Identidad en los bordes: México-Estados Unidos
por PABLO VILA sociólogo, profesor,
Temple University, Filadelfia, Estados Unidos
Diferentes interpretaciones dan cuenta
de la compleja realidad de la frontera entre México y los
Estados Unidos. Más allá de los estereotipos y prejuicios,
se impone la imagen de dos culturas que se influyen mutuamente y
que están en constante cambio.

ERNESTO BONATO
Passagem, 2002
Dibujo con carbón sobre pared
Acción en una calle de São Paulo
Fotos: Ernesto Bonato y Roberto Shwafaty |
En los últimos años, y por razones muy diferentes,
la frontera entre México y los Estados Unidos se ha convertido
en un tema caliente. Cualquier debate sobre los inmigrantes ilegales
que habitan en los Estados Unidos siempre la tiene en cuenta, dado
que una buena cantidad de ellos es de origen mexicano. También
está presente en muchos discursos feministas, al haberse
transformado Ciudad Juárez en algo así como la “capital
mundial del feminicidio”. De esa manera, en más de
un sentido la frontera entre México y los Estados Unidos
se ha transformado en el “tester de la globalización”,
y las ciencias sociales no han sido ajenas al encanto que tiene
esta frontera para conjugar versiones tan disímiles sobre
los límites y las posibilidades que ese proceso conlleva.
Desde ya, hay diversas maneras de entender esta frontera tan compleja,
y las interpretaciones suelen ser bastante contrastantes. En este
artículo me referiré a un aspecto en particular: cómo
se ha visto en ella el tema de la identidad.
En el lado mexicano, y claramente influido por lo que estaba ocurriendo
hacia fines de la década del ochenta (la aprobación
del Tratado de Libre Comercio y el posible deterioro de su cultura
e identidad debido a la alianza con el gigante del Norte), se dio
una discusión académica muy interesante sobre la mexicanidad
y las identidades culturales y sociales en la frontera. Para algunos
cientistas sociales mexicanos, el proceso de transculturación
en la frontera norte era muy pronunciado e implicaba no solo el
debilitamiento de la identidad mexicana en la región, sino
también la presencia de anomia y desorganización social.
A diferencia de sus pares norteamericanos, su balance sobre ese
proceso era muy crítico. Así, en 1981 Carlos Monsiváis
describió de manera suficientemente explícita la frontera
como “el resumidero de un país”, opinión
que sintetiza bien esta postura sobre la cultura y la identidad
en la frontera. Una voz disonante en este mismo campo era la de
Néstor García Canclini, quien veía los procesos
de hibridación cultural que se dan en la frontera con mejores
ojos y esto lo acercaba más a los intelectuales chicanos que a los mexicanos.
Otros investigadores, en cambio, argumentaban que no solo la mexicanidad
no se había perdido, sino que, por el contrario, la identificación
nacional era más fuerte en la frontera que en otras regiones
de México. Para ellos, la cultura nacional se definiría
allí más fácilmente por contraste con la otredad
cultural de los extranjeros con los que se convive y se interactúa
cotidianamente. De esa forma, en la frontera lo mexicano sería,
lisa y llanamente, lo no-gringo.
Del lado norteamericano, nuevos desarrollos de las ciencias sociales
(asociados a reinterpretaciones sobre el estatus de los chicanos)
consideraron a la frontera entre México y los Estados Unidos
el lugar por excelencia donde los procesos de hibridación
y de “cruce de fronteras” se daban a pleno. Allí
era posible abandonar las dicotomías rígidas de la
cultura occidental y reemplazarlas por la fluidez y la multiplicidad.
Para quienes soste-nían esta posición -intelectuales
chicanos como Gloria Anzaldúa y Renato Rosaldo-, la fragmentación
de la experiencia era algo intrínseco de la vida fronteriza,
y constituía, por definición, una invitación
a cruzar fronteras, no a reforzarlas. Le otorgaban
al paradigmático “cruzador de fronteras” o el
híbrido que las habita algún tipo de estatus ontológico
privilegiado, en términos de género, clase, etnicidad,
nacionalidad, etcétera. La “doble visión”
que según algunos intelectuales caracteriza la experiencia
de los afroamericanos se transformaba, en este caso, en una triple
o cuádruple visión, de acuerdo con la sumatoria de
posiciones subordinadas que el fronterizo en cuestión encarnara.
Al mismo tiempo, partiendo del hecho insoslayable de que una cultura
muy similar florece a ambos lados de la línea internacional,
los teóricos norteamericanos impusieron de manera hegemónica
la idea de la frontera como un “tercer país”,
diferente de México y de los Estados Unidos. La metáfora
del “tercer país” era usualmente acompañada
por la de la “hermandad”, basada en la idea de que los
mexicanos fronterizos y los méxico-americanos o chicanos
construyen sus identidades sociales y culturales de manera muy similar.
Muchos “otros”
Estas distintas posturas iluminan algún aspecto de la identidad
fronteriza, pero al mismo tiempo oscurecen otros. Un acercamiento
más abarcador debe ir más allá de “ejemplificar”
con un trabajo empírico en una región geográfica
en particular, lo que los intelectuales posmodernos están
postulando en sus escritos teóricos (el pecado de la mayoría
de los intelectuales enrolados en la versión norteamericana
de la teoría de frontera), o de “calmar” las
ansiedades mexicanas sobre los posibles efectos perniciosos en términos
de cultura e identidad que muchos asociaban al Tratado de Libre
Comercio. Por el contrario, tal acercamiento tiene que dar cuenta
del complejo proceso de identificación que, en una u otra
forma, organiza el comportamiento de los habitantes de la frontera
entre Ciudad Juárez y El Paso.
Si nos acercamos al tema de la identidad fronteriza de esta manera,
podemos descubrir aspectos interesantes. En principio, es necesario
aclarar que solo una versión bastante reificada de “cultura”
puede plantear que en el lado mexicano de la frontera hay aculturación
o fortalecimiento de la cultura mexicana. ¿De qué
fortalecimiento o aculturación con relación a “lo
gringo” estamos hablando, cuando muchos de los gringos que
habitan del lado norteamericano ya han incorporado a “su”
cultura infinidad de rasgos de la cultura mexicana (palabras, comidas,
rituales, etcétera)? Más bien, lo que encontramos
son dos culturas regionales que se influyen mutuamente y que están en constante proceso de evolución.
Por otra parte, al enfatizar tanto la relación con “lo
gringo”, se pierden de vista diversas “otredades”
que cumplen un papel muy importante en las identificaciones mexicanas
fronterizas. Por ejemplo, la “otredad” que arman muchos
fronterizos con relación a los ampliamente denostados sureños
y chilangos (habitantes de la Ciudad de México), o la encarnada
por el rótulo “pocho”, que hace alusión,
generalmente en términos negativos, al agringamiento de muchos
méxico-americanos. Es decir, otredades hacia el sur y hacia
el norte, más allá del gringo como la síntesis
del “otro”.
Si éstas son algunas de las perspectivas que se pierden de
vista desde las habituales interpretaciones mexicanas, otro tanto
acontece cuando se mira la frontera desde la óptica altamente
metafórica del enfoque norteamericano. En primer lugar, lo
que sorprende de este acercamiento es su negativa a considerar la
posibilidad teórica de que la fragmentación de la
experiencia que se da en las fronteras pueda llevar a reforzarlas
en lugar de invitar a cruzarlas. Al describir idílicamente
a los habitantes fronterizos como paradigmáticos “cruzadores
de fronteras”, no dan lugar a los actores sociales que, por
distintas razones, quieren reforzarlas. Así, muchos intelectuales
chicanos tuvieron grandes dificultades en explicar, por ejemplo,
el entusiasmo manifestado por la mayoría de los méxico-americanos
de El Paso cuando, en 1993, la patrulla fronteriza implementó
una nueva estrategia para detener el flujo de inmigrantes indocumentados.
La nueva táctica, denominada Operación Bloqueo, no
solo había sido diseñada por un méxico-americano
de la zona, Silvestre Reyes (quien luego sería elegido Representante
en el Congreso en base a su “éxito” en “controlar”
a los mexicanos ilegales), sino que contó con el apoyo del
78% de la población hispana de la ciudad.
Otro problema de estos estudios es su tendencia a identificar al
fronterizo como a un sujeto que clara e indudablemente “resiste”,
y a la estructura social como una que, casi sin contradicciones,
siempre “oprime”. Esto nos hace perder de vista la situación
mucho más compleja de la frontera geográfica, donde
la gente constantemente se mueve desde posiciones de “resistencia”
a posiciones de “opresión”. Los nativos de Juárez,
por ejemplo, “oprimidos” por el discurso norteamericano
que los trata como a los “otros” denostados, aplican
a su vez el mismo tratamiento a los “otros” mexicanos
que migran a la frontera desde el sur del país, y algunos
de ellos piden que se establezca una frontera interna en el norte
de México para detener definitivamente la “indeseable”
inmigración desde el sur.
La manera en que distintos representantes de la idea de frontera
como “tercer país” muestran al chicano que la
cruza, silencia la experiencia de otros actores fronterizos. Y esto
es por demás interesante porque muchas veces, por temor a
ser confundidos con el denostado “otro” –el mexicano
del discurso dominante que plantea que “toda la pobreza es
mexicana”–, muchos chicanos no cruzan la frontera y
hacen su vida casi exclusivamente en El Paso. Al mismo tiempo, muchos
blancos pobres (que no tienen, por razones obvias, dicho temor),
cruzan la frontera a diario y la usan para mitigar su situación
de pobreza, comprando medicinas a un tercio del precio que tendrían
que pagar en El Paso, atendiéndose con médicos y dentistas
que les cobran muchísimo menos e, incluso, mudándose
a vivir a Juárez.
Cultura e identidad
Los estudios de frontera que responden a esta interpretación
suelen también confundir el compartir una cultura con compartir
una identidad. Sin embargo, la frontera muestra que es muy posible
compartir aspectos de una misma cultura y desarrollar, al mismo
tiempo, discursos sobre la identidad muy diferentes. En algunas
circunstancias, se llega incluso al extremo de construir al “otro
tipo de mexicano” como el “otro” denostado. Esto
explica que muchos méxico-americanos de la frontera celebren
con orgullo las fiestas patrias mexicanas, coman comida mexicana,
hablen castellano y canten canciones mexicanas, pero simultáneamente
aplaudan todos los esfuerzos de las autoridades norteamericanas
para frenar la inmigración (legal o ilegal) de los mexicanos
“reales”, quienes, para algunos méxico-americanos,
representan a los “otros” por antonomasia. También
explica el caso de los mexicanos fronterizos que continuamente mezclan
el castellano con el inglés (“no pude parquear la troca”,
“vamos a comernos unas winnies”, etcétera), comen
hamburguesas en McDonald’s, van muy seguido al “otro
lado” a comprar mercaderías norteamericanas y escuchan
rock norteamericano, pero al mismo tiempo critican ferozmente a
los gringos (y a sus primos, los méxico-americanos) por su
consumismo sin límites y su racismo.
Estas perspectivas resultan también limitadas cuando consideran
al fronterizo como un sujeto unívoco, que se relaciona con
la frontera desde una supuesta identidad unificada, y pierden de
vista cómo las diferentes identidades de tal fronterizo se
relacionan de manera distinta con la frontera. Lo que quiero plantear
aquí es que la noción de la frontera en sí
misma y la consiguiente construcción de las diversas identidades
fronterizas que ella conlleva están mediadas por las pertenencias
regionales, étnicas, nacionales, de clase, de género,
etarias y/o religiosas que la gente también construye en
la zona fronteriza. Estas identidades son a su vez elaboradas de
una manera particular por la presencia de la propia frontera. Así,
las mujeres juarenses tienen que lidiar con la imagen altamente
estereotipada de que poseen “valores morales dudosos”
(en el mejor de los casos), o directamente son “prostitutas”,
por el mero hecho de ser de Juárez. En este ejemplo, una
posición de género es cruzada por un particular discurso
de género fronterizo, esto es, una identidad de
género articulada localmente, reconocida localmente, y de
la que hay que hacerse responsable localmente. Si nos movemos del
género a la posición de sujeto que habitualmente identificamos
como “clase”, la identidad de clase de un méxico-americano
de clase media alta que vive en la frontera tiene necesariamente
que lidiar con el discurso, tan extendido en la región, de
que “toda la pobreza es mexicana”.
Como se puede observar, y no podía ser de otra manera, lo
que emerge de esta mirada también politizada de la frontera
entre México y los Estados Unidos es una gama muy variada
y compleja de posibles identificaciones que los habitantes fronterizos
tienen a su disposición para construir identidades socialmente
valoradas. •
Publicada en TODAVÍA Nº 15. Diciembre de 2006
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