obtenido numerosos premios internacionales por su ópera prima Madeinusa (2006). Cuando esta película se estrenó en el Perú, generó un legítimo debate a raíz de la apropiación de la cultura andina y su deformación. Sorprende el contexto serrano de la película, en el que Dios muere el Viernes Santo y no ve a sus criaturas durante tres días hasta el Domingo de Resurrección. En esos tres días los hombres y las mujeres del pueblo de Manayaycuna, liberados del control severo de Dios, estallan en un gran carnaval pagano.
Finalmente, otro realizador nuevo y esencial es el peruano-argentino Gianfranco Quattrini. Su ópera prima Chicha tu madre, estrenada en 2006, fue una grata sorpresa y fue considerado el mejor film peruano de ese año. Chicha tu madre narra las andanzas de Julio César, un endeudado taxista que aprende a leer el Tarot y que se ha distanciado de su esposa, de su hija adolescente embarazada y de su club de fútbol de segunda división que ya no lo admite por sus desdichas. El film de Quattrini es y no es costumbrista porque contradice cualquier forma de complacencia colorida, farandulera o procaz. Rehuye los tópicos lastimeros y la reflexión ampulosa. Aborda el paisaje y la cultura de Lima sin reservas, captando con tono amistoso (en medio del caos, la estafa, el sub-fútbol, la prostitución y la prepotencia) los sentimientos más profundos de sus habitantes que, al final del film, se prolongarán lejos de su ciudad, a una Buenos Aires que nunca veremos.
A partir de este panorama, podemos observar que el cine peruano actual está en constante transformación, sujeto a avances y retrocesos, en un proceso de cambio en el que no resulta fácil imaginar horizontes muy claros. Los principales beneficiados de este proceso serán los directores y el público en general. A los críticos sólo nos corresponde documentarlo, asumiendo una postura responsable, racional y articulada. Es absolutamente necesario. •
Publicada en TODAVÍA Nº 16. Abril de 2007
|