El folklore entre las provincias y el mundo
por SERGIO A. PUJOL historiador y crítico musical
Sin el glamour del tango ni la omnisciencia
de la música pop, la canción argentina de raíz
nativa está nuevamente en alza. Hay una generación de
músicos jóvenes que investiga las huellas del pasado
sonoro y se atreve a componer y tocar un repertorio que dialoga con
el mundo de igual a igual, mientras las glorias del género
vuelven a ser escuchadas con atención. ¿Un nuevo boom
del folklore?

JUAN ANDEREGGEN
Ensambles escultóricos,
2001-2006
Técnica mixta |
Los sociólogos examinan la cumbia villera y el
rock chabón, allí donde la música
popular articula identidades y expresa las condiciones más
difíciles de la vida social. Por su parte, los escritores
prefieren ambientar sus novelas y amenizar sus artículos
con los personajes del tango, ese mundo tan pretérito como
actual, hoy potenciado en el exterior. Mientras tanto, el folklore
–o mejor dicho, la música popular de raíz nativa–
crece exponencialmente en todo el país.
Aunque no cope agendas ni portadas periodísticas como en
los 60, cuando el boom de la canción vernácula permitió
la consagración de quienes hoy son los clásicos del
género, ese crecimiento ya es tendencia. Y como tal, se manifiesta
en prácticamente todos los dominios de la vida musical: salones
de baile, peñas y guitarreadas, festivales en todo el país
(el encuentro “Músicas de Provincia”, en Buenos
Aires, ya va por su séptima edición y Cosquín
está lejos de desfallecer), edición discográfica
literalmente inconmensurable –si bien algo deficiente en su
distribución– y contenidos académicos que, en
facultades y escuelas de música de todo el país, empiezan
a contemplar seriamente una pedagogía de las especies folklóricas.
Y algo más: que una intérprete de folklore, Teresa
Parodi, esté al frente de la Dirección de Música
de la Ciudad de Buenos Aires quizá no sea un dato menor o
circunstancial.
Lógicamente, hay distintos estilos y niveles de recepción.
No convocan al mismo público Soledad o el Chaqueño
Palavecino que Raúl Carnota o Juan Falú. Ni tiene
igual prensa Peteco Carabajal que Hilda Herrera. Un tiempo atrás,
Mercedes Sosa –que volvió a grabar un disco netamente
folklórico, con producción artística de Chango
Farías Gómez– se lamentaba porque su arte no
ha logrado ir más allá del gusto de la clase media.
A los renovadores que supieron ampliar el vocabulario y la sintaxis
musicales, el gran público no los conoce, y es probable que
aún subsista entre difusores y promotores alguna resistencia
a considerarlos “verdaderos folkloristas”. No obstante,
el nombre del pianista y compositor Eduardo Lagos, ya retirado de
la escena, es reverenciado por algunos músicos y críticos
que, no sin razón, lo consideran el Piazzolla del folklore,
mientras Manolo Juárez sigue tocando y enseñando –es
decir, formando– a buena parte de los intérpretes de
música popular instrumental de la Argentina, sin distinción
de géneros ni estilos.
En materia de industria cultural se han reeditado, si bien con
cuentagotas, grabaciones de Cuchi Leguizamón, el Dúo
Salteño y Waldo de los Ríos, tres referencias clave
de la música argentina que, hasta no hace mucho tiempo, sólo
existían en las colecciones de vinilo. Finalmente, digamos
que si se hiciera un índice onomástico a partir de
entrevistas a músicos argentinos actuales, seguramente el
nombre de Atahualpa Yupanqui emergería con autoridad estadística
y estatura de modelo.
Expansión de lo nativo
Pocas palabras del glosario cultural tienen el encanto de la voz folklore. Quizá como reaseguro de identidades colectivas
en el mundo globalizado, o tal vez como rémora del romanticismo
del siglo XIX –fue entonces cuando se inventó la noción
de lo genuino, o lo que es lo mismo: la ciencia que estudia “lo
genuino”–, el folklore persiste y sigue dando que hablar.
No puede desconocerse que lo folk tiñe de engañosa
sencillez una buena parte de la cultura musical de nuestro tiempo.
Incluso en géneros extremadamente urbanos, como el tango
y el rock, la apelación a lo folklórico induce a pensar
en algo espontáneo y fidedigno, evocativo de otros tiempos,
o mejor aún, de cualidades extemporáneas.
A su vez, una vasta producción discográfica entre
las majors y las nuevas compañías independientes,
adscribe a lo folk en un sentido menos indirecto. ¿O
acaso las mal llamadas “músicas del mundo” son
otra cosa que folklores inventariados y taxativamente incorporados
al mercado mundial? Nos ponemos a la defensiva cada vez que oímos
la expresión “músicas del mundo”, y tendemos
a excluirnos de esa categoría omnívora y poco precisa.
Sin embargo, el (nuestro) folklore es música del mundo, como
lo prueban la presencia de los discos de Mercedes Sosa en las bateas
más cosmopolitas o el reciente impacto provocado por el acordeonista
Chango Spasiuk en Inglaterra, donde la BBC lo premió con
la distinción World Music. Inversamente, poco y nada sabríamos
de las músicas nativas de Grecia, Serbia, Escocia, Rusia,
Marruecos, Malí o India –por citar algo de un universo
en expansión– si no hubiera prosperado la categoría world music.
Vale entonces preguntarnos si el poderoso resurgimiento del folklore
argentino se puede encuadrar, de algún modo, dentro del fenómeno
de las culturas locales “globalizadas”, en la medida
en qWue los músicos jóvenes del género se han
formado, en mayor o menor proporción, en un mundo copiosamente
surcado por informaciones y saberes, ya sin el peso de las viejas
catego-rías del criollismo. Un mundo en el que, como bien
ha señalado la musicóloga colombiana Ana María
Ochoa, los vínculos entre memoria musical y lugar se han
desdibujado. Si bien las provincias siguen aportando músicos
de impronta regional –Bruno Arias de Jujuy, Coqui Ortiz de
Chaco, Rudi y Nini Flores de Corrientes, el dúo Coplanacu
de Santiago del Estero–, ni ellos ni los que “adoptan”
ritmos de zonas de las que no son oriundos sienten que deben cumplir
con fuertes mandatos de identidad. En realidad, todo es más
simple que antes, menos crispado y ceremonioso. El imperativo del
folklore como tradición nacional –así nos enseñaban
en los bailes de la escuela y en nuestras primeras lecciones de
guitarra– perdió fuerza, y se fue del horizonte de
nuestra sociedad junto al desprestigiado chauvinismo. El folklore
logró despegarse de aquellos discursos, a la vez que se integró
al ámbito latinoamericano. Por eso luce lozano y atractivo,
se diría renovado, en sintonía con otros despertares,
otros meridianos.
Antes, el folklore llegaba a nosotros como herencia institucional,
patrimonio de la lengua y el ritmo; hoy lo elegimos como género
artístico, de un menú musical muy extendido, en el
que ya no hay regiones predominantes, como cuando todo parecía
venir de Salta; aquél era un itinerario sin duda brillante
–buena parte del repertorio canónico nació de
esa fuente–, pero no es menos cierto que la jerarquía
del noroeste ensombrecía otras realidades regionales. Que
Liliana Herrero les cante a los ríos Paraná y Uruguay
o que Beatriz Pichi Malen convierta en melodía el ulular
del viento patagónico significa que el espacio geográfico
del folklore se ha ensanchado. Por lo tanto, los viejos estereotipos
de lo argentino han sido revisados. En el siglo XXI, la aldea dialoga
con el mundo sin depender tanto del Estado-nación como instancia
mediadora.
Astucia y folklore
¿Por qué lo elegimos? ¿Qué tiene el
folklore argentino que no tengan otros géneros? Desde luego,
están las razones sentimentales, transmitidas a través
de las generaciones. Una zamba o una chacarera nos sumergen en una
sensación de déjà-vu. Y eso también
sucede con los públicos más jóvenes. Aunque
la expresión “memoria colectiva” no tenga mucho
rigor epistemológico, es indudable que el folklore ha modelado
nuestra sensibilidad de oyentes desde antes de que existiéramos
como oyentes. En suma, elegimos el folklore, pero hay algo en la
matriz de sentido de nuestra cultura que nos induce a esa elección:
el folklore también nos elige a nosotros, aunque no siempre
lo advirtamos.
Con agudeza, Liliana Herrero ha dicho que, así como el rock
es valiente pero no sabe de su ingenuidad, el folklore es astuto,
pero no sabe que es débil. Se trata de la astucia del sobreviviente,
naturalmente. Pero quizá, en un sentido más musical,
también se pueda hablar de una astucia del lenguaje: la gracia
del ritmo que no se deja apresar fácilmente (un percusionista
europeo intentó una vez “sacar” el toque de bombo
de Domingo Cura, y falló); la contundencia del canto, cuando
éste logra llegar muy directamente, despojado de todo ropaje
“técnico”; la ligereza de las formas, que, aunque
estrictas en su medida, invitan a una continua reinvención.
En este sentido, las proyecciones del folklore –en verdad,
casi todo lo que denominamos folklore es “proyección”–
se nos muestran más abiertas e indeterminadas que las obras
de tango, por ejemplo. Justamente, el concepto de obra es más fuerte en la música porteña que en las
canciones de las provincias. En el archivo del tango se destacan
composiciones cerradas, arreglos perfectos, cadencias de violín
que se estudian y tocan tal cual son, variaciones de bandoneón
canónicas y voces características. Nada de eso sucede
en el folklore, arte de lo desagregado, donde los parámetros
menos alterados son el ritmo –que en las versiones más
adocenadas tiende a simplificarse burdamente y en las más
inteligentes o astutas, a volverse más y más complejo–
y la forma. Quizá por eso abundan los experimentos de fusión
del folklore con el rock y con el jazz.
Desde luego, esto no quiere decir que la comunidad de los folkloristas
sea de por sí más abierta o receptiva que la de los
tangueros, ni que el folklore no tenga un corpus de canciones célebres.
Pero la doxa nativista es quizá más difícil
de justificar que la del tango. En otras palabras, ser purista del
folklore es un contrasentido, salvo que, a la manera de Leda Valladares,
se acote el uso del término al material más antiguo
y anónimo, ese de exclusiva transmisión oral, ajeno
a todo escenario, a toda actuación. En cambio, si pensamos
con la lógica de los géneros de música popular,
no podemos menos que reconocer que el folklore es más un
proceso cultural que una práctica cristalizada. Después
de todo, no hay componente rural de nuestra cultura que no tenga
algo del imaginario urbano, así como no hay experiencia de
ciudad en la que no puedan reconocerse vínculos con el campo.
Mejor que nosotros lo escribió Raymond Williams en su notable
libro El campo y la ciudad: “No había ninguna
razón moral que justificara que Dios hizo el campo y el hombre
la ciudad. La campiña inglesa, año tras año,
fue hecha y rehecha por los hombres, y la ciudad inglesa fue al
mismo tiempo su imagen y su agente”. •
Publicada en TODAVÍA Nº 15. Diciembre de 2006
|