De la unidad latinoamericana
a los encuentros dudosos
por NÉSTOR GARCÍA CANCLINI Profesor-Investigador Distinguido de la Universidad Autónoma Metropolitana, México
América Latina ha intentado sostener la utopía de su unidad. Sin embargo, en la actualidad la integración parece limitarse a acuerdos comerciales parciales y a débiles coincidencias en el plano cultural. ¿Cuáles son las nuevas formas que puede asumir ese antiguo proyecto?

JUAN CARLOS DISTÉFANO
Portadora de la palabra, 2005/6 Díptico
Poliéster reforzado y materiales varios |
A lo largo del siglo XX se habló de la unidad latinoamericana. En las dos últimas décadas crecieron los relatos de integración. A medida que bajamos de los imaginarios voluntaristas a los acuerdos de libre comercio, percibimos que es difícil lograr que los convenios comerciales, como el Mercosur, sean sostenibles y se acompañen con convergencias políticas y un avance efectivo de los intercambios culturales dentro de la región.
Durante la crisis con que Argentina comenzó el siglo XXI, El Roto, en una de sus viñetas humorísticas en el diario El País, dibujó a una persona agazapada entre muros, con esta leyenda: “Ciudadano argentino huyendo del candidato al que acaba de votar”. La misma imagen podría aludir, en vista del desacuerdo entre promesas preelectorales y políticas de gobierno, a casi todos los países latinoamericanos. No es extraño que a los pocos días de que los presidentes se reúnen, se abrazan y se toman la foto, desplieguen acciones divergentes más relacionadas con conflictos fronterizos (notoriamente en el área andina), con disputas ecológicas (Argentina / Uruguay) y con lealtades comerciales o dependencias económicas: los jefes de gobierno de Colombia y México sonríen junto al de los Estados Unidos; el de Venezuela, junto a los enemigos iraníes de los Estados Unidos, y otros bizquean hacia China, India o Sudáfrica.
Los cambios en las elecciones presidenciales de los últimos cuatro años generaron análisis periodísticos y académicos sobre una posible recomposición del poder y de las orientaciones que prevalecen en la región. ¿Se partirá América Latina entre un sur más independiente, orientado a la izquierda, y un bloque mexicano-centroamericano plegado a los Estados Unidos? ¿O habrá un bloque integrado por Chile, Perú, Ecuador, Colombia, América Central y México, asociado a través de acuerdos de libre comercio con los Estados Unidos, frente a otro bloque –Argentina, Brasil, Venezuela, Ecuador y Nicaragua– que se mantendrá al margen de esa política de solidaridad aduanera?
Los zigzagueos de varios gobernantes no pueden organizarse poniendo en la misma dirección los desempeños sociales, económicos, políticos e internacionales. Salvo en Bolivia, no encontramos innovaciones estructurales, sino reagrupamientos tácticos dentro de las tendencias globalizadoras neoliberales. No se han producido cambios radicales en la distribución de la riqueza ni en la dependencia de la economía de fuerzas transnacionales (lo ha hecho levemente el gobierno argentino al reducir la carga de la deuda externa, y en forma incipiente Evo Morales y Hugo Chávez al renegociar el papel de empresas extranjeras en las economías boliviana y venezolana). En vez de aumentar el empleo, casi todos los países latinoamericanos siguen expulsando hacia otras regiones a vastos sectores (incluidos los jóvenes calificados), y las remesas enviadas por los migrantes a sus naciones de origen se vuelven recursos decisivos para reanimar por tiempos inciertos las economías de la región.
Las modificaciones del mapa electoral latinoamericano no implican una alteración sustancial de estas tendencias. Hay que celebrar la consolidación de las democracias y el multipartidismo, y el alejamiento de los riesgos de golpes militares. Pero no la desestabilización que proviene del malestar socioeconómico y el descrédito de los políticos. En rigor, observamos que todos aceptan las llamadas “reglas” del mercado y se cuidan de cualquier transformación estructural que pueda espantar a las inversiones, salvo en Bolivia y Venezuela. Vemos pocos signos de que se restablezca cierta agenda social: apenas unos pocos oídos políticos más atentos a las demandas que llegan de la pobreza extrema y mayor disposición para integrarse con algunos vecinos.
Liderazgos externos
¿En qué medida estas dificultades para la integración intralatinoamericana podrían modificarse en relación con actores externos a la región? Los dos principales referentes son España y los Estados Unidos. España se ha convertido en el primero o segundo inversor en los países más fuertes –Argentina, Brasil, México– y en varios más. Sus crecientes intereses en bancos, telecomunicaciones, explotación de hidrocarburos y otras áreas estratégicas, junto con la relación preferente con América Latina que impulsa el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, están ampliando la cooperación económica y cultural, aunque esta mayor sintonía no se concrete todavía en planes de desarrollo conjunto. Se habla de Comunidad Iberoamericana de Naciones, sin embargo, en febrero de 2007, cuando los embajadores españoles en América Latina se reunieron en Santo Domingo con el ministro de Asuntos Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos, manifestaron impaciencia por los resultados de los últimos 25 años y preocupación por las inestables políticas gubernamentales. Propusieron buscar interrelaciones más profundas, “al margen de la política”, con las organizaciones culturales, los centros de investigación y pensamiento, y considerar “la influencia diversa que tiene el millón y medio de latinoamericanos que reside en España” (El País, 12-2-07).
Los Estados Unidos, entre tanto, ante el fracaso del ALCA, mayoritariamente rechazado en la reunión interamericana de Mar del Plata, en 2006, han optado por acuerdos bilaterales de libre comercio con los gobiernos más adictos de la región. Sin embargo, las críticas recibidas por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA) o el escepticismo que sus perjudiciales efectos en México generan en los candidatos a imitarlo, más el desprestigio de los Estados Unidos por su política en Irak, no auguran un papel de liderazgo integrador para los norteamericanos. La Harvard Review of Latin America dedicó el número de primavera de 2006 a los cambios electorales recientes en el continente. Al reiterar la pregunta de si América Latina “se está volviendo socialista”, varios analistas proponen matizar la reorientación demostrada en las elecciones tomando en cuenta el extendido descrédito de los partidos. Como afirma en esa publicación la polítologa Kathleen Bruhn, “las votaciones muestran consistentemente que los partidos están entre las organizaciones públicas de mayor desconfianza en Latinoamérica, por debajo de los medios, por debajo del ejército, e incluso por debajo de la policía. Los candidatos presidenciales parecen ganar precisamente porque no están corrompidos, o están de algún modo por encima de los partidos políticos. Aun cuando en persona son admirados, su popularidad rara vez se traduce en soportes de largo término para su partido político. Los latinoamericanos le están dando una oportunidad a la izquierda de resolver sus problemas sociales y económicos, pero si la izquierda no entrega resultados o falla, se moverán hacia alguien más –cualquier otro– que aparente hacer un mejor trabajo” (Bruhn, 2006: 43).
¿Integración cultural?
En las épocas en que se proclamaba –más retórica que efectivamente– la unidad o integración latinoamericana, se argumentaba que las coincidencias lingüísticas y de historia colonial e independiente establecían una especie de destino cultural unificado. Pero no es el área de la cultura la que muestra mayores avances en la tímida y vacilante integración. Por el contrario, los presupuestos para políticas culturales son recortados, sobre todo cuando surgen “emergencias económicas” (o sea, cuando no alcanzan los fondos para pagar la deuda externa) y no se emprenden nuevos proyectos públicos a la medida del desarrollo estimulado por la industrialización de la cultura. Así como los acuerdos económicos de integración suelen reducirse al libre comercio, la “integración” cultural se limita a las telenovelas, la música y los videos cuya vasta difusión interesa comercialmente. El proceso de convergencia digital multimedia está siendo dejado casi enteramente en manos de megaempresas comunicacionales, sin abrir nuevas oportunidades para radios y televisoras independientes. El caso extremo es México, con sus leyes de Radio, Televisión y Telecomunicaciones, aprobadas en marzo de 2006, que entregan todos los beneficios de la ampliación del espectro radioeléctrico al duopolio de Televisa y Televisión Azteca, cerrando el acceso a emisoras culturales, indígenas o regionales.
La transferencia de papeles protagónicos a capitales privados y a majors transnacionales se agrava por el mantenimiento de políticas culturales públicas de baja intensidad, replegadas en zonas clásicas de la producción artística y a veces en la mera administración de museos y programas creados hace muchas décadas. Ni siquiera se impulsa la actualización de los acervos de los museos o de las bibliotecas, y existen pocos planes sistemáticos, con metodologías nuevas, de promoción de la lectura. Se calcula que la región iberoamericana consume unos 900 millones de libros, pero la baja capacidad productiva y el apoyo casi exclusivo a los libros escolares van creando la costumbre de aprovechar poco el mercado como productores y como lectores. ¿Cuáles son los índices culturales que crecen? Hay algunos. Mencionaré sólo cuatro.
Las ganancias de las majors latinoamericanas en radio, televisión y servicios de telecomunicación (Clarín, O’Globo, Televisa, Telmex). No sólo las de los Estados Unidos: unas y otras compran productoras pequeñas y medianas, se apropian monopólicamente de las nuevas frecuencias y de los servicios multimedia abiertos por la convergencia digital.
La ampliación de los mercados de algunos productos culturales latinoamericanos en los Estados Unidos y España, el reconocimiento en premios internacionales y la organización de los migrantes en esos países para promover sus derechos. Son tres fenómenos diferenciables, pero interconectados. En las nominaciones a premios de cine en los Estados Unidos, incluso el Oscar, compiten más películas argentinas, brasileñas y mexicanas, no tanto porque estas realizaciones cinematográficas ahora comiencen a elevar su calidad sino por la presencia latina, aunque este reconocimiento no llega a las pantallas de cine estadounidense, donde la proyección de filmes extranjeros no supera el 1%. En España también se multiplicaron los premios a latinoamericanos y las salas conceden más lugar a sus películas. Pero en ambos países los filmes más reconocidos, como Babel, El laberinto del fauno, La virgen de los sicarios y El hijo de la novia, fueron financiados principalmente con recursos estadounidenses, europeos o de Ibermedia, el importante programa de coproducción que incluye a España y 12 países de América Latina, en el que el 80% de los fondos proviene de España. Muchos de estos filmes latinoamericanos, aun multipremiados, son más fáciles de ver en Madrid o Barcelona que en las capitales de América Latina.
La producción y exportación de pornografía audiovisual, y la oferta de turismo sexual. “Nuestro país –declaró a comienzos de 2007 el presidente del Senado de México– es el principal proveedor de pornografía infantil en el mundo.” Es cierto que lo dijo en apoyo a las reformas legales aprobadas por los legisladores, que endurecen las sanciones a la explotación sexual de menores, pero cualquier especialista sabe que el arduo combate contra el comercio sexual con niños y contra su difusión mediática clandestina requiere, además de leyes represivas, políticas sociales que propicien mejores condiciones de vida y controles de calidad de la comunicación con valores públicos.
La piratería de películas, videos, discos compactos y software electrónico crece en consumo y ganancias por encima de la circulación de los mismos productos en circuitos legales. El fenómeno es mundial, pero las cifras de varios países latinoamericanos, sólo superadas por las de China y Rusia, muestran que entre el 70% y 90% del material circulante es pirata.
Hace años que dejó de ser un secreto: estos índices de desarrollo monopólico e ilegal del desarrollo cultural no son acciones aisladas de empresas poderosas sino políticas de expansión realizadas con la complicidad de funcionarios públicos y partidos políticos, gracias a la “distracción”, el intercambio de favores y la aprobación de leyes comunicacionales que amparan la expansión ilimitada de los grupos monopólicos, clausuran la competencia y asfixian la diversidad cultural al impedir el desenvolvimiento de grupos que se autogestionan o productores independientes, comunitarios y regionales, de bienes y mensajes.
Durante su visita a México en febrero de 2007, Antanas Mokus, alcalde de Bogotá de 1995 a 1997 y de 2001 a 2003, reconocido por sus imaginativas políticas para enfrentar la violencia y el reordenamiento urbano en la capital colombiana, manifestó su preocupación ante los estudios académicos y los informes políticos mexicanos que muestran el avance de políticas sociales emprendidas por los cárteles del narcotráfico para lograr hegemonía con consenso. Advirtió que este “narcopopulismo”, como se comprobó en Colombia, concede legitimidad a un modo de gestión que impone delictivamente la arbitrariedad de los fuertes. En varios países los narcotraficantes no sólo manejan el tráfico de drogas, sino programas inmobiliarios y socioculturales a través de los cuales lavan dinero y obtienen influencia. Financian festivales y grandes estudios de música (donde no sólo se graban narcocorridos), compran y coleccionan arte contemporáneo, y participan en actividades de las que la acción estatal se ha retirado o que no interesan a los gobiernos, pese a su repercusión masiva.
¿Será posible fortalecer la fracturada unidad latinoamericana reforzando a los Estados y las organizaciones de la sociedad civil para que el desarrollo de las naciones y la interrelación regional no queden librados a megaempresas comunicacionales y a la globalización de contrabandistas y traficantes?
Se escribe mucho sobre la complejidad de las transiciones políticas en América Latina: de las dictaduras a la democracia, de regímenes unipartidistas a multipartidarios. Hay que considerar también la enorme transición sociocultural de la retórica del latinoamericanismo al sinuoso camino de las integraciones fragmentarias y frágiles, de las sociedades que aspiraban a una modernidad legal que democratizara los bienes materiales y simbólicos a una paramodernidad en la que las mejoras personales y familiares se confían a la informalidad y la ilegalidad. Algunas fronteras están cayendo y otras se levantan: quizá aún estemos a tiempo de decidir qué preferimos que circule. •
Publicada en TODAVÍA Nº 16. Abril de 2007
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